Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
El mundo en experiencias: raíces que miran al futuro
La cascada interior de Jewel Changi, Singapur, donde naturaleza, arquitectura y tecnología convierten un aeropuerto en una experiencia. Foto: Felipe Cabello Colón.
Durante
nuestro viaje encontramos ciudades capaces de conservar siglos de historia
mientras incorporaban la tecnología a casi todos los aspectos de la vida
cotidiana. Sus tradiciones seguían presentes en los mercados, la arquitectura,
la gastronomía y los rituales, aunque la forma de acceder a ellas hubiese
cambiado.
Tallin, Singapur y Seúl nos mostraron maneras muy distintas de avanzar sin desprenderse de las propias raíces. En ellas comprendí que la tradición permanece viva cuando continúa formando parte de la vida de las personas y encuentra nuevas formas de transmitirse.
Festival medieval en el centro histórico de Tallin, Estonia. Foto: Felipe Cabello Colón.
Un encuentro inesperado con el pasado
Llegamos
al centro histórico de Tallin mientras comenzaban a instalar unos puestos en
una de sus plazas. Preguntamos qué estaban preparando y así descubrimos que iba
a celebrarse un festival medieval.
Poco
después, la plaza se llenó de actividad: personas vestidas con trajes de época,
puestos de artesanía y comida, y música en directo. Rodeados por las fachadas
históricas de la ciudad, durante unas horas parecía que habíamos retrocedido
varios siglos.
No
era un espectáculo para contemplar desde la distancia. La gente recorría los
puestos, escuchaba música, conversaba con los artesanos y participaba en el
ambiente. El patrimonio había salido de los edificios para ocupar de nuevo la
plaza.
Aquella escena encajaba perfectamente con la Ciudad Vieja de Tallin. Las puertas de Viru, el pasaje de Santa Catalina, la plaza del Ayuntamiento, la iglesia de San Olaf, la catedral de Alejandro Nevski y los miradores forman un conjunto extraordinariamente bien conservado. Sin embargo, la ciudad no transmitía la sensación de haberse quedado detenida en el tiempo.
Murales en los antiguos edificios industriales de Telliskivi Creative City, Tallin. Foto: Felipe Cabello Colón.
Una ciudad medieval y digital
Para
desplazarnos utilizamos un transporte público que funcionaba de forma sencilla
y digital. También adquirimos entradas para diferentes atracciones sin apenas
trámites. Para desplazarnos utilizamos un transporte público sencillo de usar,
con billetes y sistemas de pago digitales. También compramos las entradas para
distintas atracciones sin apenas trámites.
Esa
impresión no era casual. Estonia ha convertido la identidad digital y los
servicios en línea en una parte central de su funcionamiento como país. La
tecnología estaba muy presente, pero no anulaba la personalidad de Tallin.
Fuera
del casco histórico conocimos espacios como Telliskivi Creative City y el
puerto de Noblessner, antiguas zonas industriales transformadas en lugares
culturales, creativos y gastronómicos. La ciudad había encontrado nuevos usos
para espacios del pasado, incorporándolos a su vida actual.
Tallin
estaba preparada para recibir al turismo y, al mismo tiempo, se sentía viva.
Acogía a los visitantes sin transmitir la saturación que habíamos encontrado en
otras capitales europeas, como Roma o Atenas. Allí entendimos que conservar una
ciudad no consiste únicamente en restaurar sus edificios. También implica
permitir que sigan teniendo una función y que cada generación encuentre su
manera de habitarlos.
Espectáculo nocturno de luces en Gardens by the Bay, Singapur. Foto: Felipe Cabello Colón.
El futuro ya está aquí
En
Singapur, la impresión de estar asomándonos al futuro fue mucho más intensa.
Desde que llegamos, nos impresionaron su limpieza, su arquitectura y la
precisión con la que parecía funcionar todo. El transporte era eficiente, los
espacios públicos estaban cuidados y la tecnología aparecía integrada con
naturalidad en las actividades más cotidianas.
Entramos
por primera vez en un establecimiento de 7?Eleven completamente automatizado.
No vimos dependientes ni personal de seguridad. También encontramos robots
circulando por un centro comercial. Eran escenas que, hasta entonces,
asociábamos más con una película sobre el futuro que con una ciudad real.
Marina
Bay reforzaba esa impresión. Los rascacielos, la bahía y la arquitectura
formaban uno de los paisajes urbanos más impactantes del viaje. En Gardens by
the Bay, las estructuras futuristas, la vegetación, el Flower Dome y el
espectáculo nocturno de luces creaban un entorno casi irreal. La tecnología se
utilizaba para construir una experiencia alrededor de la naturaleza y despertar
la curiosidad de quienes la visitaban.
El aeropuerto de Changi fue el colofón. En Jewel, una enorme cascada desciende en medio de un jardín interior y consigue que durante unos instantes olvides que te encuentras en un aeropuerto. Pocas infraestructuras convierten un lugar de paso en una experiencia por derecho propio. No sorprende que Changi haya sido reconocido en numerosas ocasiones como uno de los mejores aeropuertos del mundo.
Mezquita del Sultán, en Kampong Glam: tradición e identidad en el corazón del Singapur contemporáneo. Foto: Felipe Cabello Colón.
Muchas identidades en una sola ciudad
Singapur
también conservaba una identidad construida mediante la convivencia de culturas
muy diferentes. En Kampong Glam visitamos la mezquita del Sultán y recorrimos
Haji Lane. En Chinatown conocimos el templo Buddha Tooth Relic y el templo Thian
Hock Keng. También recorrimos Little India y probamos la gastronomía de ambos
barrios.
Templos,
mezquitas, comercios tradicionales, rascacielos y jardines tecnológicos
convivían dentro de un territorio muy pequeño. Las distintas religiones y
comunidades mantenían sus espacios y costumbres mientras participaban en una
ciudad común.
La
organización que tanto nos impresionó también tenía otra cara. Percibimos una
ciudad regida por numerosas normas y una disciplina muy visible. Todo
funcionaba con una precisión casi excesiva. La ciudad no parecía artificial,
pero su perfección resultaba a veces difícil de creer.
Esa
combinación fue precisamente lo que la hizo fascinante: una ciudad ultramoderna
y cuidadosamente ordenada que conservaba barrios, templos y sabores capaces de
explicar de dónde venían sus habitantes.
Visitantes vestidos con hanbok en el palacio de Gyeongbokgung, Seúl, Corea del Sur, donde la tradición sigue formando parte de la experiencia cotidiana. Foto: Felipe Cabello Colón.
Una pausa en medio de la metrópoli
Corea
del Sur nos ofreció otro tipo de contraste. Busan nos sorprendió por su belleza
y por la variedad de ambientes que podían encontrarse dentro de una misma
ciudad. Gamcheon Culture Village llenaba las laderas de color, mientras el
mercado de Jagalchi conservaba el ritmo cotidiano de una ciudad vinculada al
mar. El paseo de Songdo, la Diamond Tower y las zonas comerciales mostraban una
cara más contemporánea.
Moverse
por Busan, comprar entradas y viajar en tren hasta Seúl resultaba fácil y
fluido. La tecnología acompañaba el recorrido sin reclamar constantemente
nuestra atención.
Seúl
era inmensa. Caminando por sus amplias avenidas, los edificios modernos
parecían extenderse sin final. En medio de esa gran metrópoli aparecían el palacio
Gyeongbokgung, la puerta Gwanghwamun y las casas tradicionales de Bukchon Hanok
Village.
En
el palacio vimos a numerosas personas vestidas con hanbok, el traje
tradicional coreano. Jóvenes y familias recorrían el recinto, se fotografiaban
y compartían las imágenes con sus teléfonos. La tradición estaba presente como
una experiencia que podía disfrutarse y reinterpretarse.
Uno
de nuestros recuerdos más especiales de Seúl ocurrió en una pequeña tetería
tradicional. Al entrar dejamos atrás por un momento el tamaño y el ritmo de la
ciudad. El espacio estaba decorado con enorme cuidado y transmitía una profunda
tranquilidad. Nos explicaron en qué consistía la ceremonia coreana del té y qué
simbolizaban sus gestos.
La preparación y la forma de compartir el té invitaban a vivir el momento con calma, atención y respeto. Después de tantos desplazamientos, aquella experiencia sencilla nos obligó a detenernos. En una de las ciudades más modernas y extensas del mundo, una tradición transmitida durante generaciones nos regaló un momento de silencio.
Innovar para conservar
Estos
lugares me hicieron pensar en la diferencia entre conservar una tradición y
mantenerla viva. No basta con protegerla o explicarla: su continuidad depende
de que nuevas personas puedan conocerla, practicarla y encontrarle sentido en
el presente.
La innovación puede ayudar a documentar, enseñar y difundir el patrimonio. El reto consiste en actualizar la forma de compartirlo sin vaciarlo de significado.
Barco elaborado mediante la cristalización de la sal, una tradición artesanal singular de Torrevieja. Foto: Felipe Cabello Colón.
El futuro de nuestra sal
Al
regresar a Torrevieja, esta reflexión adquirió un sentido mucho más cercano.
Una de nuestras manifestaciones culturales más singulares es la artesanía
salinera y, especialmente, la elaboración de barcos de sal, una práctica
considerada única en el mundo.
Esta
tradición comenzó a desarrollarse en el siglo XIX entre los propios
trabajadores de las salinas. Las maquetas reproducen embarcaciones vinculadas a
la historia marítima de Torrevieja y se construyen con estructuras de madera y
otros materiales completamente recubiertos de tela e hilo de algodón. Durante
la época del cuaje se sumergen en la laguna de Torrevieja para que los
cristales de sal se adhieran a su superficie.
El
proceso depende de factores naturales como la concentración de sal, la
temperatura y el viento de levante. Cuando las condiciones son adecuadas, las
piezas permanecen sumergidas alrededor de tres días y deben revisarse y girarse
varias veces. Al salir de la laguna tienen un tono rosado; después se dejan
secar durante una o dos semanas hasta que la sal adquiere su característico
color blanco.
Actualmente
quedan apenas dos artesanos tradicionales que conocen en profundidad este
proceso. He tenido la oportunidad de visitar la Escuela Municipal de Artesanía
Salinera y hablar con su director y sus profesores. Fundada en 2021 para evitar
la desaparición de este patrimonio, hoy cuenta con más de cuarenta alumnos.
Su
labor es esencial para transmitir la técnica, aunque formar nuevos alumnos no
garantiza por sí solo el relevo profesional. Para mantener viva esta tradición
también necesitamos darle visibilidad, escuchar a sus artesanos y crear
oportunidades para que su trabajo sea conocido y valorado.
Esther Elkouss Coronas ha
liderado proyectos de marketing y eventos en Nueva York, París y Madrid.
Apasionada por la cultura y los viajes, tras un viaje de un año por 67 países
fundó Miss Flamingo, una plataforma digital que conecta a residentes y
visitantes con experiencias culturales, gastronómicas y de ocio de Torrevieja y
su entorno.