Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 17 – Invierno 2010
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

 
Tabaco tropical entre los labios, tabaco asesino y placentero en la mañana, tabaco del sur que me sirve para hablarte con la música del humo.
Me lees y desaparezco al instante, fugaz soy en tu recuerdo, pétalo de sal petrificado y ausente.
La muerte es un verbo que se conjuga en todas partes, un verbo triste e irregular que no tiene futuro. Ayer conocí la muerte de dos hombres y supe que respirar es un acto automático y suicida. Y supe que la muerte no respira, no tiene aliento y visita al moribundo como un miembro más de la familia.
Hoy estoy de luto y habito entre los grados que separan Nueva York de La Habana. Pues en Nueva York y en La Habana respiraban y soñaban y amaban...
La mañana es pluma y alas, es avión que sobrevuela los espejos, es esa canción que siempre escuchas cuando quieres encontrarte.                                  
La mañana nada quiere saber sobre nosotros. No le importa si en unas horas me voy al garete, de copas con Lucifer sin nada que decir en mi defensa. No le importa el resplandor de los amantes, esa explosión de vida que inunda la vagina; ni la comitiva de duelo que camina hacia el nicho de la ausencia. Vida y muerte se la traen floja. Vida y nuerte nada son para la luz.
«Regálame otra noche como aquella». La voz de Ana Belén y el aroma perdurable de una noche como aquella. No sé por qué cada vez que conversa la muerte en mis entrañas me vuelco en el amor, en la imagen de aquel cuerpo estival y marinero del primer orgasmo compartido. Aquel cuerpo de mujer aún contenida, promesa todavía de hembra total y placentera. Besos de almidón que perduran en el tiempo, en la memoria de estos labios que envejecen sin saberlo.
   
«Regálame otra noche como aquella». La voz Y supe que la muerte no respira, no tiene aliento de Ana Belén y el aroma perdurable de una no-y visita al moribundo como un miembro más de che como aquella. No sé por qué cada vez que la familia. conversa la muerte en mis entrañas me vuelco en
Hoy estoy de luto y habito entre los grados el amor, en la imagen de aquel cuerpo estival y que separan Nueva York de La Habana. Pues en marinero del primer orgasmo compartido. Aquel Nueva York y en La Habana respiraban y soña-cuerpo de mujer aún contenida, promesa todavía ban y amaban... de hembra total y placentera. Besos de almidón
La mañana es pluma y alas, es avión que so-que perduran en el tiempo, en la memoria de es­brevuela los espejos, es esa canción que siempre tos labios que envejecen sin saberlo. escuchas cuando quieres encontrarte. La mañana
«Regálame otra noche como aquella»… Todas las noches de duelo hay un rincón para el abrazo, un rincón donde no estar solo ante un cuerpo inerte. Y mi abrazo eres ­caba una vida completa, desde que ser yo mismo era ser tú sobre una playa.
Tu nombre está escrito en la higuera todavía, aquella higuera que era todo el mar Mediterráneo, toda la historia con que construir un amorío. Si me permites una osa­día, debo decirte que comprendí demasiado tarde que todas las brevas de la higuera estaban contenidas en la tuya.
Melodía azul, verano de tiempo, ola de ti sobre mi vientre. Poema que escribo con todo el eco de las cartas que quemé un tarde lejana de invierno. Poema de amor o desamor, que da lo mismo.
Nunca ha estado mi ciudad más hermosa que convertida en la avenida portuaria de tu espalda, ensenada de tu boca, paseo terrenal por los humedales de tu herida. Nunca ha sido mi ciudad nombre de mujer atardeciendo. Nunca he vuelto a ser ese loco que se comió todo el rosal de un corazón.
Baila aquí el compás de un beso, la voz de una mujer, el trayecto vital de dos ami­gos. Se confunden los extremos. Me abrazo al dolor y me estalla la alegría. Difícil entender la oda de la vida. La muerte sobre el piano, sobre el teclado que presionan estos dedos. La muerte sin moverse y en silencio. Que callen los quejidos de bar y tanatorio. Que callen las plañideras insensibles. Que callen los hijos de la gran puta y los asesinos. Que hablen los dados del azar y de la vida. Que hablen los besos del pasado, las gatas del deseo corriendo por la cama. Que hable Lorca de Nueva York y de La Habana. Que cante que están perennes los amigos, que no mueren ni el amor ni los recuerdos. Que grite que están vivas las palabras, que es tiempo aún de detener la comitiva.
Dilo ya, Lorca, a qué aguardas. Ya no hay fusiles esperándote. Diles que no echen tierra en la madera, pues corren por las calles y terrazas de la luna habaneras y una melodía de jazz soltando carcajadas por los ojos.