Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 29 – Invierno 2013
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Finalista foto 2

Calíope se acercó al baño del palacio completamente desnuda...

Su exótica belleza, heredada de la de su madre griega y de un padre ausente de sangre lidia, la había convertido en la mujer más bella de Lesbos. Pero su fama iba mucho más allá del deseo carnal que despertaba su cuerpo tanto en hombres como en mujeres. Los laureles que coronaban de forma metafórica su perfecta cabeza se los había ganado a golpe de odas, elegías, epinicios e himnos desde muy pequeña.

Muchos decían que no existía mujer tan hermosa desde Nefertiti, y otros, en vez de fijarse en su bronceada piel, en aquellos labios turgentes siempre humedecidos, en sus ojos felinos y en esas pestañas que ensombrecían muy ligeramente una mirada increíblemente inteligente y soñadora, preferían valorar que Calíope, la hija de Perséfone “la aguadora”, era la mejor poetisa épica de todos los tiempos.

Desde los cuatro añitos había esperado emocionada la vuelta de los barcos veleros que venían de la batalla. Los guerreros, heridos, magullados, cansados y medio muertos, la saludaban en la arena de la playa removiendo sus lustrosos y ondulados cabellos. Ella memorizaba sus gestos de dolor, de compañerismo y hasta de arrogancia, se fijaba en sus pertrechos, en escudos, lanzas, jabalinas y espadas, y soñaba con las guerras libradas en el lejano Peloponeso tan mal narradas por aquellos rudos hombres que vivían de matar a sus semejantes.

Se los figuraba luchando hasta la extenuación, apenas protegidos por cascos corintios coronados por penachos de plumas encarnadas. La sangre del enemigo sobre escudos redondos de bronce, llamados aspis koilè (decorados con representaciones de animales o figuras mitológicas), ayudaba a enaltecer su sagrada misión en defensa de la tierra y los mares que habían abastecido a sus antepasados. De los veinte a los sesenta años, todos los varones debían servir en aquellas falanges a pie o como diestros y nobles caballeros cuando de ello dependiera la seguridad de las ciudades-estado del convulso mar Egeo.

Siendo primero una mocosa, y siendo luego una muchacha ya ardorosa enamorada de aquellos atletas, viriles y temerarios, las historias bullían en su mente adornadas por pinceles de pura lírica.

Pero Calíope, la virgen inmaculada, la que cantaba épica en el teatro de Mitilene mejor que ningún otro bardo, creció... Seguía siendo igualmente joven y bella (mucho más hermosa por dentro y por fuera en realidad, pues buena parte de la elegancia y femineidad que destilaba brotaba de lo más hondo de su ser), pero el reloj biológico le pedía ser madre, y la laxa experiencia vital que poseía al vivir en el palacio del tirano como poetisa de la corte no le había impedido darse cuenta de lo injusto y cruel que era muchas veces el mundo de los hombres.

La guerra era la madre de todas las desgracias, el lugar en el cual el ser humano se deshumanizaba hasta límites inaceptables para cualquier mente sana y cabal. La guerra era justo lo opuesto a la paz, que debe ser la base de toda concordia, tolerancia, convivencia y respeto. Por eso la discípula predilecta de la gran poetisa lírica Safo ya no quería enaltecer a aquellos que había tenido por héroes y que ahora se le antojaban viles asesinos o monstruos impíos y desalmados manchados con la sangre de sus congéneres, tanto de otros guerreros, tan feroces e implacables como ellos, como de indefensas mujeres, niños y viejos.

Sumida en el letargo de tan regalada vida, su rostro surgió de las vaporosas profundidades del negro abismo en el cual se había convertido aquella alma atesorada que al final había sido entregada al mismísimo Hades. Sintió frío pese al calor de unas aguas calentadas en marmita, brotó de las mismas cual Afrodita perfecta, secó su curvilínea figura y se vistió con un simple peplo de rosa seda.

Con sus sandalias de viento se allegó al areópago donde solo los hombres libres y pudientes de cierta edad hacían uso de los beneficios de una menoscabada y oligárquica “democracia”. Muchos sonrieron plenamente al verla aparecer, pero todos callaron y enmudecieron en cuanto la mujer comenzó a hablar.

La lesbia denunció que las mujeres no tuvieran ni voz ni voto, que los esclavos y las gentes más pobres de la isla no fueran nadie para el consejo, y acusó a la pléyade allí reunida de azuzar a otras poblaciones vecinas para entrar en conflicto con ellas y, una vez vencidas, vivir de los recursos que por justicia les pertenecían. Dijo que jamás volvería a cantar a los hoplitas que mataban inocentes en las más cruentas confrontaciones, y que el mundo debería de cambiar muchísimo para ser mínimamente civilizado, justo y provechoso.

Y, sin temblarle ni la voz ni el pulso, apoyándose una vez más en la estúpida seguridad que su bellida fachada le ofrecía ante los más ignorantes, aseguró que no había dioses en el Olimpo y que el ser humano era el único responsable de sus actos y, por ende, de su historia pasada, de su presente y hasta de su ignoto futuro.

Se dio media vuelta y se marchó con la barbilla bien alta a punto de llorar. No esperó a la decisión del enojado jurado ante tan duras acusaciones, como sí haría doscientos años después Sócrates de Atenas.

La poeta, más guapa que nunca, caminó a buen paso hacia la idílica playa de Mitilene y, por vez primera vez en su vida, cometió un delito más que justificado: robó una pequeña embarcación de pesca con vela latina para, con no mucha maña, poner rumbo hacia alguna otra isla del sur...

Sabía que la verdad, la sabiduría, la justicia y la paz no serían bienvenidas en el mundo del cual partía, por mucho que la hubieran idolatrado con anterioridad. Era tiempo de huir y de conservar su vida, porque en el lugar en el que había nacido, en la misma ciudad donde había recibido auténticas lluvias de flores y besos, el fuerte pulso de su corazón ya no valía una mísera dracma de plata fina.