Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
84 – Otoño 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Imborrable: pintar lo que permanece
Hay cosas que desaparecen sin haber desaparecido del todo.
Un paisaje puede cambiar hasta resultar irreconocible.
Donde antes había campo puede aparecer una urbanización; donde el agua encontraba
su camino, una carretera; donde existía un espacio natural, una sucesión de
edificios, aparcamientos, paseos y nuevas infraestructuras. A primera vista,
todo parece haber sido sustituido, pero basta con mirar de otra manera para
descubrir que debajo de lo nuevo continúa existiendo algo de lo anterior.
Pienso en ello muchas veces cuando paseo por Torrevieja.
En la playa del Acequión ya no están los calafates. El
paisaje ha cambiado y aquellos espacios de trabajo forman parte del pasado. Sin
embargo, cuando camino por allí sigo teniendo presente aquella imagen. Aunque
no se perciban, de alguna manera continúan formando parte del lugar.
Quizá ésa sea una de las formas más poderosas de
permanencia: aquello que ya no podemos ver pero que seguimos viendo.
Torrevieja ha cambiado enormemente, se han modificado
espacios, desaparecido construcciones, alterado perfiles y sustituido paisajes
que durante décadas formaron parte de nuestra experiencia cotidiana. A pesar de
esos cambios, lo anterior no se consigue borrar completamente. El paisaje
actual se superpone al que recordamos.
De esa sensación nace Imborrable, la
exposición que he presentado recientemente en la Casa de Cultura de Guardamar
del Segura.
Mi pintura se mueve fundamentalmente dentro del expresionismo
abstracto, aunque siempre he entendido las etiquetas como una referencia y no
como un límite. Trabajo desde la experimentación y construyo las obras a partir
del color, la materia y el gesto. Me interesa que la pintura conserve las
huellas de aquello que sucede mientras se crea y que, en esas huellas,
permanezca algo del instante en que fue realizada.
Quizá por eso Imborrable no apareció de
repente. Es el resultado de una manera de trabajar que he ido desarrollando
durante años y que en los últimos tiempos ha encontrado también diferentes
espacios para mostrarse. Desde hace dos años vengo participando de manera
recurrente en exposiciones colectivas y actividades artísticas organizadas por
la Fundación Baleària, y el pasado mes de abril presenté Sobrevuelos,
una exposición individual.
Mi trayectoria ha estado vinculada principalmente a la
pintura, aunque también he realizado incursiones en la intervención y la
escultura. Ser pintor en Torrevieja significa convivir con un paisaje
cambiante, y es fácil que esa transformación termine entrando, de alguna
manera, en lo que uno hace.
No pinto necesariamente lo que veo, pero lo que veo forma
parte de mi manera de pintar.
El título de la exposición parte de una convicción
sencilla: nada desaparece completamente. Ni una imagen, ni un gesto, ni una
experiencia, ni tampoco un paisaje. Todo deja alguna clase de huella.
Durante la preparación de Imborrable
regresé en varias ocasiones a una obra de Robert Rauschenberg que me parece
especialmente reveladora. En 1953, cuando todavía era un artista poco conocido,
Rauschenberg pidió a Willem de Kooning uno de sus dibujos con la intención de
borrarlo. De Kooning aceptó y le entregó un dibujo que no resultaba
precisamente fácil de eliminar. Rauschenberg trabajó durante semanas hasta
conseguir que prácticamente no quedara ninguna imagen reconocible.
Esa obra, Erased,
de Kooning Drawing, se expone en el MOMA de Nueva York y, aunque
debido al borrado apenas podemos distinguir el dibujo original, sabemos que
estuvo allí. Su desaparición se ha convertido, paradójicamente, en una nueva
forma de presencia.
La idea de borrar sin conseguir borrar completamente
conecta de una manera muy directa con mi forma de entender la pintura. Trabajo
capa a capa. Una pincelada cubre a otra; una superficie se modifica; aparecen
nuevas manchas, recorridos y grafismos. A veces raspo, oculto o recupero parte
de lo que había quedado debajo. Otras veces simplemente continúo pintando sobre
lo anterior.
Pero hay algo más. Algunas de las obras que hoy forman
parte de Imborrable eran cuadros que tenía inacabados o que no
me satisfacían completamente. En otras circunstancias quizá habría optado por
darles una capa de blanco y comenzar de nuevo. Esta vez decidí hacer justamente
lo contrario.
En lugar de borrar, asumí el reto de pintar sobre lo que ya
existía, que aquello que en un principio consideraba un problema pudiera
convertirse en parte de la obra.
Fue una decisión pictórica, pero terminó siendo también una
manera de entender Imborrable.
Esos cuadros conservan algo de lo que fueron antes de
convertirse en lo que son ahora. Algunas de sus primeras capas todavía pueden
aparecer; otras han quedado ocultas. Pero ninguna ha desaparecido
completamente.
De alguna manera, también ellos tienen memoria.
Imborrable tampoco se limita estrictamente a la pintura. En la exposición aparecen dos piezas de artesanía salinera contemporánea que amplían esta reflexión sobre el territorio y sus huellas. Una de ellas es una cabeza de carácter figurativo;
la otra, un armazón de unos 180 centímetros de altura que recuerda al esqueleto de un barco a medio calafatear.
La presencia de esta última pieza tiene para mí una
resonancia especial. Alude a una actividad que formó parte de la historia de
Torrevieja y que, aunque ya no forma parte de nuestro paisaje cotidiano,
permanece en nuestra memoria.
La sal, además, no es un material elegido al azar. Forma
parte del paisaje, de la historia y de la identidad de Torrevieja. Incorporarla
a la exposición supone introducir en ella una materia que pertenece al propio
territorio del que, en cierto modo, habla Imborrable.
Esta forma de trabajar me lleva inevitablemente al paisaje.
Nuestro litoral mediterráneo es también una especie de
palimpsesto: una superficie sobre la que escribimos continuamente, cubriendo
una historia con otra. Cada intervención modifica la anterior, pero no consigue
eliminarla por completo, bajo las construcciones permanecen muchas huellas que
quizá ya no somos capaces de reconocer.
No pretendo representar esos lugares concretos. Las obras
de Imborrable son, en su mayor parte, abstracciones; sólo en
algunas aparece una presencia más reconocible de la figuración.
Me interesa más sugerir que describir.
Las tramas, líneas, retículas, manchas y acumulaciones
pueden recordar cartografías, dunas, sedimentos, redes o estructuras
geológicas. Son formas que permiten imaginar un territorio, pero que no
pertenecen necesariamente a ningún lugar concreto.
Quizá por eso entiendo cada cuadro como un pequeño
territorio.
Pintar significa construir, pero también destruir. Añadir
implica ocultar. Cubrir una capa supone hacer desaparecer parte de ella, aunque
rara vez conseguimos eliminarla por completo.
Mientras trabajo, el cuadro va acumulando tiempo. No es
solamente una acumulación de materia o de color. Es la acumulación de
decisiones, de aciertos y errores, de insistencias y de gestos repetidos
cientos de veces. Cada uno deja una marca, incluso cuando deja de ser visible.
Las repeticiones tampoco son mecánicas. Cada pincelada se parece
a la anterior, pero nunca es exactamente igual. Cambia el movimiento de la
mano, la presión, la cantidad de pintura, la dirección. La repetición termina
generando una trama que adquiere vida propia.
Es entonces cuando la pintura deja de ser únicamente una
superficie y se convierte en un registro, mostrando que debajo de una
determinada zona existe una pintura anterior, aunque ya no pueda verla. Sé que
allí hubo otro color, otro gesto, otra decisión.
El cuadro conserva algo que yo mismo ya no puedo recuperar
completamente.
El paisaje funciona de una manera parecida.
Transformamos continuamente nuestro entorno y, con
frecuencia, interpretamos cada transformación como una sustitución. Pero el
territorio no funciona como una página en blanco. Cada intervención se apoya sobre
otra. Cada generación recibe un paisaje que ya ha sido modificado y, a su vez,
lo modifica. En Torrevieja lo percibimos especialmente bien.
El paisaje no es únicamente aquello que tenemos delante de
los ojos. También es aquello que llevamos dentro cuando lo miramos. A veces
basta con haber conocido un lugar antes para seguir percibiendo aquello que ya
no existe.
Es ahí donde Imborrable encuentra su
sentido.
La exposición no pretende hablar solamente de un paisaje
concreto ni de una ciudad determinada. Habla de algo más amplio: de la
imposibilidad de borrar completamente aquello que ha formado parte de nosotros.
Y también de una forma de pintar. Pintar es construir y
excavar al mismo tiempo.
Quizá esa sea la verdadera razón del título de esta
exposición.
Imborrable no habla únicamente de la
memoria. Habla de la persistencia.
De aquello que permanece cuando aparentemente ya no está.
De una pincelada escondida bajo otra.
De un cuadro que pudo haber sido borrado y que, en cambio,
encontró una nueva posibilidad.
De una escultura de sal que evoca el esqueleto de un barco
y, con él, una actividad que desapareció de nuestro paisaje.
De los calafates que ya no están en el Acequión y que, sin
embargo, siguen apareciendo cuando paseo por allí.
De un paisaje que ha cambiado hasta parecer otro y que
conserva, debajo de sus nuevas capas, las huellas de todo lo que fue.
Nada desaparece por completo.
A veces simplemente tenemos que aprender a mirar debajo.
Jaime Aniorte Cánovas. Pintor
Imborrable. Lo que
permanece bajo la pintura
Hay
cosas que se pueden borrar de la vista, pero no de la memoria. Podemos
cubrirlas, transformarlas, esconderlas bajo algo nuevo, incluso intentar que
desaparezcan. Sin embargo, a veces basta con raspar un poco la superficie para
descubrir que aquello que creíamos perdido continúa allí.
Quizá
por eso el título de la exposición de Jaime Aniorte Cánovas, Imborrable,
resulta tan acertado. Hasta el pasado16 de octubre, la Casa de Cultura de
Guardamar acogió esta muestra formada por veinticinco lienzos de diferentes
formatos y tamaños, realizados con acrílico, óleo y técnicas mixtas, a los que
se incorporan dos piezas de artesanía salinera contemporánea realizadas con
madera, algodón y sal.
Pero
sería demasiado sencillo hablar de Imborrable como una exposición
de pintura abstracta y detenernos ahí. Hay algo más en estas obras. Algo que
tiene que ver con el tiempo, con la memoria y, sobre todo, con la huella que
dejan las cosas incluso cuando ya no podemos verlas.
Conocí
la propuesta de Jaime Aniorte a través de sus propias explicaciones sobre el
proceso creativo, y hay una idea que se repite y que resulta fundamental para
comprender su trabajo: el cuadro no nace de una vez. Se va haciendo. Una capa
modifica a la anterior, una mancha queda parcialmente cubierta, un goteo
desaparece bajo otra intervención, una trama se oculta y después puede volver a
aparecer. Como artista pinta, pero también raspa, lija, retira, recupera y
vuelve a pintar, construye y excava. Y esa manera de trabajar termina
convirtiéndose en el verdadero discurso de la exposición.
Aniorte
se sitúa en el ámbito del expresionismo abstracto y ha ido desarrollando un
lenguaje basado en la intensidad cromática, la materia y el gesto. Su formación
artística en la Escuela Municipal de Pintura de Torrevieja y su participación
en distintos talleres de pintura y experimentación han ido acompañando un
proceso que él mismo define a partir de la acumulación de manchas, planos,
grafismos y repeticiones.
No
parece, sin embargo, que le interese la acumulación como simple efecto visual. La
acumulación tiene memoria.
Cada
nueva capa modifica lo que había antes, pero no consigue eliminarlo
completamente. Y ahí aparece una de las cuestiones que más me interesan de Imborrable,
porque su pintura no intenta esconder el proceso de creación, aunque muchas
veces lo que ocurrió durante ese proceso haya quedado oculto bajo la
superficie. El cuadro terminado es, de alguna manera, el resultado de todos los
cuadros que lo precedieron.
Cada
una de las obras conservan parte de su propia historia porque nacen de lienzos
inacabados, o de trabajos con los que el artista no estaba satisfecho. Podría
haberlos cubierto por completo y empezar de nuevo. No lo hizo. Continuó
trabajando sobre ellos. Y aquello que inicialmente podía ser considerado un
error terminó convirtiéndose en un estrato más de la obra.
Una
decisión especialmente significativa, porque también en la vida ocurre algo
parecido: no podemos empezar de nuevo cada vez que algo no sale como
esperábamos. Continuamos sobre lo que ya existe. Añadimos experiencias,
modificamos nuestra manera de mirar, cambiamos de opinión, aprendemos,
olvidamos algunas cosas y recuperamos otras. Pero lo anterior sigue debajo.
La
pintura de Jaime Aniorte tiene esa capacidad de mostrarnos de una manera muy
sencilla algo que a veces olvidamos: podemos transformarnos, pero bajo esa
transformación permanecerá para siempre aquello que realmente se encuentra en
nuestro interior.
La
repetición desempeña un papel fundamental en este proceso. Aniorte repite
gestos, recorridos y estructuras. En algunas obras utiliza paletinas de
silicona para construir determinadas tramas y secuencias. El resultado son
ritmos, densidades, retículas y estructuras que pueden recordarnos cartografías,
redes, dunas, sedimentos o formaciones geológicas.
Pero
tampoco aquí la repetición se limita a una función estética. Para el pintor
repetir un gesto significa también conservar el momento en que ese gesto se
produjo.
Durante
el proceso de creación existe un estado de concentración absoluta, próximo al
trance o a la meditación, en el que la atención queda centrada en el material,
el gesto y el medio. No se trata de pintar una emoción determinada. No importa
demasiado si el artista está alegre, triste, enfadado o tranquilo. Lo que
quiere conservar es la experiencia misma de estar completamente inmerso en el
acto creativo.
Y
entonces entendemos que esos cientos de pinceladas repetidas no son únicamente
pintura: son tiempo. Insistencia. Memoria.
Un
solo gesto puede pasar desapercibido. Cientos de ellos construyen una trama. Y
esa trama nos permite contemplar el resultado de una acción que ha necesitado
concentración, paciencia y tiempo. El tiempo empleado en pintar queda, de
alguna manera, depositado sobre el lienzo.
Por
eso resulta especialmente interesante observar estas obras no sólo como
superficies, sino como registros.
Cada
una contiene decisiones. Algunas permanecen a la vista. Otras han quedado
enterradas. Hay capas que el espectador no puede conocer porque ya no están
visibles, aunque el artista recuerde que estuvieron allí. Y, sin embargo, quien
las contempla puede sentirlas.
El
cuadro se convierte así en una especie de archivo de su propia creación. Un
palimpsesto. La palabra resulta apropiada porque en un palimpsesto una
escritura anterior es cubierta para permitir otra nueva, pero la primera
permanece parcialmente incorporada a la superficie. Algo parecido ocurre aquí.
Cada intervención modifica la anterior sin conseguir eliminar por completo su
memoria.
Y
en este punto aparece la referencia a Robert Rauschenberg y Erased de Kooning
Drawing, una experiencia especialmente significativa para entender la paradoja
que plantea Imborrable. Borrar una obra anterior no consiguió
hacerla desaparecer completamente. Precisamente aquello que había sido
eliminado pasó a formar parte esencial de la nueva obra.
Borrar
sin borrar. Quizá esa sea una de las mejores maneras de acercarse al trabajo de
Aniorte. En sus cuadros, aquello que desaparece de nuestra vista puede
continuar existiendo debajo. No lo vemos, pero condiciona lo que vemos. Está
presente en la superficie precisamente porque ha formado parte de ella.
Y
aquí el color adquiere una importancia especial. Los colores no aparecen necesariamente
como resultado final de una sola elección. Un color puede quedar cubierto,
reaparecer parcialmente o convertirse en el fondo sobre el que se construye una
nueva intervención. La materia hace visible esa acumulación y nos recuerda que
lo que vemos depende también de aquello que ha quedado debajo.
La
pintura se convierte entonces en una suma de tiempos: el tiempo de la primera
capa, el tiempo de la segunda, el tiempo de aquello que se raspa, el tiempo de
lo que vuelve a aparecer y el tiempo de todos esos gestos que, repetidos una y
otra vez, terminan formando la imagen.
Es
difícil contemplar Imborrable sin pensar también en el
territorio. Algunas de las estructuras que aparecen en las obras pueden sugerir
cartografías, dunas, redes o sedimentos. Pero Aniorte no pretende representar
literalmente un paisaje determinado. No está pintando una playa concreta ni una
duna concreta de Torrevieja. La abstracción le permite hacer otra cosa: no
pintar el paisaje, sino aquello que el paisaje deja en nosotros.
Por
eso resulta tan significativa la incorporación de las dos piezas de artesanía
salinera contemporánea realizadas con madera, algodón y sal. Una representa una
cabeza de mujer y la otra desarrolla una estructura que recuerda al caparazón o
armazón de un barco: la sal introduce aquí una relación directa con el
territorio.
No
es solamente un material. Es una materia vinculada a la historia y al paisaje
de Torrevieja. Al incorporarla a la exposición, la reflexión sobre la huella
abandona el lienzo y adquiere una dimensión tridimensional.
La
pintura habla de capas. La sal habla también de territorio. Y ambas terminan
encontrándose en una misma idea: aquello que permanece.
No
creo que sea necesario buscar una representación concreta en estas obras. Las
tramas pueden sugerir muchas cosas precisamente porque no están obligadas a ser
ninguna de ellas. Hay algo de paisaje, de geología, de recorrido, de
sedimentación. Pero la pintura permanece abierta. Y esa apertura es importante.
Jaime
Aniorte no pretende decirnos exactamente qué debemos reconocer en cada
superficie. Nos permite entrar en ellas y encontrar nuestras propias
asociaciones. Una trama puede convertirse para alguien en un mapa y para otro
en una formación natural. Una acumulación puede recordar un sedimento, una superficie
erosionada o simplemente el resultado de cientos de gestos.
La
obra no necesita resolverlo. Necesita permanecer abierta. Ésta es la razón por
la que el gesto tiene tanta importancia. El gesto es la huella del artista, pero
no pretende imponer una historia cerrada al espectador. Cada uno puede
acercarse a esas huellas desde su propia memoria.
Y
hay dos memorias que conviven en Imborrable. La primera es la
memoria de lo que ha sido pintado: capas, manchas, colores, tramas y materia. La
segunda es la memoria del acto de pintar: el tiempo, la repetición, la
concentración y todos esos gestos que hicieron posible la obra. Una pertenece a
la historia material del cuadro. La otra pertenece al momento creativo. Y las
dos quedan unidas. Forman parte de un recorrido reciente en el que la pintura
ha ido ocupando el centro de una investigación personal. Imborrable
continúa ese camino, pero lo hace desde una reflexión especialmente coherente
entre procedimiento y concepto. No se trata de utilizar una técnica para después
hablar de otra cosa: la técnica es el discurso.
Superponer
es hablar de acumulación. Cubrir es hablar de ocultación. Raspar es recuperar. Lijar
es retirar. Repetir es conservar. Volver a pintar es aceptar que aquello que estaba
antes continúa formando parte de lo que existe ahora. Y esto hace que el título
de la exposición vaya adquiriendo fuerza a medida que la recorremos.
Imborrable no significa que todo sea visible. Significa
justamente lo contrario. Hay cosas que han desaparecido de nuestra mirada y,
sin embargo, continúan formando parte de la obra, Como ocurre con la memoria, con
el territorio, con nosotros mismos.
Jaime
Aniorte ha obtenido recientemente el reconocimiento al mejor pintor local en el
XXVII Concurso de Pintura Rápida Ciudad de Torrevieja. Pero quizá lo más
interesante de Imborrable no sea detenernos en un premio, sino
contemplar qué está haciendo el artista con aquello que tiene entre las manos:
una pintura que no parece querer llegar rápidamente a una imagen definitiva,
sino investigar qué sucede cuando se insiste sobre ella, se vuelve, se corrige,
se cubre, se recupera, se repite, cuando se acepta que incluso un error puede
convertirse en parte de la obra.
Porque
una de las cosas que más me interesan de esta exposición es precisamente ésa: Aniorte
no parece entender el cuadro como algo que deba ser protegido de sus propias
transformaciones. Al contrario. Permite que las transformaciones formen parte
de él. Por eso sus cuadros tienen algo de memoria viva. No son solamente
aquello que vemos. Son también aquello que hubo. Aquello que se hizo. Aquello
que se ocultó. Aquello que volvió a aparecer. Y el propio instante en que todo
ello ocurrió.
Al
final, la pintura de Aniorte nos recuerda algo bastante sencillo: no siempre
podemos ver la historia de las cosas, pero eso no significa que no exista. Debajo
de una capa puede haber otra. Debajo de un color, otro color. Debajo de una
trama, un gesto. Debajo de una superficie aparentemente terminada, todas las
decisiones que la hicieron posible. Y debajo de todo ello, el tiempo.
Por
eso Imborrable es un título que termina siendo mucho más que un
nombre. Es una afirmación.
Hay
cosas que podemos cubrir, transformar, esconder e incluso podemos creer que las
hemos borrado, pero permanecen como permanece la huella de una pincelada, la
sal en la memoria de un territorio, como permanece un instante cuando alguien
ha sabido convertirlo en materia.
Quizá
sea mejor preguntarse qué ha quedado debajo. Porque en Imborrable,
lo que no vemos también forma parte de la obra.
Yolanda Cabezuelo Arenas