Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
83 – Verano 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Por
nombre Libertad
Víctor se llama mi
padre. Víctor Manuel se llama mi hermano. Víctor José se llama mi
primo hermano y Víctor el hijo de éste.
Víctor significa «victorioso»,
el «vencedor»; sin embargo, no es ese el motivo que llevó a mi bisabuelo Vicente
—que por cierto, también significa «vencedor»— a instaurar esta saga familiar.
Fue
su admiración por la figura de Víctor Hugo la que llevó a mi bisabuelo a
llamar así a su hijo, una admiración forjada en su literatura y en su espíritu
de lucha contra la injusticia y fe en el pueblo. Y es que el famoso escritor,
político e intelectual se convirtió en el siglo XIX en un símbolo de justicia
social, lucha por la libertad y defensa de los derechos humanos, cuando todo
eso no era más que una idea.
Todos
esos ideales siguen vivos en mi familia. Os contaré que mi abuela tenía por
nombre Libertad, y sus hermanas, Igualdad y Fraternidad. Crecer
en casa con sus nombres por bandera te hace acreedor de un sentimiento
humanista, de un deseo de avanzar, de mejorar en todos los aspectos de la vida;
en definitiva, de progresar.
Como
decía siempre mi abuelo Ignacio —que vivió ciento tres años—, «ningún
tiempo pasado fue mejor», y eso me enseñó que siempre hay que ir hacia
delante, sin miedo, y avanzar con paso firme.
Quizá
eso ya lo sabía muy bien el bisabuelo Vicente, por eso a su siguiente
retoño lo llamó Progreso. Y como ningún tiempo pasado fue mejor, cuento
hasta tres Igualdad y dos Víctor Hugo, concebidos primero con Inés
y en segundas nupcias con Basilisa, dada la elevada mortalidad infantil
de aquel entonces.
El
resto de mis tíos abuelos se llamaban: Wilson, Demófilo y Edison.
El
primero, Wilson, en honor al vigésimo octavo presidente de los Estados
Unidos de Norteamérica, vencedor de la primera guerra mundial, de nuevo un
vencedor, aunque derrotado en la paz posterior, quizá por atreverse a soñar que
otro mundo, un mundo mejor, era posible.
El
segundo, Demófilo, «el amigo del pueblo». No cabe mayor expresión de
fraternidad y de amor, o así imagino que lo sentía el abuelo Vicente,
enamorado del progreso, de su pueblo, Novelda, y su familia.
Y
el tercero, Edison. Si el progreso venía de la mano de los ideales y de
la justicia social, también lo hacía del desarrollo de la ciencia y la técnica,
de los logros de hombres valientes como el caso de Thomas Alva Edison, un
hombre hecho a sí mismo, padre del alumbrado público, luz, en un mundo aún muy
oscuro en la España de entonces. Edison no podía escapar a la admiración
de un hombre ávido de progreso.
El
lema de mi bisabuelo Vicente era: «Sé trabajador y honrado».
Autodidacta, aprendió de los libros y de la vida y atesoró una intelectualidad
digna de envidia, y como su nombre indica, persiguió el éxito y ejerció la
valentía, convencido siempre de hacer lo correcto, lo justo, conocedor de que
no existe una verdad absoluta.
Como
os podéis imaginar, en aquel tiempo, en el que se ejercía el dominio ideológico
de la Iglesia católica, y por ser Jesucristo un personaje igualmente digno de
la admiración del abuelo —más por sus ideas que por sus milagros—, todos ellos
fueron bautizados.
De
modo que la casa de mi familia estaba llena de Vicentes, Ignacios,
Paulinos, Cármenes, Marías..., aunque nunca supe realmente a
quién correspondía cada uno de esos nombres.
Irene fue el nombre de
bautizo de mi abuela Libertad —«la que trae la paz» significa—, y que
luego recibiría mi prima hermana. También mi tía recibió el de Encarnación,
aunque en casa siempre sería Libertadita.
El
mundo oscuro al que me refería se tornó aún más sombrío. La guerra, y como dejó
escrito él mismo, «la envidia y el odio», se llevaron por delante la vida de mi
bisabuelo y de tantos otros; nos fueron arrebatados, unos para siempre, otros
al exilio. Quebrantaron su pueblo y su familia, y aun así en su última carta,
nos legó un... «perdonarlos».
No
es fácil conservar una luz encendida cuando te cercan las sombras, cuando el
ideal de Progreso es motivo de represión, y aun así mi abuela fue toda su vida Libertad.
Me
gusta pensar que si mi primera hija hubiese nacido se llamaría Libertad,
y tan libre fue... que decidió no venir, no correr el riesgo de convertirse en
una Cosette en este mundo de Miserables.
La
que sí decidió nacer fue Diana, mi hija —la «luz celestial»—. Quizá los
referentes son otros actualmente, pero mis raíces son profundas, y prometo que
lo pensamos tanto como mi bisabuelo, o más. También fue bautizada, aunque yo no fui y pienso como mi bisabuelo, que será ella quien exprese libremente su
opción espiritual.
Los
nombres nos dan un ser, un carácter, nos sitúan en un lugar, una familia, por
él se nos reconoce, nos conecta con los demás y nos hace únicos.
Yo
me llamo Javier, dicen que eso me hace independiente; eso sí, aunque
sigo condenado a llevar delante un Francisco en el que no me reconozco —a
pesar de ser el nombre de mi otro abuelo, otro hombre bueno—, pues aún en el
año 1969, un señor con sotana tenía la potestad de decir a mi padre y a mi
madre cómo me podían o no me podían llamar.
Si
el propósito de mi bisabuelo Vicente era transmitirnos sus valores e
ideales a través de nuestros nombres, lo consiguió. Si escribo estas letras es
para contárselo a mi hija y que ella también lo sepa. Y lo hago para honrar a
mi abuelo Ignacio, a mi padre Víctor y a mi tío Demo, que
me legaron esta memoria:
Ser libres, iguales, plurales, tolerantes y respetuosos, firmes, justos y honrados. Tenaces en el rechazo a la polarización, el adoctrinamiento, el enfrentamiento, la individualidad imperante que nos hace débiles e indefensos ante los poderosos que cada día lo son más, ante la avaricia, el odio y la envidia, el miedo, y de nuevo... la oscuridad más sombría.
Éste es un relato de vencedores derrotados, de soñadores desvelados, de luchadores traicionados, pero sobre todo de amantes amados, porque lo único probablemente en que estamos de acuerdo todos y todas con Víctor Hugo, desde el bisabuelo Vicente hasta mi hija Diana, es en que: «La mayor felicidad de la vida consiste en la convicción de que somos amados».