Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 38 – Primavera 2015
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Finalista

IX CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS



Cada escritor tiene sus métodos. Algunos buscan experiencias extremas pues si no se asoman al borde del abismo no sienten en el cogote la suave respiración de las musas. Otros sólo escriben sobre sí mismos, tal vez en un alarde de exhibicionismo narcisista; no es un mal comienzo, pero yo prefiero salirme de mi piel e intentar meterme en la de otros. No es fácil. Nadie dijo nunca que tuviera que serlo; a este barco no nos subimos engañados.

Para que una historia empiece a tomar forma en mi cabeza, necesito silencio absoluto y desconexión total de las pequeñas tragedias cotidianas, por eso a menudo huyo de mi bullicioso hogar, al menos durante las primeras fases de creación. A veces hilvano las secuencias, diálogos o versos mientras nado, mis oídos debidamente protegidos con tapones de los ruidos molestos que me rodean en la piscina; chillidos alborozados de niños, cotorreo de señoras, silbatos, programas de radio que no me interesan pero al socorrista, sí. Solo veo una extensión finita y azul de agua fresca, mi propia versión del lienzo en blanco. Nadando he plantado la semilla de mis mejores poemas.

El bosque también es un buen lugar para huir de todo y de todos y poderme refugiar egoístamente en mi mundo. Llevo recorriéndolo tantos años que puedo ponerme a caminar sin rumbo fijo y sin prestar atención; no voy a perderme. Es como si tuviera un mapa grabado en mis neuronas que me permite activar el piloto automático. Por eso, toparme con la casa abandonada me sorprendió tanto; nunca la había visto aunque era evidente que otras personas habían dado con ella mucho antes, divirtiéndose a su antojo haciendo pintadas y demás destrozos. Lo típico en estos casos.

Mi curiosidad innata de ratita escritora me impulsó a cruzar la puerta de entrada, tras escuchar en silencio un rato, sólo por si las moscas. He visto muchas películas de terror como para no desconfiar de antemano de un escenario de estas características. Pero la realidad a menudo defrauda las expectativas de las mentes peliculeras; evidentemente, dentro no me esperaba ningún asesino en serie ni una banda de moteros trajinando en su laboratorio de metanfetaminas; un lunes a primera hora de la mañana seguro que tienen cosas mejores que hacer. Simplemente había un salón destartalado con los grafittis de rigor, brillando por su falta de originalidad; que si esvásticas asimétricas, que si tu madre esto o lo otro, que si insultos y loas a diversos equipos de fútbol, etcétera. También había dibujos obscenos, algunos de ellos ejecutados con cierta gracia e ingenio. La estancia habría estado vacía de no ser por un colchón mugriento tirado en una esquina y unas sillas de camping rodeadas de botellas vacías y colillas, amén de montones de cascotes y jirones de papel de pared.

La escalera y casi todas las habitaciones, excepto una, estaban tapadas con tablones, para evitar que la casa se derrumbase sobre la crisma de algún imprudente. Pero había una puerta entornada que instantáneamente ejerció sobre mí un fortísimo poder de atracción. Y tras ella me encontré una imagen anodina pero a la vez hipnótica; en este cuarto no había grafittis, ni restos de papel pintado, ni botellas, ni envoltorios de golosinas; el suelo estaba sucio de polvo, trozos de yeso y hierbajos secos porque era lo normal en una casa abandonada, pero era una suciedad causada por los años. Se respiraba una curiosa paz, una quietud respetuosa, una sobriedad contra la que nadie había querido atentar. Las paredes eran lisas, de un tono neutro deteriorado por la humedad. Una gruesa grieta recorría una de ellas desde el techo hasta prácticamente el suelo. Y, contra una esquina, pegada a la pared, estaba la cama.

Era una cama individual, vieja, sin colchón ni somier, cubierta de polvo, todavía no tan destrozada como para no poderla restaurar. Solo con verla mi mente empezó a bullir, imaginando las personas que habrían dormido en ella a lo largo de los años, sus alegrías, sus tragedias, sus manías. Esa cama inducía a la soledad y a la reflexión, pero también tenía algo de sórdido, de secretos inconfesables. En esa cama había dormido una joven criada recién llegada del pueblo que a veces, por las noches, recibía la visita del señor de la casa, al que no se atrevía a rechazar por miedo al escándalo, así que se quedaba muy quieta con la esperanza de que los muelles del colchón no crujieran. En esa cama un joven de quince años con la cara llena de granos había soñado con enrolarse en un barco y escribir poemas, pero acabó yendo al seminario, como mandaba la tradición familiar. En esa cama una anciana soltera había muerto en paz, virgen y sin haber salido del pueblo en noventa años, y minutos después, a los pies de esa misma cama, empezó una disputa entre sus herederos que duraría décadas y causaría odio, miseria, dolor e incluso un asesinato. En esa cama, una preciosa niña bien había suspirado por el jardinero de la familia, veinte años mayor y negro como el betún, hasta que se decidió a declararse. Recibió un beso en la frente y una sonrisa tierna que pedía perdón sin palabras; él sólo podía verla como a una hija. Sentado en esa cama, un chiquillo de apenas cuatro años se dio cuenta de que nadie más podía ver a su amiguito imaginario, que no era otro que su primo, muerto de tisis diez años antes.

Todas estas historias y muchas más podrían haber tenido lugar entre esas cuatro paredes. Las posibilidades eran infinitas. La escena, vacía y cautivadora a la vez, tenía una fuerza evocadora irresistible. Me alegré de llevar conmigo la cámara de fotos, porque así pude capturar la escena. Esa imagen me ayuda siempre que no sé cómo continuar un relato.

La siguiente vez que me perdí voluntariamente por el bosque, encaminé mis pasos hacia el lugar donde creía que estaba la casa abandonada, pero nunca más fui capaz de encontrarla.

Ainhoa Ollero Naval (Monzón, Huesca)