Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 36 – Otoño 2014
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Ganador XI edición, Foto 2

Señor juez: Usted sabrá que la maldad es inherente a la condición humana, aunque puedo asegurarle que ni mi hermana ni yo somos intrínsecamente malas, simplemente ocurre que Nuestra Señora de los Milagros fue esquiva a la hora de hacernos agraciadas, y desde que tenemos edad de merecer vivimos la belleza ajena como una provocación. Usted no puede imaginarse lo esperanzadas que estábamos, señor juez. Gastamos los ahorros de nuestros padres en el salón de belleza más caro de la ciudad, encargamos nuestros vestidos al diseñador de modas que viste de pies a cabeza a las celebridades de Hollywood cuando el Óscar y la alfombra roja y todo eso. La primera de las tres veladas comenzó con Ray Conniff y Caravelli, y cuando la gente comenzó a aburrirse cambiaron a los valses de Strauss. Usted comprenderá que El Danubio azul cuaja mejor con la realeza que Bésame mucho. Para peor eligieron esa versión en la que a Ray Conniff se le daba por el acompañamiento coral. La pista de baile se vació; el rey fue hasta la oficina a hacer la lista de condenados a muerte que debían cumplir pena en la mañana siguiente y el príncipe salió al balcón a fumar un Particulares 70. Ahí fue cuando llegó el Renault 12, señor juez. Conozco cada detalle, porque desde que vi al príncipe atribulado por la belleza de esa chirusa supe que las cosas no iban a terminar bien. El chofer estacionó, abrió la puerta de atrás: la chica tenía una belleza sobrenatural, tanto que al príncipe no le importó ni Ray Conniff ni Johann Strauss con tal de que llegaran los lentos; la tomó de la cintura, le dijo cosas hermosas al oído y la tuvo entre sus brazos hasta la medianoche. Mi hermana y yo seguíamos ahí, sin mayor suerte, apenas conseguimos que nos sacaran a bailar los plebeyos de siempre: el encargado del granero, el hijo del bufón, el sobrino del paje. Es indignante, señor juez. Yo apenas ligué una pieza con uno que se hizo pasar por el primo segundo del príncipe, aunque luego resultó ser un impostor al que los de seguridad echaron a patadas en el culo. Sin embargo, no nos desanimamos; en estas fiestas de tres días pareciera que siempre hay otra chance; la esperanza es lo último que se pierde.
La segunda noche fue un calco de la primera. A nosotras no nos gusta Ray Conniff, y menos Strauss. Y eso que somos amplias, musicalmente hablando: podemos disfrutar de Los Ramones, de los maratones electrónicos de Creamfields o de un recital de Metallica. Lo cierto es que vivíamos aquel déjà vu con fastidio. Los hombres son todos iguales, señor juez, capaces de cualquier cosa con tal de llevar a una a la cama, pero con nosotras ni siquiera eso. A mi hermana la quiso apalabrar un tipo que se presentó como el archiduque de Austria. «¿A usted no lo habían matado al comenzar la Primera Guerra?», le dijo. El tipo se evaporó; después lo vi lavando las copas en la cocina. El resto del tiempo, sin novedades: Caravelli, Johan Strauss, Ray Conniff, cada tanto algún bolero. El rey va a redactar la lista de los condenados de la segunda noche, llega el Renault 12, el heredero va a fumar al balcón y suspira por la chica sin nombre. Mi hermana y yo, rojas de furia porque Madre iba a preguntarnos si el príncipe nos miró, aunque fuera de soslayo; si al menos nos invitó a bailar el tenedor de libros del vizconde, si hay candidatos en vista que ayuden con las deudas contraídas con el diseñador de alta costura y con el salón de belleza. ¿Y qué podíamos hacer nosotras, señor juez? ¿Mentir? ¿Decir la verdad y soportar los sermones de Madre? Usted sabrá que en el reino está prohibido el comunismo, pero las cosas trascienden; aunque no estén permitidas, siempre algo se sabe. Y le aseguro que eso de que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa es una falacia. Es al revés: primero la farsa, luego la tragedia. De otra manera, usted no estaría leyendo esta confesión, señor juez. Los finales felices son para los cuentos de hadas. Pero esto no es un cuento de hadas, señor juez, es la vida misma: esperanza, desengaño, angustia, miedos, decepciones, muerte; todo en tiempo real, mientras la hija de puta del Renault 12 baila con el príncipe heredero hasta la medianoche.
Hoy es lunes, señor juez. ¿Qué puedo decirle yo de los lunes que usted no sepa? Resaca de los tres días de fiesta, dolor de cabeza, ganas de vomitar, las deudas de Madre, el prometido que no aparece, para colmo el lacayo del príncipe que viene a casa con el zapato. ¿Cómo puede ser que el zapato le quede bien a la sirvienta, señor juez, si ella sólo sabe de lustrar muebles y limpiar inodoros, si la única fiesta en la que tuvo asistencia perfecta en su vida miserable fue en la kermés que organiza todos los años la Sociedad de Fomento de Villa Tachito? ¿Qué me va a decir?, ¿que si se pasaba de la medianoche el Renault 12 se convertía en calabaza?
Nadie se dio cuenta, señor juez. Cuando vimos que el zapato le quedaba perfecto fingimos alegría y propusimos un brindis para festejar. Le pedí a mi hermana que me ayudara, sacamos las copas del aparador y descorchamos el champán de las grandes ocasiones. Le picamos clonazepam como para dormir a un caballo, qué digo a un caballo, a una tropilla, y se lo agregamos a las copas. Cuando todos estaban inconscientes los amordazamos. Abrimos las llaves de gas de todas las hornallas, de todas las estufas, del calefón, del termotanque; nos subimos a la bicicleta del lacayo y nos fuimos lejos, señor juez, muy lejos, a un reino donde no lleguen sus fueros, donde no haya farsas ni tragedias, donde las sirvientas no puedan llegar a princesas, donde los cuentos de hadas no existan.