Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
83 – Verano 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Deposición
Sepa vuestra merced que a mí me llaman Catalina la Panadera porque mi padre, huyendo de la pobreza en la que vivíamos en Maqueda, vino a montar una tahona en esta insigne ciudad de Toledo. Si en el pueblo nos sobraban las miserias, aquí no faltan las malas lenguas que a cada paso nos levantan un caramillo viendo cómo nuestra fortuna crece, pues ya tenemos una casilla propia en la cuesta del río, cerca de las tenerías. Sí, señor juez, ya sé que los cargos son graves, pero daré buenas razones para que acabe este proceso. Nos acusan de acomodar los cuerpos de los reos ahorcados (el Señor los perdone) en los pasteles de a cuatro. Y yo, en nuestra defensa, digo que habiendo por las calles sabrosos perros, tiernos gatos y ratas hermosas como conejos..., ¿para qué habría de perder el tiempo mi padre acechando en las encrucijadas y caminos el quehacer de los verdugos?
Panadera de pan y de amores
Cuando
leí el poema, una ola de fuego recorrió mi cuerpo con la fuerza de una marea
desbordante. Tenía entre las manos la
segunda Elegía en memoria de mi novio
muerto, pero yo sospechaba que cada palabra escrita guardaba un significado
oculto, que cada verso era una saeta disparada al centro de mi alma. Miguel
siempre me distinguió con su atenta mirada, con su seductora cercanía... Incluso
llegué a pensar que un hilo invisible de creciente afinidad nos enlazaba. Otras
veces sentía que estaba confundida, que eran tan solo las figuraciones inconfesables
de una humilde panadera. Luego se marchó, según dijo, a perseguir sus sueños...
Quizá huía de mí y de una traición que presentía inevitable. Para el velatorio
de Pepito me puse el vestido nuevo. Quería sentirme hermosa, quería decirle al
Poeta, allá donde estuviera: «Vuelve, Miguel, aún tenemos tiempo, vamos a celebrar nuestros dolores junto al
árbol del campo que te digo».
Un microrrelato con mucha miga
Tercer premio del concurso de microrrelatos «La garrapata budista» (2026)
Pues sí, señora abogada, desde hace tiempo yo trabajo para ganarme el pan y mi marido se encarga de las tareas del hogar. Llevamos una larga temporada con la panera de nuestra cocina repleta de pan recién horneado procedente de la panadería del barrio. Pero últimamente, la excesiva abundancia de panecillos, empanadas, panetes, panetones y pan de molde era el pan de cada día. Me convertí en una verdadera paniega y agradecía con fervor las atenciones de mi pareja (pan, uvas y queso saben a beso). Así seguiría, pensando que mi marido es un pedazo de pan, si no fuera porque un día fui a su panadería de referencia. Me quedé hecha migas al ver a la panadera: una mujer de toma pan y moja... Entonces comprendí su panifilia. Regresé a casa muy enfadada, cogí la barra de pan duro que usamos para hacer pan rallado y le aticé en la cabeza. El maldito paniaguado ha presentado una denuncia por violencia doméstica, pero no estoy dispuesta a que me den pan y me llamen tonta nunca más.