Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja


Pequeñas historias de las Reales Salinas: un compromiso «para siempre jamás» 

El 31 de enero de 1802 se producía en el caserío de las Reales Salinas de La Mata una concentración de vecinos sin precedentes. Era domingo y una poderosa motivación guio a la pequeña comunidad de materos y materas a manifestar su unidad frente a las puertas de las Casas de la Administración: el temor a los terremotos.

Unos días antes, lunes 18, a primera hora de la noche, un fuerte temblor de tierra había provocado serios daños en los edificios de la Real Hacienda y en las modestas viviendas del poblado. El episodio sísmico, que incluyó uno de intensidad VI-VII con epicentro en Torrevieja[1], «continuando otros, aunque con menor conmoción», sumió a sus moradores en un temor que vino a alterar la tranquila vida de La Mata, bajo mínimos en pleno parón invernal de la actividad salinera.

Algo había que hacer para aplacar aquellos movimientos telúricos que, aun sin ocasionar víctimas, habían dejado profundamente conmocionada a la población y causado importantes destrozos. Lo mejor, pensaron, era buscar la protección divina, y el primer paso era encomendarse a la máxima autoridad terrenal, cargo que en los poblados de La Mata y Torre-Vieja recaía a todos los efectos en el señor don Antonio Hidalgo y Calvo, administrador general y juez subdelegado y ordinario de la Renta de las Reales Salinas. Asumía tal responsabilidad desde hacía poco; su predecesor, don Laureano García de Burunda, todavía ostentaba el cargo en 1799. Hidalgo no era administrador inexperto. Su puesto estaba avalado por varios años de ejercicio en las salinas de San Pedro del Pinatar como primera autoridad. Tampoco era un recién llegado a La Mata. Su suegro, don Antonio Parra, había sido administrador general de estas Reales Salinas en los años 60 y 70 del setecientos.

Aquella manifestación espontánea y popular tuvo, pues, su epílogo en una reunión al más alto nivel que terminó de unir, a los votos y esfuerzos de modestos parroquianos, los de las personalidades más destacadas del lugar. Junto a don Antonio Hidalgo se encontraba también don Francisco López de Porras, contador general de Sales, y los oficiales de la misma contaduría don Pedro Amorós y don Pedro Miguel de Arozamena, y uniendo a todos su calidad eclesiástica, don Josef Peral, cura propio de la iglesia de la Virgen del Rosario. De todo lo acordado en aquella excepcional asamblea dio fe el escribano de las Reales Salinas, don Agustín Francisco de la Hoz, en un documento al que se le dio máximo carácter jurídico y oficial en el papel de despacho de la Administración, con sello real y firmas de los concurrentes.

 

Sello Real de Carlos IV en el membrete del documento firmado en La Mata

El pacto de La Mata: un compromiso frente a las «conmociones subterráneas»

Movidos por la inquietud «(...) con motivo del Temblor de Tierra que, en esta dicha Población y sus inmediaciones, se sintió en el dia diez y ocho del presente mes [enero] entre ocho y nuebe de su noche (...)», los vecinos expusieron directamente al administrador Hidalgo una iniciativa que añadía a su condición de promesa ocasional impuesta por las circunstancias una proyección de futuro. El firme propósito de todos consistió en ofrecer una solemne misa cantada a san Emigdio, santo intercesor y protector frente a los terremotos. Su devoción había estado muy en boga en la segunda mitad del siglo XVIII, promovida a nivel popular a raíz de la amplia repercusión obtenida por distintas catástrofes en Europa (terremoto de Lisboa, 1755; de Calabria-Messina, 1783) y América (Lima, 1746; Santafé de Bogotá, 1785; Oaxaca, 1787) que, difundidas con detalle por la prensa de la época, habían hecho proliferar oraciones y representaciones alegóricas del mártir católico a un lado y otro del Atlántico como talismán de fe frente a la vulnerabilidad ante los desastres naturales. El compromiso, además, era de larga duración. La solemne misa habría de repetirse en los poblados de las Reales Salinas desde entonces y «para siempre jamás» cada primer domingo del mes de febrero.

Los habitantes del lugar estaban ya habituados al azote de fuertes temporales[2] y a sentir con relativa frecuencia la actividad sísmica, pero la intensidad del temblor ocurrido el 18 había hecho saltar la alarma vecinal. Una misa serviría no sólo para agradecer al Altísimo haberles librado de una muerte segura sino, sobre todo, implorar desde ese momento su divina protección. Sería el primer acto de reconocimiento de otros que, en lo sucesivo, posteriores generaciones de materos y torrevejenses habrían de mantener año a año y en épocas venideras. Fue, sin duda, un compromiso con afán de perdurar en el tiempo.

«(...) que para aplacar la Divina Justicia e implorar sus altas misericordias, tenían determinado, resuelto y deliberado, de buen grado y sincera voluntad, imponerse la religiosa obligación, perpetuamente para siempre jamás, y a sus descendientes, con voto formal y obligatorio en sus conciencias, de solemnizar el primer Domingo del Mes de Febrero de cada un año, con una   Misa Cantada al Señor San Emigdio Martir, para que por su intercesion y medio, ofrezca al todo Poderoso, estos humildes obsequios tan debidos como justos a su alta Omnipotencia en Reconocimiento de haberles librado de una muerte arrebatada y pronta (...)».

Unidos por la preocupación compartieron esta obligación funcionarios de la Real Hacienda, guardias, empleados, comerciantes, labradores, simples jornaleros, mujeres y demás moradores del caserío. Es probable que en la concentración a la puerta de los edificios de la Administración salinera de aquel domingo, último día del mes de enero, estuviera Josef González, el tendero, con su esposa, María Villena, que se habían instalado en La Mata procedentes de Rojales; el labrador, Francisco Torregrosa, mientras su mujer, Vicenta Tébar, se quedaba en casa cuidando del pequeño Higinio Josef, nacido unos días antes del terremoto; también Joaquín Torregrosa, hermano y cuñado respectivamente de los anteriores; Francisco Pastor, labrador natural de Elda, y Vicenta García, su mujer; o Juan Sala, uno de los soldados de costa destacados en la pequeña población, con su esposa, Silvestra Guillamó.

Con seguridad acudiría también el sacristán, Balthasar Fuentes, y su consorte, Josefa Andréu; el dependiente del resguardo de sales, Nicolás Peral, hermano del párroco, don Josef, junto a su esposa, María Carmela Ramón; el matrimonio formado por Francisco Tébar, también guarda de las Reales Salinas, y Manuela Cánovas; o el correo de la Administración general matera, Ramón Andréu, casado con la joven Josefa Gil, cuyos padres, el maestro cirujano Antonio Gil y su esposa, Teresa Pallarés, naturales ambos de Cox pero materos ya por el tiempo que llevaban residiendo en el lugar, debieron prestar también su apoyo a la convocatoria. 

Entre la nutrida representación de trabajadores jornaleros se encontrarían quizás matrimonios como los formados por Antonio Zaragoza y Vicenta Pastrana, Jaime Vera y Antonia Montesinos, Antonio Perelló y Josefa Esteban, Manuel Galindo y Ana Cárceles, Antonio Gómez y Beatriz Ramírez, o Manuel Ayala y Joaquina López. Todos eran trabajadores a jornal en las muchas faenas que necesitaba la extracción y el transporte de la sal y, además, vecinos permanentes de una población que, en pleno invierno, parada la fábrica salinera, ofrecía pocas más salidas que la pesquera para sus escasas economías domésticas. 

A ellos no sólo unió el administrador general «(...) su voto y obligación religiosa perpetuamente (...), sí que al mismo tiempo, y para la mayor validación y cumplimiento de quanto queda expresado, interpone desde ahora, toda la autoridad que puede y le corresponde por razón de su Empleo, para que quede solemnizado para siempre, este religioso acto de reconocimiento al todo Poderoso, todos los primeros domingos del mes de febrero de los años venideros perpetuamente, y para la mayor validación, hecho un cuerpo con los demás concurrentes (...)».

 

San Emigdio de la capilla de la Bordadita. Colegio mayor de Nuestra Señora del Rosario[3] (Santafé de Bogotá, Colombia)Óleo sobre lienzo, 100x70 cm, atribuido a Joaquín Gutiérrez (Nueva Granada, ca. 1785)

Unos y otros acordaron formalizar el compromiso cuanto antes, convencidos «(...) con toda la creencia que les dicta la fé catolica que profesan (...)» de haber sido distinguidos con la particular intercesión y mediación del glorioso mártir de Ascoli, «(...) como declarado Protector y Libertador de las conmociones subterráneas (...)». La primera misa se celebraría con la solemnidad de la que era capaz la parroquial matera de la Virgen del Rosario el domingo siguiente, siete de febrero. El pequeño templo estaría a rebosar.

 La influencia sobre la población de lo acontecido aquellos días de enero fue grande. El día después de la misa, lunes, a la misma hora en la que había temblado la tierra dos semanas antes, «entre ocho y nueve de la noche según dijeron los padrinos», nació un niño que recibió el nombre de Emigdio Josef. Era hijo del portero de la administración general, Josef Pastor de Alzamora, y de su esposa, Lucía Aracil, quienes, imbuidos sin duda de la comprometida fe suscrita por la comunidad, eligieron ese nombre para unir un pequeño ofrecimiento personal a la acción de gracias colectiva.

Su extensión al poblado de la Torre-Vieja

También en el poblado de la Torre-Vieja, donde se habían sentido las mismas conmociones, habría de conmemorarse con misa solemne la efeméride de aquel evento sísmico.

«(...) Y respecto que la Población de Torrevieja, es anexo, en lo Espiritual y Temporal de esta Población de La Mata, y que llevados sus vecinos y moradores de los mismos sentimientos de reconocimiento y gratitud católica porque allí se experimentaron las mismas conmociones subterráneas, en el propio día y hora, se haga extensiba a aquella Población, el expresado voto de Solemnizar perpetuamente, el primero Domingo de Febrero de cada un año, con la Misa Cantada, al Glorioso Mártir San Emigdio (...)».

Una iniciativa que, además de por noticias directas dadas desde el púlpito, «(...) para que conste y llegue a noticia de aquellos vecinos ignoradores, dicho Sr. Administrador General y Juez- subdelegado, suplica y ruega a los Sres. Párroco y Vicario, se sirban publicarlo al tiempo del Ofertorio de la Misa, en dia de fiesta, ó, quando lo estimen por combeniente (...)», se difundiría por el boca a boca de los vecinos. Entre ellos, de los muchos materos que, como el joven Simón Cánovas, habían fijado su residencia en el poblado de la salina grande. Probable discípulo de Antonio Gil, ejercía como maestro sangrador y cirujano atendiendo las necesidades sanitarias de los pobladores de la Torre-Vieja, donde residía con su esposa, Teresa Andréu, desde que contrajeron matrimonio en 1798; su pequeña hija, Vicenta Antonia, tenía año y medio. 

También en la ayuda de parroquia torrevejense se honró el 26 de febrero al santo abogado frente a los terremotos, con el bautizo de una niña de nombre Emigdia María, hija del maestro carpintero Bartolomé Tárrega y de Celedonia Albaladejo, naturales de San Pedro del Pinatar. En la rectoría de esta iglesia apéndice de la parroquia de La Mata se guardó una de las copias del documento que daba fe del compromiso adquirido frente a los terremotos ante don Agustín, el escribano de las Reales Salinas. El original quedó en el archivo de la contaduría general de las fábricas, y la otra copia se guardó en la sacristía de la Virgen del Rosario. Todos firmados para su validez universal por el administrador, don Antonio Hidalgo y Calvo, don Francisco López de Porras, don Pedro Amorós (que hacía tan sólo unos meses había bautizado a su hija Paula) y don Pedro Miguel de Arozamena.

 

Firma del escribano de las Reales Salinas, Agustín Francisco de la Hoz, en el compromiso de La Mata frente a los terremotos, el 1 de febrero de 1802

Del tiempo que se mantuvo la promesa no ha quedado constancia. Poco después del terremoto, las autoridades decidieron el traslado de la Administración salinera «con todos sus principales Empleados» desde unas ya obsoletas instalaciones en La Mata a una Torre-Vieja boyante y en plena expansión. Allí debió de continuarse con la promesa, aunque acontecimientos como la epidemia de fiebre amarilla, que afectó con especial virulencia a la población en 1811, aletargaron tal vez el viejo temor a los terremotos de los lugareños y la fuerza de su pacto con el santo. A finales del año siguiente, sin embargo, la llegada de un nuevo párroco espoleó el fervor antisísmico de los torrevejenses con una representación pictórica:

«(...) notando el actual cura, que no tenía la Iglesia Imagen alguna del Santo, deseoso de proporcionar este objeto a la piedad y devoción de este vecindario, encargó, y se pintó en Valencia un lienzo (por el pronto) de figura oval, con marco o guarnición de madera corlada, cuyo coste fueron doscientos y cinquenta reales de vellón (...)».

El gasto fue sufragado con el generoso donativo de Joaquín Galiana (padre e hijo) y del contador Amorós, mientras el resto corrió a cargo del propio cura de la parroquial de la Inmaculada, don Antonino Cortés. Y así, el 5 de diciembre de 1819, compartiendo honores con la patrona Inmaculada Concepción en sus días grandes, «se colocó dicho lienzo, con sus dos cartelas de bronce a la derecha del Altar Mayor».

Son las últimas menciones al santo de los terremotos que quedaron recogidas en el Libro de Rectoría o anotaciones particulares de la Iglesia Parroquial de Torre-Vieja, una joya documental de la historia local que ha sobrevivido con entereza a terremotos, incendios e incluso a notas y subrayados con bolígrafo azul y rojo.

La alianza con san Emigdio desafió la diversidad del creciente vecindario de la población en estas primeras décadas del ochocientos, la desaparición de los protagonistas de aquel compromiso, el cambio generacional y el devastador seísmo que arruinó la comarca en 1829. Los habitantes de La Mata y Torrevieja volverían a encomendarse con fe a su nombre durante el período sísmico registrado en febrero de 1867, cuyos pormenores recoge con minuciosidad Francisco Sala Aniorte (2019, 2020)[4] ilustrando los temores que se manifiestan en la población en tales circunstancias. Una vez más, explica la página de divulgación GeoAlicante, la comarca tembló en septiembre de 1919 con un doblete sísmico producido en la falla de Torremendo que fue seguido «por multitud de réplicas, de hasta magnitud 4’4, (...) a lo largo de las siguientes semanas»”[5]. El tiempo, sin embargo, fue atenuando la obligación de aquel pacto de fe hasta llegar a la desmemoria colectiva.

Ahora, junto al inefable san Emigdio, la población dispone de herramientas de información, de vigilancia y seguimiento de la actividad sísmica, de bases de datos sobre vulnerabilidad y planes específicos de prevención, actuación, coordinación y apoyo o seguridad que habrían suscrito sin pensarlo todos los que aquel 31 de enero de 1802 fueron conscientes de la importancia de la anticipación como la mejor protección ante las «conmociones subterráneas».


[1]Información sísmica del Instituto Geográfico Nacional. https://www.ign.es/web/sis-area-sismicidad

[2]Del acaecido el 4 de diciembre de 1767, por ejemplo, que produjo heridos y cuantiosos daños en el cortijo, ofrece detallada crónica Paños Serna (2006) en «Sobre el origen de las poblaciones de Torrevieja y La Mata (Alicante), y sobre el estado de sus salinas en los años centrales del siglo XVIII (1720-1777)», Ad Turres, pp. 78-81.

[4]Sala Aniorte, F. (2019): «Torrevieja tiembla», Información, 31 de marzo.

https://www.informacion.es/opinion/2019/03/31/torrevieja-tiembla-5457165.html

Sala Aniorte, F. (2020): «Los terremotos de 1867», 3 de abril de 2020

https://www.cronistasoficiales.com/los-terremotos-de-1867/

 

[5]GeoAlicante. Departamento de Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente. Universidad de Alicante

https://geoalicante.es/noticia-6-han-ocurrido-dobletes-sismicos-en-la-provincia-de-alicante