Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
El sistema político de
Platón en Las Leyes
Platón (Atenas 428/427–347 a. C.)
es uno de los filósofos más conocidos e influyentes de la historia de la
filosofía y la cultura occidentales; pese a ello, su pensamiento y obra —los
diálogos, un género propio en el que plasma su método dialéctico de
acercamiento al conocimiento universal— siguen siendo objeto de estudio. Las
Leyes, la obra en la que trabajaba cuando murió, permanece como una de las
menos conocidas, entre otras razones debido a su autoría, largamente
cuestionada. La temática, el diseño de una constitución para Magnesia, una
nueva colonia que van a fundar los cretenses, busca alcanzar el gobierno de los
más sabios y justos, ya explorado por el autor en el resto de su producción. Al
examinar más de cerca la obra emergen elementos que suscitan la duda, como un
comienzo abrupto, sin introducción y un final mal resuelto (los tres
interlocutores no alcanzan la caverna de Zeus en el monte Ida a la que se
dirigían). Resulta extraño el nivel de detalle que presenta la regulación de
algunos ámbitos de la vida ciudadana y el carácter religioso de toda la obra.
Una explicación plausible de estas perplejidades puede ser que la obra no la
redactara al final de su vida, sino a lo largo de muchos años, mientras la
simultaneaba con la creación de otros diálogos; que fuese un texto vivo al que
iba añadiendo elementos conforme revisaba su teoría de las Ideas inventando objeciones
a la misma que ponía en boca de sus interlocutores literarios. El conjunto de
la obra adolece de la corrección final a la que Platón sometía sus producciones.
Debemos
contextualizar Las Leyes con La República, donde Platón presenta
su estado ideal gobernado por filósofos (o filósofas, ya que no distinguía en
qué cuerpo se podía alojar un alma excelsa), su idea de gobierno justo.
El interés de Platón por la
política se despertó al acercarse a Sócrates y su círculo, y la convirtió en su
tema de reflexión tras la condena y muerte de su maestro en el 399 a. C. De
Sócrates tomó la creencia de que los valores morales son universales, que la
dialéctica es el método adecuado para alcanzarlos, la importancia de la
educación y la oposición al convencionalismo y relativismo de los sofistas.
Platón mezclará estos elementos con ideas de los pitagóricos e influencias de
Parménides de Elea y de la escuela de Megara. Con estos mimbres diseña su
teoría de las Ideas, cuya sucinta enunciación sería que existe un mundo
subsistente en el que se encuentran las Ideas, inmutables, únicas y modelo de
la realidad fenoménica, el mundo de los sentidos, caracterizado por el
movimiento, el cambio y la temporalidad. Las relaciones entre ambos son
problemáticas en la filosofía platónica, ya que en hasta sus diálogos de
madurez defiende que «una idea puede participar en otra idea» (Ferrater Mora,
2588), improntas de las ideas en sus copias materiales, mientras que en las
obras posteriores defiende una relación similar a la existente entre un modelo
con su copia, una mímesis. En La República encontramos un estricto
programa educativo para conducir a las almas desde la oscuridad del mundo
aparente de los sentidos hasta la contemplación de la Idea suprema de Bien, una
anagogía o ascensión centrada en el cultivo de las virtudes del alma: la razón,
la valentía y la templanza. No todos alcanzarán la noesis o conocimiento
más elevado, sino sólo los filósofos, llamados a gobernar por ser los «técnicos»
del conocimiento.
En Las Leyes, tres ancianos —el extranjero ateniense, que defiende la opinión de Platón; Clinias, un ciudadano cretense a quien se encarga la fundación de una nueva colonia, cuya constitución diseñan en el diálogo; y Megilo, ciudadano de Esparta, que vive bajo unas leyes que Platón contempla con simpatía— se encuentran en Creta peregrinando desde Cnosso al monte Ida, ubicación de la caverna antro de Zeus; este contexto religioso propicia que comiencen a hablar sobre el origen de las leyes, ya que se dirigen a un lugar sagrado y los tres comparten la creencia de que estas tienen un origen divino, en clara oposición a la posición sofista que las conciben como una creación humana. Al esbozar una constitución concreta, su nivel de detalle es mucho mayor que el bosquejado en La República, y en él encontramos una concepción organicista del estado en la que los individuos son concebidos como células del mismo y se deben al buen funcionamiento de la colonia más allá de sus propias aspiraciones personales: las regulaciones de Platón en temas como la vida sexual, la danza o los juegos resulta asfixiante en algunos puntos. Podríamos decir que el filósofo crea un artefacto técnico de poder, un «dispositivo de poder» en el sentido foucaltiano, en el que es más importante el equilibrio del aparato que el bienestar de los ciudadanos.
Platón encarga a los legisladores —los más
diestros en el uso de la inteligencia y la razón— plasmar en el gobierno de la
ciudad sensible la armonía del mundo de las Ideas, alejándola de la oscuridad y
el error de la ignorancia:
La ignorancia máxima, disfrazada de
falsa sabiduría, es la causa de la ruina de los Estados (...) el legislador, (...),
ha de tratar de infundir en las ciudades toda la cantidad de razón que pueda y
de quitar de ellas la insapiencia en la medida de lo posible. (Leyes, 688e, 206).
Platón identifica insapiencia o
ignorancia con el desconocimiento del verdadero bien, confundiéndolo con el
bien particular de algunos, resultando, por tanto, unas leyes injustas; no
olvida el caso de Sócrates, condenado por un tribunal público o el de
Alcibíades, joven ateniense de gran intelecto, formado con Sócrates que fue
víctima de sus propias aspiraciones. Platón busca un régimen que escoja las
ventajas tanto de la democracia como de la monarquía y evite sus inconvenientes.
Su propuesta será elegir un tirano «joven, de buena memoria, dócil, valeroso y
magnífico por naturaleza». (Leyes, 709e, 238).
Platón encarga a los magistrados, la clase más cuidadosamente diseñada
en la obra, la tarea de legislar y velar por la estabilidad de este corpus, y
no la de administrar justicia, ya que son los más excelentes ciudadanos:
(...) Pues bien, de la misma manera
que cuando se trata de un tejido o de cualquier otra obra de trenzado, no es
posible hacer de la misma materia la trama y la urdimbre, sino que resulta
forzoso que el género de la urdimbre sea superior en calidad, pues ha de ser
fuerte y estar dotado de alguna firmeza en relación con su modo de actuar,
mientras que la otra puede ser más blanda y comportarse con cierta flexibilidad
relativa, de ese mismo modo próximamente es menester separar, en cada caso y
con arreglo a dicha proporción, a aquellos que deben ocupar cargos en las
ciudades de aquellos otros que únicamente hayan sido puestos a prueba por medio
de una ligera educación.
(Leyes,734e-735a, 277).
Las cualidades sobresalientes de
los llamados a ser magistrados se muestran durante el proceso de educación, al
que dedica el libro VII de Las Leyes. Regula desde el mismo momento del
embarazo, sometido a una supervisión constante, con propuestas de ejercicios para
que las gestantes produzcan individuos sanos, una de las primeras muestras del
manejo del biopoder (término de Foucault) por parte de Platón para someter el
conjunto de los ciudadanos a la supervivencia de la colonia. Los niños en esta
obra, a diferencia de La República, en la que Platón proponía que fueran
separados de su familia y educados por la polis, pertenecen a un núcleo
familiar de cuatro miembros (si hay más, se educan comunalmente), cuya vida
está totalmente controlada por el estado (dice Platón en 808e: «(...) el niño
es la más difícil de manejar de todas las fieras» (395). Comienzan con juegos,
siguen con el adiestramiento en el manejo de armas desde los seis años para
tener siempre a la población presta para la guerra; más tarde, música poco
novedosa para empezar a despertar el alma y hacer placenteros los ejercicios;
lectura, escritura básica y nociones de matemáticas, útiles en todos los
ámbitos de la vida. No es partidario de la erudición, que percibe como un
peligro para los niños. En este sistema educativo el ejemplo y el modelo son más
importantes que el aprendizaje memorístico; juegos, festividades y certámenes
tienen un papel destacado.
La supeditación del individuo al
estado lo lleva a regular el culto a los dioses. Se prohíben los altares
particulares y legisla con detalle la realización de festividades religiosas y
certámenes que se celebran alrededor de ellas, una ocasión para hacer
preparativos de guerra: juegos de lanzamientos o luchas, danzas y
representaciones teatrales debían ser maniobras militares encubiertas bajo un
manto de piedad y esparcimiento.
En este contexto de holganza al
aire libre, con cuerpos jóvenes, bien alimentados, compañía agradable, música y
representaciones, Platón ve el peligro de que la promiscuidad se extienda y el
número de ciudadanos de la colonia sobrepase los 5040 que él estableció como
número perfecto (los «excedentes» podían ser deportados a otros lugares), y por
ello regula que las relaciones sexuales se den solo dentro del matrimonio y que
la homosexualidad sea proscrita (según el filósofo no sería acorde a la
naturaleza, contradiciendo su propio discurso en El Banquete) mediante
la persuasión en primera instancia, y con un cuerpo de inspectores
posteriormente.
Platón establece a priori las
condiciones para que sea una ciudad justa y equilibrada, habitada por gentes procedentes de
otros lugares, con orígenes, creencias y educación dispares. Para que la
convivencia sea armoniosa y productiva, establece en 5040 (al ser el más
divisible) el número de habitantes. Cada uno de ellos recibirá un lote de
tierra para su explotación, una parte del cual será destinado a uso sagrado. La
propiedad de tierras y bienes supone otra divergencia respecto a La
República, obra en la que Platón proponía un comunismo de bienes y gentes (los
niños serían separados de las familias para ser educados por la ciudad). La
aceptación de la propiedad en esta obra va acompañada del deseo de que la
riqueza material de una parte de ciudadanos no se convierta en la pobreza de
otros, ya que esta implicaría un fallo moral: «(...) la pobreza no viene con la
disminución del patrimonio, sino con el aumento de la codicia» (Leyes,
743e, 292), y la codicia significa amar más lo material que el alma y no
haberla fortalecido lo suficiente con las virtudes. Platón no permite el oro ni
la plata ni monedas, excepto una de valor simbólico para las transacciones y la
dracma para los —escasos— intercambios con el exterior.
Con
el objetivo de no desequilibrar la colonia, la entrada de extranjeros será limitada
y por motivos especiales, como admirar un sistema político justo o peregrinar a
lugares sagrados. Los extranjeros serán tratados de forma exquisita, tal como
estaba establecido por las normas tradicionales de la hospitalidad. En el
código penal que detalla en los libros finales de la obra, se contemplan penas
para los posibles delitos que pudieren cometer, siendo más leves que la de los
habitantes de Magnesia, ya que esos extranjeros no habrían sido educados de
forma tan cuidadosa como ellos.
Esta
fijación de Platón por la estabilidad del número de ciudadanos, que trasluce la
profunda influencia de la filosofía pitagórica en el ateniense, puede ser la
razón para evitar que haya muchos nacimientos (por ello se regula la sexualidad
de los jóvenes), para limitar la entrada de extranjero e incluso en la dureza
del código penal contra los suicidas. Para entender cómo se castiga a un
suicida, hay que recordar que en Platón los delitos son una falta en la
educación del transgresor, un ejercicio de una voluntad guiada por un alma no
armoniosa, y tal como expusimos anteriormente, la educación platónica se da
preferentemente con el ejemplo; por ello, ha de haber penas para los suicidas,
y como no se puede ir contra su integridad física, Platón regula la ignominia
en el enterramiento: lejos de todo lugar habitado, en terreno inculto, sin
nombre ni inscripciones.
La
literatura generada por esta obra coincide en catalogarla como un texto
religioso, tanto por el origen divino de las leyes como por el alegato contra
la increencia que hay en él. En el Libro X examina los argumentos esgrimidos
contra los dioses: no creer en ellos; creer, pero afirmar que no se ocupan de
los asuntos humanos y pensar que se pueden sobornar con ofrendas y sacrificios.
Platón desmonta el primero con la demostración de la inmortalidad del alma, tal
como hizo en «el mito del carro alado» (Fedro, 245c): el alma está en perpetuo
movimiento, es «el movimiento que se mueve a sí mismo» (896a, 528) y por ello,
es anterior al cuerpo y a todo lo material y así, divina.
Respecto
a la creencia de que los dioses existen, pero no se ocupan de los asuntos
humanos (argumento que retomará posteriormente Epicuro de Samos), Platón afirma
en 902e (541) que los dioses son nuestros dueños, y por ello no pueden ser
menos cuidadosos con su creación y cuidado que un artesano mortal con su obra.
Acaba el discurso con la tercera razón de los ateos: los dioses pueden ser
sobornados por los mortales, atrayendo su favor mediante ofrendas, promesas y
regalos. Ante ello Platón aduce que los dioses no pueden ser menos rigurosos
que los guardianes de la ciudad (907b, 549).
Una
vez establecido el corpus legislativo de la nueva ciudad, queda la parte más
difícil: hace falta un cuerpo de ancianos expertos que velen por que esta no pierda
su excelencia. El extranjero ateniense propone la creación de un consejo
nocturno de sabios, encargados de discutir el buen funcionamiento y vigilar que
los magistrados y el resto de ciudadanos cumplan las funciones asignadas a cada
uno. Ante ello cabe preguntarse: ¿quién los escoge y los controla? ¿Deja
espacio para la libertad del individuo? Platón garantiza ciudadanos bien
educados, sin penurias económicas y con una vida rutinaria, pero con muy poco
espacio para la creatividad, el arte y la espontaneidad.
Bibliografía
Ferrater Mora,
J. (1990): Diccionario de Filosofía, vol 3: «Platón», Alianza
Diccionarios.
Foucault, M. y
otros (2012): Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Alianza
Editorial.
Platón (1981):
Fedro, Obras completas, Aguilar.
---------
(2005): Las Leyes, Alianza Editorial.
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(1981): La República, Obras completas, Aguilar.