Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Raspallón
Hoy cumplo seis años y estoy muy
contento. Papá me ha regalado una caña de pescar pequeña y un gran libro de
cuentos con muchos dibujos. Me ha dicho que esta noche empezaremos a leerlo
juntos. Los cuatro nos estamos riendo. Estamos sentados alrededor de la vieja
mesa camilla. Sobre ella hay una enorme tortada cubierta de merengue muy
blanco. Hay seis velas de cumpleaños encendidas encima de la tortada y veo
pequeñas gotas que están a punto de caer sobre el merengue.
Yo estoy sentado entre papá y
mamá. Mamá me llama príncipe y hoy me ha dicho que le parezco a un rey con su
corona. Papá no me dice esas tonterías, él suele llamarme raspallón. Yo creo
que me lo dice porque soy listo y sé nadar muy rápido, aunque mi primo dice que
mis orejas se parecen a las aletas de un pez. A mamá le preocupan mis orejas.
Cuando me acuesto en la cama me mira varias veces para asegurarse de que no
están dobladas sobre la almohada y ponerlas derechas.
Yo estoy mirando a papá. Me gusta
su pelo negro peinado hacia atrás, su cara afeitada y su bigote. Papá es alto y
fuerte. Cuando se pone su traje de vestir, todas las mujeres lo miran. También
me gusta ver la cara que pone encendiendo un pitillo y los anillos de humo dando
un portazo que me asusta.
Papá tiene su brazo derecho
rodeando mi hombro y sonriendo me explica cómo soplar para apagar de una sola
vez las seis velas de cumpleaños. La sonrisa de papá es bonita y deja a la
vista un diente de oro. No sé por qué lo lleva. Un día le pregunté. Me contó que
había sido boxeador y que tuvo que pelear contra un campeón. Cuando pensaba que
iba a ganar, le dieron un puñetazo en la cara y empezó a ver rulos y luces
girando a su alrededor. A partir de ese día nunca volvió a pelear.
El momento más feliz del día es cuando
papá vuelve a casa después del trabajo en la pescadería. Él me deja que me
acueste en su cama. Entonces abre el cajón de su mesita de noche y saca algún
tebeo para leerme. Mis favoritos son los de Roberto Alcázar y los del Guerrero
del Antifaz. Cuando me quedo durmiendo, papá guarda los tebeos y se pone a leer
novelas del oeste.
Mamá está sentada a mi otro lado,
sostiene sobre las rodillas a mi hermano pequeño, pero no me mira a mí, mira a
papá. Mamá es más baja que papá, por eso lleva siempre tacones. Su risa es
pequeña y sus ojos reflejan miedo, pero no sé a qué. Después de nacer mi
hermano, mamá ha engordado y no nos quiere decir lo que pesa. Hoy se ha puesto
una blusa oscura y de su cuello cuelga una medalla de la Virgen.
Mamá se pasa casi todo el día
sola y por eso se pone a cantar. A ella le hubiera gustado ser maestra. Su
padre le enseñó a leer y a escribir, pero eran pobres y después de la guerra no
pudo estudiar. Yo también quiero a mamá; sin embargo, un poquito menos que a
papá. Ella no para de trabajar en la casa y de salir a comprar las cosas que
necesitamos. Cada día está más triste y ya no tiene tiempo de jugar con
nosotros, ni de leernos tebeos. Lo que más rabia me da es cuando discute con
papá. Muchos días papá llega muy cansado y se acuesta sin cenar. Mamá le dice
que no viene de trabajar, que viene de estar con otras mujeres. Yo me pongo
triste porque no quiero que discutan, entonces me tapo la cabeza con la
almohada para no oírlos. En silencio le grito a mamá que se calle, que no
invente cosas, que escuche a papá, él dice la verdad, él nunca miente.
Sentado en las rodillas de mamá
está el trasto de mi hermano. Es un pequeñajo que sólo sabe llorar y quitarme
mis cosas. Yo no se las dejo porque me las rompe, además son mías. Por eso
tengo que defenderme. Una vez le pegué en la cara con todas mis fuerzas. Él,
entonces, me mordió en el brazo y me dejó la marca de los dientes. Mamá entró y
sin saber lo que había pasado me dio un crujío en el culo que no me dolió, pero
me puse a llorar de rabia. Mamá cogió a mi hermano en brazos y le besó en la
cara. A mí me volvió a pegar otro crujío y me dijo gritando que los mayores
siempre tienen que dar el brazo a torcer. Yo no sé lo que eso significa, y
seguí llorando, aunque no me dolía.
Por fin llega el momento. Soplo
con todas mis fuerzas sobre las velas de la tarta. Cuatro velas se apagan, pero
las otras dos se resisten y tengo que soplar otra vez. Por fin se apagan
después de varios soplidos. Me siento feliz de haberlo logrado, aunque me
pareció ver a mamá soplando para ayudarme. Papá ha cogido un cuchillo de cocina
y va a cortar la tarta. A mí me dan un trozo enorme, mayor que el de mi
hermano. Mi hermano ha cogido su trozo de tarta con los dedos y me lo restriega
por la cara. Noto el sabor dulce del bizcocho mezclado con el cabello de ángel.
El merengue se ha quedado en mis mejillas. Mamá me dice que parezco un payaso.
Entonces papá empieza a cantar cumpleaños feliz. Papá tiene una voz muy fuerte
y mamá le acompaña dando palmadas. Yo me río al ver mi cara en el espejo llena
de merengue.
Cuando acabamos de cantar, papá
abrazó a mamá y le dio un beso. Pero mamá sigue triste y no se lo da. He oído a
papá pedirle perdón y mamá le ha dicho que no. Mamá no sabe perdonar; sin
embargo, ella me dice que tengo que perdonar a mi hermano cuando me pega. He
cogido mi cartilla del cole y me he puesto a leer para no oírlos. Papá ha dado
un portazo y ha dicho que se iba al bar.
Poco a poco se ha ido haciendo de
noche. Mi hermano está ya durmiendo. Mamá me ha puesto el pijama y me está
lavando la cara, que aún está llena de merengue reseco. Mamá me acuesta, pero
yo no quiero dormir y me pongo con mis coches a jugar en la cama.
Ya se ha hecho de noche, mis ojos se cierran y me entra mucho sueño. Entonces oigo abrir la puerta. Es papá, que acaba de volver del bar, y mamá le ha dado un beso muy gordo. Papá vuelve a toser y mamá se vuelve a enfadar. Él le promete que no fumará más y que irá al médico, luego la vuelve a besar. Ella también lo besa. Cuando terminan, papá me ve reírme; entonces, fingiendo estar enfadado, me dice:
—¡A dormir, raspallón!