Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
83 – Verano 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
De las luces a la sombra
La
matizada luz del atardecer, maravillosa por cierto, se iba adueñando poco a
poco del paseo de Juan Aparicio, popularmente conocido como paseo de las Rocas.
A la altura del banco donde esperaba y esperaba impertérrita la Bella Lola, se
recortaban dos figuras, sentadas de espaldas al mar. A pesar de su
indumentaria, dado lo variopinto del paisanaje asentado en la Ciudad de la Sal,
apenas llamaban la atención. El más alto, de barba poblada, vestía gastado
traje de chaqueta negro y adornaba su cabeza con un sombrero con más años que
la tos. Junto a él, el más menudo ocultaba su atuendo con un trabajado abrigo
gris marengo y remataba su cráneo con una gorra que recordaba la de los
soldados yankis de la guerra de secesión americana.
—Ay,
Latino —se quejaba el del traje y sombrero—, tanto tiempo deseando dar el
relevo y ya empiezo a añorar a las gentes que con tanto entusiasmo nos
representaron y nos aplaudieron el pasado diciembre en el Teatro Municipal.
—¿A mí me
lo vas a decir, Max? —le atajó el del abrigo y la gorra—. Hay que reconocer que
a pesar de ser meros aficionados le echaron ganas y entusiasmo, por no decir
cojones, que sé que es vocablo que te chirría por parecerte ordinario. Y chico,
qué calurosa ovación del público puesto en pie.
—Sí, eso
es, podemos decir que Luces de bohemia se lució en Torrevieja.
—Y ¿qué
me dices, Max, de la muchedumbre que metieron en escena los de Ars Creatio?
Treinta y nueve actores y actrices dando vida a esos personajes que creó la prodigiosa
mente de nuestro padre literario don Ramón, don Ramón María del Valle Inclán.
—¡Naturaca!
Si estuviéramos en los toros, amigo Latino, podríamos decir sin ambages que,
sin llegar a cortar las dos orejas y el rabo y salir por la puerta grande, sí
que ejecutaron una buena faena de aliño.
—Pues
eso. Aunque, claro, jugaban en casa y eso ayuda. Pero mira, Max, fíjate en esa
atrabiliaria pareja que se acerca a la altura del monumento al Hombre del Mar.
Vista la pinta que traen, con esas túnicas cortas, deben de ser nuestros
sucesores.
—¡Mira,
Max! ¡Mira, Max! Qué voy a mirar, si veo menos que un gato de escayola.
—Guasíbilis,
perdona, a veces me voy arriba y se me olvida que estás ciego desde que padeciste
la enfermedad de Venus. Pues te lo cuento: se nos están acercando dos tipos
vestidos a la griega, uno más ostentoso que el otro, van juntos pero miran al
frente sin hablarse. Esos, Max, no se deben de llevar muy bien.
—Y si no
se llevan bien, no pueden ser otros que el asnero y el dentista.
—Ajá, ya
los tenemos aquí.
En
efecto, la pareja aludida ya se encontraba frente a Max Estrella, eximio poeta,
y a don Latino de Hispalis, su «fiel» discípulo y vendedor de novelas por
entregas. Los recién llegados tenían un aspecto que podríamos calificar de
curioso. El más joven, apuesto y más derecho que una vela, lucía un atuendo muy
cuidado pero fuera de contexto, túnica corta en tono crudo y una capa de tono
anaranjado. Y en sus pies, unas relucientes sandalias de cuero de alta calidad.
Junto a él, el mayor, encorvado y con el pelo ralo, no lucía nada, cubría su
cuerpo con una más que raída túnica de un color indefinido que en otro tiempo
quizás hubiera sido verde. Y ¡oh, sielos!, iba descalzo.
—¿El señor
Blanco y el señor López, supongo? —preguntó con voz engolada el primero.
—¡Niño,
qué señor Blanco ni qué señor López! —le atajó Latino—. Estás ante una de las
parejas más importantes del teatro español.
—Perdonen
a mi presumido compañero, que está tonto arrematao —rugió más que habló el del
pelo ralo—. No metas la pata, chaval. Ahora no estamos ante personas, sino ante
personajes. El señor Estrella y el señor de Hispalis, ¿a que sí? Por mi parte,
yo soy Antrhax, el asnero.
—Y yo soy
Estrutión, el dentista —se presentó el joven—. Conmigo empieza esta historia
que me arruinó completamente, lo perdí todo...
—Calla,
tontaina —dijo el asnero—, no hagas espóiler y vamos a lo que vamos.
—Muy bien,
señores —intervino Max Estrella—, encantados de conocerles. Su padre literario
no es español, ¿cierto? ¿Alemán tal vez?
—Casi
acierta. Es suizo —respondió Estrutión— y muy célebre por sus novelas, ensayos
y obras teatrales.
—No lo
dudo, nene, pero como dice aquí el asnero, vamos a lo que vamos —le interpeló
Latino levantándose—: señor Estrutión y señor Antrhax, en el día de hoy, en la
ciudad de Torrevieja y frente al mar que la baña, el Mediterráneo, los
inmortales personajes de Luces de bohemia, Max Estrella y Latino de Hispalis,
tras prestigiar las tablas del Teatro Municipal de este solar, de la mano de la
Asociación Cultural Ars Creatio, un grupo sin ánimo de lucro y con esforzados
amantes al arte de Talía, damos la bienvenida y el relevo a dos de los
interpretes del Proceso por la sombra de un burro, de un tal, de un tal...
—Friedrich
Durrenmatt, Latino —le salió al paso Max Estrella—, que no te enteras.
—Oh,
señores personajes de tan preclara pieza teatral —dijo Estrutión—, qué gran
honor para mi persona, y para este simple asnero que me acompaña, ser sus
sucesores teatrales en esta hermosa villa. Intentaremos estar a la altura con
nuestro Proceso.
—No te
enrolles, Charles Bóyer —bramó Antrhax—; hecho el relevo, vamos a dejarnos de
rollos y a celebrarlo remojándonos el gaznate. Aquí, Ferrán, que diga,
Estrutión el dentista, invita, que pa eso tiene muchas perras. ¿A que sí,
pasmao?
—Pues sí
que invito, vejestorio —respondió con alegría Estrutión—, antes de que por tu
culpa me arruine, Javi, que diga, Antrhax.
—No sé si
podremos acompañarles, tenemos un poco de prisa —se excusó Estrella.
—Max, no
te pongas estupendo —intervino Latino—, vayamos en busca de algún garito,
bebamos sendos chatos de vino con nuestros nuevos amigos y, de paso, les
aleccionaremos de lo divino y de lo humano.
—Me has
convencido. Pues sea, mi perro fiel. Señor lechuguino Estrutión, con perdón, y
señor proletario Antrhax: yo, Max Estrella, y don Latino de Hispalis aquí
presente, compartiremos sendos vasos de morapio con ustedes, haremos el
traspaso de las Luces de bohemia a la Sombra de un burro y
aprovecharemos para contarles de qué va nuestra nuestra obra, obra que supongo
desconocen.
—¿Has
oído, asnero? Desconocen, dicen.
—Pues
están muy equivocados, ¿a que sí, dentista?
—¡Cráneo
privilegiado! —declamaron al unísono Estrutión y Antrhax.
Una sonora carcajada resonó en el paseo de Juan Aparicio, popularmente conocido como paseo de las Rocas, sobresaltando a algunas aves y a algún viandante. Y en tanto el atardecer iba dando paso a la noche, nuestros cuatro personajes, que no personas, en un ambiente de franca camaradería, se dirigieron a la terraza de un bar cercano al que, por cierto, Max Estrella bautizó como la taberna de Picalagartos.