Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 85 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Fotografía, memoria y futuro

La creación de la Asociación Fotográfica de Torrevieja como compromiso con la cultura, la historia y las nuevas generaciones

 

Hay proyectos que nacen de una ilusión y otros que nacen de una necesidad. La creación de la Asociación Fotográfica de Torrevieja nace de ambas: de la necesidad de recuperar una parte de nuestra memoria fotográfica y de la ilusión de construir un espacio cultural capaz de reunir a quienes entienden la fotografía como una forma de expresión, conocimiento, aprendizaje y preservación de la historia. Crear una asociación sin ánimo de lucro puede parecer sencillo cuando se contempla desde fuera. En realidad, ponerla en marcha significa asumir responsabilidades, administrar, organizar, negociar, resolver dificultades, buscar recursos, coordinar personas y mantener vivo un proyecto que depende fundamentalmente de la voluntad de quienes creen en él. En menos de un año, la Asociación Fotográfica de Torrevieja ha conseguido superar el centenar de socios, asumir un local y recuperar parte de la herencia material de la antigua Agrupación Fotográfica de Torrevieja.

 

 

 

Pero, por encima de las cifras, lo verdaderamente importante es haber comenzado a construir una comunidad alrededor de la fotografía. Esta historia tiene para mí una dimensión especialmente personal. Mi relación con la fotografía comenzó en 1977, cuando tenía ocho años. Aquella cámara Kodak de mis padres se convirtió en una puerta hacia un mundo que todavía hoy continúa fascinándome. A los doce años ya revelaba mis propios carretes. La fotografía era entonces un proceso completo, desde la captura hasta la copia final. Había que conocer la luz, medir, revelar, fijar, lavar, ampliar, controlar el contraste y aprender de cada error. La paciencia formaba parte de la técnica. Más adelante llegó mi primer laboratorio, adquirido a mi buen amigo Jaime Vera, mi proveedor de sueños, que me permitió pagarlo poco a poco, por veinte duros, como decíamos entonces. Aquello no fue solamente comprar un laboratorio. Fue hacer posible un sueño. Tener un espacio para experimentar, equivocarme, aprender y descubrir qué podía conseguir con una cámara, un negativo, una ampliadora y una hoja de papel fotográfico. Con el tiempo comprendí que aquellas primeras experiencias constituían algo mucho más importante que un aprendizaje técnico: estaban construyendo mi manera de mirar. A los dieciséis años, a raíz de un concurso fotográfico celebrado en la antigua aula de la CAM, tuve la oportunidad de entrar en contacto con la Agrupación Fotográfica de Torrevieja. Allí descubrí el valor de compartir conocimientos, observar el trabajo de otros autores, recibir críticas, conversar sobre imágenes y comprender que la fotografía no termina cuando se pulsa el disparador. La imagen comienza realmente cuando el fotógrafo decide qué quiere contar con ella. Desde entonces han pasado décadas. La fotografía ha cambiado de manera radical. El negativo ha dado paso al sensor, el laboratorio químico al ordenador, la ampliadora a la pantalla y el archivo físico al almacenamiento digital. Las herramientas son diferentes, pero la esencia continúa intacta: observar, interpretar, decidir y conservar.

 

Recuperar la memoria

La creación de la Asociación Fotográfica de Torrevieja ha supuesto también asumir una responsabilidad con quienes estuvieron antes. Al hacerse cargo del local aparecieron materiales, documentos, objetos, fotografías y recuerdos vinculados a la antigua Agrupación Fotográfica.

 

 

 

Podrían considerarse simplemente cosas almacenadas durante años, pero detrás de cada una existe una parte de nuestra historia. Por eso era necesario rescatar todo aquello que pudiera conservarse. No desde la propiedad, sino desde la responsabilidad. Esa memoria no pertenece a una persona concreta. Forma parte de la historia fotográfica de Torrevieja y, por tanto, de la historia de todos. Una cámara antigua, un negativo, una fotografía, un documento, un catálogo o cualquier pequeño objeto relacionado con la actividad fotográfica puede adquirir con el tiempo un valor que no se mide económicamente. Puede convertirse en la única referencia que permita comprender cómo se fotografiaba, quiénes participaron, qué actividades se realizaron o cómo era nuestra ciudad en otro momento. La fotografía posee precisamente esa capacidad extraordinaria de detener el tiempo. Una calle cambia, un edificio desaparece, una tradición se transforma, las personas envejecen y las generaciones se suceden. La fotografía permanece como testimonio. De ahí nace una convicción que ha acompañado mi trayectoria: todo lo que no se registra corre el riesgo de no perdurar. También por eso defiendo desde hace años el valor de la fotografía impresa. Lo digital permite producir y almacenar millones de imágenes, pero una fotografía que se imprime adquiere una existencia física, puede pasar de unas manos a otras y sobrevivir a quienes la realizaron. Conservar la memoria fotográfica es, por tanto, conservar una parte de nuestra identidad.

 

Un espacio para aprender a mirar

El local de la Asociación Fotográfica de Torrevieja no debe ser solamente una sede administrativa. Tiene que ser un espacio cultural. Un lugar de encuentro para personas inquietas, interesadas por la imagen, por el arte y por el conocimiento. Un sitio donde se pueda aprender, debatir, exponer, compartir y desarrollar proyectos. Una asociación fotográfica tiene posibilidades que van mucho más allá de organizar salidas o hablar de cámaras. Puede montar exposiciones, promover actividades, formar nuevos autores, recuperar patrimonio, divulgar la historia local, impulsar publicaciones y crear oportunidades para quienes comienzan. Pero existe una responsabilidad todavía más profunda: ayudar a cada fotógrafo a encontrar su propio camino. No todos debemos fotografiar igual. Precisamente la riqueza de una asociación reside en la diversidad de sus autores. Cada persona tiene una experiencia diferente, una sensibilidad particular y una forma propia de interpretar la realidad. La técnica puede aprenderse, pero la mirada se construye. Por eso considero necesario establecer una especie de sistema de contrapesas. En un mundo en el que muchas veces se confunde la popularidad con el valor artístico, es necesario recuperar el equilibrio. Una fotografía no vale únicamente por el número de reacciones que obtiene en una red social. Su valor puede encontrarse en la emoción que transmite, en su capacidad documental, en la composición, en la luz, en el momento captado, en la intención del autor o en la historia que consigue preservar. La asociación puede ayudar a descubrir todo ello. Puede acompañar al fotógrafo que empieza, estimular al que quiere evolucionar y ofrecer al autor experimentado nuevos puntos de vista. También permite algo fundamental: el intercambio entre generaciones. Quien lleva cincuenta años fotografiando tiene conocimientos que no aparecen en un manual. Quien lleva cinco años puede aportar una mirada que el veterano quizá no había contemplado. El aprendizaje circula en ambas direcciones. Esa transmisión de conocimiento es cultura.

 

Fotografía como arte y como memoria

El arte es una forma de interpretar la vida. La fotografía es una de sus expresiones. Puede ser documental, artística, social, experimental, científica o íntima, pero siempre contiene una mirada. El fotógrafo decide qué muestra y qué deja fuera. Decide dónde coloca la cámara, qué instante selecciona, cómo utiliza la luz y qué significado quiere transmitir. En ese proceso transforma una experiencia en una imagen. Por eso una asociación fotográfica no debería limitarse a enseñar el funcionamiento de una cámara. Su verdadera función cultural consiste en ayudar a las personas a comprender qué quieren decir con ella. En este sentido, la experiencia acumulada durante más de cuatro décadas trabajando con técnicas fotográficas, desde los procedimientos químicos hasta las herramientas digitales actuales, demuestra que la tecnología cambia, pero la mirada permanece como el elemento esencial. Una cámara extraordinariamente avanzada no garantiza una gran fotografía. Un equipo sencillo puede producir una imagen capaz de permanecer durante generaciones. La herramienta es importante, pero el autor lo es mucho más. La fotografía es también una forma de dejar huella. Una imagen realizada hoy puede convertirse mañana en un documento histórico. Puede explicar cómo era una calle, cómo vestían sus habitantes, cómo se celebraba una fiesta, cómo era un paisaje o simplemente cómo mirábamos nuestro entorno en un momento determinado. Torrevieja necesita esa memoria visual. Sus barrios, sus calles, sus tradiciones, su puerto, sus fiestas, sus paisajes y, sobre todo, sus gentes forman un patrimonio que merece ser registrado. Cada fotógrafo puede contribuir a escribir una página de esa historia.

 

El trabajo invisible

Detrás de una asociación existe una parte del trabajo que casi nunca aparece en las fotografías. Son las horas dedicadas a organizar, gestionar, negociar, resolver problemas, preparar actividades, atender a los socios, conservar materiales, buscar colaboraciones y tomar decisiones. Ese trabajo es imprescindible para que exista el resto. La pasión pone en marcha un proyecto, pero la constancia consigue mantenerlo. Una asociación no se sostiene únicamente con entusiasmo. Necesita responsabilidad, organización y personas dispuestas a dedicar tiempo de manera desinteresada. La recompensa tampoco es inmediata. En muchos casos consiste simplemente en saber que lo realizado puede servir a otras personas. Una exposición deja memoria. Un taller transmite conocimiento. Una publicación conserva una obra. Una fotografía documenta una época. Una conversación puede cambiar la trayectoria de un autor. Un joven que descubre la fotografía puede encontrar una vocación. Así es como se construye la cultura. No mediante un único gran acontecimiento, sino mediante la suma de pequeñas aportaciones que, con el paso del tiempo, terminan formando algo mucho mayor. Por eso una asociación cultural puede entenderse como una semilla. Quienes trabajan hoy quizá no lleguen a contemplar todo lo que esa semilla será capaz de producir mañana. Pero alguien lo hará.

 

Un legado para las generaciones futuras

La cultura necesita espacios. Necesita personas que aporten conocimientos, ideas y trabajo. Necesita lugares donde las mentes inquietas puedan encontrarse. ¿Qué mejor entorno que uno formado por personas apasionadas por el arte y por sus diferentes formas de expresión? Desde mi experiencia, siempre he entendido que rodearse de personas con inquietudes positivas ayuda a crecer.

 

 

El conocimiento compartido genera nuevas ideas y las ideas generan proyectos. Los proyectos, cuando se mantienen en el tiempo, terminan formando parte de la historia. Ese es uno de los objetivos que debe perseguir la Asociación Fotográfica de Torrevieja: crear las condiciones para que existan nuevos autores, nuevas exposiciones, nuevos libros, nuevos archivos y nuevas formas de interpretar nuestra realidad. A nuestros hijos e hijas no solamente debemos dejarles patrimonio material. También debemos dejarles educación, conocimiento, respeto, cultura y capacidad para pensar. En un mundo complicado, esos valores constituyen una forma de esperanza. La vida sin arte es más fría. Sin cultura es más pobre. Sin educación resulta más vulnerable. Sin memoria perdemos una parte esencial de aquello que somos. Por eso fomentar la fotografía no es solamente fomentar una afición. Es contribuir a construir una sociedad que observa, conserva, interpreta y transmite.