Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Elegía del resucitado

Tiene la muerte la delicadeza de los acreedores antiguos: tarda en cobrar, pero no olvida la dirección. Yo, que pasé la vida componiendo epitafios para reyes y dardos para rufianes, dormía con el sosiego de las causas perdidas bajo una losa de piedra que olía a incienso y a polvo de siglos. Era un retiro noble, seco, libre de monstruos y de gacetas. Pero algún demonio con sobreseimiento me ha vuelto a poner de pie sobre esta tierra miserable, no para coronarme de laurel, sino para que sea testigo del sainete más tonto que vieron los cielos.

A los muertos nos deberían dejar en paz. La resurrección es un invento de los vivos para consolarse de la brevedad de sus pecados. Si supieran la pesadumbre de regresar, preferirían la podredumbre pura. Me han devuelto la carne, sí, pero no la vida. Me han arrojado a una centuria donde los hombres han perdido el uso de la palabra y el gusto por la estocada.

Contemplo el mar desde este poyo de madera gastada. El agua es la misma de mis tiempos: amarga, insaciable, llena de naufragios y de peces que se comen a los pequeños con la misma prisa que los ministros a los vasallos. Todo lo demás ha sido degradado a la condición de bufonada. En mis tiempos, la gente se moría de peste, de sífilis o de un mal golpe de ropera al salir de la mancebía; había en la tragedia un cierto decoro castellano, un tufo de azufre y honra que justificaba el llanto de las viudas. Hoy, la especie entera parece haber sido atacada por una parálisis de las cervices y una idiotez en el espíritu.

Miro a los transeúntes que desfilan por el paseo. Van encorvados, con el cuello doblado hacia el suelo como los mulos que tiran de la mecha en la mina. Llevan en la diestra una loseta de cristal negro, brillante y chata, a la que prestan más devoción que los monjes de Silos a su breviario. Les habla el cristal y sonríen; les ordena el cristal y caminan; les exige el cristal que enseñen el mondongo y se retratan las vergüenzas para regalarlas al viento. Han inventado el milagro de estar solos entre la multitud y de parecer dementes sin necesidad de haber probado el beleño.

En mis días de Corte, el odio exigía un soneto bien trabado, una calumnia susurrada al oído de un capellán o una cuchillada a oscuras en el callejón de San Ginés. Había que sudar el rencor. Ahora el odio se despacha con el pulgar, cómodamente sentado en el retrete, enviando garabatos y groserías a fantasmas que habitan en la otra orilla de la nada. Nadie mira a los ojos. La mirada humana se ha vuelto un estorbo, una imprudencia, un delito de desvergüenza. Se cruzan los unos con los otros como sombras que van a un entierro sin saber quién es el difunto.

A mi lado yace un artefacto de varas de hierro y ruedas enanas, una especie de garrote vil con manillar que la gente de este tiempo utiliza para trasladar sus miserias de un sitio a otro sin fatigarse las pantorrillas. Dicen que rueda por la virtud de un rayo invisible que se vende a plazos. Lo llaman progreso. Yo lo llamo la prisa de los idiotas. Tienen máquinas que corren más que el viento de levante, pero no saben a dónde van ni para qué llegan. Tienen prisa por sentarse en otro banco a mirar el mismo cristal negro. Colgado del astil descansa un yelmo de plástico, triste como una calavera sin juicio, que se calan en la sesera para que el impacto contra el suelo no les altere la poquedad del cerebro.

¡Qué soledad tan limpia la de la sepultura y qué soledad tan puerca esta de la plaza pública! En las tabernas de Madrid, por muy bellaco que fuera el vino y por muy piojoso el ventero, había una voz que llamaba a otra voz. Se cantaba la jacaranda, se maldecía al corregidor, se discutía la teología de un plato de garbanzos. Aquello era vivir, con sus chinches y sus viruelas. Esto de ahora es un ensayo general para la nada. Han convertido el mundo en un hospital de mudos donde cada enfermo se administra su propia ponzoña.

Si me levantara ahora mismo y me pusiera a gritar en medio de la plaza que la vida es una sombra, que el tiempo se los va comiendo por las zancadas y que la tumba los aguarda con la boca abierta, no me arrojarían piedras ni me llevarían ante la Inquisición. Peor aún: me sacarían un retrato con la tablilla de cristal, me pondrían un nombre burlesco y se reirían durante dos segundos antes de pasar el pulgar hacia arriba para mirar a un perro que baila en la pantalla. La impunidad de este siglo es su mayor castigo: nada importa, nada duele, nada dura lo que tarda en enfriarse una sopa.

El mar sigue batiendo contra las rocas con su estruendo antiguo. Es el único que no ha firmado el pacto con la tontería. Escupe espuma sobre los pedruscos con la misma soberbia con que tragaba las galeras del rey Felipe. Quisiera volver a mi hoyo. Quisiera hablar con la muerte y decirle que me devuelva el polvo, la oscuridad y el silencio, que prefiero el gusano que me come la carne al vivo que me hiela el alma.

Me acomodo en la madera, me embozo en esta saya hinchada de aire sintético que me han puesto por jubón y dejo que el viento marino me limpie el rostro de la podredumbre de los vivos. No hay mayor venganza contra esta época que quedarse quieto, de espaldas a su ajetreo de cucarachas, contemplando cómo la nada se traga lentamente su ridícula velocidad. Que sigan corriendo con sus motores de vatios hacia el abismo, que yo ya conozco el camino, compré el billete hace siglos y sé de qué color son sus gusanos.