Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 36 – Otoño 2014
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

 

Cuando Ana volvió a ver aquella cama, hacía quince años que había salido de su casa, y esa cama estaba vestida con ropas del ajuar de su madre y el colchón olía a campo y vida.

A Damián, el padre de Ana, lo había denunciado la madre de un alumno suyo, en aquellos años duros al acabar la guerra en que todos parecían sospechosos. Su padre, por su trabajo, quizás un poco más. Su “pecado”, ser tolerante con los “perdedores”. Ese comportamiento fue el que le puso en entredicho. Un empleado del Ayuntamiento vino un día a decirle que tenían aviso de ir al día siguiente a detenerlo cuando estuviera dando las clases.

Pilar, la madre de Ana, no entendía qué estaba pasando. Ellos eran de otra comarca, pero llevaban mucho tiempo allí, su única hija había nacido en el pueblo, cuando llegaron los acogieron bien, ella limpiaba la iglesia y la casa del cura. A cambio, le dejaron un cuartito para que su marido pudiera hacer su trabajo.

Damián dijo que se iría él, pero Pilar no quería dejarlo marchar solo, se irían los tres juntos. Se fueron con lo puesto, de noche, como ladrones. Junto con sus recuerdos fueron dejando atrás campos con sus casas de labranza, entre ellas la de Daniel, el mejor amigo de Ana.

Atravesaron todos los caminos conocidos y queridos. Cuando cayeron rendidos por el esfuerzo se arrimaron a una vieja choza a descansar. Su padre, con lágrimas en los ojos, abarcando con su mirada todo el paisaje, dijo: “No olvides este lugar nunca, no sabemos lo que nos deparará el destino, pero ten presente que no somos culpables de nada y no debes vivir tu vida odiando, eso sería malgastarla".

Todos estos recuerdos estaban muy presentes en su memoria. Mirando aquella cama, todavía sentía los abrazos de sus padres, cuando los domingos se despertaba temprano y corría a acurrucarse entre ellos, hasta que volvía a dormirse.
Pero aquello era el pasado, sus padres ya no estaban y ella les debía, además de su vida, la promesa que les había hecho de devolver todas las enseñanzas y el respeto que ella había recibido.

Después de aquellos momentos de tristeza y melancolía, salió a recorrer el pueblo, despacio, deteniéndose en la plaza del Ayuntamiento. Ahora habían puesto columpios, bancos y árboles, y el suelo estaba enlosado, antes era de tierra. ¿Qué habría sido de sus amigos?

Se dirigió a casa de su antigua maestra. Doña Nieves estaba ya retirada. Ana lo sabía porque sus padres, a través de unos amigos, habían mantenido contacto con ella. El encuentro fue muy emotivo y extraño a la vez. En esos quince años, Ana se había convertido en una mujer muy guapa, tan distinta a aquella niña delgadita y asustada que abandonó el pueblo. Doña Nieves, a su vez, acusaba en su rostro todos los sufrimientos que había presenciado en su etapa docente, en la cual su corazón le dictaba una cosa, y la razón del momento otra. La maestra que llevaba dentro en aquellos instantes en que dudaba si dejarlo todo, pensaba en sus queridos niños, muchos habían perdido a sus padres en aquella barbarie donde parecía que los hombres se habían vuelto locos. Ella era muy buena maestra, pero en aquellos momentos, más importante que las tablas de multiplicar, era inculcarles que no tuvieran resentimiento, que las personas cambiarían y no volverían a cometer los mismos errores del pasado. Ahora, mirando a Ana y viendo su vuelta al pueblo, pensó que las cosas empezaban a ponerse en su lugar. Doña Nieves le hizo muchas preguntas, pero Ana apenas escuchaba, sólo tenía ojos para la foto que estaba colgada en la pared del grupo parvulario que les hicieron en el patio del colegio. Estaban todos sus queridos amigos, ella casi no se reconocía, pero a quien sí vio inmediatamente fue a Daniel, el niño que correteaba por el pueblo con ella, el que le enseñó a subirse a los árboles, a ver los nidos, y cuando le ponía los pajaritos en sus manos y le decía que si los apretaba mucho les haría daño, pero que si soltaba demasiado, se escaparían.

Ana preguntó por él y Doña Nieves le dijo que seguía viviendo en su antigua casa, y que ahora era el guarda forestal. Después de despedirse maestra y alumna, ésta se dirigió a casa de Daniel. Iba saboreando el paisaje, recreándose en cada rincón del camino. Cuando lo vio a lo lejos, sentado a la puerta de su casa, supo lo que su corazón sintió en todo ese tiempo de ausencia. Al llegar frente a él, se quedaron mirando el uno al otro, se abrazaron, y ese abrazo contenía toda la emoción retenida durante aquellos años. Quisieron saber el uno del otro. Ana le expresó a Daniel sus dudas respecto a quedarse en el pueblo, el impacto de ver su casa en aquel estado de deterioro, su soledad al morir sus padres y el no saber qué hacer con su vida. Daniel la escuchaba en silencio, mirándola y recordando aquel inocente beso robado a la salida del colegio. Parecía que el tiempo se había detenido y no se hubieran separado nunca. Cuando volvió a la realidad, le dijo que, si decidía quedarse en el pueblo, le ayudaría a arreglar su casa, pero tendría que tener cuidado con su actitud, pues todavía quedaban personas que no olvidaban el pasado, pero que tuviera paciencia y las cosas irían cambiando.

Habían pasado algunos años de aquella conversación, Ana y Daniel se habían casado y sus dos hijos estaban estudiando en la capital. Un día, paseando por el pueblo, vieron a unos jóvenes pegando carteles de diferentes partidos, se iban a celebrar las primeras elecciones libres en esta joven democracia. Ana pensó en sus padres y en tantos otros que tuvieron que abandonar el país injustamente.

Qué lejano parecía todo, y, a la vez, qué cercano. Aquel día en que volvió a su casa y vio aquella cama arrinconada.