Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Aquellos tiempos de cosas humildes
Calle Concordia (Torrevieja), año 1962. El niño es Antonio Ortuño. Foto: Nicolás Moreno Aniorte
Quiero
contaros algo para recordar —antes de que la memoria se vuelva rumor o se
pierda bajo el estruendo de los coches, el asfalto de sus calzadas y el
hormigón de sus edificios— lo que fue un pueblecito marinero a orillas del
Mediterráneo. Un lugar hecho de sal y de sol, de casas con patio y aljibe de
marcadas esencias salineras. Un pueblo donde la vida no transcurría con la
prisa de ahora, sino a un tempo mucho más lento, acompasado por el vaivén de
las olas, el silbido del levante y el olor de la tierra mojada de sus terrizas
calles.
Era
aquél un pueblo que olía a lo que era: a brisa y a red mojada, a madera de
barco impregnada de brea, a café recién molido a la solana estival en la puerta
del bar de José María. Al rechinar de la persiana del comercio de la esquina
cada mañana. Olía a pueblo. La gente se conocía por el nombre, por el apodo de
la familia, por el paso al caminar. Bastaba una mirada desde la puerta de casa
para saber si el día venía de cara o si la mar traía marejada o calma chicha. Y,
sin embargo, a pesar de su escala recogida, la actividad bullía a cada hora.
Las mañanas despertaban con el trajín del puerto, los pasos apresurados de los
pescadores descargando ese preciado botín plateado que eran las sardinas. Las
mujeres conversando escoba en mano y espolsador al hombro en las puertas.
Puertas de madera y típicas viviendas de planta baja, testigos impasibles de
esas charraetas que comenzaban cuando el sol empezaba a dorar las
fachadas.
«O
tempora, o mores», que diría Cicerón. El caso es que muchos añoramos ese sabor
de antaño, con todas las carencias y con todos los defectos. Con los consabidos
cortes de luz por sobrecargas y las históricas roturas y faltas de agua. Pero
cuando volvemos la vista atrás, no podemos evitar viéndonos correr detrás de la
rosiaera y percibir ese aroma tan peculiar a tierra mojada. Añoramos
tantas y tantas cosas que la memoria se pierde en el horizonte del tiempo...
Como
las espolsagueras provocadas por el viento de levante, en buena
conjunción con el abundante polvo de la calzada y que lo ponían todo perdido.
Esto hacía a nuestras abnegadas madres estar todo el día con el espolsador
y el trapo quitando el polvo y barriendo la puerta provistas de aquella especie
de uniforme doméstico que era la bata de boatiné o guatiné, como las
hemos conocido aquí siempre. O montar en «el carrico del tío Paco», que nos volvía locos,
nada más percibir los primeros aromas del estío.
Donde
los más jóvenes eran chicones y chiconas, había una frontera invisible
pero muy clara entre nosotros. No dejábamos de ser un todo que formaba parte de
esa esencia y forma nuestra tan peculiar de ser y de pensar. Pero al final,
todos éramos cuñaos.
Quiero
seguir recordando esas tardes de coger la cañica de pescar e ir directos a
comprar masilla o los gusanos a la tienda de Navarro, y después venir
con dos sorros, y si tenías mucha suerte, con alguna lisa, que
sabía más a petróleo que a otra cosa. Eso sin contar las batidas que
organizábamos los amigos por las Rocas y la playica del Bufa, salabre en mano,
intentando apresar alguna gambica o sacando de su escondrijo a los crancos
o a las aún más codiciadas pelúas. Ni os cuento las batidas por las
rocas del puerto y del paseo en busca de carnosas lapas o espinosos erizos,
navaja y cubo en mano, intentando llenarlo de aquellos preciados moluscos de
tan intenso sabor a mar. Algunos amigos más diestros y hábiles iban provistos
de punzón y cubo para la práctica del noble arte de pulpear. Sacar al pulpo
de la tana requería de una destreza algo más depurada, pero otorgaba un
nivel superior por el trofeo obtenido.
Bajábamos
a la playa del Sequión, al lado de donde tenían los calafates el taller,
a buscar berberechos y almejas. Aquel cenagal mezcla de petróleo, restos de
resinas y barnices de barcos se unía a los desperdicios que vertía directamente
al mar el matadero municipal, que por aquel entonces se encontraba ubicado en
la cercanía. Tal ecosistema favorecía la abundancia de tan
deliciosos moluscos. Por aquellos pagos transcurrían algunas de nuestras
andanzas de infantes de pantalón corto, corte de pelo rapado, zapatos Gorila e
intensa vida callejera. Épicas batallas provistos de rudimentarias espadas de
madera clavadas a dos púas y tirachinas para tomar al asalto las posesiones de
los vecinos del barrio de al lado.
Luego,
al final de la tarde, volvíamos con rodillas y brazos magullados, esperando que
nuestra madre nos las impregnara de mercromina o colorao, que así lo
conocíamos popularmente en estos pagos. Y como colofón a tan heroicas hazañas,
nos cayera un buen par de apargatasos consecuencia del lamentable estado
que presentábamos.
Hemos
de tener en cuenta que los niños de aquellos años vivíamos básicamente en la
calle, que no era ni más ni menos que una prolongación de nuestras casas. Nuestros
juegos, nuestras diversiones, reuniones y actividades de todo tipo tenían como
escenario la calle, y nuestro uniforme de vida eran esos pantalones cortos de
tela, unas sandalias cangrejeras o un bañador del mercadillo; y como única
vianda, un bocadillo con una onza de aquel terroso chocolate La Virgen a modo
de avituallamiento. Nuestro habitual equipo de combate siempre estaba provisto
de bolos de acero, canicas, chineles, plomás, trompas
(peonzas), repullos (dardos de manufactura artesana) y alguna que otra
munición a base de pequeños petardos o los tan populares mistos de clujío.
Tanto
esta artillería callejera como otras cosas más tenían un emblemático almacén de
intendencia. Ése era el quiosco de la Roja. Chicles Bazooka, pastillas de
leche de burra, pipas, estampas de cromos del Vida y Color, soldados,
indios y vaqueros de plástico y hasta cigarrillos, que se vendían por unidades.
La Roja era como un bazar chino de los actuales, tenía de todo y para
todos.
Programa
doble y sesión continua los domingos por la tarde en el Nuevo Cinema. El acudir
a este particular Cinema Paradiso nuestro formaba parte de esa liturgia
dominical.
Empanadillas,
pipas, tramusos (altramuces) y torraos tenían como punto de avituallamiento
la cantina de Amparo. En el patio de butacas y el gallinero, el humo del
ambiente, el crujir de las cáscaras en el suelo y el murmullo constante
formaban parte del ecosistema tanto como la pantalla. La película, mil veces
mutilada por los cortes de censura, empalmes mal hechos, rayas verticales en el
metraje y proyectores que parpadeaban o perdían el foco, daba a la función un
carácter único, casi artesanal. Al mando de la nave, en el puente de mando de
la cabina de proyección, estaban Joseíco Andréu o el Cheta,
asistidos en muchas ocasiones por un jovencísimo Juanjo Sansano.
Tampoco
importaba tanto la calidad técnica o la coherencia del guion, sino la
experiencia compartida. Era nuestra gran fábrica de fantasías, accesible y
acogedora, donde pasar las frías tardes invernales y alargar el domingo al
máximo. El olor a tostones (palomitas) o frutos secos, el patio de
butacas de madera con terciopelo gastado y el haz de luz cruzando la penumbra
del patio formaban parte de una memoria emocional ligada a la infancia y a la
propia idiosincrasia popular. El Nuevo Cinema era, en esencia, la definición de
una catedral modesta donde la precariedad de la proyección no lograba apagar el
asombro de los que despertábamos a ese mundo de sueños en tecnicolor.
Y a la salida, partida de futbolines, ping-pong,
billar o maquina pin-ball en el bar de Quinín.
Tiempos
pretéritos que con el paso de los años despiertan esa añoranza de lo cotidiano,
de lo cercano, de lo entrañablemente sublime. Tiempos donde realmente éramos, sabíamos
y olíamos más a pueblo, nada de medias tintas. Pueblo de los de «tonto oficial»
y todo. Tiempos
donde hasta las carencias eran lo cotidiano. En mi casa había interruptores de
porcelana con pivote de madera y cable trenzado. Cósiol de cinc para
lavarse, orinal debajo de la cama y fresquera en la cocina. Orsa con lama
y váter de mosaico rústico con tapa de madera en el patio. Hay veces en que
echo de menos hasta el galipote en la sandalia o en el culo del bañador.
Yo
sí que me atrevo a decir que en aquellos años en Torrevieja se vivía al tempo
cadencioso del dos por cuatro, tan propio de la habanera. Esa habanera con que nos
amamantamos en los pechos de nuestras madres y nos meció desde nuestra más
tierna infancia. La entonamos en algún momento de nuestro periplo vital y
seguramente marcará los últimos compases de nuestra existencia.
Era
algo más romántico, con más esencia, con esa forma vital, tan mediterránea, tan
levantina, de entender la vida. Y todo ello lo daban el sol, la mar, la sal y
sus gentes sencillas. Seguramente serían los últimos reductos de esa España que
olía intensamente a pueblo, a tierra mojada, a olla de cocido, a moraga de
sardinas: a ajo, ñora, sal y mar. Eran tantos los sugerentes aromas que hoy ya
no se perciben; y si lo haces, no los sientes con la misma intensidad.
Aromas
a colegio. Colegio de pupitres raídos de madera, lapiceros Alpino, borrador de
nata Milán, tubo de pegamento Imedio, plumier y estuche de rotuladores Carioca,
cuadernillos Rubio y enciclopedia Álvarez. Colegio de retratos de Franco y José
Antonio y crucifijo en el centro. De maestro con traje de chaqueta barato, cenicero repleto
de colillas y varetazo en la mano, que luego, entrados en la madurez y el
transcurso del tiempo, nos enseñaría a descifrar la importancia que realmente
tuvieron en nuestras vidas.
Una Torrevieja con regusto
marinero de bahía repleta de jarbetas, que no son ni más ni menos que
botes sin quilla. De mamparras y chinchorros. De cargueros de sal ondeando a
los cuatro vientos banderas de mil países diferentes esperando ser preñados de
ese oro blanco que es la sal de nuestra laguna.
Una
Torrevieja donde todavía la mayoría de las niñas se llamaban Conchi o Mari Carmen
y no Vanessa o Jenny; y los chicos, Manolo, Vicente, Paco o Pepe, y no Kevin, Dylan
o Izan.
La
Torrevieja de las mujeres tendiendo la ropa o remendando las redes de pesca. De
los pescadores preparando los aperos para salir a faenar. Del sacrificado
salinero que madrugaba para llegar a tiempo a su turno en el tajo. De las
mujeres de los pescadores con el balde vendiendo el pescado fresco de casa en
casa. Pescado que le daba el marido como sobrante de la faena del día y le
servía como complemento a su siempre mal pagado oficio. Cada
mañana, puntual a la cita con el albor, el abnegado comerciante viste su
clásico guardapolvos como quien se enfunda una armadura de oficio. Con firmeza
en las manos y la varilla en alto, eleva la persiana metálica de su negocio,
descorriendo el telón de una rutina que sostiene al barrio y marcando, con ese
estruendo familiar, el inicio de una nueva jornada.
Con las jaulas de canarios, cavarneras (jilgueros) y algún que otro
verderón que ornamentaban las entradas de las casas, incluso de algún negocio,
como podía ser una humilde barbería. De puertas siempre abiertas sin más
frontera que la de un «¿se puedeeee…?» o un «Ave María Purísima», en vez de una
alarma de Prosegur o una puerta blindada. Casas de techos altos de caña y teja,
con cancela y cortina. Ventanas grandes con recias rejas y persianas de lamas
de madera enrolladas mediante un cordón tipo cadenilla. Casas con patio,
botijo, pozo o aljibe, y a veces hasta higuera.
De
aquellas largas tertulias al fresco con el trozo de sandía en la mano, y el melocotón,
y si el estío se alargaba un poco, el membrillo. Partida de cartas o parchís y
alguna que otra habanerica hasta bien entrada la madrugada. Todo ello, siempre
al suave balanceo de la mecedora. Noches de cine de verano. Bocadillo de tortilla, botellín
de cerveza y paquete de pipas. Programa doble, asientos insufribles, olor a
jazmín y galán de noche y como techo el firmamento, tan lleno de estrellas como
la propia pantalla del cine. En la segunda película, rebequita por encima, para
mitigar la fresca brisita marina que ya se dejaba sentir.
Ahora,
con el paso de los años, te quedas absorto por unos instantes y te admiras: ¡qué
lejos quedó aquella Torrevieja! Cómo hemos cambiado y cómo ha cambiado todo,
casi sin darnos cuenta. Son tantas cosas las que evocan aquellos años que
tuvimos el privilegio de vivir, que de vez en cuando te viene un flashback
a modo de suspiro y te mete un chute en vena de nostalgia, de un tiempo que
nunca volverá. Aquellos años marcaron el final
de una época y de un tiempo. Una época que se recuerda a veces como algo
etéreo, que parece que se desvanece pero que emerge de nuevo, y vuelve a
recordarse abriéndose paso como un torrente en la mente, provocando así un auténtico
tsunami de sensaciones que, como si de un bonito sueño se tratase, nos devuelve
a aquellos años que irremisiblemente dejamos atrás.
Cada vez asistimos más frecuentemente a las bajas de aquellas personas que poblaron, protagonizaron y ornamentaron aquella Torrevieja romántica. Podría afirmar que Torrevieja, a pesar de ir tomando forma de ciudad, seguía viviendo con alma de pueblo. Pocos narradores van quedando de esos años que den fe con su palabra de lo vivido. Ése es uno de los motivos por los cuales este humilde escribidor ha tenido la osadía de narrar, en este breve escrito, que somos lo que fuimos ayer. Que aquello que fuimos y aquello que vivimos en un periodo que abarca una Torrevieja más romántica no se olvide jamás. Y de esta manera, todas esas vivencias no se desvanezcan como lágrimas en la lluvia. Y que lo que un día la mar se pudo llevar lo devuelva de nuevo, en forma de un pausado relato que cuente el anciano abuelo a ese niño que, sentado en sus rodillas y al balanceo de la mecedora, escuche con atención: que alguna vez vivimos en un pueblo al que se ha robado el alma de su esencia, y no hemos hecho nada por remediarlo.