Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Al fiado


Yo, que fui mozo de muchos amos y viejo de ninguno, me siento cada tarde en el mismo banco, junto a la palmera descascarillada, no porque el lugar me guste, sino porque desde allí se ve bien todo el paseo y nadie me ve bien a mí, que es lo que a un hombre de mi condición más le conviene.

Llevo boina hasta las cejas y una zamarra vieja que fue de mi cuñado, que en paz descanse, y que me queda como a un santo dos pistolas, pero abriga, que es lo único que ya le pido a la ropa. Desde aquí veo pasar a los turistas con sus cámaras colgando del cuello, y a los niños del barrio, que corren en bicicleta como si el mundo no tuviera esquinas.

Hay uno, rubio como una peseta antigua, que cada tarde pasa pedaleando con más ánimo que técnica. Ese día estuvo a punto de llevarse por delante a un guardia municipal y a su perro, y yo me reí por dentro sin que se notara, que la risa de los viejos se guarda para uno mismo.

Fue mirándolo a él cuando reparé en el hombrecillo del carrito, apostado en la otra esquina, con más frascos de colores que una botica de pueblo. Vestía gabardina parda y zapatos tan gastados como los míos. Cruzó despacio, arrastrando su carrito por las tablas de madera, hasta plantarse justo delante de mi banco.

—Buenas tardes tenga usted, caballero —me dijo, que ya el «caballero» me sonó a que venía a sacarme algo, porque a mí no me ha llamado así ni el confesor.

—Buenas serán si no me vende usted nada —respondí.

—Traigo finales, señor mío. Sólo finales. No cuentos enteros, sino el remate, la última puntada, lo que cierra la historia.

Pensé que el hombre estaba tocado del ala, como tantos que se ganan la vida en el paseo con malabares o guitarras desafinadas, y le seguí la corriente.

—¿Y qué final me vendería a mí, que ya estoy en la recta final de la vejez y poco argumento me queda por resolver?

—Eso depende de lo que le quede por resolver, que no es lo mismo el argumento que uno cuenta que el que le pesa.

La frase me dejó pensando, que no es cosa fina que un vendedor hable como un cura en confesión. Buscó entre sus frascos hasta dar con uno pequeño, con letra tan menuda que hube de acercarme.

—«Final del abuelo que no lo fue» —leí en voz alta, y algo se me revolvió por dentro.

Porque ha de saber el lector que el rapaz de la bicicleta no es nieto mío, aunque yo lo mire cada tarde como si lo fuera. Mi hija se fue a Alemania hace diez años detrás de un fontanero, y se llevó a mi nieto de tres años, que ahora tendrá trece y hablará alemán de cosas que yo no entendería. Este crío es hijo de una vecina, y yo, viejo tonto, le he cogido cariño de prestado, como quien alquila una ilusión por horas.

—¿Cuánto vale? —pregunté, que en la picaresca primero se pregunta el precio y luego se decide si se roba o se paga.

—Éste, al fiado. De momento sólo pido una verdad que no le haya dicho a nadie, y el final es suyo.

Y aquí es donde el tunante que uno lleva dentro tira de la manga y aconseja mentir. Pero algo en aquel hombre —la calma con que esperaba, como si tuviera todo el tiempo del mundo— me hizo hablar sin trampa por primera vez en años.

—La verdad es que le tengo más cariño a este crío ajeno que el que pueda tener ya por mi propio nieto, y que rezo, aunque no soy de rezar, para que no crezca y se me vaya como se fueron los otros, en un tren, en un avión, en una vida que no es la mía.

El vendedor asintió despacio y me entregó el frasco sin decir palabra. Até el cordel a un botón de la zamarra, tal como me indicó, y lo guardé en el bolsillo.

—Una cosa más, ya que hemos hecho negocio —añadió, recogiendo su carrito sin prisa—. Este final es de los buenos. Y hoy, por una vez, hágame caso: duérmase usted en las palmeras —y creo que guiñó un ojo.

No hizo falta que dijera más. Uno, a cierta edad, reconoce a la Parca aunque venga disfrazada de vendedor ambulante, que hasta la muerte, en este país, tiene que buscarse la vida para ganarse el pan.

Pero no me levanté a protestarle; un hombre que ha vivido de esquivar acreedores sabe cuándo ha llegado la hora de pagar la cuenta. Tranquilo, volví a mirar la calle, donde el crío seguía dando vueltas con la bicicleta, ajeno a los negocios de los viejos.

Al rato, su madre lo llamó desde el otro extremo del paseo, que ya se hacía tarde para volver a casa. El crío pedaleó hacia ella, y al pasar junto a mi banco, sin frenar, gritó «¡hasta mañana, abuelo!». Su madre no lo corrigió: sólo me sonrió con ternura mientras yo le decía adiós con la mano, y sentí que el sol de poniente me calentaba de una manera distinta, más adentro, como si el calor viniera de algún sitio que llevaba yo dentro y hacía tiempo no visitaba.

Cerré los ojos sólo un instante, para guardarme esa luz, y ya no volví a abrirlos.

Al anochecer me encontró la brigada de limpieza municipal. Decían que tenía cara de paz, sentado en mi banco, con una mano en el bolsillo donde guardaba un frasco vacío que nadie supo explicarse, y en la boca esa sonrisa que dejan sólo los que se van sin deber nada.

Del vendedor no volvió a saberse. En su lugar, el tronco descascarillado de la palmera, y una sombra larga que la luz del farol estiraba, como se estiran, cuando uno menos lo espera, los finales felices.