Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 38 – Primavera 2015
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Finalista

IX CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS

 

—Mientras papá no está nos tendremos que cuidar solitas, María.

Sólo tenía seis años pero entendí perfectamente a mi madre, que, como cada noche antes de irnos a la cama, me aleccionaba.

—¿Qué tenemos que hacer si suenan las sirenas, vida mía? —me preguntó toda vestida de negro.
—Correr al refugio —dije mientras ella sonreía y me besaba con dulzura mis rizos oscuros antes de meterse en la cama.
—Y ¿qué no debemos olvidar coger?

Yo, a mis pocos años, sabía la respuesta y, también, que aquello era nuestro particular buenas noches.

—Tú coges a Manolito y yo tus zapatos para ponérnoslos en el refugio.
—¡Qué lista es mi niña, qué mayor y qué valiente!

Vicenta, mi madre, no había tenido que explicarme dos veces el motivo de acostarnos con la ropa puesta y el porqué de no tener tiempo ni de atarnos los zapatos. Cuando caían los obuses del cielo no distinguían entre descalzos o vestidos, sólo lentos y rápidos.

Mi madre se puso a Manolito sobre el pecho y me acercó hacia ella. Las noches eran frías y la guerra hacía que hubiese escasez de todo menos de piel, huesos y pulgas. Desde hacía tiempo no encendíamos ni las luces por miedo a los bombardeos y no habíamos muerto de hambre gracias a que lo que conseguía alguna vecina lo compartía con los demás.

No podía dormir y escuchaba la respiración de mi madre y mi hermano. Pensaba en el miedo que tenía de estar tan dormida de no oír la sirena o de que se me olvidasen los zapatos. «Los zapatos, los zapatos, los zapatos», me repetía una y otra vez. De vez en cuando asomaba la cabecita por el borde de la cama para cerciorarme de que el calzado de mi madre no se había movido. El ladrido de un perro me sacó de mis pensamientos, ahora sólo se escuchaba a aquel animal, los demás canes habían alimentado los pucheros de sus dueños. Aquellos aullidos anunciaban lo que venía después: el alarmante ruido de la sirena apuñalando el silencio nocturno. Y así fue.

Mi madre saltó de la cama, cogió una manta y envolvió a mi hermano, que empezó a llorar.

—¡María! —gritó.

Pero yo ya tenía entre mis flacos bracitos los zapatos de mi madre. Ella forzó una sonrisa para calmarme y cogió los nuestros en una mano. Todos salimos a la puerta de la entrada y mi madre la abrió. Delante de nosotras pude ver cómo algunos vecinos corrían por la calle. Mi madre salió de casa mientras me decía que hiciese lo mismo. Pero tropecé.

Me caí, y al levantarme descubrí con horror que sólo llevaba un zapato en la mano. ¿Dónde estaba el otro? Esa era mi tarea, sólo tenía que llevarlos al refugio. No podía marcharme sólo con uno, ¿qué diría mi madre? Yo era lista, mayor y valiente, pero sólo era una niña. Busqué a mi madre con la mirada y no la vi, comencé a llorar y a temblar hasta que una explosión despertó mi instinto y salí corriendo a aquel agujero en las entrañas de la tierra oscura y húmeda, pero el único que me podía salvar.

Entré por aquella escalera hacia abajo, enterrándome en vida hasta que se hiciese de día.

Seguí llorando hasta que una vecina se percató de mí.

—¿Qué te pasa, cariño? ¿Has perdido a la mamá? Avisar a Vicenta, María está aquí —gritó la mujer a los que estaban más adentro. El mensaje pasó de boca a boca, entre ojos asustados y manos temblorosas. Otro volvió. «Estamos bien, quédate donde estás. No tengas miedo».

Pero yo seguía agarrada al zapato, llorando hacinada entre la gente que comenzaba a tumbarse en el suelo preparándose para una noche larga.

—María, cariño —me intentó tranquilizar la vecina—. No pasa nada. Duerme un poquito, que en nada estás con mamá.

Me sequé los ojos y fijé mi mirada en quien me estaba intentando tranquilizar. Era la señora Adela, una mujer desdentada y de pelo blanco. Adela se sentó y me invitó a hacer lo mismo justo a su lado. Lo hice y apoyé la espalda contra el muro sin dejar de sujetar con fuerza el único zapato que había conseguido salvar. Las paredes temblaban con cada detonación del exterior, aunque dentro reinaba el silencio. Un silencio masivo producido por el miedo. Aún lejos de mi madre y con el pánico en el cuerpo, no puede evitar dormirme.

—María. Despierta.

Abrí los ojos y me aparté los bucles negros de la cara. Ante mí, mi madre, con Manolito en brazos, estaba iluminada por la luz del día que entraba por la puerta del refugio.

—Venga, vida mía. Nos vamos a casa. Gracias, Adela, por cuidar de mi niña —añadió.
—De nada, mujer. Si no nos cuidamos nosotros, ¿quién lo va a hacer?

Mi madre me limpió con las manos las plantas de los pies y comenzó a ponerme los zapatos. A mí me dolían los brazos, de haber dormido aferrada al suyo, y el miedo comenzó otra vez a apoderarse de mí.

—Mamá, lo siento mucho. He perdido tu zapato. Me caí y lo perdí. Es que tenía tanto miedo...

Mi madre me hizo el último nudo a los cordones y me miró fijamente.

—Prefiero perder un zapato que a mi María.

Salimos camino de casa y vimos dos cadáveres tumbados en un lado de la calle. Me fijé en que llevaban el calzado puesto. Entramos a casa y, al fondo del pasillo, lo vi.

—Mamá, mira —le señalé a mi madre como si hubiese encontrado un tesoro. Allí, esperándonos, estaba el zapato de mamá.

Los rizos de María ya no eran negros sino blancos, como los de una vecina que la tranquilizó una noche. Ya no recordaba que su hija acababa de llamarla por teléfono o qué era lo que acababa de comer, pero aquel zapato no lo olvidaría nunca. Y todas las noches, antes de dormir, recitaba la misma lección: los zapatos, los zapatos, los zapatos.

María del Mar Torregrosa Moreno (Alicante)