Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
La plaza
Los
rascacielos han crecido alrededor de la plaza. Alguno más rápido que otro. En
su contorno aún permanezco rodeado de parterres versallescos, una estatua
ecuestre y alguna fuente de la que no siempre emana agua. La gente transita a lo
largo y ancho sin reparar en mí, pese a portar un atuendo llamativo, más propio
de varias décadas atrás. De todas formas, no falta quien repara en mí y
pregunta con guasa para qué sastrería trabajo, o si es un modelo de Versace para
sin techos.
Nada
de ello altera el espacio. El paso de los años no ha creado nada nuevo en mi
interior, pese a intentar sacudir en la soledad esa joven rebelión que, ya
pasados incontables inviernos, va transformándose en resignación o, más bien
diría, decepción.
Contemplo
el idéntico cielo, sus nubes intratables, portadoras de esas largas lluvias capaces
de apocar el contorno hasta ser lo que soy hoy, un simple manojo de huesos a la
espera del día en que todo estalle; que al prócer lo derriben del caballo, los
parterres hechos fango se ahoguen sin salvavidas, y no digo nada acerca de las
pomposas tiendas de color que, de a poco, apagarán sus luminosas letras para
finalmente descoserse como yo.
Recuerdo
cuando vi por primera vez una gran pancarta atravesando la plaza. Sencilla, con
desparejas letras rojas extendiendo la consigna: «Los trabajadores al poder». Entrecierro
los ojos, todos los detalles aún cobran vida, y cuando los abro acepto que la
imagen dejó de ser la misma. El tiempo modificó su objetivo pese a recordarla,
a que mi piel se eriza de igual manera como cuando aplaudía las columnas de
trabajadores marchando puño en alto y destacando con su grito la firmeza de
cambiar el mundo. Quizás sólo repetían consignas, no me atrevo a afirmarlo,
pero si en estos días es meta, se puede dar como obsoleta, pese a desear creer
que no olvidada.
Qué
extraño es estar aquí de vuelta. Respirando el aire con la inexperiencia de un
confeso creyente de que todo lo malo del mundo, tal vez debería decir del tiempo
en que crecí, se reducía a ese cambio ineludible que sería alcanzado por las
buenas o por las malas. Pocos placieron a pleno ese momento, y menos aquellos
que lo conciban, al analizar las etapas, como las cenizas de un cambio de circunstancias
pero no de hechos, de realidad. El clásico mismo perro con diferente collar, idénticas
barbaries con disímiles recursos, las mismas palabras adaptadas a una realidad
que en poco se diferencia de lo anterior.
Multitudes
atraviesan a lo largo de sus vidas esas piedras corroídas por pares de pies capaces
de soñar, de hacer rutina con esa quimera; una rutina sojuzgada por la realidad
ajena a mi ausencia. La plaza no echó de menos mi marcha. Nada más vegetó entre
la firmeza del cemento y baches circundantes nunca reparados.
Mis
pasos continúan de un lado a otro, miden el tiempo de ausencia y no encuentran
más que un erguido par de militares, vestidos de gala, firmes a ambos lados de
la estatua. El prócer antes desconocía esa guardia, estoy convencido de que
ahora tampoco la precisa, aunque deje un toque de distinción para los turistas.
Como de un homenaje a la paciencia, diría, de un ser que no conoció tanta ceremonia
y pasó de incomprendido a ser citado en los discursos oficiales.
Un cartel vertical cuelga hoy de varias farolas. Extraño que no sea de carácter político. En el mes de octubre, habrá una exposición retrospectiva de Andy Warhol patrocinada por la embajada americana y el sabor de la sopa Campbell. Algo único, irrepetible. La mayoría de los transeúntes observan desafectos, no ven arte en una lata de sopa, pero probablemente tampoco lo vieran en Las señoritas de Avignon de Picasso o en Círculos en un círculo de Wassily Kandinsky. Están invitados a presenciar con el mismo evento charlas dictadas por expertos en la pintura de Warhol y su papel en el nacimiento y desarrollo del pop art.
Mis ojos prolongan la búsqueda de algo capaz de arrancar esa adolescencia lejana. Acercar este presente en el que ya no soy nada. ¿Tal vez un detractor más de las nuevas tecnologías? Disto de los jóvenes con sus móviles en la mano afectados por las pantallas que les informan del mundo. Ellos están más pendientes del gran concierto de música suburbana patrocinado por el Ministerio de Cultura y anunciado en los afiches pegados al pedestal del monumento al prócer. ¡Qué bueno! Participarán más de treinta intérpretes callejeros, ocho bandas de rock y, para cerrar el evento, un cover de Kiss consintiendo, así que los más mayores se sientan representados.
Sin
duda el concierto atraerá a una inefable cantidad personas sedientas de
desconectar y hartas de trabajar. Las imagino. Desconectar de la realidad no es
comprar otra realidad. Corrí de lo que me decía la realidad una vez y tardé cuarenta
años en regresar a la plaza. Soy yo el que no reconoce el lugar, y menos aún la
gente que me rodea. No he cambiado de continente; simplemente es lo mismo pero
en versión más pobre. Pienso que en vez de custodiar el cover de Kiss, los guardias del monumento tendrían que analizar cómo
fue todo medio siglo atrás, y yo también deba cambiarme la ropa. Dejar el
modelo vintage de Versace y aceptar
que la plaza que contemplo no me da la bienvenida.
Durante
décadas yo sí me alimenté de ella. La vi en noches de sueños. Anduve sus
senderos, contemplé los parterres y sus fuentes casi secas como hoy. Me perdí
en discusiones nocturnas acerca de la arquitectura que la envolvía, y así no
siento nada en este momento en que cruzo la calle para alejarme del día de mi
reencuentro idealizado.
Durante demasiado tiempo fue mi meta, el puente de Einstein-Rosen de mi existencia. Lo adiviné en el instante de pisar sus piedras, en cada paso, en cada alerta por no tropezar otra vez. Ahora me voy persuadido de que aún existe camino por delante, pero a su vez convencido de que dentro de aquella plaza faltó reconocerme a mí mismo.