Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
27 – Verano 2012
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
INTRODUCCIÓN
El presente cuento es de tipo didáctico-infantil, destinado a usarse con fines pedagógicos en el aula de Educación Infantil. En principio, se ha concebido para niños de 5-6 años, aunque pensamos que puede ser también indicado para niños de otras edades, ya que ayudará en la consecución de diversos objetivos. Asimismo, es muy versátil, siendo posible recitarlo o escenificarlo (con dos niños y dos niñas) e incluso realizar actividades a partir de él, que favorezcan la imaginación y el sentido artístico, como dibujar a los cuatro personajes principales, realizar un dibujo sobre la historia, hacer un resumen de la misma, etc.
Este cuento desarrolla los siguientes objetivos:
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Fomentar la imaginación de los niños.
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Favorecer la comprensión y el uso del lenguaje.
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Propiciar la educación en valores y temas transversales.
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Desarrollar la inclusión de la diversidad.
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Entender las “diferencias” entre las personas como algo natural y preciado.
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Valorar las cualidades personales.
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Aprender a buscar y valorar la felicidad.
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Valorar a las personas ancianas, apreciando su inteligencia y sabiduría de la vida.
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Adquirir hábitos de vida correctos.
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Desarrollar la atención, concentración y participación.
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Favorecer la sociabilidad, el compañerismo y el juego.
2. CUENTO
Érase una vez una pequeñita aldea en la cual vivían tres pequeños niños: Ana, Fran y Samuel. Los tres vivían en la misma calle y eran inseparables todo el día, tanto en la escuela como fuera de ella.
Ana era ciega, sin embargo era la más feliz de los tres. Aunque no podía ver, siempre tenía en su cara una sonrisa y decía que poseía cuatro cualidades maravillosas, oír, tocar, saborear y oler, que compensaban de sobra el hecho de no poder ver. Aunque no era una niña demasiado alta, su permanente sonrisa y sus bonitos cabellos rubios la hacían muy guapa y su rostro transmitía a los demás gran felicidad. Fran y Samuel no la entendían, y de hecho, ellos no eran tan felices a pesar de tener unas capacidades magníficas.
Fran era un niño de estatura baja que poseía una gran inteligencia. Cuando su maestra planteaba en la escuela alguna pregunta difícil, él siempre la respondía. Además, sabía tocar el piano y el violín, mejor incluso que niños mayores que él. Pero a pesar de esto, no era del todo feliz y se lamentaba de que no era bueno en los deportes y de que le gustaría ser más alto y guapo.
Samuel, por su parte, era un niño rubio, fuerte y de estatura alta. No sacaba muy buenas notas en la escuela, pero era un excelente deportista. En los partidos de fútbol de la escuela, él siempre era el mejor jugador y el que más goles anotaba. Todos los compañeros querían jugar en su equipo. Además, su altura y corpulencia le hacían ser muy guapo. Sin embargo, al igual que Fran, tampoco era del todo feliz y ansiaba ser más inteligente y saber tocar algún instrumento musical.
En el bosque, vivía en una casa una anciana que poseía una gran sabiduría. En el pueblo se contaba incluso que tenía poderes mágicos, que curaba a enfermos y realizaba deseos a personas que no eran felices. Un día, caminando los tres amigos por el bosque, Fran le preguntó a Ana:
—Ana, ¿por qué no vas a la casa de la anciana sabia? Quizás podría curarte tu ceguera.
—No, no quiero ir —respondió ella.
—¿Por qué no? —preguntó sorprendido Samuel.
—Pues porque soy feliz como soy y no deseo nada más. La anciana sabia cura a personas enfermas y que son infelices, pero yo no me considero ni enferma ni infeliz, todo lo contrario, por tanto no podrá devolverme la vista... Y aunque lo pudiera hacer, tampoco lo deseo, soy muy feliz como soy.
—Pero, ¿por qué te conformas? ¿Serías más feliz pudiendo ver? —preguntó Fran.
—No, no creo que pueda ser más feliz, porque ya lo soy plenamente así —replicó Ana.
—Pues yo desearía ser tan bueno en los deportes, alto y guapo como Samuel. Si pudiera pedir este deseo a la anciana sabia, lo haría —contestó Fran.
—Pues yo desearía poder tocar un instrumento musical y ser tan inteligente como Fran. Si pudiera pedir este deseo a la anciana sabia, lo haría —expuso Samuel.
Inconformes ambos amigos con sus capacidades personales y anhelando las del otro, a Ana se le ocurrió la idea de que podrían acercarse a casa de la anciana sabia para que Fran y Samuel pidieran sus deseos. Al llegar a su casa, tocaron al timbre y les recibió una señora anciana de cabellos plateados y gafas redondeadas. Al ver a los tres niños, preguntó:
—¿Os puedo ayudar en alguna cosa, queridos niños?
—Sí —contestó Ana—. Esperamos que pudiera ayudarnos usted con sus conocimientos y poderes.
—¡Ah!, por supuesto. ¡Pasad, por favor!
La anciana sabia les invitó a un vaso de leche caliente y unos pasteles. Se dio cuenta de que Ana era ciega y pensó que la niña y sus amigos iban a pedirle que le curara su ceguera, por ello preguntó:
—Querida, ¿qué deseas?, ¿que te devuelva la vista? No sé si podré hacerlo, tengo muchos conocimientos por mis años, pero mis poderes son limitados. He podido ayudar a mucha gente, pero no creas todo lo que se cuenta en el pueblo —explicó con humildad la anciana.
—No, no se preocupe —contestó Ana—. Aunque pudiera hacerlo, no lo deseo, soy feliz como soy. No deseo nada más. Puedo oír, tocar, saborear y oler, y no tengo pena alguna por no poder ver. Vengo acompañando a mis amigos, ellos son los que desean pedirle un deseo.
La anciana sabia quedó entusiasmada con la respuesta de la niña, y entonces se dirigió a los niños, los cuales expusieron sus deseos de adquirir las maravillosas cualidades que anhelaban y que poseía su amigo. La sabia anciana les contestó:
—Queridos niños, como le decía a vuestra amiga, mis poderes son limitados. Pero sí he podido ayudar a mucha gente por mis años y conocimientos, y os puedo decir lo siguiente: todas las personas poseemos unas excelentes capacidades, lo que pasa es que todos somos diferentes y tenemos el defecto de desear lo que tienen los demás, sin darnos cuenta de nuestras fantásticas cualidades. De hecho, tan excelentes lo son que los otros las desean, como así se ve claramente en vuestro caso. Debéis pensar en lo maravillosos que sois cada uno, en lo excelentes que son vuestras habilidades, que otros muchos desearían tener. El único deseo que en todo caso deberíais pedirme es ser tan felices como vuestra amiga Ana, pues tenéis incluso más motivos que ella para serlo.
Los niños quedaron maravillados con las palabras de la anciana sabia, y replicaron:
—Pero ¿por qué Ana es más feliz que nosotros? Ella no puede ver, ¿es por esto? —preguntó Fran.
—No —contestó la anciana sabia mirando con orgullo a Ana—. Se debe únicamente a que ella no desea lo que tienen los demás. Es feliz con lo que tiene, pues lo valora como un tesoro. Es cierto que no puede ver, pero disfruta pudiendo oír, tocar, saborear y oler, cualidades que vosotros poseéis junto con la vista y con otras muchas como me habéis explicado, y que no valoráis en absoluto.
—¿Puede entonces por favor hacernos tan felices como lo es Ana? —pidió Samuel.
—Lamentablemente, no —dijo la anciana—. Este deseo también excede a mis poderes. Pero vosotros sí podéis cumplirlo, como lo ha hecho Ana, y confío en que mis reflexiones os ayuden a conseguirlo.
Fran y Samuel quedaron entusiasmados con los consejos de la anciana sabia y los tres niños se despidieron de ella y volvieron a sus casas. Desde aquel día, Fran y Samuel entendieron la razón de la felicidad de su amiga Ana y se propusieron ser felices cada día con sus cualidades y con todas las maravillosas cosas que poseían.
FIN