Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
83 – Verano 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Amparo Moreno Viudes y Francisco Belmonte Mas
1.- Introducción
El Setecientos registró un periodo de gran dinamismo en el
sur de la provincia de Alicante, actuales comarcas del Bajo Segura (o Vega
Baja) y del Bajo Vinalopó, y junto a la bonanza económica y al auge demográfico
del momento, son muchas las pequeñas agrupaciones vecinales surgidas a modo de
aldeas que serán el embrión de futuras poblaciones de mayor entidad.
Auspiciadas tanto por la nobleza y la Corona como por la Iglesia, uno de sus
ejemplos más conocidos son las entidades que surgieron tras el proceso de
bonificación de tierras de almarjal promovido por el Cardenal Belluga y que
tomaron el nombre de San Felipe de Neri, Nuestra Señora de los Dolores y San
Fulgencio, cuyas escrituras quedaron ratificadas en 1745. Pero también en el
entorno prelitoral se encuentran ejemplos de poblaciones que germinaron en esta
época, aunque con distinta fortuna.
Gregorio Canales y Remedios Muñoz (2012) han estudiado la
trascendental actuación de la Diócesis en el poblamiento de las tierras
meridionales de Orihuela, promoviendo vecindarios al amparo de las parroquias
que se fueron erigiendo en estos años. San Ginés (conocida después como Dehesa
de Campoamor), por ejemplo, surgió en 1714 por el afán de los mercedarios de
Orihuela de crear un establecimiento estable de labradores; el caserío de La
Marquesa aparece en 1723, año en el que la expansión de los cultivos de secano
propició el asentamiento de labradores en San Miguel del Campo de Salinas y
Pilar del Campo de la Horadada surgirá en 1752[1].
En la costa emergen núcleos de población auspiciados por el interés de la
Corona. Unos fueron creaciones ex novo como el asentamiento fortificado de la
Isla Plana o de San Pablo, que pasa a llamarse Nueva Tabarca. (1768)[2].
Otros, la ampliación de lugares donde ya había instalados guardias costeros,
caso de Santa Pola, donde la pequeña ermita que había junto al baluarte pasó a
ser ayuda de parroquia en 1770.
En el proceso colonizador de estos años jugó un papel decisivo la Diócesis de Orihuela, en especial a lo largo del extenso gobierno de Joseph Tormo (1767-1790), obispo ilustrado y reformador cuya intensa labor promotora -tanto en la erección de parroquias como en proyectos de interés civil[3]-, configuró una parte de la provincia como hoy la conocemos. Es en este contexto donde se sitúa el despegue poblacional de La Mata y del lugar de la Torre-Vieja.
Obispo Joseph Tormo i Julià (1721-1790). Óleo sobre lienzo de José Vergara Gimeno. Museu de la
Universitat de València. Imagen: Museu de la Universitat de València
2.- Los poblados de la Torre de La Mata y de la Torre-Vieja
Si en diciembre de 1771 el prelado firmaba el auto de
erección de la parroquia de San Pablo en la Nueva Tabarca, tres meses después,
en marzo de 1772, se creaba la parroquia de La Mata con el objetivo de
consolidar un vecindario permanente en este lugar. Pequeño, pero especialmente
rentable para la Corona por la producción de sal. La explotación salinera tenía
ya en este enclave la infraestructura administrativa necesaria para
salvaguardar los Reales intereses. Canales y Muñoz hablan de la existencia de
un núcleo protourbano frente al mar constituido inicialmente por una torre de
defensa, la casa del administrador de las salinas y una pequeña ermita[4].
Al lugar llegaban cada temporada decenas de jornaleros de poblaciones del
entorno para los trabajos de extracción y acarreo de la sal, una mano de obra
temporal que se alojaba de forma precaria por los alrededores durante la
campaña que podía iniciarse a finales de la primavera y prolongarse al otoño
dependiendo de la afluencia de buques de carga.
En La Mata el obispo Tormo tuvo un papel preeminente para
obtener el favor de la Corona y convertir en Parroquia la vieja Ermita del
Rosario. La dotación económica para el sostén parroquial saldría de las Reales
Salinas. Con la prestación de sus servicios espirituales a “(..) dichos
Empleados y Moradores en el referido Partido, y sus cercanías (...)”, la
Iglesia fomentó la instalación de los trabajadores con sus familias y la
construcción de viviendas permanentes y se fue afianzando un vecindario cada
vez más numeroso[5].
Al sur de la nueva parroquia matera, una pequeña agrupación
de casas construidas por guardacostas y pescadores en las inmediaciones de una
vieja torre de defensa, fue incrementando también su vecindario con los jornaleros
que comenzaron a establecerse al amparo de las posibilidades extractivas de la
laguna de Orihuela, revertida por la ciudad a la Corona en 1758 al no poder
explotarla como albufera. Un cronista de excepción, el cura Don Antonino Cortés
(Iglesia Parroquial de la Inmaculada, 1812-1825), contaba estos inicios:
“La Población de Torre=Vieja, que por los años 1760 y
aun mas adelante apenas estava reducida á la Torre, y dos pequeñas casas
contiguas á la misma, de que se servian los Atalayas, con el transcurso del
tiempo se fue aumentando, atrahidas en
parte las gentes por la proporcion de las pesqueras, y principalmente por la
abilitacion en Salina la que antes era Laguna llamada de Orihuela (...)”.[6]:
El despegue de la producción se produjo en los años 60.
José María Blake, Administrador de las Salinas en 1851, indica una primera
extracción en la laguna de Torrevieja en 1766:
“(...) se extrajeron ya por primera vez tres grandes
montones, siendo Administrador de la Fábrica de La Mata Don Antonio Parra.
Desde esa fecha fue mejorando y siempre
en aumento la producción (...)”.[7]
Blanco, Galant y Sala (1997) señalan que dos años después
de estos tanteos se hicieron los primeros embarques y hacia 1776 el proyecto
industrial salinero se concretaba con el inicio de las obras del primer
embarcadero en un acantilado próximo a la vieja torre. El desnivel natural del
tramo costero se aprovechó para acondicionar también unas eras para depósito de
la sal, lo que propició el uso portuario de la costa del lugar[8].
La segregación de los cotos, redondas y poblaciones de La Mata y la Torre Vieja
de la Villa de Guardamar y de la Ciudad de Orihuela, fue sancionada mediante
Real Decreto de 26 de abril de 1777 por Carlos III.
El visionario obispo Tormo, seguro del dinámico futuro del
enclave a corto plazo, solicitó al monarca la creación de una ayuda de
parroquia dependiente de la creada en La Mata, petición aceptada por Real Orden
de 19 de diciembre de 1788 con la asunción del patronazgo y el compromiso de
una dotación económica que saldría de las rentas de las salinas. En este año,
indican Canales y Muñoz (2012), los habitantes de este caserío ya superaban a
los de La Mata debido al notable éxito de la extracción salinera. La torre
vieja adquiría -al menos a ojos de los pastores de Dios-, entidad como
“poblado”. El mismo obispo inició con solemnidad la andadura pastoral de la
nueva Ayuda de Parroquia el domingo 13 de septiembre de 1789 con la colocación
del Santo Sacramento en el templo; el 14 con una “función de exequias” y honras
por el alma de Carlos III, fallecido en diciembre del año anterior; y el 15 con
la confirmación de los moradores más jóvenes del lugar en número que superó los
120. Como padrinos de toda la chiquillería en tan importante acto actuaron Don
Laureano García de Burunda, Administrador General de las Reales Salinas y Doña
María Patrocinio Pérez de Lorente.
El espaldarazo definitivo que certificaba este
extraordinario crecimiento fue el traslado de la Administración de las Reales
Salinas desde La Mata a Torrevieja en 1802. Los daños producidos por los
terremotos de enero en las instalaciones materas, la abundante producción en
las salinas de la Torre Vieja y las mejores condiciones de su rada para el
fondeo de buques con la posibilidad de carga directa casi a pie de salina
-mientras en La Mata era necesario llevar la sal hasta Alicante para su
embarque-, determinaron el desplazamiento de la contaduría salinera hacia el
poblado del sur. Convertida en foco de atracción, Torrevieja acabó arrastrando
también a la Iglesia como sede parroquial y así lo contaba el mismo cura Don
Antonino:
“Con motivo de que la Administración General de Salinas,
con todos sus principales empleados se trasladó en el año 1803 desde la Mata,
en que se hallava establecida á la población de Torre-Vieja, parecio más
conforme al Illmo. Sñor. Dn. Francisco Antonio Cebrian y Valda, que se
trasladase también el Curato y fijase su residencia el Cura en esta ya dicha
Poblacion de Torre-Vieja, como de hecho así se realizo en julio del año 1806
por el D. D. Joseph Peral que lo era en la actualidad, y quedo desde entonces
Torre-Vieja por Matriz y La Mata por su anejo”.[9]
Cuando Carlos IV aprobó en 1803 su plano urbano, la nueva población hacía más de veinte años que funcionaba como tal, con un importante número de viviendas construidas en calles trazadas de manera espontánea. Le dio oficialmente, eso sí, el nombre de Torrevieja en memoria de la antigua atalaya y ordenó la construcción de un nuevo sistema defensivo en la costa para proteger la rada comercial.
2.1.-
Un lugar de oportunidades
Cualquier acercamiento a esta incipiente Torrevieja obliga
a la consulta del estudio demográfico de Blanco, Galant y Sala (1997) “Formación
y crecimiento de Torrevieja 1789-1825” y a la edición de su apéndice “Las
677 primeras familias torrevejenses 1789-1825[10].
Estiman estos autores que hacia 1769 habría unos 300 habitantes en el lugar y
alrededor de 500 en 1787. Con posterioridad a esta fecha y en función de los
datos que ofrecen los libros de la Ayuda de Parroquia, a finales del
Setecientos rondarían los 629 habitantes, y cuando se traslada la
Administración desde La Mata en 1802 la estimación realizada por estos autores
es de alrededor de 300 vecinos, en torno a 1.500 habitantes, cifra que pasaría
de los 2000 hacia 1820. El enclave recibe un flujo constante de población
migrante. Las tasas de crecimiento son espectaculares[11].
Es probable, sin embargo, que la población de hecho superara esas cifras a
tenor del dinamismo económico de la zona. Como ocurre en la actualidad, la
movilidad sería muy elevada en la zona y habría un importante contingente de
población flotante, personas de paso o de residencia ocasional que no quedaron
reflejadas en la documentación de la época.
Las necesidades de mano de obra para la explotación
salinera vino a aliviar el excedente de población en el campo y se estableció
una corriente migratoria desde el interior al litoral. La procedencia de los
nuevos pobladores es variada y su componente, abrumadoramente masculino. Los
hombres que llegan atraídos por el trabajo de la sal proceden tanto de núcleos
inmediatos -San Miguel y La Mata-, como del cinturón geográfico cercano: Rojales,
Guardamar, Pilar del Campo de la Horadada, parroquias de Orihuela, de Elche, de
Crevillente y del Obispado de Cartagena como San Javier, San Pedro,
Torrepacheco o la propia Cartagena. Otros verán condiciones en el nuevo enclave
costero para el desarrollo de una boyante actividad comercial sin trabas
impositivas y llegarán para probar fortuna en el sector marítimo desde una
miríada de puertos del mediterráneo español y de la costa de Liguria.
La procedencia de las mujeres es igualmente variada y
contempla un amplio abanico de poblaciones del interior de la comarca. En un
alto porcentaje son naturales de La Mata y de San Miguel, lugares donde los
hombres solteros que llegan de fuera encontrarán una esposa con la que formar
una familia en el nuevo sitio. También de Guardamar, Rojales, Pilar, Almoradí.
San Javier, San Pedro... Menos numerosa es la llegada de parejas ya casadas,
algunas se instalarán incluso con su descendencia. Lo habitual es que el
matrimonio tuviera lugar en la parroquia de la novia. Los primeros matrimonios
de la Ayudantía de Parroquia del poblado salinero en la última década del
Setecientos en los que se anota que la novia es “natural” de otra feligresía,
indican que muy probablemente residía ya con sus padres en la nueva población.
La sal no solo era el motor económico de la población. Era
la entidad creadora y rectora de sus designios. El lugar que crecía en el
entorno del coto de las Reales Salinas dependía en su integridad del
Administrador General, que representaba la justicia y el gobierno para el
numeroso vecindario que hasta 1830, y a pesar de varios intentos, no contaría
con alcalde propio[12].
Procuraba trabajo y pan a las familias de los jornaleros y sufragaba el pasto
espiritual para los habitantes del lugar. En la tierra y en el cielo los
destinos de los vecinos de la Torre Vieja dependían de la industriosa
extracción de sal y su comercio.
Las Salinas son el gran foco de atracción de la zona. Entre
los ocupados directamente en la gestión de la industria (personal de
administración y control) y en la extracción de sal (jornaleros), transporte
(arrieros y carruajeros) y trabajos asociados (fabricación de utensilios,
estereros, herreros, cedaceros, aperadores) la fábrica ocupaba al 51’06% de los
cabeza de familia según el padrón de 1833[13].
El otro gran pilar de la economía local era el sector de la navegación y sus
industrias auxiliares, que ocupaban al 21’27%. El personal militar y de
administración era el ejercicio del 2’73% de los hombres; mientras al comercio,
servicios y artesanos se dedicaba el 10’78%. Un elevado porcentaje de la
población -el 8’81% del total-, era calificada como pobre y en su gran mayoría
se trataba de mujeres solas, fundamentalmente viudas. Si en el estudio de
Blanco, Galant y Sala (1997a) hasta 1825 el sector agrícola ocupaba al 10% de
los cabezas de familia[14],
al iniciarse los años 30 apenas supone un 1%, confirmándose plenamente la
orientación salinera y marítima de la economía del lugar.
3.- Las
Reales Salinas
Como “propias de Su Majestad”, las Reales Salinas de La
Mata, a las que más tarde se unió la de Torre Vieja, necesitaban un fuerte
aparato funcionarial que garantizara el desarrollo de las operaciones
comerciales y la reversión -sin menoscabo de los beneficios- a la Hacienda de
la Corona. En su vasto Compendio Histórico Oriolano (1791-1816)[15],
José Montesinos Pérez describía las instalaciones construidas para la gestión
de la producción relativamente modesta, aunque importante, de la fábrica de La
Mata:
“El edificio de este lugarcito de Torre de la Mata es a
modo de un conbento claustrado, que todo
se cierra baxo de una puerta, pero de sumptuosa obra, magnificencia y
arquitectura, con claustro, algibe, y muchos balcones de hierro, que miran al
mar. La Torre o Casa de la Mata tiene en su seno habitaciones separadas para el
Administrador, Contador, dos Oficiales, primero
y segundo, Fiel de Entregas, quatro Guardas, Portero, Correo, Oficina de
Despacho, y lo que antes fue Hermita (...) y en la hera [sic] donde
se acopian las sales para embarcarlas se construyó una torre en el año de 1769
que contiene una pieza para despacho del Fiel que entrega las sales (...)”;
y los cargos a cuyo frente se encontraba la industria a
finales del Setecientos:
Administrador General;
Contador, “quien tiene las aucencias y enfermedades del
Administrador”;
Promotor Fiscal[16]
;
Escribano;
Dos Oficiales de la Contaduría, Primero y Segundo;
Un Fiel de entregas en La Mata y dos Fieles en la Torre
Vieja;
Un Guarda Mayor;
Un Theniente;
Nueve Guardas;
Portero;
y Correo.
La supervisión directa del estanco de la sal correspondía a
la Dirección General de Rentas del Estanco, institución que controlaba a los
administradores jefes de los 22 partidos o distritos en que se organizaba la
producción salinera. Estos a su vez supervisaban la labor de los
administradores particulares de cada una de las 91 salinas que estaban en
explotación en la primera mitad del siglo XIX[17].
La organización y el número de empleados que gestionaba cada una de las
fábricas variaba según su producción de sal y su importancia.
De especial relevancia era contar con efectivos de
vigilancia y su principal cuerpo hasta 1829 fue el Resguardo de Rentas,
funcionarios dependientes de la Dirección de Rentas Estancadas creado para
proteger de prácticas ilícitas que mermaran sus beneficios a las Rentas Reales.
El destacamento en las Salinas contaba siempre con un oficial y un número
variable de subalternos bajo su mando, los dependientes del resguardo de la
sal, cuya misión principal era controlar y perseguir el fraude y el
contrabando. A partir de 1829 este cuerpo especializado pasó a denominarse
Cuerpo de Carabineros de la Real Hacienda[18].
El oficial vigilaba la salina por la noche, informaba a
diario de las incidencias al Administrador y era responsable de los servicios
desempeñados por los dependientes a su cargo durante el día. Los dependientes,
cuyo número de efectivos aumentaba durante la campaña de producción,
custodiaban edificios, enseres y la sal almacenada en los montones y podían
ejecutar algunos trabajos relacionados con la explotación salinera a demanda de
sus superiores. Para ellos existían varias garitas de vigilancia
estratégicamente situadas para evitar los robos de sal.
En el padrón de vecinos de 1833[19]
constan los siguientes cargos de un organigrama salinero más numeroso:
1 Administrador de las Salinas
2 Contadores interinos (encargados de intervenir en la
administración de los caudales
públicos);
1 Escribano
1 Fiel de Cargas
1 Fiel de Medidas
2 oficiales
2 oficiales interinos
Un Teniente de Salinas
1 Maestro de fábrica de Sales
1 Guarda Mayor
13 dependientes
3 dependientes cesantes
Como funcionarios del Estado sujetos a destino, las
personas que desempeñaban estos cargos procedían de toda España. Desde que en
los años 60 del Setecientos se impuso al Administrador Cascajares la residencia
en la misma torre de La Mata, sus sucesores ligaron sus vidas familiares a los
destinos y evoluciones de esta población y al poblado de la Torre Vieja. Muchos
de estos funcionarios públicos, con nombres y apellidos, vivieron y terminaron
sus días junto a la laguna de la sal.
3.1.- Los
altos funcionarios
Los administradores de los Cotos Salineros en estas décadas
no solo estaban implicados por el desempeño de sus cargos, sino que
participaban activamente en la vida social del nuevo lugar de la Torre Vieja.
De hecho, era su creación.
Don Antonio Parra, administrador de las Reales
Salinas de La Mata en 1764 a quien se atribuyen las primeras extracciones en lo
que había sido albufera de Orihuela, fue probablemente el primero en
establecerse de por vida en aquel caserío que cobraba impulso junto a una vieja
atalaya. A ello contribuyó, sin duda, que uno de sus sucesores al frente de las
fábricas salineras fuera el marido de su hija Juana, Antonio Hidalgo y Calvo, a
quien correspondería el traslado de las oficinas a la nueva población y con
ellas, la residencia de los funcionarios de la Real Hacienda.
No se ha encontrado partida de defunción de Don Antonio
Parra, pero por la documentación parroquial se sabe que había pagado de su
bolsillo una imagen escultórica de San José encontrada hacia 1819 en un “armario
viejo” del templo[20]. Su viuda, Doña Josefa Latatu, después
de sobrevivir a lo peor de la epidemia de fiebre amarilla de 1811, falleció el
30 de enero de 1812 y fue enterrada al siguiente día en la población de Torre
Vieja con funeral de clase General, cubierto su cadáver con el hábito de San
Francisco de Asís[21],
la asistencia de tres sacerdotes, un nocturno cantado y misa de cuerpo
presente. Todos estos detalles “según lo dispuso su hijo político Don
Antonio Hidalgo y Calvo por no haber hecho testamento” la difunta y
honorable Doña Josefa. Fue, como debió ser el de su marido, un funeral de alto
perfil social.
El yerno de Parra, el también Administrador General de
las Salinas, Don Antonio Hidalgo y Calvo, había nacido en 1752 en Daganzo
de Arriba (hoy Comunidad de Madrid). Se instaló con su familia en Torre Vieja
probablemente en los últimos años del Setecientos, puesto que hacia 1790
todavía desempeñaba el cargo de administrador en las salinas de San Pedro del
Pinatar mientras las materas eran dirigidas por Don Laureano García de Burunda.
La esposa de Hidalgo, Doña Juana Parra Latatu, había nacido en Alcázar
de San Juan. Ambos consortes serían padrinos de excepción en otra de las
ceremonias de Confirmación general celebrada por el Obispo Simón López el 8 de
octubre de 1816.
El hijo del matrimonio, Don Pedro León Hidalgo y Parra,
es Oficial primero de sus Reales Salinas y también reside en estos años
en la población. Su rastro documental se sigue acompañando eventos importantes
en la vida de semejantes. Como amigo de la familia, el 6 de octubre de 1807
apadrinó en la Iglesia de la Inmaculada a un niño hijo de Don Gerónimo Sánchez,
sobrecargo del comercio de sales, y de Doña Rafaela Fuertes. El pequeño, que
con el agua sagrada añadió a los nombres de Francisco y de María el de Pedro
por su ilustre padrino, no llegó a su primer año de vida y falleció con nueve
meses el 29 de junio de 1808. Fue despedido de este mundo con entierro General
de párvulo y Misa de Ángel de la máxima categoría, oficios divinos que muy
posiblemente sufragara Don Pedro para el ahijado, teniendo en cuenta que los
entierros de la familia Sánchez Fuertes fueron siempre de clase ordinaria.
Actuó como albacea del testamento de Don Jacinto Martínez
de las Biadas, Administrador de Rentas de la Aduana, soltero y natural de la
Villa de Ocaña (Toledo) a quien probablemente le unían lazos de amistad, que
falleció en Torre Vieja en octubre de 1821 a los 45 años. Y a Don Pedro León
correspondió el triste cometido de disponer los funerales de sus padres. De los
detalles del entierro de la mayor personalidad de la población se da cuenta en
la extensa anotación del cura en el registro de defunciones de la parroquia. “Don
Antonio Hidalgo y Calvo, Intendente onorario de Provincia Administrador y
Tesorero de estas Reales Salinas de la Mata y Torrevieja Juez Subdelegado
privativo de la Real jurisdicción de sus cotos y redondas” falleció el 15
de junio de 1827 a los 75 años “después de haber recibido los Santos
Sacramentos de Penitencia Viático y Extremaunción”.
No había hecho testamento, pero su hijo Don Pedro León
dispuso que el cuerpo fuera revestido con su uniforme de Brigadier. Nos dice la
partida de defunción que se enterró el mismo día (aunque por lo general se
esperaba 24 horas) “por haberlo dispuesto así el médico”. Las exequias
se desarrollaron con la máxima pompa y boato: Entierro General de Primerísima
Clase con la concurrencia de sacerdotes y religiosos de la Mata y Guardamar “en
todos los actos del oficio entero de difuntos, Maytines, Laudes, Vísperas y
tres misas Cantadas de Cuerpo Presente”. Siendo concurridos todos los rezos
por la mayor parte de los vecinos de la población. El traslado de los restos
mortales hasta el cementerio debió ser una larga procesión de clérigos
encabezados por la cruz y los miembros de la Hermandad del Santísimo, a la que
pertenecía el difunto Don Antonio, con blandones encendidos. Su cuerpo se
colocó “en un nicho separado” en el cementerio que se había construido en 1812
muy cerca del canal del Acequión. Doña Juana, y su hijo Don Pedro ordenaron la
celebración de 100 misas rezadas por su alma y abonaron los 12 reales de vellón
correspondientes a la Manda Pía[22].
La excepcionalidad de un funeral del más alto rango social
en Torre Vieja se repitió el 13 de enero de 1829 con el fallecimiento de la
viuda del Administrador Hidalgo, Doña Juana Parra, a los 80 años. Mandó Don
Pedro para las exequias de su madre que se revistiera el cadáver con el hábito
de Nuestra Señora del Carmen y “puesta en feretro decente y sobre tumulo”
pidió que se velase en la misma Iglesia donde quedó instalada la capilla
ardiente, que se le cantase el Oficio de Difuntos completo con asistencia de
todos los residentes y que el entierro fuese con toda la pompa de un Entierro
General, siendo acompañada la procesión fúnebre hasta el cementerio por la
Hermandad del Santísimo a la que también pertenecía la difunta. Los esposos
descansaron juntos en el mismo sepulcro del nuevo cementerio del lugar de la
Torre Vieja, muy cerca de la laguna rosa y ante el imponente escenario de los
grandes montones de sal.
Situados en la cúspide de la pirámide social local los
miembros de la familia Hidalgo-Parra establecieron sus relaciones con iguales.
Amigo y compañero de Don Antonio fue Don Pedro Amorós, Contador de
las Reales Salinas. Natural de Biar, su llegada a las Salinas de La Mata
sería probablemente simultánea a la de Hidalgo. Los dos fueron protagonistas y
testigos de la consolidación y el crecimiento de la población en la Torre
Vieja. Sabemos que primero se instaló con su esposa, Doña Josefa Aráez,
en La Mata, donde nació su hija, Paula, en 1801. Que contribuyó a sufragar los
gastos de un lienzo con la imagen de San Emigdio Mártir, intercesor frente a
los terremotos, encargado en Valencia a raíz de los seísmos producidos en enero
de 1802. Y que poco después trasladaron su residencia a la nueva población,
donde en 1804 nació su hijo Victorino. El 2 de noviembre de 1820 en la misma
casa de Don Pedro Amorós, padre de la novia, se celebró una boda de postín. Don
Sebastián Meseguer, soltero de 37 años, escribano y natural de la Ciudad de
Orihuela, contrajo matrimonio con la joven Doña Paula Amorós, natural de La
Mata. El Señor Hidalgo fue uno de los testigos del enlace. En 1822 nacería el
primer hijo del matrimonio: Sebastián Venancio Ramón Pascual Pedro.
El Contador Amorós, compañero durante más de 20 años del
Administrador Hidalgo, apenas le sobrevivió cinco meses. Falleció el 6 de
noviembre de 1827 siendo su funeral con Entierro General, como correspondía a
su rango.
Otro de los funcionarios de la Administración salinera que
vivió en primera persona el traslado desde La Mata fue Don Florencio
Larrauri, Fiel de las Reales Salinas, encargado de la supervisión de pesos
y medidas y del correcto cumplimiento de la normativa relacionada con la
actividad comercial. Juan García de Torres describía en 1884 las funciones de
este cargo:
“El peso de la sal se hace en ocho balanzas que están
situadas en la era, y se hace a la vez y por igual peso, habiendo dos Fieles
que llevan la cuenta, e interviniéndose por Dependientes del Resguardo; lo que
se practica fácilmente, pregonándose en alta voz el peso que se hace, y ante el
gran número de operarios que se ocupan en llenar las espuertas de sal para el
peso, y que después la conducen en las carretillas para la carga en el buque”[23].
Larrauri era natural de San Sebastián (Guipúzcoa). Su
esposa, Doña Josefa Rodríguez, de Chinchilla (Albacete). En los días en
que se llevaba a cabo el traslado de la Administración gestora de las Reales
lagunas el matrimonio hubo de hacer frente a la pérdida de su pequeño hijo
Ramón, fallecido el 1 de septiembre de 1803. Fue enterrado al día siguiente en
el camposanto de la que era todavía Ayuda de Parroquia, el viejo cementerio a
Levante del lugar. En 1822 su hija, Doña María Josefa, que había nacido en
Torre Vieja, contrajo matrimonio en la Iglesia Parroquial de la población con
Don Luis Abadía, un comerciante muy bien situado natural de Barcelona.
El círculo de amistades de la familia se acomoda entre las
de otros funcionarios de las Salinas y con algunos de ellos Doña Josefa y Doña
María Josefa establecieron parentesco espiritual. La primera fue madrina en
1824 de María de Guadalupe Francisca, hija de Don Justo Martínez, Oficial de la
Contaduría General (natural de Palencia) y de Doña Antonia Catalá (natural de
Orihuela). Un año antes Doña María Josefa había bautizado a la pequeña María
Purificación, hija de Don Lorenzo Carriles, Segundo Fiel de las Salinas, y de
Doña Genoveva Belloc.
Los bautizos, por lo general, tenían lugar al día siguiente
del nacimiento. La ceremonia con la que la Iglesia católica abría sus puertas a
los recién nacidos era un ritual de máxima importancia sin el cual el cielo
como paraíso espiritual era de imposible acceso. Era tan relevante el rito
bautismal que si el neonato no mostraba signos de supervivencia inmediata, la
persona que atendía a la madre en el parto, ya fuera una comadre o el cirujano
Don Simón Cánovas, estaba facultada para imponerle el nombre en un bautizo de
emergencia, llamado de urgente necessitate que, en el mejor de los
casos, el cura repetía posteriormente si la criatura continuaba con vida.
Don Florencio, ya jubilado, falleció el 16 de noviembre de
1826, un año antes que el Administrador Hidalgo y que Don Pedro Amorós, “(...) y
en el mismo día, por disposición del Médico” fue enterrado en el cementerio
público de su parroquial con funeral de Segunda Clase Ordinaria.
Don Gerónimo Sánchez era Sobrecargo del Comercio
de Sales, una especie de agente de confianza de los armadores de los barcos
que llegaban a cargar sal. Por su dominio de idiomas ostentaba además el honor de ser “vicecónsul de
la nación inglesa” y a partir de 1800 fue también delegado de sanidad,
cometido de especial responsabilidad en tiempos de frecuentes epidemias. Era
natural de la Villa de Guardamar; su esposa, Doña Rafaela Fuertes, de la
parroquia de Santa Justa de Orihuela. En la catedral de la ciudad histórica
contrajeron matrimonio el 12 de mayo de 1792 y un año después, en 1793, se
encuentran ya residiendo en Torre Vieja, donde nació el 19 de abril el primero
de los hijos del matrimonio, Antonio Hermógenes Roque que, con el tiempo, será
figura destacada en la población. La joven madre tenía entonces 19 años. Daría
a luz, entre niños y niñas, a ocho hijos más, aunque no todos sobrevivieron.
Los padres de Doña Rafaela -Don Luis y Doña Alfonsa-, y al menos, una de sus hermanas -Concepción-,
también se trasladaron a vivir a la población salinera desde Orihuela.
La primera década del Ochocientos supuso una sucesión de
desgracias para la familia Sánchez-Fuertes. En 1802 fallece el pequeño Rosendo,
de año y medio; en 1808 es Francisco María, el ahijado de Don Pedro León
Hidalgo, el que muere en el mes de junio a los 9 meses. Debió ser un verano
difícil aquel porque entre este último mes y el de septiembre fallecieron 16
párvulos menores de 2 años. Pero fue en unas pocas semanas de 1811 cuando la
muerte se cebó con especial intensidad en la familia coincidiendo con el
período más letal de la epidemia de fiebre amarilla en la población. El 28 de
agosto era sepultada en el viejo cementerio de Torre Vieja, con Entierro
Ordinario, Concepción Fuertes, de 31 años, hermana soltera de Doña Rafaela.
Cinco días después (el 2 de septiembre) fallecía con 13 años uno de los hijos
de esta, Gerónimo Sánchez Fuertes. El día 12 era enterrada la abuela Alfonsa.
Se vivían los peores días de la epidemia, el 13 de septiembre fallecieron 7
adultos y entre ellos otra hija del matrimonio, Eustaquia, de 17 años; el 14 se
enterró a 7 personas y el día 15 a 10 fallecidos, el último de ellos era el
cabeza de familia, Don Gerónimo Sánchez.
No era tiempo de misas cantadas, nocturnos o funerales de
Clase. Tampoco de redactar detalladas partidas de defunción y del entierro de
Don Gerónimo solo se sabe por la escueta nota en el libro parroquial que
recibió los Santos Sacramentos y fue enterrado en un cementerio completamente
saturado, quizá con los cuerpos de otras personas fallecidas aquel día. El
mismo cura, Don Josef Peral sucumbió a la fiebre amarilla. Enfermó el día 20 de
septiembre y falleció cuatro días después “cumpliendo exactamente sus
deberes parroquiales”, como apuntó su sustituto en el curato torrevejense,
Don Josef Alcaraz. Desbordado por los contagios, el cura Peral murió
acompañando a sus fieles en el paso a la vida eterna y ofreciendo el consuelo
divino a sus familias. Los últimos fallecidos por la epidemia se apuntan en el
mes de noviembre de ese mismo año. La terrible mortandad también determinaría
la clausura de la necrópolis torrevejense y la construcción de un nuevo
camposanto al poniente del ya extenso caserío, pasado el canal del Acequión.
Con la epidemia ya superada, todavía fallecería un miembro
más de los Sánchez Fuertes el 19 de marzo de 1812. Don Luis, padre de Doña
Rafaela, fue despedido con Entierro Ordinario en el cementerio de la parroquia
según dispuso su hija, que encargó además tres nocturnos y una misa para el
difunto al no haber hecho testamento.
3.2.- La
última muestra de distinción social, costumbres funerarias de la época
En aquella sociedad torrevejense de las primeras décadas
del Ochocientos firmemente vigilada por la Iglesia, la muerte era la última
expresión de estatus y ligada como estaba al tránsito hacia la Gracia de Dios
para la eternidad, mejor emprender el trayecto con la solvencia que se había
gozado en vida. El mundo terrenal determinaba el rito de paso a la ultratumba
con la mediación del credo católico y sus ceremonias asociadas. Los hábitos de
congregaciones religiosas, las misas cantadas, los rezos y el acompañamiento
clerical estaban reservados para la minoría de la clase acomodada. En el otro
extremo, los entierros de limosna o por amor de Dios constituían la única
despedida posible para una mayoría de familias jornaleras y personas sin
recursos.
Las exequias en la parroquia de las Reales Salinas y
Poblados de La Mata y Torre Vieja estaban determinadas por las diferentes
categorías de funeral, adaptadas a la economía familiar y al estatus social de
la persona fallecida. El féretro cerrado solo estaba al alcance de unos pocos.
Entierro General. El de mayor pompa y boato fúnebre.
Entierro Ordinario. Era todo aquel que no tuviera la
categoría anterior y podía ser de tres clases:
Ordinario de Primera Clase, que incluía un responso[24]
en la procesión y una misa de cuerpo presente.
Ordinario de Segunda Clase, con dos responsos en la
procesión, unas Vísperas (oficio de la tarde) ordinarias y dos misas cantadas.
Ordinario de Tercera Clase, incluía tres responsos
en la procesión, tres misas cantadas y dos Vísperas o dos Nocturnos.
Niños y niñas (párvulos) difuntos tenían como máxima
categoría:
Entierro General de Párvulo con misa de Ángel;
Entierro General de Párvulo sin Misa (de Ángel);
o el más sencillo:
Entierro Común de Párvulo.
Para un elevado porcentaje de la población, más preocupada
por subsistir en el presente que por la eternidad, los entierros eran de
limosna, amore Dei o por amor de Dios, que incluían una mínima bendición
antes de ser enterrados en el camposanto con la tierra próxima de la redonda
como único sudario cubriendo sus cuerpos.
Los rituales funerarios comenzaban con la preparación del alma antes de que abandonara el cuerpo. En ese momento se consideraba fundamental la administración de los Santos Sacramentos de confesión, extremaunción y, por supuesto, el Viático para que el espíritu partiese libre de todo mal. A la casa del moribundo llegaba entonces una pequeña comitiva formada por el sacerdote a quien acompañaba el sacristán y/o los monaguillos, con la misión de suministrar la Eucaristía al moribundo. Una campanilla anunciaba el paso del Altísimo por la calle ante el que cualquier persona de bien debía arrodillarse. Producido el óbito, se preparaba el cuerpo para su exposición en la propia vivienda, donde era velado con rezos por parientes y conocidos. Lo habitual eran los enterramientos pasadas 20 o 24 horas, aunque con frecuencia se adelantaba si las condiciones del cuerpo lo aconsejaban, especialmente en los meses de calor.
De los detalles del entierro entre las clases pudientes se
ocupaba el difunto en su propio testamento o, en su defecto, sus familiares
directos. Don Antonio Blasco, familiar -servidor laico- del Santo Oficio
que falleció en Torrevieja el 13 de septiembre de 1811 en plena epidemia de
fiebre amarilla, tenía bien dispuesto por escrito como última voluntad que su
entierro fuera General, de la clase más alta, su cadáver vestido con hábito de
San Francisco y depositado en ataúd, y que se celebrasen mil misas rezadas por
el descanso eterno de su alma: 300 en la parroquial de Torrevieja, 300 en el
convento de Santa Ana y otras 300 en el de San Gregorio, en Orihuela; además,
legó de una vez 20 libras corrientes a la Casa Santa y Redención de Cautivos,
uno de los principales receptores de la actividad benéfica de la época, y al
Hospital General de Valencia, de todo lo cual se encargó su yerno y albacea
Juan Pérez.
Don Antonio Blasco falleció tres días después de que
muriera su esposa Doña Ana Giménez en aquel terrible septiembre que
registraba los máximos de la epidemia. La elevada mortandad sufrida por la
población en unas pocas semanas determinó la clausura del viejo cementerio
localizado “a la salida del pueblo al Levante” que “se terraplenó en
6 palmos” (más de un metro). Fue construido otro a Poniente, cercano al
canal del Acequión y a la laguna, “de suficiente capacidad, en sitio
ventilado” según crónica que dejó escrita en el libro parroquial un recién
llegado Don Antonino Cortés. Instrucciones que fueron ordenadas por el médico
de la Real Farmacia Don Hilario de Torres, de visita en Torrevieja. En 1812 ya
estaba terminada la cerca con puertas y cerraja, dice Don Antonino. Todo
costeado, como no podía ser de otra forma, “(…) del caudal de estas Reales
Salinas”.
3.3.-
Torre Vieja, destino para una nueva vida
El destino en las Salinas llevaba siempre aparejada la
perspectiva de una nueva vida para los funcionarios. Unos vivían el proceso de
adaptación acompañados de la familia. Otros llegaban solos y formaban la suya
en Torre Vieja. Este último fue el caso de Hipólito Perales, dependiente de
Salinas, natural de la Villa de Soto (Obispado de León), que contrajo
matrimonio con una joven natural de La Mata, Rita Andreu. El matrimonio
tuvo, al menos, dos hijos: en 1816 nació Josef León Benito y en 1919 Inocencio
José.
Otro dependiente del Resguardo de la sal, Isidro Paris,
natural de la Ciudad de Peñíscola, mancebo y vecino de Torrevieja, contrajo
matrimonio el 29 de junio de 1816 en la Iglesia Parroquial de San Miguel del
Campo de Salinas con Maria Antonia Montesinos, doncella y feligresa de
la misma. La primera hija del matrimonio, María Dolores, es bautizada en la
Parroquia del Príncipe San Miguel un año después, pero los siguientes hijos de
la pareja recibirían el agua bendita en la Iglesia de La Purísima. La familia
vivía en la Plaza de la Constitución cuando falleció Maria Antonia, la madre,
de unas calenturas catarrales en 1843. Tres años después Isidro, con 58 años y
ya dependiente cesante, contraía segundas nupcias con la viuda de 40 Cayetana
Ríos, natural de Guardamar pero también feligresa de la Parroquial de la
Inmaculada. Como testigo de la ceremonia y presente en la celebración del nuevo
enlace se encontraba su compañero y camarada del Resguardo, Hipólito Perales.
También natural de Peñíscola y dependiente del Resguardo
de la sal era Antonio Vicente Castell, soltero, que el 24 de abril
de 1822 contraía matrimonio en Torre Vieja con Rosa María Satorre,
doncella y natural de San Miguel del Campo de Salinas, aunque los dos
contrayentes son vecinos y feligreses de la Parroquia de la Inmaculada
Concepción. Uno de los testigos del enlace fue el tratante de origen genovés
Josef Boracino, que junto a su esposa matera, Josefa Calderón, estrecharán
relaciones de amistad y parentesco espiritual apadrinando a los hijos del
matrimonio. Nacieron siete, aunque sobrevivieron a la infancia cuatro. Los
Castell Satorre, por su parte, bautizarían a dos hijos de los Boracino Calderón
y Antonio Vicente será padrino de una de las niñas Boracino nacida en 1829 a la
que ponen el nombre de una hermanita difunta, María Concepción.
Para algunos, sin embargo, la fortuna no fue favorable en
el nuevo destino. Es el caso de Don Juan Jurado, Segundo Fiel de las Reales
Salinas, natural de Manzanares (Ciudad Real), marido de Doña Mariana
Díaz, que muríó repentinamente a las 11 de la mañana del 15 de febrero de
1815. Tenía 44 años y no pudo recibir los Santos Sacramentos “por no dar
tiempo a ello su accidente”, lo que todavía aumentó la desgracia. Su esposa
debió quedar especialmente afectada con esta muerte inesperada y el ánimo de
Doña Mariana, tal vez entre la incredulidad por la noticia fatal, el incierto
futuro económico en que quedaba y cierta preocupación -muy extendida en esos
años- sobre la posibilidad de enterrar viva a una persona creyéndola fallecida,
le llevó a negar la evidencia de esta muerte prematura retardando el sepelio.
No fue hasta el “anochecer del siguiente [día] juzgando ya necesario
los facultativos”, que fue enterrado Don Juan en el cementerio público de
esta Parroquial de Torre Vieja. El funeral se hizo amore Dei.
El caso muestra algunas coincidencias con otro ocurrido en
1820, con el que comparte igual nombre y cargo. Don Juan García, Segundo
Fiel de las Salinas, natural de Alicante, de 34 años de edad y marido de Doña
Braulia Gil, murió también de manera inesperada el 27 de julio y al día
siguiente fue enterrado en el cementerio público de esta Parroquial con el
funeral de clase menor ordinaria que dispuso su esposa, quien también hubo de
abonar junto a los derechos parroquiales los 12 reales de vellón de la manda
pía religiosa impuestos por la Hacienda de la Corona.
Tampoco tuvo suerte con su traslado el matrimonio formado
por Don Antonio Estopiñá, Oficial Segundo de la Administración de estas
Salinas, y Doña Pasquala Lliso. Un excelente empleo con destino en
la fábrica de sales llevó a la joven pareja a instalarse en la población de
Torre Vieja procedentes de Valencia recién comenzada la década de los 20. Son
naturales de la Villa nueva del Grao. Por la documentación se sabe que el 28 de
marzo de 1823 son padres de una niña que bautizan al día siguiente en la
Iglesia Parroquial de la Inmaculada con el nombre de Emigdia Casta Dorotea
Angélica. Diez días antes, una hermana de Doña Pasquala a la que acompañaría
probablemente en su traslado, Doña María Antonia Lliso, contraía matrimonio en
la misma iglesia de La Purísima con Don Joaquín Meseguer, natural de Orihuela y
hermano del ya conocido escribano Don Sebastian, yerno de Don Pedro Amorós.
La carrera funcionarial de Don Antonio progresa y pasa a
ser Oficial Primero, aunque la desgracia no se haría esperar. El 14 de
agosto de 1836 falleció Doña Pasquala de “Ydropecia”. Las exequias se
realizaron “con entierro general” y en el cementerio común de la
población. Don Antonio no se volvería a casar y cuatro años después moría
también el Oficial Estopiñá a los 47 años. Ambos consortes reposaron para la
eternidad en aquel camposanto de la villa de la sal.
Era frecuente, sin embargo, que tras la pérdida de la
esposa, los viudos encontraran una segunda oportunidad y rehicieran sus vidas
con otro matrimonio. La muerte, en estos años iniciales del siglo XIX, era un
asunto tan cotidiano como la misma vida.
Don Lorenzo Carriles, Segundo Fiel de las Salinas,
era natural de la partida de Llanes (Obispado de Oviedo). Llegó con su esposa, Doña Genoveva Belloc,
natural de la Villa de Aracena (Arzobispado de Sevilla). No llevaría mucho
tiempo el matrimonio residiendo en la población cuando nació en marzo de 1821
su primera hija, Rosalía Juana Nicolasa. Del talante abierto de los esposos es
muestra su disposición pocos meses después para apadrinar a la hija de un
jornalero, Pedro Muñoz (natural de Daya Nueva) y de su mujer Ramona
Rodríguez (de Torremendo), que llamaron a la niña con el nombre de la
distinguida madrina: Genoveva. En 1823 nació otra niña en casa de los Carriles
Belloc, Mª Purificación, pero tres años después, el 23 de enero de 1826,
falleció Doña Genoveva a los 32 años. Don Lorenzo contrajo de nuevo matrimonio
el 5 de octubre en 1832 en la Parroquial de la Inmaculada con Rafaela
Albacete, soltera y natural de Torrevieja. La segunda hija del matrimonio
tendrá como madrina a su hermana Rosalía, de 14 años. Este Fiel de las Salinas
debió ser una persona muy conocida en la población y en su estudio sobre la
evolución histórica del callejero de Torrevieja Casas Aranda (2001) nos habla
de la existencia del Barrio de Carriles, que debía su nombre a Don Lorenzo[25].
Otra viudez ilustre, aunque mucho más breve, fue la de Don
Juan Antonio Manchón, Escribano de Rentas General, importante cargo
funcionarial encargado de dar fe de los documentos relacionados con la
administración de las Rentas Reales. Era natural de la Ciudad de Orihuela.
Casado con Doña Mariana Blanch, natural de la Ciudad de Alicante,
debieron instalarse en Torre Vieja con anterioridad a 1819 porque en febrero de
este año nació en la población salinera una hija del matrimonio a la que llaman
María de la Concepción Antonia Ramona Rafaela. Doña Mariana debió fallecer muy
poco después del alumbramiento porque el 18 de noviembre del año siguiente
(1820), Don Juan Antonio Manchón, viudo, contrae segundas nupcias en la Iglesia
Parroquial de Torre Vieja con Doña Luisa Sánchez. La joven novia, natural del
lugar, tiene 17 años y era una de las hijas de Don Gerónimo Sánchez y Doña
Rafaela Fuertes. Los preparativos del matrimonio se resolvieron en muy poco
tiempo: “(...) sin haver precedido monicion alguna de las mandadas por el
Santo Concilio de Trento por quedar dispensadas ex causa (...) observando
en todo lo demas quanto esta prevenido (...) y no apareciendo
impedimento alguno canonico (...)”, ante el cura y los testigos “(...) se
desposaron por palabras aptas, legitimas, y al presente que hacen verdadero
matrimonio (...)”.
3.4.-
Las bodas
La vida de aquel poblado que progresaba en los primeros
años del siglo XIX, determinada por la normativa católica, tenía en la
celebración de cada matrimonio la garantía de su continuidad, de ahí la
importancia de su tutela eclesiática. La sanción ante la comunidad parroquial
de la unión de un hombre y una mujer, embrión de una nueva familia, venía
precedido “según lo manda la Santa Madre Iglesia y el Concilio de Trento”,
por un tiempo de anuncio y publicidad previos al enlace. Desde el púlpito y
ante la congregación, el sacerdote divulgaba la intención de los contrayentes
con sus nombres familiares y lugar de procedencia, y leía las proclamas,
moniciones o amonestaciones por las que, si alguien conocía impedimentos para
la celebración del matrimonio previsto, debía manifestarlo.
Entre los más frecuentes se encontraba la consanguinidad
hasta el cuarto grado de parentesco; la afinidad o parentesco que contraía un
cónyuge con los parientes del otro; la pública honestidad; o el parentesco
espiritual producto de la relación surgida entre los bautizados y confirmados y
sus padrinos y madrinas. Tanto las moniciones como los impedimentos -excepto
una consanguinidad en primer grado como la de los hermanos-, podían sortearse
mediante dispensa, abonando religiosamente la tasa impuesta por el Obispado.
Pero en ocasiones por desconocimiento o por simple conveniencia los interesados
los ocultaban para evitar la solicitud ex causa y el gasto económico que
implicaba. La novia, salvo que se tratase de una viuda, necesitaba además el
consentimiento paterno para casarse.
El ritual matrimonial estaba compuesto de dos ceremonias:
los desposorios y las velaciones. Primero se realizaban los esponsales, promesa
de matrimonio hecha por escritura pública en presencia del párroco y de testigos,
normalmente cuatro, entre ellos sacristanes y amigos o parientes de los
contrayentes que quedaban desposados “solemnemente con palabras aptas
legítimas y de presente que constituyen verdadero matrimonio”. Lo habitual
era su desarrollo en el templo parroquial, aunque excepcionalmente -y previo
pago-, podía llevarse a cabo en un espacio privado como el domicilio de la
novia. Así sucedía en ocasiones entre la clase alta, caso, por ejemplo, de la
boda entre Doña Paula Amorós y el escribano Don Sebastián Meseguer que “(...) sin
preceder monición alguna de las mandadas por el Sto. Conc. Trn. por quedar
dispensadas ex causa, y en la casa de abitacion de Don Pedro Amorós padre de la
contrayente (…) se desposaron (...)”.
Después de la misa nupcial era el turno para la liturgia de
las velaciones. Como parte del ritual se cubría con un largo velo blanco la
cabeza de la novia y los hombros del novio, símbolo del vínculo por el que
quedaban unidos los consortes. Sin esta ceremonia el matrimonio no se
consideraba válido[26].
Podía realizarse el mismo día de los desposorios o con posterioridad,
dependiendo del calendario litúrgico. Estaban prohibidas desde el primer día de
Adviento hasta el primero de Reyes inclusive; y desde el primero de Cuaresma
hasta el Domingo de Resurrección, tiempo en el que no se hacía solemnidad de
boda.
En el nuevo lugar de la Torre Vieja, donde la afluencia de
población migrante de origen extranjero también fue una constante desde el
último tercio del Setecientos, la
Iglesia tuvo especial preocupación por ordenar legalmente dentro de los preceptos
católicos la formación de nuevas familias. En este contexto el Gobernador de la
Diócesis dio instrucciones a parroquias tan dinámicas como la torrevejense para
que los párrocos extremaran las precauciones en los enlaces. Solo podían
celebrar matrimonios sin licencia expresa del Tribunal eclesiástico cuando los
contrayentes fueran feligreses propios o naturales de la parroquia “(...) y
no hayan hecho ausencia considerable de sus feligresías, entendiéndose esta
ausencia de dos meses, y que se hallen domiciliados estos en una edad, en que
probablemente no haya presumpcion de que pudieron ligarse en otro pueblo con
algun vinculo, que les impida contraer matrimonio”[27].
Se intentaba con la medida extremar el control sobre las parejas y preservar el
matrimonio normativo monógamo frente a situaciones anómalas o posibles
duplicidades familiares. En ocasiones, y pese a la gran movilidad de la
población en el lugar, lo conseguían, y así sucedió en el caso de Francisco
Xavier Muñoz, de ejercicio zapatero, y de Margarita Martínez, a
quienes el cura Don Antonino Cortés apunta como “consortes y mis feligreses”
en la partida de bautismo de un hijo de ambos, Isidro Julián, nacido el 16 de
mayo de 1816, “el padre natural de Belmonte en la Mancha, la Madre de Elche”.
Poco después, sin embargo, supo el mismo Don Antonino, y así lo certificó en
una nota al margen, que “los expresados Francisco Javier Muñoz y
Margarita Martínez” no estaban casados.
Frecuentes eran también matrimonios en los que uno o los
dos contrayentes eran viudos. La alta mortalidad de la época ponía fin
prematuramente a numerosos matrimonios. Dar a luz suponía para la mujer un
trance de peligro vital y muchas morían en el momento del parto o en el
puerperio a causa de infecciones y hemorragias. Los duelos a veces eran breves
y meses después de la muerte de uno de los esposos se contraían nuevas nupcias.
4.-
Los jornaleros de las Salinas
La necesidad de mano de obra para el rendimiento de la explotación salinera de la laguna grande hizo del poblado en torno a la Torre Vieja un importante foco de atracción migratorio. Los esforzados trabajadores de la sal encargados de sacar adelante la producción de la industria constituían una legión de jornaleros procedentes de los alrededores que llegaron atraídos por un trabajo seguro y la esperanza de procurarse una vida mejor. En el lugar creado para la producción y el comercio de la sal sus vidas transcurrían paralelas a las de administradores y funcionarios. Entre unas y otras había, sin embargo, grandes diferencias y muy raramente se llegaban a cruzar.
Imagen de un salinero ibicenco publicada en la revista Estampa en 1832[28]. No sería muy diferente la de los salineros de la Torre Vieja
La familia formada por Josef Albacete y Cathalina Andreu,
es el perfecto arquetipo de la dinámica seguida por muchos jornaleros de la
época. Sebastián y Antonia Soriano, los padres de Josef, contrajeron matrimonio
en 1761 en la Parroquia de San Francisco Javier, Jurisdicción del Reyno de
Castilla, de donde eran feligreses, aunque las velaciones las hicieron en la
Parroquia del Campo de la Oradada (sic), a donde sin duda debieron trasladarse
muy poco después. En ella fue bautizado Josef en 1765. Cuando contrajo
matrimonio con Cathalina, el 12 de noviembre de 1791 en la Ayuda de Parroquia
de Torre Vieja, este mancebo de 26 años ya era vecino del boyante poblado
salinero. Cathalina, doncella de 22 años, era hija de Gerónimo Andreu (de
Callosa de Segura) y Cathalina Alcaraz (de Pacheco, Campo de Murcia). Con ellos
residía en Torre Vieja cuando contrae matrimonio, aunque la joven era natural
de la Parroquia de San Miguel del Campo de Salinas, donde había sido bautizada
en 1769.
El 2 de marzo de 1797 “como entre ocho y nueve de la
noche” nació una niña, Luciana Juana Vicenta, que fue bautizada el día 5 en
la Ayudantía de Parroquia de Torre Vieja. Dos años después, en 1799, una
escueta nota de Don Roque Martínez indicaba que el día 22 de octubre había
fallecido el párvulo Josef Albacete, hijo de Josef y de Cathalina Andreu, y que
había sido enterrado al día siguiente. La documentación certifica el nacimiento
de tres hijas más del matrimonio: Cayetana Emigdia Josefa (1804), Vicenta
Patricia Timotea (1808) y Victoriana Josefa (1810). Sus padrinos son también
jornaleros, como el padre, algunos de ellos naturales de Torrepacheco y de San
Javier, de donde eran originarios los abuelos.
El matrimonio convivió casi 50 años, tiempo excepcional
para la época. Cathalina falleció con 78 años el 12 de febrero de 1840 “de
enfermedad de vejez” según apunta el cura, y no testó “por ser pobre”.
Fue enterrada al día siguiente “por amor de Dios”. Josef Albacete, de
ejercicio jornalero, murió el 2 de agosto de 1851 a los 86 años de “enfermedad
catarro pulmonar”. Aunque no testó, la mejorada economía familiar de su
descendencia permitió que el abuelo Albacete fuera sepultado con un entierro de
Clase Ordinaria.
También de tierras del interior llegaron para iniciar una
nueva vida José Sala y Josefa López. Cuando contraen matrimonio el 24 de
diciembre de 1797 ambos eran ya “vecinos de esta” y feligreses de la
Ayudantía de Parroquia torrevejense. Después de las preceptivas moniciones, de
las que no resultó ningún impedimento para que se celebrara el matrimonio, “y
con el debido consentimiento paterno”, fueron desposados “solemnemente
con palabras aptas legítimas y de presente que constituyen verdadero matrimonio”.
Era el décimo matrimonio que se celebró en el poblado de la Torre Vieja aquel
año.
José, jornalero, era mancebo natural de Almoradí; Josefa,
doncella del Lugar de Benejúzar, y por ser tiempo de Navidad, la misa nupcial y
demás bendiciones no les fueron dadas hasta el 11 de febrero de 1798. El 21 de
octubre de ese mismo año nacía su primer hijo, Josef Hilario Ramón, “a las
seis de la mañana”, según anotó Fray Francisco Abad, religioso descalzo que
se acercaba al pueblo salinero a cubrir los servicios desde el convento de San
Gregorio de Orihuela. El niño debió de fallecer porque en 1805 bautizan con
este mismo nombre, el del padre y el abuelo, a otro niño que tampoco pudo
superar la infancia, legando su nombre a un tercer hermano nacido en 1808. La
pareja tuvo 13 hijos. Cuando nace Leandra Benita, última de sus descendientes,
el 13 de marzo de 1821, José Sala continúa siendo de ejercicio jornalero.
Falleció el 7 de enero de 1837 “de enfermedad del pecho”. Su entierro
fue de la ínfima clase y misa de cuerpo presente.
4.1.-
El trabajo en los comienzos de la explotación salinera
José Albacete y José Sala fueron dos de los
muchos jornaleros de finales del siglo XVIII que con su trabajo aumentaron la
producción de sal en la laguna de la Torre Vieja y con sus familias enraizaron
una población permanente en el lugar.
José Mª Blake, Administrador de las Salinas entre los años
40 y 50 del siglo XIX, dejó en un informe (1851) algunos apuntes sobre el
funcionamiento de la explotación en los primeros años de la industria. Solo se
extraía sal de una porción de la laguna “que compondrá como dos terceras
partes de su circunferencia”, dividida a su vez en 73 distritos de
explotación o calzadas delimitadas unas de otras por mojones de cantería
numerados. Cada calzada tenía sus eras o lugares de acumulación donde la sal
extraída quedaba apilada en grandes montones.
El principal método de extracción hasta 1841 se realizaba
en seco. La sal se sacaba en los meses de verano “cuando se agotan todas las
aguas de la laguna” y se había producido el cuaje. De manera ocasional y
solo cuando por algún episodio de inundación no se desecaba, se empleaban
barcas de fondo plano para transitar por la lámina de agua y extraer las lajas
del fondo “habiéndose adoptado este por primera vez a fin del pasado siglo”,
del siglo XVIII. El trabajo en firme para recoger la cosecha de sal comenzaba
en julio o principios de agosto. Antes había que preparar la fábrica: con las
calzadas bien delimitadas, se hacían los caminos por donde hombres y animales
debían transitar hasta los lugares de extracción. Se afirmaba el suelo fangoso
con juncos y espartos para facilitar el acopio de la sal y el paso de los
trabajadores, a veces se utilizaban piedras y tablas si el lodo era abundante.
El administrador Blake -quien, por cierto, contrajo
matrimonio con una nieta de Don Gerónimo Sánchez-, explicó con detalle en su
informe alguna de las faenas de los hombres de la sal:
“Con hachas de mango largo se hacen cortes en la capa de
sal y por la abertura que dejan hecha en la costra se introducen unas paletas
de fierro y tirando hacia atrás
o apalancando en el suelo (...) se va rompiendo la especie de torta
compacta y dura de tres o cuatro dedos de espesor que forma toda la sal,
quebrantándola y dividiéndola en pequeños trozos irregulares que llaman levas.
Detras de los hombres que parten la costra y la levantan, otros las levantan
con un gancho largo de hierro, limpian el lodo y echan la sal en los montones que llaman caballones. Después de seca,
las caballerías conducen la sal a tierra”[29].
Tales trabajos se repetían simultáneamente en cada una de
las 73 calzadas explotadas. Los llevaban a cabo cuadrillas de jornaleros, que
se contaban por cientos solo en la laguna: volvedores (encargados de la
extracción material), llenadores, cargadores y descargadores, lavadores,
montoneros... Al frente de cada cuadrilla un manejero dirigía las
operaciones con la ayuda de dos capataces subalternos llamados bastoneros.
Las sales se transportaban desde los montones a la era
cargadero mediante carros y carretas. Cientos de jornaleros se necesitaban
también para su embarque en espuertas de media fanega (entre 20 y 25 kilos) que
llevaban a hombro los cargadores desde el interior de la era hasta el
extremo de los muelles donde atracaban las barcazas; en éstas se echaba la sal a
horrio (a granel) para ser conducida después al costado de los buques que
permanecían anclados en la bahía. Sus grandes bodegas se cargaban a capazos.
4.2.-
Otras familias jornaleras
El reclamo de un trabajo seguro en la industria de la sal
tuvo también importante eco en Crevillente donde funcionó el efecto llamada en
el periodo entre siglos estableciéndose una corriente migratoria hacia el
litoral. Los jornaleros de esta villa que se establecen Torre Vieja lo hacían
normalmente con una familia ya formada: esposa, también crevillentina, y uno o
varios hijos.
Una migración de tipo familiar con el objetivo de
procurarse una vida mejor fue la emprendida por Cayetano Alfonso y Mª
Antonia Soriano, naturales y vecinos de la Villa de Crevillente. En la
Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de Belén contrajeron matrimonio el 4 de
junio de 1787. Cayetano, mancebo, es jornalero y tiene 28 años. Mª Antonia,
doncella, 18. En esta misma Iglesia bautizan a cuatro de sus hijos: Josef
Antonio, María Gertrudis, Josefa María y María Teresa, nacida el 5 de diciembre
de 1806. Muy poco después debió de producirse el traslado de la familia a
Torrevieja porque la pequeña Mª Teresa falleció con 17 meses en la población de
la sal en julio de 1808. El humilde entierro de limosna de la hija de un
jornalero recién llegado pasaría desapercibido en una población que dos semanas
antes despedía con Entierro General y Misa de Ángel al pequeño ahijado de Don
Pedro León Hidalgo, Francisco María, hijo del Sobrecargo y vicecónsul de la
nación inglesa Don Gerónimo Sánchez y de Doña Rafaela Fuertes.
Pendientes siempre de los exiguos jornales que daba la sal
para comer, la vida de las mujeres de los jornaleros transcurría en una larga
sucesión de maternidades con nacidos que
a menudo servían de reemplazo a hermanitos fallecidos con anterioridad. Los
pequeños sucumbían irremediablemente en sus primeros meses de vida ante
cualquier diarrea o infección. El 21 de junio de 1809 era bautizado en la
Iglesia Parroquial de las Reales Salinas y Poblaciones de La Mata y Torrevieja
otro hijo del matrimonio, este ya torrevejense: Cayetano Juan Josef. En 1812
enterraron a su hijo mayor, Jose Antonio, muerto a los doce años.
En solo una generación los Alfonso Soriano se convirtieron
en arquetipo de familia torrevejense. Dos de los hijos de este jornalero
crevillentino emparentaron con el otro sector económico puntero de la
población: la navegación y la marinería. En septiembre de 1825 su hija Josefa
María contrajo matrimonio con un joven natural de Rojales, de ejercicio
marinero, Vicente Cánovas, hijo de un patrón de mar. En 1833 Cayetano Alfonso
Soriano entraba a formar parte de otra familia marinera al contraer matrimonio
con Francisca Antonia Inglada, hija del propietario de un pequeño laúd de 20
toneladas llamado Joven Asunción. El hijo torrevejense de los Alfonso
Soriano se hizo marinero. Tal vez por esta razón sus padres aparecen residiendo
en el Barrio de Pescadores durante sus años de vejez. Un anciano Cayetano
Alfonso murió a los 85 años el 23 de octubre de 1843, como el jornalero de las
salinas que había sido. Apenas cinco
meses después, en marzo de 1844, falleció su esposa María Antonia “de enfermedad afecta al
pecho”. Los dos fueron enterrados por amor de Dios.
Buscando trabajo y una vida mejor también llegaron José
Mas y Francisca Antonia Mas. La pareja contrajo matrimonio en la Parroquia
de Nuestra Señora de Belén, de Crevillente, el 30 de agosto de 1806. José tiene
22 años y es jornalero, como su padre. Francisca Antonia, también hija de
jornalero, tiene 21. Su primera hija, bautizada con el nombre de la madre, nace
en Crevillente en 1810. Poco después tomarían la decisión de trasladarse a
vivir a Torre Vieja muy probablemente al escuchar noticias ciertas de otras
parejas de la villa que habían probado ya fortuna en el lugar de la sal. La
redes de solidaridad eran esenciales en los primeros momentos de la llegada.
Igual que ocurrió en la familia Alfonso Soriano, a las importantes dificultades
de comenzar la vida en otro lugar los Mas hubieron de añadir la pérdida de la
pequeña Francisca Antonia, que murió el 16 de septiembre de 1812 antes de
cumplir los dos años. Su pequeño cuerpo fue sepultado amore Dei en el
nuevo cementerio recién abierto.
En la Iglesia Parroquial de las Reales Salinas y
Poblaciones de La Mata y Torre Vieja bautizó el matrimonio ocho hijos más entre
1813 y 1827, aunque no todos sobrevivieron a sus primeros años. Los padrinos de
uno de ellos, nacido en 1819, son unos paisanos de Crevillente: Antonia Soriano
y Cayetano Alfonso, que le da el nombre al ahijado y llaman Cayetano José.
Cuando fallece Francisca Antonia en 1869 a los 84 años “de calentura
adinámica según el físico” ya era viuda. La mejor situación económica de
sus hijos permitió que el entierro de esta matriarca fuera de clase ordinaria.
En los últimos años del Setecientos, sin embargo, ya había
una generación de jóvenes nacidos en el poblado que trabajaban en las Salinas.
Y en la Población de Torre Vieja, el dos de diciembre de 1809 contrajo
matrimonio el mancebo Manuel Mazón, de ejercicio jornalero, hijo
de Tomás y de Tadea González, con Margarita Andreu, doncella, hija de
Gerónimo y de Catalina Alcaraz. Los dos son “naturales y vecinos de esta
parroquia”. Las nupcias estuvieron precedidas por las tres moniciones
establecidas por el Concilio de Trento y “después de haber confesado,
comulgado y respondido a la Doctrina Cristiana”, con la obligada licencia
paterna de la novia, los contrayentes fueron declarados consortes “por
palabras de presente aptas y legítimas que hacen verdadero matrimonio”.
En junio de 1811 nació la primera hija de la pareja,
Manuela Antonia Josefa y en febrero de
1828 nació la última de sus seis hijos, María de los Dolores. Los compadres de
bautismo de todos ellos fueron jornaleros, como el propio Manuel.
En
1834 falleció con 18 años uno de sus dos hijos varones, Cayetano, “de
enfermedad de tavardillo” y se enterró en el cementerio común por amor de
Dios. Por caridad se enterró también a su hermana mayor, Manuela, que murió el
7 de marzo de 1838 a los 27 años “(...) su enfermedad calenturas catarrales”.
Manuel Mazón, jornalero de 56 años, murió cuatro días después por las mismas
calenturas catarrales según certificó el facultativo. El cura, Don Antonio
Clemente, dejó escrito en la nota de defunción que “ (...) no hizo
testamento por ser pobre de solemnidad” y fueron testigos del entierro
Miguel Torregrosa, otro jornalero natural y vecino de Torre Vieja, y José
Fuentes, sacristán.
El fallecimiento del esposo, del esposo jornalero, dejaba a la mujer en la mayoría de los casos en total desamparo y los datos del padrón de 1833[30] indican que un 7% de la población eran viudas pobres. Algunas más jóvenes contraían con relativa facilidad un nuevo matrimonio en una población de gran afluencia de trabajadores. Las que habían pasado la edad fértil, sin embargo, quedaban solas y a su suerte. No ocurría lo mismo con los hombres para lo cuales era habitual un segundo matrimonio al enviudar. Los excedentes de población femenina en parroquias cercanas del área de influencia torrevejense cumplían también una función de relevo reproductivo y familiar.
El jornalero Antonio Zaragoza, viudo de Vicenta Pastrana, contraía segundas nupcias con Ana Cruz el 15 de noviembre de 1815. Antonio, natural de Guardamar. Ana, de la Ayuda de Parroquia del Campo de la Horadada. Los dos, vecinos y feligreses de Torrevieja. Él tiene dos hijos mayores, nacidos en su primer matrimonio, naturales de La Mata, que también son jornaleros. Uno de ellos, Miguel Zaragoza Pastrana, se casó en Torrevieja poco después de la boda de su padre, en julio de 1816, con una joven torrevejense, Vicenta Cánovas. El otro, José, contrajo matrimonio con Josefa Sánchez, natural de Desamparados, en junio de 1820. En febrero de ese año había nacido su hermano Faustino Antonio, primero de los tres hijos del nuevo matrimonio de su padre.
Antonio
Zaragoza, consorte de Ana Cruz, murió en Torre Vieja el 11 de enero de 1829
“(...) de edad de 84 años” y en ella fue enterrado por Dios. La parca
nota que redacta en el libro parroquial Don José Sánchez, el cura, contrasta
con el extenso relato del funeral de gran pompa de Doña Juana Parra, viuda de
Don Antonio Hidalgo y madre de Don Pedro León Hidalgo, fallecida dos días
después que el jornalero.
Fueron
estos jornaleros que trabajaron las Reales Salinas quienes echaron raíces en el
lugar, poblaron Torrevieja con sus familias y enterraron en ella a sus seres queridos.
Muchos de ellos, niños y niñas que no tuvieron oportunidad de crecer. Juan
Calderón, de ejercicio jornalero, natural de Pacheco, y su esposa
Javiera Quesada, natural de San Miguel del Campo de Salinas, fueron padres
de 8 hijos, entre ellos una niña nacida el 29 de junio de 1817 que apenas pudo
sobrevivir a sus primeros minutos de vida, lo justo para que fuera bautizada “privadamente
urgente nescesitate por Don Simón Cánovas, Maestro Zirujano” (sic) y ser
enterrada con el nombre de Ramona.
4.3.-
El trabajo infantil
Muchos de estos salineros fueron pequeños jornaleros, niños
que se iniciaban en el trabajo de la sal con apenas siete u ocho años y como
jornaleros de la sal morían, en ocasiones de manera prematura. Comenzaban como
aprendices desempeñando tareas diversas como la de pajilleros,
encargados de limpiar de brozas la sal de los montones, a cambio de algún real
que contribuía al difícil sostén familiar.
A todos los efectos eran considerados ya como adultos y así
lo concretaba el cura Don Antonino Cortés en el libro de difuntos:
“Mariano Mayol, adulto de once años, natural de
Cartagena, hijo de Manuel y de María Galian; haviendo recibido los Stos.
Sacramentos de Penitencia y Extrema-Unción, murió en esta Población de
Torre-Vieja dia treinta de Setiembre
de mil ochocientos veinte y uno, y en el mismo con aprobacion del Médico fue
enterrado en el cementerio publico de su Parroquial y el funeral fue por amor
de Dios (...)”.
Sergio Suárez (1865) describía alguno de los trabajos que
realizaban los menores en la industria. Los aguantadores eran chicos de
10 a 12 años encargados de sostener las barcas en los tajos de arranque; los recogedores
eran niños de 8 a 10 años cuya función era agrupar la sal dentro de la barca y
limpiar la embarcación cuando se hacía la descarga; mientras los puestos de barqueros
estaban destinados a muchachos entre 12 a 16 años[31]
con más fuerza para manejar la percha y destreza adquirida para la movilidad
por la laguna.
Ramón García Paredes acababa de cumplir 15 años
cuando falleció en octubre de 1846, pero su ejercicio ya era el de
jornalero. Su padre, José García, también era un salinero natural de
Torrevieja. Su madre, Antonia Paredes, era natural de San Miguel.
Falleció “(...) de una calentura nerviosa” y su entierro fue por amor de
Dios.
El trabajo infantil era habitual en las Salinas. Los
accidentes, también. Un pequeño jornalero de 10 años, Pascual Soler
Chazarra, murió el 17 de enero de 1829 sin recibir ningún Santo Sacramento,
“(...) por haber muerto desgraciadamente sofocado bajo un ribazo de sal en la
hera; y al día siguiente por disposición de la Justicia se enterró en el
Cementerio por Dios”. Su padre, Restituto Soler, también era
jornalero. Su madre se llamaba Trinitaria Chazarra, Los dos habían sido
bautizados en la Ayudantía de Parroquia de Torrevieja en la última década del
Setecientos y formaban parte de la primera generación de torrevejenses. El
abuelo Soler era marinero natural de Santa Pola. El abuelo Chazarra, jornalero
en las Salinas, de Benijófar. Restituto y Trinitaria contrajeron matrimonio en
1812. Tuvieron 10 hijos, pero como era habitual, no todos sobrevivieron a su
infancia.
Es otra familia arquetípica torrevejense cuya economía
basculó entre el jornal de las salinas y el dinero de la mar. En este caso, el
fallecimiento del pequeño Pascual en las salinas y la inmediata desgracia
colectiva del terremoto con el vacío de cosechas de sal entre 1829 y 1832[32]
determinaron la nueva dedicación a la marinería de Restituto. Un cambio que a
corto plazo le permitió no solo mejorar su economía, sino gozar de cierta
prosperidad. Cuando fallece el 20 de febrero de 1853 a los 57 años, Restituto
Soler era de ejercicio tratante y propietario de dos embarcaciones de más de 20
toneladas, el San Pedro y el Nuestra Señora del Carmen. Su
patrimonio le permitió hacer testamento y pagar obra pía: 40 misas con entierro
de Segunda Clase. Su esposa Trinitaria falleció en diciembre de aquel mismo
año.
Partida de defunción del niño Pascual Soler en 1829.
4.4.-
Los muertos de la sal
La trágica muerte a los diez años del niño Pascual Soler
sepultado en un alud de sal nos habla de un tipo de accidente que fue común en
la época. Los deslizamientos producidos en las montañas donde se acumulaban
varias toneladas de sal a decenas de metros de altura debieron ser frecuentes
y, ocasionalmente, mortales. El administrador José Mª Blake (1851) describía
esta forma de acopio de sal:
“(...) se forman montones de a 20, 50 y hasta 100 o 150
fanegas. La figura de estos montones es en su base de cuadrilongo lo más
perfecto posible, adelgazando por
sus costados hasta terminar en un lomo recto y afilado, con 50 a 60 pies de altura”.[33]
El peligro de desprendimiento suponía una amenaza constante
para los salineros y para quienes no lo eran. El 18 de mayo de 1815 fue
encontrado muerto un hombre después que se desplomara uno de los montones de
sal. Nadie lo conocía. El cura, Don Antonino Cortés, avisado por la Real
Justicia, anotó en el libro parroquial:
“(...) por su aspecto manifestaba la edad de 26 a 30
años y por el traje o vestido indicaba ser como de Albatera o Crevillente
(...)”.
Su entierro tuvo lugar al día siguiente, viernes, “por
Dios y de limosna que dieron los fieles se le cantó una misa de cuerpo presente”.
Por averiguaciones posteriores se supo, y así quedó anotado al margen de la
partida de defunción, que su nombre era Vicente Manchón, marido de María Gomis,
naturales de Crevillente, según constató el escribano de Torrevieja Sebastián
Meseguer (el yerno de Don Pedro Amorós).
Vicente Antonio Manchón, jornalero e hijo de jornalero,
natural de Crevillente, tenía 27 años cuando murió en un montón de sal en Torre
Vieja. Se había casado con María Gomis, hja también de un jornalero, el 17 de
enero de 1810 en la Iglesia de Nuestra Señora de Belén de Crevillente. Tenían
un hijo de cuatro años que llamaban Vicente, como su padre, y una niña de 9
meses llamada María, como su madre. La desgracia se cebó con la familia de este
jornalero que tal vez llegó como tantos otros a la población de la sal con la
esperanza de un futuro mejor para los suyos. No tuvo la oportunidad que
esperaba y lejos de convertirse en su medio de vida, la sal se la arrebató. Su
familia quedó abandonada a su suerte en Crevillente. María Gomis, su joven
viuda, murió con poco más de treinta años siendo enterrada por la caridad de
los feligreses. Lo más probable es que sus hijos fallecieran también siendo
niños[34].
No fue el de Vicente Manchón un caso excepcional. El 29 de
diciembre de 1822, último domingo de aquel año, se encontraron los cuerpos de
dos jóvenes “oprimidos” por uno de los montones de sal de la Salina de
La Mata “que se hundió en la mañana de este día”. Uno de ellos era Juan
José Román, soltero, hijo de José y de Josefa María Morant, natural de
Agost. Tenía 20 años. El otro era Joaquín Pérez, hijo de Joaquín y de
Teresa Candela, natural del poblado de San Francisco de Asís del Molar, un
adolescente de 15 años. Los dos fueron enterrados en Torre Vieja por amor de
Dios.
FUENTES DOCUMENTALES
Registro Parroquial de la Iglesia de La Inmaculada
Concepción de Torrevieja
Registro Parroquial de San Miguel de San Miguel de
Salinas
Archivo de la Catedral de Orihuela
Registro Parroquial de la Iglesia de Santas Justa y
Rufina de Orihuela
Registro Parroquial de la Iglesia de Santiago de
Orihuela
Archivo de la Basílica de Santa María de Alicante
Archivo de la Basílica de Santa María de Elche
Registro Parroquial de la Iglesia de Nuestra Señora de
Belén de Crevillente
Registro Parroquial de la Iglesia de San Pedro de
Agost
Registro Parroquial de la Iglesia de San Andrés de
Almoradí
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de marzo de 1772 de un Beneficio Curado, perpetuo , Eclesiastico y Colativo en
la nueva erigida Parroquial Iglesia, antes Hermita, sita en la Torre y Casa-Administración
de las Salinas de la Mata, y de Orihuela. 7 pp.
[1]Canales
Martínez, G. y Muñoz Hernández, R. (2012). Nuevas poblaciones en el sur
alicantino. La intervención de la Iglesia en la consolidación de núcleos
vecinales, siglo XVIII. Canelobre, 60, p. 37.
[2]En
el centro de atención de la Corona al instalar en la antigua Isla Plana a
familias liberadas de la isla tunecina de Tabarka estaba la eliminación del
contrabando que tenía en el islote alicantino una importante base de
operaciones (íb. p.39).
[3]Entre
los que destacan importantes empresas hidráulicas que permitieron la llegada
del agua a la ciudad de Elche o la construcción de diques para evitar
inundaciones en Benferri y Rojales.
(https://historia-hispanica.rah.es/biografias/42877-jose-tormo-y-julia)
[5]Tormo,
J. (1772). Auto de Erección con fecha de 16 de marzo de 1772 de un Beneficio
Curado, perpetuo , Eclesiastico y Colativo en la nueva erigida Parroquial
Iglesia, antes Hermita, sita en la Torre y Casa-Administración de las Salinas
de la Mata, y de Orihuela. 7 pp.
[8]Blanco,
F.J., Galant, M. y Sala, F. (1997). Formación y crecimiento de Torrevieja
(1789-1825): Un método de análisis demográfico para la época pre-estadística.
El rol de la inmigración. Vilar, J. B. (Ed.). El Mar y Torrevieja.
Universidad de Murcia, p. 107.
[10]Blanco,
F.J., Galant, M. y Sala, F. (1997).Formación y crecimiento de Torrevieja
(1789-1825): Un método de análisis demográfico para la época pre-estadística.
El rol de la inmigración. Vilar, J. B. (Ed.). El Mar y Torrevieja.
Universidad de Murcia,
Blanco, F.J., Galant, M. y Sala, F.
(1997b). Las 677 primeras familias torrevejenses (1789-1825). Sus apellidos,
profesión y origen. Ayuntamiento de Torrevieja.
[12]Sala
Aniorte, F. (2014). El alcalde. Real Asociación Española de Cronistas
Oficiales.
https://www.cronistasoficiales.com/el-alcalde/
[13]Padrón
de vecinos de Torrevieja y La Mata. En Pérez Rebollo, F. y Cerezuela, M.C.
(2001). El Ayuntamiento de Torrevieja. Inicios y primeros años de historia. Ad Turres, 1, 35-45.
[16]Una
de sus funciones en estos años era la intervención en asuntos relativos a la
Hacienda y los intereses públicos, lo que hoy podría asimilarse a la figura de
un interventor.
[17]Plata
Montero, A. (2006). El ciclo productivo de la sal y las salinas reales a
mediados del siglo XIX. Diputación Foral de Álava, p. 47.
[18]Tras
la reforma de López Ballesteros en 1829, la persecución del contrabando sobre
el terreno quedó en manos de un nuevo Cuerpo de Carabineros, auxiliado por los
guardacostas del Resguardo Marítimo. Pro Ruiz, J. (2007). La Administración de la Hacienda en el siglo
XIX y l a función inspectora; en: Juan Luis Pan-Montojo (coord.): Los
inspectores de Hacienda en España: una mirada histórica. Centro de Estudios
Financieros, Madrid, pp. 21-2.
[19]Pérez
Rebollo, F. y Cerezuela, M. C. (2001). El Ayuntamiento de Torrevieja. Inicios y
primeros años de historia. Ad Turres, 1, pp. 35-45.
[20]Crónica
de Don Antonino Cortés en el Libro de Rectoría de la Parroquia de la Inmaculada
de Torrevieja.
[21]Siguiendo
la costumbre funeraria de la época entre las clases económicamente mejor
situadas en la que los cuerpos se revestían con hábitos religiosos de diferentes
órdenes como forma de alcanzar el favor divino.
[22]Impuesto
por el que había que legar en testamentos otorgados y en sucesiones intestadas
12 reales de vellón para “aliviar la suerte de las familias de quienes lucharon
contra la invasión francesa o los que defendían la Corona en los procesos
revolucionarios de las colonias de ultramar; eran los párrocos los encargados
de recibirlo junto con sus derechos y
los demás del funeral.
[24]Oración
fúnebre en la que se pedía por el eterno descanso de la persona difunta y el paso
de su alma del Purgatorio al Cielo. A veces se realizaba a mitad de camino en
la procesión fúnebre, a la puerta de la Iglesia o antes de entrar al camposanto
y solía acompañarse de agua bendita e incienso.
[25]Casas
Aranda, R. (2001). Evolución histórica del callejero de Torrevieja: Los
primeros años. Primera Parte: Desde el terremoto de 1829 hasta el PMH de 1841. Ad
Turres, 1, p. 59.
[26]Peñas
Barroso, M. M. (2016). El matrimonio en el Antiguo Régimen: Un estudio basado
en los libros casados de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de
Rebollo. Estudios Segovianos, LVIII, 115, p. 254.
[27]Circular
del M.I.S. Governador de la Mitra Don Joaquin Saez de Quintanilla. Dado en el
Palacio Episcopal de Orihuela 1º de Febrero de 1938.
[34]La
desaparición de los libros mortuorios de párvulos en la Parroquia de Nuestra
Señora de Belén de Crevillente impide asegurarlo, si bien esta idea es la más
probable porque no aparecen sus nombres como adultos.