Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 78 – Primavera 2025
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Sombras chinas

 

Eran sombras chinas o un engaño más de mi cabeza recostada a la pared. Eso sí, lo eran con certeza aquellas que alteraban, en la pared de enfrente, una prolongada vereda por la que transitaban perros, gatos y conejos, además de aves cuya silueta impedía darles el nombre adecuado, mientras Wagner, por momentos, amaestraba valquirias y nibelungos.

Perturbadas, las sombras iban y venían rebosando el hastío de persistir enjauladas, manipuladas. En su marcha enderezaban cuadros, óleos con retratos siempre herméticos, perseguidos y confinados entre cuatro maderos, sin encontrar el resquicio prometido, cruel y satisfecho, que resuelto tornaba a disfrazarse.

Dentro del inmenso salón, sobre un retorcido mueble de roble, asentado bajo un no menos retorcido marco hecho por molduras doradas con espejo, las sombras se detenían a contemplar, posada en un antiguo baúl de cuero y metal, el contorno de una mujer joven, envuelta en sus largos cabellos rubios, rozaba su entrepierna un sexo destellante, delirante, profundo entre la exaltada guardia vellosa. Las sombras pasaban, reían, la señalaban con su mácula y suspiraban ansiosas les fuera permitido desertar de la monótona vereda e introducirse en ese túnel delicioso e inexplorado, por lo menos eso suponían. La mujer, a su vez, las saludaba con la mano izquierda, señalaba los frascos entre los que se sentaba y serían vaciados uno tras otro, hasta que en su autoestima asomara a oscuridades útiles a sombras con perspectivas de futuro, abrazadas más allá de los dedos, sombras borrachas, desinhibidas y más aún, sin consciencia del alcohol en la búsqueda de ese resquicio por el que poder zafar a tanto encierro.

Días esdrújulos de sálvese quien pueda, del siéntase satisfecho pero sólo a medias, de la suave caricia del satén en esa cortesana sin tiempo, perpetuada sobre un mueble,  directora artística de paredes y sombras, del lago de los oscuros cisnes yendo y viniendo, contando cuentos de Hans Christian Andersen y curiosos personajes atravesando, con largos pasos, los largos pasillos del castillo de Rosenborg.

Aturdidas a su alrededor, dicen estar cansadas de ser equilibristas en un único trazo de luz. Ella las mira con esa mezcla de bondad, paciencia y complacencia de la que sólo pueden hacer gala las mujeres desnudas. Acaricia los gatitos uno por uno, ellos son sus preferidos. Le fascinan los largos bigotes; no le sorprende que dejen de ser todos blancos y negros; ahora también los haya grises, atigrados. Esos bonitos gatitos aquí no corretean la quieta vereda de la pared opresora, hoy pueden vagar a su antojo por los jardines del castillo, las fuentes decoradas, cargadas de recovecos y humedad; respirar trepados a los árboles imperiales, dormitar bajo setos cargados de condecoraciones, ser invitados a la gran gala de la realeza y acceder a cada habitación desde la gran plaza atiborrada de plebeyos.

Aquí, a mi lado, los gatos se unen, prosperan junto a perros de toda raza, leones, vitrales, vajillas y coronas forjadas a golpe de cincel y sangre. Rodean mi trono, hablan de inutilidades y oscuras depresiones aceleradoras del dolor. Así se palidece el obstáculo de cada día. Cuántas preguntas nos expone el tiempo, a cuántas de ellas al tiempo no le alcanza el tiempo para responder. Todo deslumbra en el silencio, un grupo de turistas, haciéndose los entendidos, merodean de sala en sala, se mueven frente a nosotros sin vernos, habitamos fuera del circuito turístico.

En la dinastía Tang, la ciudad, Chang’an, nos incitó a explorar sus paredes, escoltadas por una mano estricta. Así, igual divertimos, tergiversamos, transgredimos, fundamos un cosmos sin márgenes, entera fantasía, pero, al mundo hecho por cinco dedos y ahora a ti, no pudimos engañar, seducir. Tu perfil neto, de carne firme, sugerente mirada, piel de seda y manoseos imperecederos, diríamos contaminantes, nos dilapidó con el celo de poseer tu cabellera circundante, tu voz gozosa y la piel de seda natural.

Soy el hada madrina, la princesa encantada, la leona enjaulada. Soy esa mujer que envidiáis, que os permite andar sólo mi perfil para que no escapéis. Vosotras sois mis sombras chinescas, esclarecedoras de lo profanado desde que Hans Christian Andersen afinara las dudas, anclara en el Báltico a bordo de una cáscara de noche para cubrir con su capa nuestras sombras y sueños.

Las cervicales se suceden, duelen, se sacuden. Tanteo la nuca, busco el punto exacto del dolor que me obliga a desperezar el cuello repetidas veces. Muevo otra vez las manos y aparecen barcas, espigones cubiertos de peces indefensos olfateando la próxima tormenta.

La mujer desnuda deja de ser mujer, su cuerpo está cubierto de escamas que pinta presumida, con delicadeza. Comienza a deslizarse del arcón para caer con sus aletas, erguida entre todos los animales de negruras. Le cuesta mantener el equilibrio. El estar erizada es un desafío a sí misma. Perros y gatos, la avanzada de una colección de sombras, la alzan y llevan en volandas, entre vivas y lágrimas de emoción. Saben que ya nunca estarán con ella. Pasan frente a la puerta del castillo de Rosenborg. Hoy no pueden entrar, les advierten desde el mostrador de información.

Los turistas se prolongan sin verla y yo, que a fin de cuentas no dejo de ser una sombra más, e ignoro qué sombra, desaparezco de la vereda consciente de que la que me sustituirá se parecerá, pero no seré yo. Se asemejará a otra mano saltarina de la dinastía Chang mientras la mía, amputada, aún chorreando sangre, cae sobre la calzada, junto al bordillo. Los turistas tampoco le prestan atención. Una limusina aparca en ese preciso instante. Servil, un lacayo corre a abrir la puerta trasera. Genuflexo extiende su enguantada mano para que, con todo esplendor, descienda, aristocrática, la mujer más hermosa del mundo envuelta en el visón de su cabellera rubia.