Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Carta a Rafael
Alberti
Tu
paloma, «la paloma de Alberti», es un sencillo poema que escribiste en 1973, en
plena guerra civil. Ese año fue el año del bombardeo de Guernica, que más tarde
Picasso plasmaría en un cuadro poniendo de manifiesto todo el horror de la
guerra. También fue el de la Descampá en la carretera de Málaga a Almería,
donde los militares golpistas asesinaron a centenares de andaluces indefensos que
huían aterrorizados. Y a ti, en esos momentos, se te ocurría escribir uno de
tus poemas más populares dedicado a una paloma, no a cualquier paloma, sino a la
paloma de la paz que andaba por esos campos españoles tan perdida y despistada
sin saber ni tener dónde posarse para poder descansar, no había un lugar para
ella:
Se equivocó la paloma,
se equivocaba.
Por ir al norte fue al
sur,
creyó que el trigo era
el agua.
Creyó que el mar era el
cielo,
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu
blusa,
que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la
orilla,
tú en la cumbre de una
rama.)
Al
final, ya ves, la paloma quedó casi perdida, como tú en el exilio: «se
durmió en la orilla», es decir, como la inmensa mayoría de los españoles que
acabaron en el temblor de «la cumbre de una rama», en el aire, a la
intemperie, en la nada. Lo que estaba sucediendo en nuestro país no era una
broma, era una tragedia, un asesinato en masa, y la historia está para contarlo.
¿Qué podía hacer la paloma, aparte de equivocarse una y otra vez?
Más
tarde, Picasso, en 1949, pintaba una paloma para el encuentro de intelectuales,
poetas, novelistas, pintores de izquierdas reunidos en París. Y allí fue donde Anita,
una mujer española en el exilio, acudió para pedir que los asistentes a este
acto manifestaran por escrito su solidaridad con las mujeres españolas presas
en las cárceles franquistas. Pablo Neruda escribió este poema:
A
las compañeras,
nunca
olvidadas,
ni
en nuestras angustias,
ni
en nuestras victorias.
Ni
en primavera, ni en invierno.
Nunca
olvidadas.
¡Mi
corazón para ustedes!
¡Ya
nos veremos un día!
Y
Pablo Picasso, en vez de firmar, dibujó una paloma entre rejas sin levantar la
pluma del papel.
Años
más tarde, el 1 de enero de 1941, este poema formaba parte del libro: Entre
el clavel y la espada, publicado fuera de España, en el exilio,
concretamente en Buenos Aires. Joan Manuel Serrat en 1969 le puso música y
todos pensamos que era, antes que nada, una bonita canción. Una valoración que
estaba muy lejos de la realidad.
Un
día de éstos iré al Puerto de Santa María para entregarte en mano esta carta y,
si es posible, una tarde, con el sol del crepúsculo a las espaldas salir a navegar
por la bahía gaditana. Tú serás el capitán y yo tu grumete.
Aire
de mar
con
Rafael Alberti
de
capitán.
Carta a Jorge Guillén
Me
hubiera gustado más que nada en el mundo pasear en tu compañía una tarde de
otoño a la orilla del mar Mediterráneo que baña a la ciudad de Málaga, la
ciudad de tu retiro, la de tu luminosa vejez, de tu jubilación, la de tu adiós
a la vida como poeta y como hombre.
Siempre
fuiste un hombre capaz de defender lo que nadie de tu generación fue capaz de
defender cuando escribías: «No pasa nada. Los ojos no ven, saben. El mundo está bien hecho», a pesar todo, de
que todo un país se hundía, de una república que se rompía en pedazos, de la
masacre de la guerra civil y de una dictadura y del exilio que también te tocó
a ti padecer y de todo lo demás. Pienso que tu corazón es un corazón sin dueño,
libre como el aire que respiramos. Tu obra poética es entonces como un árbol
que crece en el paisaje interior y se recorta en el horizonte. Está viva. Siempre
fuiste un poeta de verdad y un hombre sabio.
Desde
muy joven, con apenas veinte años, me tenía fascinado tu poesía, su claridad,
su pureza, su ausencia de artificios. Me hubiera gustado ser un poeta como tú.
Para mí todo empezó con la lectura de Cántico y ese poema que habla de
una «primavera delgada entre los remos de los barqueros», pero, sobre todo, me dejó muy buen sabor de boca el
poema que lleva por título Beato sillón, feliz sillón:
¡Beato sillón! La
casa
corrobora su
presencia
con la vaga
intermitencia
de su invocación
en masa
a la memoria. No
pasa
nada. Los ojos no
ven,
saben. El mundo
está bien
hecho. El
instante lo exalta
a marea, de tan
alta,
de tan alta, sin
vaivén.
Todo, absolutamente todo lo que se pueda decir en este poema esta dicho, y
bien dicho, aun en tiempo de guerra y de exilio. ¿Quién no desea tener un
instante de calma, de paz interior, de encuentro consigo mismo? Pues resulta que
tú lo has encontrado, lo has vivido, lo has transmitido, lo has escrito. Tanto
me impactó que muchos años después, cincuenta años más tarde, yo mismo escribí
este humilde poema en tu honor y en tu memoria casi sin apenas darme cuenta:
La tranquilidad es una mecedora
junto al balcón abierto de par en par
que se balancea o permanece inmóvil.
Llueve con mansedumbre
y los aleros de los tejados gotean
de forma armoniosa e insistente.
El empedrado de la calle
se llena de luz cuando un furtivo
rayo de sol lo acaricia.
Y no para de llover, pausadamente.
La tranquilidad era eso,
estando en paz con uno mismo.
Me hubiera gustado tanto, repito una vez más, haber
podido pasear en tu compañía una luminosa tarde de otoño, en Málaga, junto al
mar Mediterráneo, porque como escribía Miguel Hernández recordando a su amigo: «Que
tenemos que hablar de
muchas cosas, compañero del alma, compañero».