Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Diario de un viajero: el precio de lo irremplazable

Miguel Ángel López Andújar

miguelandujar.com

Graduado en Turismo (UM)

Experto profesional en tecnologías avanzadas para la difusión y puesta en valor del patrimonio cultural (UNED)

Experto universitario en dirección y gestión de redes sociales en la empresa (UA)

Miembro de la Asociación Alicantina de Periodistas y Escritores de Turismo

Cuando entramos en un museo, rara vez pensamos en lo frágil que es lo que estamos contemplando. Vemos vitrinas, cordones de terciopelo, algún vigilante de sala, y dejamos que la solemnidad del lugar nos convenza de que lo que tenemos delante —una pieza única, irrepetible, a veces la única prueba material que nos queda de toda una civilización, o incluso de nuestro propio origen como especie— está a salvo. Damos por hecho que «museo» es sinónimo de «lugar seguro».

Para este artículo he elegido tres museos muy distintos entre sí, que he visitado en momentos y circunstancias diferentes, pero que comparten un mismo hilo conductor: los tres me obligaron, cada uno a su manera, a cuestionarme esa certeza. El Museo Nacional de Etiopía, en Addis Abeba, custodia entre vitrinas modestas una réplica de los restos más antiguos conocidos de un antepasado humano. El Museo Nacional del Bardo, en Túnez, sufrió en 2015 uno de los atentados más sangrientos contra un espacio cultural de la historia reciente. Y el Museo Arqueológico de Villena, muy cerca de casa, perdió hace apenas unas semanas gran parte del legendario Tesoro de Villena en un robo que ha conmocionado al mundo de la arqueología.

Tres museos, tres formas distintas de vulnerabilidad. Y, de fondo, siempre la misma pregunta: ¿son realmente seguros los museos?

Museo Nacional de Etiopía, Addis Abeba

El 8 de octubre de 2018 visité el Museo Nacional de Etiopía, en el corazón de Addis Abeba. Es, sin exagerar, uno de los lugares más importantes del planeta para entender de dónde venimos: en su sótano, con una museografía que acusa el paso del tiempo, se exhibe una réplica muy fiel de «Lucy», el esqueleto parcial de Australopithecus afarensis hallado en 1974 en Hadar, en la región de Afar, y datado en 3’2 millones de años. Los huesos reales no están en la vitrina: el fósil original se conserva bajo llave, en una caja fuerte construida especialmente en los laboratorios de paleoantropología del propio museo, y sólo se saca de allí para la investigación científica. Muy cerca de la réplica se muestran también los huesos de otro homínido de la misma especie, hallado igualmente en la región del Afar, testigo silencioso de un capítulo remotísimo de nuestra historia evolutiva.

 

El Museo Nacional de Etiopía, en Addis Abeba, reúne en un mismo recorrido el patrimonio paleontológico, histórico y cultural de todo el país.

Lo que más me impresionó no fue tanto la antigüedad de la pieza —aunque sobrecoge pensar que se está ante la imagen casi exacta de una de las «abuelas» de toda la humanidad— como la sencillez, casi pobreza, de las medidas de seguridad que rodean la sala: vitrinas de cristal convencional, apenas cámaras visibles, iluminación precaria y un puñado de vigilantes para todo el edificio. Nada que recuerde a la tecnología que protege obras de mucho menor valor científico en museos europeos o americanos. Sólo al informarme después de que aquello era una réplica entendí que esa aparente despreocupación tenía truco: el museo etíope, con medios muy limitados, ya practica desde hace años la fórmula que muchos empiezan a plantearse ahora, tras los robos de Villena o del Louvre: mostrar la copia y blindar el original en un lugar que nadie más que la ciencia pueda tocar.

      

La réplica del esqueleto parcial de «Lucy» y la vitrina dedicada a Australopithecus afarensis, con cráneo, mandíbula y articulaciones de rodilla que demuestran su bipedestación hace más de tres millones de años.

Etiopía es uno de los países más pobres del planeta, y resulta comprensible que destine sus escasos recursos a otras urgencias antes que a blindar la sala de un museo. Pero, aun así, ha sabido proteger lo verdaderamente irremplazable donde nadie pueda tocarlo ni verlo y mostrar al público una copia casi indistinguible del original. Ahí reside la primera de las paradojas que quiero plantear en este artículo: el origen de toda la humanidad, un patrimonio que no pertenece sólo a Etiopía sino a la especie entera, depende en última instancia del sentido común y de la economía de un único país en vías de desarrollo, que en este caso ha acertado donde otros, con muchos más recursos, han fallado.

Museo Nacional del Bardo, Túnez

El Museo Nacional del Bardo, instalado en un antiguo palacio a las afueras de la capital tunecina, alberga una de las colecciones de mosaicos romanos más importantes del mundo. El 18 de marzo de 2015, dos hombres armados atacaron primero el cercano Parlamento tunecino y, al no poder acceder a él, persiguieron hacia el interior del museo a un grupo de turistas que bajaba de su autobús. Durante casi tres horas mantuvieron un asedio en su interior. Cuando todo terminó, veinticuatro personas habían muerto: diecinueve turistas extranjeros —entre ellos, ciudadanos de Francia, Italia, España, Colombia, Japón y Polonia—, tres ciudadanos tunecinos y los dos atacantes, cuya autoría se atribuyó el autodenominado Estado Islámico.

 

Entrada del Museo Nacional del Bardo, hoy custodiada con controles de acceso que no existían antes de 2015.

Cuando visité el museo el 15 de abril de 2026, ya reforzado tras la tragedia, me llamó la atención una placa «In Memoriam» instalada en el vestíbulo, con el nombre de cada una de las víctimas. Verla rodeada de banderas de naciones tan distintas como Túnez, Bélgica, Colombia, Francia, España, Italia, Japón, Polonia, Reino Unido y Rusia resume mejor que cualquier estadística lo que significa un atentado contra un museo: no es sólo un ataque a un edificio o a unas piezas, es un ataque a la idea misma de que la cultura es un espacio compartido y neutral, ajeno a los conflictos del mundo exterior.

 

Placa conmemorativa en memoria de las víctimas del atentado del 18 de marzo de 2015, con las banderas de los países de origen de los fallecidos.

Hoy el Bardo recibe a sus visitantes con controles, presencia policial y una seguridad muy distinta a la de 2015. La tragedia obligó a Túnez a repensar por completo la protección de sus espacios culturales, algo que, por desgracia, casi siempre llega después y no antes de la catástrofe.

 

El gran vestíbulo del Bardo, con sus mosaicos romanos originales incrustados en los muros, hoy uno de los espacios museísticos más vigilados de Túnez.

Museo Arqueológico «José María Soler» (MUVI), Villena

El tercer museo de este recorrido no hace falta cruzar medio mundo para visitarlo: está en Villena, a poco más de una hora de Torrevieja. El Museo Arqueológico «José María Soler», conocido como MUVI, custodiaba el Tesoro de Villena, un conjunto de 59 piezas de oro, plata, hierro y ámbar de la Edad del Bronce Final —hacia el año 1000 a. C.—, hallado en 1963 por el arqueólogo que da nombre al museo, en la rambla del Panadero, muy cerca de la ciudad. Con casi diez kilos de oro, era, según los especialistas, el segundo tesoro prehistórico más importante de Europa, sólo por detrás del de las tumbas reales de Micenas, en Grecia.

 

Entrada del Museo Arqueológico de Villena (MUVI).

Visité el museo el 31 de enero de 2026, cuando aún podía admirarse la colección completa: los grandes cuencos de oro repujado, los brazaletes, las botellas de plata... Piezas que, aunque llevaba años viendo en fotografías de libros de historia, imponen de una manera muy distinta cuando las tienes a un metro de distancia, iluminadas tras el cristal.

 

Los cuencos de oro del Tesoro de Villena, con una imagen de época proyectada al fondo del momento de su estudio por José María Soler, el arqueólogo que descubrió el tesoro en 1963.

 

Detalle de varios de los cuencos de oro repujado, hoy desaparecidos tras el robo del 27 de agosto de 2026.

El 27 de agosto de 2026, de madrugada, unos ladrones forzaron una ventana lateral del edificio y, en cuestión de minutos, se llevaron 66 piezas de la colección de la Edad del Bronce —entre ellas, once cuencos de oro y veintiocho brazaletes, prácticamente la totalidad del Tesoro de Villena—, unos diez kilos de oro en total. Sólo quedaron cinco piezas, una de ellas porque los propios ladrones la perdieron durante la huida.

Lo más doloroso del caso es que, según ha trascendido después, la policía ya había advertido por escrito al Ayuntamiento, meses antes de que el tesoro se expusiera al público, de graves carencias de seguridad: ventanas muy expuestas a la calle y a las vías del tren, un sistema de alarma insuficiente y la necesidad de vigilancia física permanente. La Corporación municipal, por motivos de coste, descartó entonces esa vigilancia. Y, según ha denunciado la oposición política, la partida presupuestaria destinada a la seguridad del museo se redujo un 70% entre 2025 y 2026.

Es difícil no sentir rabia al leer esto. No hablamos de una fatalidad imprevisible, como un terremoto, sino de un riesgo conocido, documentado por escrito y, aun así, no atendido.

Epílogo: ¿son seguros nuestros museos?

Apenas unos meses antes del robo de Villena, el 19 de octubre de 2025, el Louvre —el museo más visitado del planeta, con un presupuesto y unos medios que ningún otro puede igualar— sufrió el robo, a plena luz del día, de nueve joyas de la colección de Napoleón, valoradas en más de cien millones de euros. Ese golpe, sumado a lo ocurrido en Villena y a lo que vi con mis propios ojos en Addis Abeba, dejó claro para mí que ésta no es una cuestión de países pobres o de museos pequeños: ni Etiopía, ni Túnez, ni Villena, ni siquiera París, escapan a la misma pregunta de fondo: ¿son seguros los museos?

La respuesta honrada es que ninguno lo es del todo, y probablemente ninguno pueda serlo nunca por completo. Un museo, por definición, tiene que mostrar sus piezas: cuanta más gente pueda verlas, cuanta más luz, más accesibilidad, mejor cumple su función educativa y social. Pero esa misma apertura es la que lo hace vulnerable. Seguridad total y exhibición pública son, hasta cierto punto, fuerzas que tiran en direcciones opuestas, y cada institución, con más o menos recursos, con mejor o peor previsión, tiene que encontrar su propio equilibrio.

¿Hasta dónde deberíamos tener expuestas piezas irremplazables? Creo que la respuesta no es dejar de exhibirlas, ya que eso empobrecería a la sociedad de un conocimiento y una emoción que sólo el contacto con lo auténtico proporciona, sino ser mucho más honrados sobre el coste real de protegerlas. Si un tesoro como el de Villena, o un fósil como el de «Lucy», tienen un valor que trasciende fronteras y generaciones, su seguridad no debería depender de la partida presupuestaria de un ayuntamiento o de un ministerio con otras prioridades. Quizá haga falta pensar en fondos internacionales y en protocolos mínimos obligatorios, algo parecido a lo que ya existe para el patrimonio declarado por la UNESCO, pero aplicado también a su protección física, y no sólo a su reconocimiento.

¿Y deberíamos exhibir los originales o copias? Aquí confieso que mis sentimientos son contradictorios. Como viajero, una de las experiencias que más me han marcado siempre ha sido la de estar frente al original: la certeza de que esa mano, esos dedos, ese oro concreto, fueron trabajados por alguien hace tres mil años, o de que ese cráneo perteneció realmente a una de nuestras primeras antepasadas. Una réplica, por perfecta que sea, no emociona igual. Pero después de ver desaparecer en una sola noche buena parte de un tesoro que tardó tres mil años en llegar hasta nosotros, entiendo que hay piezas tan singulares, tan irrepetibles, que quizá su lugar deba ser una cámara acorazada, con copias exactas ocupando su sitio en la sala, y el original reservado para el estudio científico o para exhibiciones muy puntuales y extraordinariamente protegidas. De hecho, sin saberlo entonces, ya había visto esa solución funcionando: Etiopía, con muy pocos recursos, lleva años exhibiendo una réplica de «Lucy» mientras guarda el fósil real bajo llave. Quizá el verdadero error de Villena no fue exhibir el Tesoro, sino exhibir el original sin haber blindado antes su seguridad, como sí hizo, a su manera, el modesto museo de Addis Abeba.

No tengo una respuesta cerrada a estas preguntas, y sospecho que nadie la tiene del todo. Pero después de recorrer estos tres museos y de ver cómo la historia, a veces, desaparece en un robo o se cobra vidas en un atentado, sí me quedo con una certeza: cuidar lo irremplazable debería ser siempre una prioridad, y nunca una partida presupuestaria de la que se pueda prescindir cuando llegan los recortes.

Fotos: Miguel Ángel López Andújar