Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
29 – Invierno 2013
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Finalista foto 1
Me estás metiendo tu pedal entre los rayos de mi rueda delantera. No creo que el estar pegada a ti, mostrando desnuda todos mis encantos, puedas interpretarlo como una insinuación; si ese fuera mi deseo, me taparía con una prenda de seda transparente, estaría más erótica. Aclarado este asunto… ¡Escúchame! A los dos nos interesa que tu chico y mi chica sigan juntos para que, al menos en los aparcamientos, podamos sentir en nuestros chasis de diamante la caricia del titanio.
Tú no te has dado perfecta cuenta de lo que sucede. Te quedas en el garaje, disfrutando del aire impalpable de las noches risueñas, pero a mí me aparcan en el lado oscuro del salón desde el que se aprecian cumplidamente sus estados de ánimo. Tu chico, con aspecto de científico despistado, que era un ser discreto, maduro, crédulo, adaptado y feliz, ha perdido la vergüenza y se comporta como un niño; le asaltan las dudas, se siente fuera de lugar, se apena a menudo y vive con un velo de alcohol en la retina. En mi chica, sus formas siguen recordando el encanto de la inocencia; se mantiene infatigable defendiendo la lógica y la razón, y trata de evitar en todo momento un comportamiento feminista. Aunque yo prefiero una metáfora, captada al escucharla, que la indiscutible razón… Comen frugalmente en el apartamento y, últimamente, de sus discusiones no sale la luz, solo chispas. Cada mañana se levantan, asean y visten con sus ropas de rutina.
Tenemos que hacer algo para que las miradas desafiantes y engreídas de sus ojos flamígeros no les inciten a cerrarse las puertas. Nos quedaríamos sin nuestros pasillos verdes, sin el viento desperezándose entre los pinos e introduciéndose en nuestros cuadros, y sin poder apreciar las gotas de rocío resbalando por la piel de los pueblos que nuestros neumáticos recorren. Tenemos que hacer algo…
He podido observar, a través del espejo, cómo de su mundo cotidiano han huido las novedades. Parece que se hubieran hecho propensos a silencios ensimismados. He podido apreciar que el tiempo les ha robado las palabras mágicas: labios, más, siempre, cielo, lluvia, boca, sol, caricias, todo, y hasta “te quiero”. Y a las mañanas, cuando abandonan el lecho y la puerta se queda entornada, he podido ver que entre las sábanas no se condensan los vapores de la noche; es como si solo la lascivia del sol acariciara sus adormecidos rostros. Han relegado al olvido el camino ya gastado… No sabes cuánto anhelo en ellos el enfado y la reconciliación...
Aún recuerdo cuando nuestras discusiones eran tan originales como tu tozudez después del accidente. Durante siete largas noches permanecí a tu lado, en el garaje, vigilando que no hubiera error al montar los eslabones de tus cadenas y ajustar el buje. Estuve protegiendo el conjunto de rodamientos y ejes sobre el que giraba tu rueda delantera, y no perdí de vista ni un momento la acción de desmontar el casete de piñones de tu rueda trasera. Yo procuraba mantener mi cuadro sobre el tuyo para trasmitirte el calor del titanio que irradiaba, y tú porfiabas por mantener el equilibrio sobre tus neumáticos, insistías en acompañarnos a las mañanas cuando aún no podías erguirte. Y discutíamos, sí, porque tú deseabas evitar que sobre mí recayera la responsabilidad de tu chico. También viene a mi memoria el día que, exhausta, acabé tirada en la cuneta, con la cámara de mi rueda trasera asomando entre los radios. Frenaste en seco y regresaste a mí, balanceándote temeroso. Toda mi maquinaria había tropezado en la lóbrega alcantarilla, mientras el sol se refractaba contra las olas del infecto líquido. Recuerdo que me colgué en tu último eslabón para regresar a casa, no moví ni una solo pieza… Siempre hemos permanecido juntos, y tenemos que seguir…
Creo que nos corresponde convencer a las dudas. Hay que cambiar en tu chico esa inflexión alterada de su voz y el fuego de sus mejillas; y en mi chica, dulcificar el gesto de sus sutiles labios y el astuto frunce de sus cejas. Tienen que saber que deben de seguir los dictados de la imaginación y labrar nuevos caminos; aspirar cada instante y apurar la existencia; y pensar que hay que ser agradecidos si la vida les da lo suficiente. Quizá consigamos hacerles entender que persiguen misteriosos sonidos sin pensar que la verdadera música está en su interior. Solo así podremos seguir haciendo que nuestras cadenas nos permitan desplazarnos entre pinos, sabinares, abedules… álamos y hayas… robles y almendros… con sus copas volcadas y vueltas… Que nuestras cubiertas nos lleven a visitar las fronteras de culturas y artes centenarios… Que nuestras vibraciones nos alerten sobre cómo van llenándose nuevos nidos en vacíos tejados… Que nuestros telescopios nos permitan observar el cristalino sueño del agua en los estanques… Y que podamos descansar nuestras fibras de carbono entre la húmeda y verde hierba en que se mece la luna…
Quizá tengamos que ajustar nuestros sillines, enderezar la dirección, tensar los frenos y enganchar las cadenas para adaptarnos a la altura de tu chico y mi chica. ¿Asientos anatómicos y que ellos acolchen sus shorts? ¡Hay que pensarlo bien! Y ponerlo en práctica…
Sigues metiendo tu pedal entre los rayos de mi rueda delantera… Estás tenso, aunque quizá tenga yo la culpa cercándote… Mi tren delantero late con fuerza… Un escalofrío recorre mi cadena de transmisión… Siento que me palpas, me tocas… El roce de tus horquillas… Acercar nuestros bastidores… Sonríes, disimulas, sigues tocándome… Cruzo los cambios… Me muerdo las bielas… Aprieto los frenos y… Suspiro. Calima hiriente… Viento recio… Manojo de ardores… Sudor del alma… Pero… ¡Volvamos a lo nuestro! A lo suyo. Tu chico, mi chica, tú, yo. Nuestras vidas juntos.
¡Escucha! Ayúdame a mantener su pedaleo constante y cadencioso, sujetar con fuerza su desequilibrio y propiciar que el corazón de cemento y las venas de alquitrán les unan y permitan el suave roce de sus piernas. Y, no te olvides, nunca me lleves a tu rueda, siempre… ¡a tu lado!