Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
La calle del Poso
Los años 50. La calle Carreteros. Dicen que había un pozo, aunque
yo no lo recuerdo. ¿Existió? No lo sé. Pero le dio nombre a la calle durante
mucho tiempo. En la Torrevieja de aquellos años, la calle del Poso.
Cuando llegaban
las lluvias y caían aguaceros se formaban grandes
charcos, la tierra roja se
convertía en barro y las piedras, grandes como rocas, quedaban al descubierto. ¡¡¡Qué
felicidad!!! Hora de sacar las botas, saltar en los charcos, mojarse..., calarse hasta bien adentro, y después modelar el barro,
mancharse las manos y convertirse en alfareros.
En las casas no había agua corriente, pero en sus patios había un aljibe
o un pozo de donde se sacaba el agua fresca. Beber el agua del botijo dormido
toda la noche dentro del pozo...,
agua fría del mejor frigorífico. Y había un quinqué para
cuando faltaba la luz eléctrica, que eran tiempos
de apagones y de carencias. Y en la cocina de carbón,
lentamente, se preparaba
la comida, lentamente... Porque se vivía
sin prisa.
Si andabas
calle abajo, llegabas
a la estación del tren con su entramado de vías, el humo y
el hollín, la locomotora de vapor, la
algarabía de los viajeros y aquel enorme
reloj. Aún recuerdo
las tartanas, que por unas cuantas monedas
te llevaban hasta
el pueblo. Y más adelante,
las salinas, combinación de blanco y rosa. Montañas
de sal, vagones,
grandes sacos y carretas. Llegaban los salineros, unos andando, otros en bicicleta.
Y recuerdo
que a la una del mediodía se oía una sirena que resonaba en todo el barrio del Acequión. Y las mujeres decían «el pito de las salinas», «la hora de comer», «hay que echar
el arroz».
Alejándote unas pocas calles
llegabas a la finca de Los Hoyos.
Grande, inmensa, con una larga pared
de piedra que era casi una muralla y sus torres en las esquinas. En lo alto de
la pared caían las ramas. Nosotros le llamábamos El Cerco..., El Serco. (No olvidemos el seseo torrevejense).
Y en
las tardes de sol corríamos
por aquellos caminos,
haciendo ramos de ababoles y cogiendo grillos.
Había un colegio. Sólo de niñas,
el de niños quedaba un poco más
lejos. Niñas de todas las edades,
que entonces era una escuela
unitaria, aprendimos a leer y aprendimos a contar, nos enseñaron a pensar y a razonar,
a ser y a respetar.
Y había
una tienda. Al entrar, unos grandes toneles
de vino, sacos,
y la máquina del aceite. Las compras se hacían
«a granel».
La calle estaba
viva, se charlaba sin apenas
prisa en las puertas y en las esquinas.
Cuando llegaba el pregonero, pequeños y mayores le rodeaban muy atentos, sonaba aquella
corneta y se hacía el silencio: «De parte del señor alcalde
se hace saber...».
El afilador, con su chiflo y aquel sonido estridente y extraño, afilaba navajas y cuchillos, que al acercarlos a la piedra
hacían saltar chispas. Con qué asombro observaba toda la chiquillería.
Había otros personajes que pasaban a menudo: arrope y calabasate a lomos de un borrico,
el carrico del agua que por unas pesetas te la llevaba
a la orza de tu casa,
por la mañana temprano el agua de cebada y,
a la tarde, el charlatán que te vendía
las mantas.
Al atardecer, a la puerta
de tu casa, veías pasar un rebaño
de cabras y delante su cabrero.
Y en las noches
de verano, cuando
el calor arreciaba, un montón de mecedoras para «tomar el fresco».
Era la vida de
entonces:
El agua fresca
del pozo, amasar el barro...
Y aquel colegio...
Y en las tardes soleadas de otoño, un paseíco
por la pared del “Serco”.
Hoy la calle del Poso es la avenida
de Diego Ramírez.
Dicen los sociólogos que los niños de aquella
década han sido los que han vivido
el mayor número
de cambios y transformaciones sociales.
La televisión, la llegada del hombre a la Luna,
la erradicación de muchas enfermedades, como la viruela de la que fuimos vacunados, los electrodomésticos, el descubrimiento de la estructura del ADN, el ordenador, Internet...
Pagamos con una tarjeta, llevamos
en el bolsillo un teléfono
hiperconectado, y ya empezamos a preguntar nuestras dudas a eso que
llaman la IA.
Pero, cuando
vuelves la mirada
y observas tu largo trayecto, sabes que fueron tus raíces:
El agua fresca
del pozo, amasar el barro….
Y aquel colegio….
Y en
las tardes soleadas de otoño, un paseíco por la pared del “Serco”.