Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
83 – Verano 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
SOMBRAS Y LUCES DE BOHEMIA
El esperpento de Valle-Inclán (y III): el espejo nacional
© Jesucristo Riquelme y Clara Paterna Antón
Personajes de crápula: retablo nacional
Valle-Inclán
quiso presentar un microcosmos de la sociedad de su época en Luces de bohemia: 54 personajes aparecen
en el Dramatis personae, además de
algunos grupos y turbas, y la cita de ¡algunos animales (colocados a nivel
semejante que algunos personajes)! Esta cuantiosa cifra, aunque algunos actores
repitieran personaje, hacía inviable que una compañía comercial afrontase la
representación.[1]
Como establecimos más arriba, los personajes están sumamente esperpentizados
por medio de sus palabras, sus acciones y gestos, su vestimenta. Pero es
notorio que algunos de los personajes no están tratados como grotescos. Forma
parte voluntaria de la concepción de la nueva técnica literaria que se mezclen
tipos de actuación realista junto a tipos de actuación mecánica, esto es,
muñecos tragicómicos o caricaturescos. Pertenecen al tono del drama o de la
tragedia algunos personajes de la clase modesta que, en absoluto o en poco, se
prestan a lo grotesco: el Preso (LB,
6), la Madre y el Albañil (LB, 11); y
cabría añadir quizás a Madama Collet y a su hija Claudinita (LB, 1 y 13). Estos personajes menos
deformados son los mártires de la trama.[2]
Los personajes del esperpento exigen un trabajo actoral muy concienzudo, alejado de actuaciones realistas o psicológicas. También requieren la complicidad de los espectadores para captar la «violencia estética» de la esperpentización de los personajes: peleles e histriones que superan la risa y el llanto para experimentar la emoción estética de la mojiganga y de la tragedia al unísono, pues los personajes «llevan la tragedia dentro de sí y (...) son incapaces de una actitud levantada, resultando, por el contrario, grotescos en todos sus actos», teorizaba don Estrafalario en Los cuernos de don Friolera. (En las dos fotos siguientes, podemos apreciar el trabajo gestual de los actores: por un lado, en foto de Darío Pérez. TorreviejaOn, Esther Elkouss y Marisol Cos encarnan, respectivamente, a Claudinita y a Madama Collet, la exigua familia de Max Estrella; por otro lado, en foto de Miss Flamingo, Alejandro Blanco y M.ª Belén Pérez, interpretando a Max y a la Lunares).
En el contexto
histórico de una España en decadencia y ridícula, y de un Madrid «golfo»,
podemos imaginar muchos comportamientos heroicos o dignos. Los personajes se
explican en su contexto, en el contexto de una España de circunstancia trágica,
que no llega a comprender, porque le sobrepasa. En Luces de bohemia los personajes son muestras de indignidad
individual, como reflejo (árbol a árbol) de la indignidad colectiva (la del
bosque que es España): esa indignidad se expresa por medio de la
deshumanización en forma de caricatura, de absurdas o ridículas figuras: con un
porte y con una conducta distorsionados. Son presentados en las acotaciones
como personajes rebosantes de miserabilismo: Max tose «cavernoso, con las
barbas estremecidas, y en los ojos ciegos un vidriado triste, de alcohol y de
fiebre» (LB, 3); «Su cabeza rizada y
ciega, de una gran carácter clásico-arcaico, recuerda los Hermes» (LB, 1); Claudinita sale «despeinada, en
chancletas, la falda pingona [es decir, harapienta]» (LB, 1).[3]
Valle-Inclán ha querido mostrar un puzzle, un retrato de la sociedad de su tiempo: poderosos políticos y militares (Ministro...), secuaces burócratas y funcionarios (Secretario, Retirado...), comerciantes con afán de lucro que se alejan del pueblo y se adhieren al poder (librero, tabernero, empeñista...), gente llana y trabajadora, idealistas y emprendedores en la resistencia (Preso, Madre, Albañil...), marginados y desvalidos (las verticales o rameras: Vieja Pintada, la Lunares, la Pisa Bien, el rey de Portugal...) y bohemios, cuya pobreza y falta de ingenio no les permite batirse contra los poderes fácticos (grupo de Modernistas, Max...). Repasemos algunas de las peculiaridades de estos personajes que retratan la España de hace un siglo. (En las imágenes, algunos momentos de la puesta en escena de Ars Creatio del día 18 de diciembre de 2025. Fotos Darío Pérez. TorreviejaOn).
—Max Estrella. Max Estrella es el
centro de Luces de bohemia, pero no
el protagonista único. Es presentado como «hiperbólico andaluz, poeta de odas y
madrigales» (LB, 1). Hiperbólico quiere decir exagerado,
estridente, incluso mentiroso: ¡cualquiera se cree algo de Max Estrella que
pasa a ser tanto Mala Estrella (LB,
5) como Estrella Reluciente (LB, 9)
en función del aire que sopla, y, lo que es peor, sin que él lo controle![4] Es
una mentira para tratar verdades que ulceraban el suelo patrio y que, eso sí,
despertaban el furor ético en
Valle-Inclán. El esperpento, como género, es incompatible con el héroe
individual: la descomposición dolorosa de España obliga a presentar en escena
un antihéroe: un antihéroe colectivo, un grupo de personajes extraídos del
desecho nacional. Max no significa, pues, el héroe romántico que enarbola la
bandera de la libertad: él va a remolque de la situación, como un pelele más,
con demasiadas flaquezas.
¿Por qué
retoma Valle la figura de Alejandro Sawa para cimentar el personaje de Max
Estrella? Sawa (Sevilla, 1862-Madrid, 1909) era, en 1920, toda una reliquia de
la bohemia: un vestigio del pasado, olvidado y poco vigente. Sin embargo, Valle
lo resucita como hizo Cervantes dando vida a un hidalgo caballero de desfasados
libros de caballerías. El personaje de Max está esculpido en la figura de Sawa,
sí, pero también el buril pule en el propio carácter del autor para hacer
verosímil y auto-trágica la historia contada, una historia que no tiene fin,
porque va más allá de la muerte de Max: continúa con don Latino, y con todos
los demás del coro ibérico.
Resulta
curioso, y hasta inquietante, que Valle-Inclán escribiera, en 1909, una carta a
Rubén Darío (3-3-1909) sobre la muerte de su amigo común Alejandro Sawa en la
que –en el último párrafo– está el principio y casi el final de Luces de bohemia: «El fracaso de todos
sus intentos para publicar y una carta donde le retiraban una colaboración de
sesenta pesetas que tenía en El Liberal
[si esto fuera cierto], le volvieron loco en los últimos días. Una locura
desesperada. Quería matarse. (...) Tuvo el final de un rey de tragedia: loco,
ciego y furioso». (En las imágenes, fotos de Miss Flamingo, Enriqueta la
Pisa Bien –Carolina Martínez– y Dieguito el secretario –Federico Alarcón– junto al ministro de la Gobernación –Andrés Iglesias–).
Valle
construye el personaje de Max como símbolo: más que para desfazer entuertos, para sufrirlos y, luego, para denunciarlos con
tanta vehemencia como pasividad. El nombre Max (Máximo) viene a significar el
más grande de la bohemia, y Estrella es el astro con luz propia que brilla y
alumbra en la noche: Max es un guía, paradójicamente, ciego, irónicamente
ciego. Pero pronto comprobaremos que es el más lúcido –el que más luz tiene– de
toda la panda: es el único bohemio
–irresponsable como todos– que se da cuenta de la situación, de su situación.[5] Es
un personaje que empieza cayendo bien al lector/espectador; sentimos empatía y
hasta empezamos a disculparle sus caídas en el infierno: egoísmo, olvido de la
familia[6],
corruptela, alcoholismo y hedonismo, bohemia insultante, nuevos olvidos de la
injusticia social y política. Quiere redimirse (LB, 6 y 11), pero cae y cae en el encanallamiento (al dejarse
sobornar por su amigo el ministro, que le ofrece un sueldo del fondo de
Reptiles, el mismo con el que acabará asesinando al Preso catalán– y al no superar
la indiferencia –dejar en el olvido las reivindicaciones para la colectividad y
las de su abandonada familia–). (En la foto, el preso catalán y Max Estrella,
interpretados por Antonio Manuel Berná y Alejandro Blanco. Foto Darío Pérez.
TorreviejaOn). Todo ello lo hace cómplice o culpable (por asociación necesaria)
de tanto crimen social y político: a él y a los demás.[7]
¡Es demasiado para exculparlo![8] Es un personaje con muchas
aristas, con muchas contradicciones: y ello lo hace (esperpénticamente) verosímil,
como burlesco antihéroe. ¡Pero el avispado espectador comprende que no tiene
por qué perdonar a Max: Max es uno más de la hecatombe del país! El dramaturgo
condena al fantoche de Max: de ahí que lo haga abrazarse dos veces: el abrazo
solidario al Preso (LB, 6) y el
abrazo indigno al ministro, o sea, al Reptil (LB, 8).[9]
La detención
de Max no es tampoco heroica (como sí lo es la del Preso anarquista): es
detenido por escándalo de borrachín y porque, desinhibido, se mofa de la
ignorancia supina del capitán Pitito (LB,
4) –analfabeto– usando para ello magistralmente la lengua castellana, con la
mezcla irónica de expresiones cultas y argóticas en un mismo diálogo, esto es,
en una misma sarta de réplicas: «¡Pico de oro! ¡En griego, para mayor claridad,
Crisóstomo! ¡Señor Centurión, usted hablará el griego en sus cuatro dialectos!
(...) ¡Señor Centurión, yo también chanelo el sermo vulgaris!».[10]
En realidad, Max es el contrapunto de otro hito literario: es la degradación esperpéntica del vitoreado y popular escritor francés Víctor Hugo, el gran novelista del naturalismo francés. Tanto el entierro de Víctor Hugo como el del novelista español Galdós fueron populosos: si en el sepelio de Galdós hubo más de 30 000 acompañantes, en el de Max Estrella sólo cuatro personas. El entierro de Max es el entierro simbólico de la bohemia modernista en España.
—Don Latino. Don Latino es un
vejete desleal –ladino, que ha tomado prestado y no ha devuelto jamás su
tratamiento de don–: engaña a Max con
Zaratustra (LB, 2), pero lo saca de
la cárcel. Don Latino es otro escritor fracasado, que ha de hacer otros
trabajillos para subsistir: confiesa que no vive de la literatura, pero es
escritor de «entregas», género denostado por Valle-Inclán; según Dorio de
Gádex, es un «clásico» (LB, 4), más
allá de modernismos. Es el partenaire
de Max Estrella: le sirve de perro lazarillo al ciego.[11]
Es la otra cara de la moneda: otros ojos. Pero él mismo tiene dos caras: la de
«perro fiel» o «hermano» y la de hipócrita y cínico estafador de su amigo Max.
Éste lo tacha de «miserable burgués» (LB,
9), porque, antes de abandonarse al hedonismo y la buena bebida, prefiere
mostrar su lucidez prosaica pensando en el ahorro para su beneficio si toma
algo más barato que champaña y Max se lo reembolsara a él. Ciertamente, si Max
es el héroe grotesco, don Latino es el antihéroe en el nido de la barbarie
ibérica.
Ahora bien, lo más importante es que don Latino funciona para dialogar con Max y para evidenciar sus carencias, como uno más del pueblo llano y del pueblo presuntuosamente intelectual: no es consciente de lo que sucede a su alrededor más allá de querer sobrevivir día a día; insensible a la tragedia, malinterpreta como teatro y fingimiento la más dura tragedia de la Madre que acaba de perder a su bebé asesinado en la calle y se gana un insulto: «¡Imbécil!» (LB, 11); y tampoco comprende al Max moribundo («¡Qué tuno eres!») que desdramatiza con ironía hasta cubrirlo con otro improperio: «¡Idiota!» (LB, 12). Pero el colmo es que, con su impasibilidad y su cinismo, aboca al suicidio a la familia de Max-Mala Estrella.[12] Cuando Max ha muerto, don Latino actúa como una plañidera en el velatorio (LB, 13): luego sabremos (LB, 15) que llora para esconder su risa, porque es rico con el décimo de lotería que robó a Max.
—Zaratustra. Nombre del librero zarrapastroso, tacaño y
estafador (LB, 2). Nombre tomado, por
ironía siempre, de Así habló Zaratustra,
del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que tanto influyó en la generación del
98. Zaratustra arremete contra el buen nombre de las sufragistas inglesas.[13]
(Helo aquí en foto de Miss Flamingo: el actor es Francisco Manuel Sánchez).
—Don Gay Peregrino. Cliente de la
librería, aparece disfrazado grotescamente de aventurero, con atuendo de
soldado, de labrador y de lord inglés que no conjuntan: «traje de antiguo
voluntario cubano, calza alpargates abiertos de caminantes y se cubre con una
gorra inglesa» (LB, 2); el dramaturgo
busca la mofa tragicómica de la guerra de Cuba, con lo que de simbólico tuvo la
pérdida de la Isla preciosa para la España finisecular. Es un pedante que
retorna de un viaje a Inglaterra: se queja de los males de España, pero nada
hace para remediarlos. (En la foto congelamos el momento: discuten, en la librería, Zaratustra, Gay
Peregrino, Max y don Latino; los actores: Francisco M. Sánchez, Antonio Pérez
Boj, Alejandro Blanco y Juan A. López Jordán. Foto Miss Flamingo).
—Gente llana del pueblo. Desde un principio, el lugar de reunión de la gente llana es la taberna de Pica Lagartos (LB, 3): el coime de la taberna, un borracho... a quienes interesa la política, pero se muestran inactivos. Otros asumen el papel de héroes anónimos: por mártires y por ser los portavoces de la esperanza en la resistencia –la Madre del niño muerto (LB, 11), como el Preso, antes, o, finalmente, el Albañil. Emocional y teatralmente, la Madre con el niño muerto asemeja una Pietà, pero es una madre con cierto coraje: recurre al grito, al insulto descarado y trágico. Tanto el Preso como la Madre, al menos, son aparentes desajustes de lo esperpéntico; aquí sí hay tragedia: «Me ha estremecido esa voz trágica», se conduele Max (LB, 11). El Preso se enfrenta a la sociedad dominante con sus nobles valores solidarios y su lucha activa; la Madre reclama justicia y está dispuesta a morir por sus ideales. Hay denuncia, sí, pero Luces de bohemia no es un teatro de tesis y no plantea tampoco una receta para solventar el problema de España de hace un siglo.
—Lumpen y prostitución.
Importancia en la atmósfera de la bohemia nocturna más rastrera tiene el mundo
de la prostitución. La vida ligera no se muestra alegre, sino dolidamente
taciturna y desesperada por sobrevivir: desde la Pisa Bien (y su chulo, el Rey
de Portugal) hasta las rameras (la Vieja Pintada y la jovencita Lunares). No
obstante, la Pisa Bien esconde en su persona una activista que dice haber
matado a un paramilitar de Acción Ciudadana. (La Cotillona o Vieja Pintada
–Amparo Moreno Viudes– se lleva a don Latino al huerto. Foto Miss Flamingo).
—Grupo de Epígonos Modernistas. «El cotarro modernista» (LB, 7) tiene a un portavoz más definido: Dorio de Gádex, «feo, burlesco y chepudo» (LB, 4). El joven Dorio recrimina al pueblo, por inculto, y se considera un aristócrata sencillamente por ser poeta. Max se enfrenta a él en varias ocasiones, puesto que Max se siente «pueblo», y no aristócrata: he ahí la diferencia; por ello lo insulta un par de veces («botarate», «idiota»). El contraste de las metáforas aducidas es desenmascarador –Dorio se siente aristócrata y, por ende, antiburgués y adversario de lo popular; Max sublima la rebeldía contra la injusticia y la explotación–:
Dorio: ¡Maestro, usted no ha
temido el rebuzno libertario del honrado pueblo! [14]
Max: ¡El épico rugido del mar![15] ¡Yo me siento pueblo! (LB, 4).
La vulgaridad del grupo, tratados
como peleles, es puesta en solfa con el nombre de Buñolería (Buñolería
Modernista): un lugar donde se hacen churros, deprisa y sin refinamientos –como
sus versos–, un lugar con olor apestoso a aceite quemado. Este grupo corea o
cacarea las ingeniosidades de Dorio de Gádex. Son recriminados por Max
Estrella, que los asocia a algunas vanguardias, como la de los ultraístas –unos
«farsantes»–.[16]
(En la imagen, Dorio de Gádex –Pablo Vílchez– posa sus pies sobre la mesa del escritorio.
Foto Miss Flamingo).
—El Preso. El Preso Mateo es «un
obrero barcelonés [de la industria textil] que representa en su dramática
situación a todo un proletariado regional y que habla inspirado por una
conciencia de clase (...)»[17]; Mateo dispone de datos
«sobre el concepto marxista de revolución, que sólo puede haber obtenido en un
medio abundante de propaganda y proselitismo (...) tipo mixto de revolucionario
de fondo anarcoide, pero con importantes implicaciones marxistas». El personaje
está basado en el anarquista sabadellense Mateo Morral Roca (1860-1906),
conocido de Valle-Inclán[18].
Teatralmente,
en escena vemos por primera vez (LB,
6) algo cosificado («un bulto de un hombre»), y, posteriormente, con técnica
expresionista de contra-oscuro, especifica la acotación: «Bajo la luz se le ve
esposado, con la cara llena de sangre»). No parece ser un fantoche: se produce
en esta escena un instante de tragedia realista. Cuando toma la palabra, el
Preso se presenta como «un paria». Al principio de la escena, el Preso es
receloso, porque Max viste chalina y su manera de hablar es «como de otros
tiempos». Max se quita su corbata y se nivela[19];
le confía que es «un poeta ciego» y confraternizan, ya que «poetas y
proletarios son víctimas ambos de la misma explotación burguesa capitalista»;
así lo declara el Preso: «En España, el trabajo y la inteligencia siempre se
han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero». Mateo[20],
con unos treinta años, cuenta que ha sido acusado de rebeldía por no querer
alistarse a la guerra de Marruecos y por alzar un motín en la fábrica en la que
trabaja. Valle había declarado en Cuba, en 1921: «¡Ah Marruecos! No solamente
es un asunto perdido, sino que es lo que traerá la revolución a España»[21],
una España que carece de hombres preparados para la guerra y que no dispone de
erario público para sufragar los gastos de una acción bélica como aquella en el
norte de África.
Tras escuchar al Preso, Max lo
elogia: «Solamente los obreros catalanes aguijan su rebeldía con ese denigrante
epíteto. Paria, en bocas como la
tuya, es una espuela. Pronto llegará vuestra hora». La circunstancia dramática
de la escena lo ha convertido en un héroe: es un obrero consciente y activo;
alguien que se toma en serio la tragedia y que quiere combatirla. (En el centro
de la imagen, en la prisión, el guardia, encarnado por José Miguel Toro).
Max entra en éxtasis y él mismo, cual demiurgo, desea cambiar la realidad y cambia el nombre de Mateo, al que bautiza como Saulo [Pablo]: quiere trascender; no le interesa Mateo Morral como trasunto, le incumbe trascender su significado. La referencia es bíblica –y la conocemos también por el hermoso cuadro de Caravaggio–: En el camino de Damasco, Saulo de Tarso perseguía, por mandato judío, a los cristianos; un rayo lo descabalga y lo deja ciego; pero, tras escuchar la voz divina («Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»), se convirtió y entró a formar parte de los predicadores de la palabra de Dios a los gentiles. Lo curioso, en Luces de bohemia, es que quien cae del caballo –el pueblo diría del burro– no es Saulo/Mateo, sino Max: es Max quien ha recorrido metafóricamente el camino de Damasco esa noche, o lo está recorriendo: hasta entonces era, como los demás, «intelectuales sin dos pesetas» (LB, 2), que vivían de espaldas a la tragedia de España, a la tragedia de la calle.
—Don Filiberto. Es el redactor jefe del diario El Popular (LB, 7). Representa la clase periodista que no se compromete por
nada, vendida al halago y a los intereses políticos hasta hacerse represora. (En
la imagen, encarnado por Javier Nieto Roca. Foto
Darío Pérez. TorreviejaOn).
—Ministro. Presentado como fantoche: «con la bragueta desabrochada» (LB, 8), después de que haya salido un Ujier «abotonándose los calzones». Amigo de juventud de Max, aficionado a la poesía, fue antiguo bohemio e incluso novio de la hermana de Max: supo medrar en política y progresar a base de favores: la práctica favoritista hace que ayude a Max con un sueldo ilegal del fondo de Reptiles. Pero el grotesco y simplón ministro no capta lo más evidente de la realidad; ve menos que el ciego Max: ¡No se entera! El uso de la ironía delata superioridad intelectual y aquí, sobre todo, moral.[22]
Max: El
mundo es mío, todo me sonríe, soy un hombre sin penas.
El ministro: ¡Te envidio!
Max: ¡Paco, no seas majadero! (LB, 8)
—Rubén Darío. Tanto en la vida
real como en el personaje de Luces,
Darío es el sumo sacerdote de la poesía modernista: para Max Estrella «¡Es un
gran poeta!» (LB, 9), pero don Latino
destaca del nicaragüense su fracaso personal: «Allí está, como un cerdo
triste».[23]
Darío, a pesar
de practicar la bohemia –de una forma elitista–, se jactaba de odiarla por
considerarla obsoleta y vulgar, recordándonos Gómez Carrillo el enojo de Rubén
en una ocasión en que le llamaron bohemio: «¡Bohemio yo! –gritaba con tono
fiero el autor de Azul–. ¡Pues no
faltaba más! Los bohemios no existen ya sino en las cárceles o en los
hospitales... En nuestra época, los literatos deben llevar guantes blancos y
botas de charol porque el arte moderno es una aristocracia».[24]
Darío, en Luces de bohemia, contrasta con Max. Al ver que se acerca a él, en el Café Colón, se apena –hace un mohín– y lo repudia (LB, 9), pues se considera de clase social más elevada. Darío pasa por ser poeta excelso, de fama y dinero –simboliza el éxito literario–, por ello puede estar en el selecto Café Colón bebiendo el caro ajenjo; a Max ya lo conocemos como uno más de la poetambre bohemia, que bebe «morapio», tintorro o vino de la casa. El Café Colón, ahora que Max puede pagar unas buenas consumiciones, representa la nostalgia de tiempos felices de antaño en París –aquellos tiempos azules de vino y rosas... y versos–, que en esta especie de alucinación se va a convertir en el consumo del «rubio champaña», el vino espumoso francés por excelencia, francés y caro.
—El Albañil. Es un personaje sin nombre propio: representa la clase social baja y trabajadora. Es una pieza destacada del personaje colectivo, una voz de la coral que no puede ser tratada grotescamente por el dramaturgo, porque su dignidad no tolera la represión sin protestar.
—Basilio Soulinake. Médico
extranjero que cree casi histéricamente que Max puede estar en estado
cataléptico y no muerto. Al parecer, esta ocurrencia procede de una anécdota
atribuida a Ernesto Bark, amigo de Valle: Bark, en el velatorio de Sawa, entre
empujones y desacatos, puso un espejo al cadáver para comprobar si lo empañaba
con su boca o con su nariz. Bark, al leer este suceso en Luces, se enemistó con Valle. (En escena vemos a este personaje y a
la señá Flora, la portera: Héctor Lucas y Emma Pérez Beviá,
respectivamente. Foto Darío Pérez. TorreviejaOn).
—El marqués de Bradomín.
Valle-Inclán rescata un personaje de su propia obra literaria: el marqués de
Bradomín –inspirado en el general granadino carlista Carlos Calderón– era el
protagonista de las cuatro novelas de Sonatas
(1902-1905). El personaje de Bradomín que se hereda en Luces (sólo en una de las postreras escenas: LB, 14) había sido caracterizado como «cínico, descreído y
galante», «un donjuán (...) feo, católico y sentimental». Viene a tener, en la
ficción de ahora, casi cien años: interesa a nuestra obra porque aporta un
renacimiento, una recuperación interartística y fantasiosa, y un conversador
(conservador) para colocar el contrapunto a la acción y al pensamiento de Rubén
Darío y tratar con calado humano sobre la muerte y el arte no efímero.
Los egregios personajes, Rubén Darío y Bradomín, cuando comparecen el día del entierro de Max, parecen reírse de los dos sepultureros, al modo en que Max se mofó del capitán Pitito. Bradomín pregunta socarrón y casi ofensivo: «¿Ni siquiera habéis oído hablar de Artemisa y Mausoleo?» (LB, 14). ¡Por supuesto que no! ¡Son trabajadores, de los que cavan, con mucho cuidado de no ser ellos cultivados! Pero, en la realidad del personaje de Luces, Bradomín es otro poetambre bohemio, «completamente arruinado», que, a pesar de todo, no sucumbe: quiere ganar dinero sin renunciar a la literatura: quiere publicar sus Memorias si encuentra editor-bandolero (o, claramente, editor-ladrón) que lo explote.
La angostura del tiempo: una noche sin estrella
Ya hablamos
del tiempo histórico. Destacamos que en Luces
de bohemia concurren muchas referencias y alusiones históricas con un
anacronismo intencionado: se mezclan hechos que abarcan un amplio período:
desde el desastre de 1898 (con menciones de Cuba) hasta 1924 (con menciones
históricas como la Semana trágica, 1909, o el nombramiento del general Basallo
como académico de la RAE, en 1923). Ya dejamos constancia de que Valle pretende
crear un ambiente histórico caracterizado por el declive y la miseria económica
y moral.
Nos incumbe
ahora tratar del tiempo dramático. El tiempo en la historia contada en el
escenario avanza de modo lineal. Tan sólo en dos ocasiones se produce una
posible simultaneidad poco significativa: LB,
6 y 7, escenas del calabozo y de la redacción del periódico, y LB, 7 e inicio de la 8, la escena que
comienza en la secretaría del ministerio de Gobernación.
Los efectos de
iluminación crean una atmósfera dramática de trascendente importancia en esta
obra: luces y sombras de bohemia. Aunque predominan los ambientes oscuros, la
gama de luces o tenues luces es amplia: oscuridad, sombra, penumbra, niebla,
tiniebla... y claroscuros que conducen a luz atenuada de acetileno, luz de
candilejas, mixto, farol, lámpara, la luz de la luna o una vela. Cuando leemos
la obra, casi siempre imaginamos una dominancia de lo gris, gris como el frío
de otoño. No obstante, hay cromatismo para lograr efectos que el cine no podía
conseguir, pues sólo se rodaba entonces en blanco y negro: el teatro podía
aportar colorido con efectos fílmicos de primeros planos o primerísimos
primeros planos (el rojo de la cara ensangrentada del Preso, LB, 6; «De la oscuridad surge la brasa
de un cigarro... (...) El farol de un sereno...», LB, 10).[25]
El drama
transcurre en un día: desde la hora crepuscular hasta el atardecer del día
siguiente. Es un tiempo comprimido: una concentración temporal que Valle había
denominado «angostura del tiempo» y que cobra una dimensión simbólica, pues en
un día se sintetiza la vida humana. Max Estrella da comienzo a un via crucis, a un descenso a los
infiernos en un día: en realidad, son unas doce horas (hasta que llega su muerte):
digamos desde las 6 de la tarde a las 6 de la mañana (de LB, 1 a 12).[26] Todo lo que vive ese día
último le sirve al poeta ciego para estimular una toma de conciencia y para
retratarse como canalla y para poder redimirse.[27]
La alteración deformante del tiempo permite al autor mezclar estaciones y que parezca que es primavera y otoño a la vez. Quizás un nuevo guiño al título del poema rubeniano «Canción de otoño en primavera»: otoño asociado a la «hora crepuscular»[28] (LB, 1) del leit motiv repetido por Darío: «Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!».
Espacio: cuadro de luces
Valle-Inclán
sabía que, en teatro, era prioritario crear un espacio, un espacio dramático
–en uno o múltiples escenarios– y que de ahí se crearía la situación. El espacio
que crea Valle para Luces de bohemia
es un Madrid de miseria: un Madrid urbano «absurdo, brillante y hambriento». El
miserabilismo domina cada uno de los espacios: inunda desde la escena I:
«guardillón con ventano angosto... hombre ciego... mujer... triste y
fatigada...», ¡«lleno de sol»!, o sea, caluroso:[29]
«Aquí hace un calor de horno», se queja Max. Y sigue en todos los ambientes
recreados: la librería de viejo de Zaratustra, es decir, la librería de segunda
mano (de libros usados), es una «cueva» en la que «hacen tertulia el gato, el
loro, el can y el librero», que resulta un ser «abichado» (LB, 2). A ese ambiente nocturno pertenecía la bohemia: artistas sin
dinero y parias sin apenas ganancia, que se reúnen en tabernas y ambientes de
baja estofa, donde no se gasta ni en luz.
Max Estrella
se convierte en Max Resplandeciente cuando la escena se llena de luz, en
contraste con la penumbra habitual en la obra: esto sólo ocurre en la escena
del Café Colón (cuando coincide Max con el maestro Rubén Darío, LB, 9).
Las quince
escenas tienen lugar en trece espacios bien diferenciados.[30]
Es un retablo del Madrid profundo y nocturno: un auca de ciego, en el que se
denuncia que la miseria material y moral de España no escapa de casi ningún
ambiente.
Podemos distinguir entre espacios cerrados y espacios abiertos. Predominan los espacios cerrados: además de crear ambiente sórdido y represivo, agobiante y patético, la oscuridad del lugar, sabemos, simboliza la oscuridad intelectual, moral y económica de España.
Cinco, de las quince escenas, transcurren en espacio abierto: cuatro en la calle, andando casi siempre, y una en el cementerio, asimismo desplazándose los personajes. Son las escenas en las que se vive la lucha de clases de manera conflictiva: ya mencionada, ya aludida-eludida (LB, 2 y 3).
La
segunda acción del drama, la histórica, sólo aflora en las escenas VI y XI (y
se avanza sutilmente en la II), es decir, en las tres escenas añadidas en la
edición de 1924; en otras escenas, se diseminan detalles en el decorado o en la
ambientación que son indicios de refriegas: faroles rotos (LB, 4), cristales en el suelo, ventanas y puertas cerradas (el
tabernero baja las persianas para que no entre el tumulto, LB, 11). Al patetismo de los ambientes cerrados se suma la
crispación (los gritos y disparos), la agonía (y la muerte), el desorden. Son,
todos, ambientes degradados, propios de la explotación. (En la imagen, la
taberna de Pica Lagartos, representado por Eliseo Pérez, en el centro de
la escena. Foto Miss Flamingo).
El Café Colón,
con buenas luces y ambiente alegre y lujoso (LB, 9), contrasta con la penuria generalizada. Es el lugar de
encuentro de los maestros Max y Rubén Darío. Max Estrella se convierte en Max
Resplandeciente: es el momento del recuerdo evasivo del pasado y del lejano
París, la ciudad de la luz y el arte; en el bar se impone optimistamente «aquel
triple ritmo»: música, humo y luces, y, sobre todo, dinero (y lujo). El Madrid brillante adquiere valor porque
contrasta con el Madrid hambriento.
La escena IX es una especie de nueva alucinación, a la que nos va a acostumbrar
Max Estrella en la obra cuando quiere evadirse y respirar aires de ilusión. En
escena se produce la oposición entre el éxito de Rubén y el fracaso de los otros
bohemios del modernismo (y de Max): el nombre de Modernistas es el que se le ha
puesto a una buñolería (LB, 4): lugar
zafio, vulgar, cutre, apestoso, al que acuden las turbas modernistas
decadentes; el Café Colón, de nombre ilustre y proyección ultramarina
(internacional), es lugar elegante y exquisito. Ahora bien, en uno y en otro,
la degradación, por ridiculización, de personajes y situaciones es similar.[31]
Sin duda, Madrid es la versión grotesca del luminoso, alegre y modernista París de principio de siglo xx y de los felices años 20 del Charleston. Max, lúcido, se emociona en una de sus alucinaciones: «¡Hay que renovar aquellos tiempos!» (LB, 1).
Puesta en escena: otros elementos
«Un artista
debe imponer las normas que tenga. Y, si no tiene público, crearlo. De mi
primer libro pude vender cinco ejemplares».[32]
Valle es el
gran renovador del teatro del siglo xx,
pero sus propuestas constituyeron un reto y un riesgo para directores, actores
y empresarios teatrales. Se adelantó a su época; sus exigencias fueron
excesivas –efectos especiales de iluminación, cambios escenográficos
vertiginosos, mezcla de guiñoles, títeres o máscaras, en un complejo trabajo
actoral no realista–. Hubo que esperar al tardofranquismo (a partir de 1969)
para recuperar los esperpentos, que basaban su contenido en la denuncia social,
en la justicia y en el sentido ético; pero lo más relevante era su proyecto
dramatúrgico, un teatro perspectivista: «una superación del dolor y la risa».
Por ello el esperpento conecta con el teatro épico del que teorizará Bertolt
Brecht para explicar el distanciamiento en la percepción de los dramas y el
despertar de la conciencia del espectador: un teatro a base de cuadros como
fragmentación de la realidad y con una puesta en escena que partía del expresionismo
y alcanzaría propuestas experimentales.
El teatro ha
de leerse como si fuéramos directores virtuales de escena: hay que poner en
imaginación escénica la lectura; hay que leer incorporando, a nuestro criterio,
todos los signos escénicos. Además del puro trabajo actoral (mímica, gesto y su
declamación: tono, inflexiones de voz, etc.), hemos de tener en cuenta
movimiento (expresión corporal y proxémica), maquillaje, peinado y vestuario,
decorado, iluminación, accesorios (o atrezzo), música, sonido y efectos
especiales. Todo esto, combinado, es lo que se emplea en una representación
teatral. A ello es preciso añadir el estilo de la puesta en escena: y la puesta
en escena de un esperpento no es la actuación realista del Actor’s Studio a la
que nos tiene ahora acostumbrado el cine y la televisión. Ya en la época de
Valle-Inclán se teorizaba sobre la reteatralización:
no bastaba con un texto dramático (la parte literaria) bueno; el teatro no sólo
era palabra: el teatro siempre ha sido espectáculo: y en él intervienen no solo
el autor y el actor, sino también el director de escena, el decorador o
escenógrafo, el compositor de música y de efectos especiales...
Merece recuperar una misiva de Valle al director de teatro Cipriano Rivas Cherif en esta época (12 de diciembre de 1922):
Querido Cipri:
...Dentro de mi concepto [de teatro]... lo inflexible es el concepto
escénico. Advenir las tres unidades de los preceptistas, en furia dinámica;
sucesión de lugares para sugerir una
superior unidad de ambiente y volumen en el tiempo; y tono lírico del
momento total, sobre el tono del héroe. Todo esto acentuado por la
representación... [y un] actor de comedias. [El realce es nuestro]
Hay que luchar con el cine:[33]
esa lucha es el teatro moderno.
Tanto transformación en la mecánica de candilejas como en la técnica
literaria. (...) quisiera que toda reforma en el teatro comenzara con el
fusilamiento de los Quintero. (...)
Sin un gran pueblo, imbuido de comunes ideales, no puede haber teatro [porque es un arte colectivo y de sociedad] (...) Primero el honor caballeresco, después don Pedro Calderón.
Veamos algunos ejemplos en Luces de bohemia. El carácter hierático de Max Estrella (ciego) confiere majestuosidad a su figura, pero, en ocasiones, se ridiculiza como ocurre al tocar fondo en el fondo de Reptiles (LB, 8): así en el gesto de Max como un Cristo crucificado que es abrazado (¡abrasado!) por el ministro «con un arranque de cómico viejo»), y que contrastará con el abrazo tan diferente entre Max y el Preso (LB, 6) en el calabozo. Dario de Gádex se caracteriza por su ridículo histrionismo: «saludo versallesco» (LB, 4), don Filiberto, el periodista, por la «pantomima de cabeceos, apartes y gritos» (LB, 7), don Latino es teatralmente un pelele cuando es agarrado por Pica Lagartos «por el cuello del carrick (...) en el umbral de la puerta» queriendo huir y puesto casi en el aire: «Don Latino guiña el ojo, tuerce la jeta, y desmaya los brazos haciendo el pelele» (LB, 15). En dos ocasiones, recurre Valle-Inclán a una especie de travelling con una focalización de tenue color azul –lo que luego sería la noche americana– para acompañar en su paseo a los personajes: así, especialmente, en los díálogos peripatéticos de Rubén y Bradomín que «vienen paseando y dialogando (...) y caminan lentos» (LB, 14).
Mucho luces en Luces de bohemia: estiloso idioma
El lenguaje es
elemento capital de la técnica del esperpento: «Toda mudanza substancial en los
idiomas es una mudanza en las conciencias», defendía el incansable
experimentador de las nuevas formas en el lenguaje que era Valle-Inclán: «Los
idiomas son hijos del arado. De los surcos de la siembra vuelan las palabras
con gracia de amanecida, como vuelan las alondras. (...) Los idiomas nos hacen,
y nosotros hemos de deshacerlos. Triste destino el de aquellas razas encerradas
en el castillo hermético de sus viejas lenguas, como las momias de las remotas
dinastías egipcias, en la hueca sonoridad de las Pirámides», rezaba el
Valle-Inclán de La lámpara maravillosa
(1916).
Valle domina la
lengua: «Como los acontecimientos en la obra, la lengua que la sirve se hace
noble o se acanalla, se dignifica o envilece a medida que los hechos lo
precisan; los matices del habla de sus personajes en cada momento están
traduciendo con asombrosa exactitud los sentimientos y pasiones que lo dominan»[34].
El estilo para Valle sigue siendo el que aprendió en su etapa modernista:
«ayuntar dos palabras por primera vez», para lograr lo que Amado Alonso
denominó imagen lateral: «imágenes
que nacen no de toda la idea, sino de uno de sus lados». Lo que en sus primeros
años –modernistas– fue amalgama que dotaba a las cosas «vaguedad y encanto
poético», ahora, con la deformación esperpéntica, el uso de la pedantería junto
a vulgarismos, del lenguaje elegante junto a deformaciones de expresiones
habituales, logra convertir la atmósfera de la acción y los personajes en
ridículos, en caricatura y en fantoches humanos. Y es que, como Zamora Vicente
(1969: 138) sentencia, «La deformación idiomática es el gran brillo, el prodigio
permanente del esperpento».
¿Cómo cala lo esperpéntico en la
lengua de Luces de bohemia? En primer
lugar, con la distinción del decoro en
los personajes: cada uno habla de una manera muy singular. Luces de bohemia es un texto polifónico, de una viveza en el diálogo inaudita por su
frescura y profundidad. En segundo lugar, predomina la manipulación de lo pedante, cursi, hiperliterario o redicho. En
tercer lugar, hay mezclas de niveles en el lenguaje: registros híbridos de popularismos (madrileñismos, argot,
gitanismos...) y de un estilo próximo a lo gregueresco[35] y
al quiebro paródico del donaire literario, rozando lo cursi, siempre con
intención irónica. Lo que para Pío Baroja era «hablar en cínico y en golfo» sin
que escandalizara en aquella sociedad, Valle lo incorpora al lenguaje de la
literatura para, como decía Unamuno, «chapuzarse de pueblo». El uso del habla
popular, con fines paródicos, achulada a
lo pollo (según Baroja) conduce a un efecto similar al del desgarrón afectivo de Quevedo» (en palabras
de Dámaso Alonso). (En la imagen el capitán Pitito –Javier Nieto– a caballo.
Foto Miss Flamingo).
De aquí, por ejemplo, las antítesis populares que pregonan con ironía cambios de percepción de la realidad: un torero es un «intelectual», una buhardilla mugrienta es un «palacio», un desharrapado mendigo, un pordiosero o un bohemio es un «capitalista» o un «banquero», el que no tiene ni para comer es un «intendente», una mujer de vida alegre y licenciosa es la «marquesa del Tango». Es grandilocuencia de lo soñado, que queda en grotesca imaginación y que pasa a la lengua: un recado se convierte en todo «un memorial» para la Pisa Bien («traigo para usted un memorial de mi mamá» (LB, 3), cuando memorial significa ‘instancia que contiene méritos y motivaciones para lograr lo solicitado’)[36] o cuando ésta se atreve a emplear palabras que sólo puede haber oído por el uso periodístico: «por algo es una la morganática del Rey de Portugal», donde morganática se refiere a ‘una persona de estirpe o linaje real que contrae matrimonio con otra que no lo es’ (pero es que ella es ramera y él, su chulo). La conjunción de lenguaje fino y lenguaje rudo en un mismo personaje o en una secuencia del diálogo caracteriza toda la situación y a sus agentes:
La Pisa Bien: ¡Calla, bocón! (...) ¡No introduzcas la pata, pelmazo! (LB, 3)[37].
O la confusión ridiculizadora (sarcástica) asimismo del uso con errores de latinajos en el coloquio más presuntuoso (en un sencillo saludo):
Don Gay: ¡Salútem plúrinan! (LB, 2)[38].
(donde el pedante Gay marra la voz latina: dice *plúrinan donde debió decir plúrimam).
De todos los
ejemplos que vamos vertiendo se colige que Valle es maestro en la
caracterización lingüística de sus personajes. Con muchos efectos de hibridismo
de niveles idiomáticos, el lenguaje se retuerce y caracteriza a cada uno de los
personajes, si bien podemos clasificarlos en bloques sociales:
a) personajes que se presentan
como exquisitos y literatos: Rubén, Bradomín, y, a veces, Max e incluso Dorio
de Gádex[39]
b) personajes que aspiran a ser
literatos y recurren a una oratoria decimonónica: Dieguito, don Filiberto el
periodista[40]
c) clases populares, especialmente, las prostitutas y la gente que frecuenta la taberna: la Cotillona (vieja pintada), la Lunares
Max Estrella es
el personaje que con más frecuencia incluye menciones mitológicas en su discurso: «el regalo de Venus», «un
desagravio a la diosa Minerva» (LB, 8), «para la otra ribera de la
Estigia» (LB, 9).
Los vulgarismos de la clase popular son
bastante frecuentes: «que entoavía vive» (dice el Chico de la taberna, LB, 3), «Ya nos ajuntamos los tres»
(Pisa Bien, LB, 4), «¡Tienes el
hablar muy dilustrado!» (Vieja Pintada, LB,
10), «¿Cuála?» (la Lunares, LB, 10).
Para disimular la vulgaridad o la expresión tabú por ordinaria, se procede al eufemismo por deformación fonética o al
eufemismo léxico en algunas ocasiones (por ultracorrección de frase soez o
malsonante): «¡Me caso en Sevilla!» (por Me
cago en..., LB, 5), «Dejar que te
comas el pan de higos», «¡Mira qué limpios llevo los bajos!» (para referirse a
lo mismo, LB, 10). Otro rasgo del
registro popular es la forma apocopada:
«la Delega[ción]» (LB, 4), «Don
Latí[no]» (LB, 15) y otros: La corres[pondencia de España], la
propi[na], un pipi[olo], la preven[ción]...
Otro rasgo que busca atenuar la tensión del inicio del drama es la deformación del castellano en boca de Madama Collet, francesa que no domina el castellano: se produce un contraste entre lo patético y lo cómico: «¡Oh *sería muy bien!» (por estaría muy bien, LB, 1), «Yo estoy *incierta» (por tengo dudas, LB, 13).
La ironía, el
sarcasmo, el contraste y el humor son los principales recursos que utiliza
Valle para esperpentizar la injusta realidad que percibe en su entorno.
Una manera de
ridiculizar al personaje y a la situación que se menciona consiste en los
desajustes y la desproporción de la
reiteración: la repetición de la exclamación «¡Admirable!» en boca de Rubén
lo deja como figura parodiada[41]; «el finado difunto» de
La portera (LB, 13); o la comparación burlesca de «gloria
nacional de Huesca» (para vituperar al cacique Manuel Camo, dicho por Pica Largartos,
en LB, 3) cuando acaba de decirse
«Castelar representa una gloria nacional de España» (Pisa Bien, en LB, 3).
El uso
continuado de la ironía marcará las
enormes diferencias culturales entre la bohemia, imaginativa, culta, elitista,
y el resto de los personajes. Los comentarios irónicos estarán casi siempre en
boca de Max Estrella, don Latino y los Modernistas, los únicos personajes que
poseen las luces de la inteligencia. Sin embargo, Dorio de Gádex esperpentiza:
«A Usted y a mí nos rezuma el ingenio, don Filiberto. En el cuello del gabán
llevamos las señales» (LB, 7)[42]
Valle declara «primer humorista de España» a Alfonso XIII: este remoquete se debe al afán del rey de nombrar y nombrar (en unos 20 años, de 1902 a 1923) hasta 30 presidentes del Consejo de ministros, como si valieran y no valieran de inmediato: los nuevos nombramientos eran vistos por la sociedad como peleles insolventes que probaban la silla caliente de la presidencia, y provocaban la burla por su ineptitud. El humor, en un drama tan patético y grotesco, aliña toda la obra: hay humor verbal (por lo que dicen o dialogan los personajes) y humor de situación (por la ridiculez de lo que se presencia). Y, con asiduidad, emerge el humor negro por doquier. Veamos algunos ejemplos:
—El absurdo de la lógica, por
carecer de relevancia comunicativa: «No está visible» (LB, 8) dice el secretario del ministro a Max, que es ¡ciego!
—Lo inesperado, a modo de chiste
hilarante, pronunciado con las pausas oportunas en el diálogo: «¿Nuestro gran
poeta estaría curda?», insinúa malintencionado don Filiberto (LB, 7), o en este coloquio de apariencia
realista (LB, 6):
Max:
¿Quién eres, compañero?
El
Preso: Un paria. [Se supone una
pausa y un gesto de cabeza de Max]
Max:
¿Catalán?
—La cita impropia e inadecuada al
decoro del personaje. Al ademán de «Niño, huye veloz» (LB, 3) para dar a la caza alcance[43],
el Chico de la taberna responde: «Como la corza herida», de resonancia
sanjuanesca.
—Las verbalizaciones del loro, en
la cueva-librería de Zaratustra, y del «chico pelón, [que irrumpe unos
segundos] montado en una caña, con una bandera» (LB, 2): «¡Vi-va-Es-pa-ña!», provocadoras de risas, y que rompen con
la tensión o el tono burlonamente joco-serio de la situación.
—La anfibología, cuando Claudinita
anuncia la aparición de don Latino, borracho, en el velatorio: «Viene a dos
velas», y Dorio apuntilla: «Para el funeral. ¡Siempre correcto!» (LB, 13), donde a dos velas significa tanto borracho (esto es, que casi no se ve,
como si fuera a dos velas) como que se ha presentado con dos velas, tal como
quiere presuponer el socarrón Dorio de Gádex.
—La recreación de una nueva voz
sobre sufijos improcedentes. Don Latino impreca al tabernero Pica Lagartos:
«Tengo dinero para comprarte a ti, con tu tabernáculo» (LB, 15), donde la taberna
de Pica Lagartos (un taber-nucho) se ha convertido por mor de la palabra
grotesca en tabernáculo[44].
—Situaciones extremas ridículas:
así hay que imaginar e interpretar la escena XIII, con el empecinamiento por
parte de Basilio Soulinake de que Max no está científicamente muerto, sino que
sufre una posible catalepsia, y la escena XIV, en la que se ridiculiza el
entierro de Ofelia en Hamlet al
cambiar a los pensadores de la tragedia de Shakespeare por dos ignorantes
sepultureros: «¿Serán filósofos como los de Ofelia?», inquiere el marqués de
Bradomín al ver las sombras negras de los trabajadores del camposanto. (Velando
el cuerpo yacente de Max Estrella. Foto Darío Pérez. TorreviejaOn).
Teatro para leer. Las acotaciones
Las acotaciones en Luces de bohemia son extremadamente literarias y sugerentes: suponen un valor artístico infrecuente. Cumplen una doble función:
—Función representativa/conativa
de la didascalia convencional: orientaciones y descripciones del dramaturgo
dirigidas a la representación, esto es, al director, a los técnicos creativos y
al elenco actoral del espectáculo:
«La Pisa Bien
se apresura a echarle la zarpa» (LB,
3), [Don Latino] «Guiña el ojo, tuerce la jeta y desmaya los brazos como un pelele»
(LB, 15)
—Función estética como texto
literario: las didascalias son pura literatura expresionista-esperpéntica:
·
Textos líricos, más amplios de lo habitual,
rebosantes de metáforas que narran como si de una suerte de plano-secuencia se
tratara (así la escena XII, la de la muerte de Max) o describen una atmósfera:
«Las sombras y la música flotan en el vaho, y en el lívido temblor de los arcos
voltaicos. Los espejos multiplicadores están llenos de un interés folletinesco.
En su fondo, con una geometría absurda, extravaga el Café. El compás canalla de
la música, las luces en el fondo de los espejos, el vaho de humo penetrado del
temblor de los arcos voltaicos cifran su diversidad en una sola expresión» (LB, 9).
·
Textos poéticos para leer: no se debe caer en la
tentación de intentar plasmar el sentido realista de la didascalia, porque se
trata de una evocación para crear ambiente dramático. ¿Cómo representar, por
ejemplo, estas didascalias: «Se oye una escoba retozona» (LB, 1), «La cara de tocino rancio y la bufanda de verde serpiente»
(LB, 2), «Dorio de Gádex (...) abre
los brazos, que son como alones sin plumas» (LB, 4), «El grillo de un timbre rasga el silencio» (LB, 7), «De repente el grillo del
teléfono se orina en el gran regazo burocrático» (LB, 8)?
·
Textos de estilo expresionista nominal (sin
verbo o sin estructura partida de sujeto y predicado), bimembraciones o
trimembraciones, frecuencia de adjetivos y asíndeton (con muchas pausas mayores
de punto y seguido, y frases breves): «Una calle del Madrid austriaco. Las
tapias de un convento. Un casón de nobles. Las luces de una taberna. Un grupo
consternado de vecinas, en la acera. Una mujer, despechugada y ronca, tienen en
los brazos a su niño muerto, la sien traspasada por el agujero de una bala» (LB, 11);[45]
«Faroles rotos, cerradas todas las ventanas y puertas. En las llamas de los
faroles un igual temblor verde y macilento. La luna sobre el alero de las
casas, partiendo la calle por medio. De tarde en tarde, el asfalto sonoro. Un
trote épico. Soldados romanos.
Sombras de guardias» (LB, 4)
· Textos que sugieren sensualidad más allá de lo audiovisual[46]; se da entrada a percepciones olorosas e incluso al gusto: «el aroma del ajenjo» (LB, 9), «el perfume primaveral de las lilas embalsama la humedad de la noche» (LB, 10)
Del vestuario, entre otros signos teatrales, cabe destacar la prenda de abrigo como símbolo de poderío, aunque estuviera demodé: Max lleva capa española; don Latino, un macferlán (sin mangas). El bastón indicaba elegancia, por eso quizás Max pide a su hija Claudinita, en la primera escena, su «palo»: un bastón degradado.
Puestas en escena de Luces de bohemia: la puesta de largo
Luces de bohemia ha sido considerada
como una de las obras cumbre de nuestra historia teatral. Sin embargo, no fue
llevada a las tablas en vida de su autor. Sólo subió a escena, en castellano,
por primera vez en un teatro comercial, en 1970, en Valencia. Las dificultades
técnicas fueron hasta entonces insuperables: el exceso de personajes era un
riesgo empresarial, si no un compromiso de pérdidas económicas, y las
exigencias estéticas del esperpento atemorizaban a muchos emprendedores, hasta
renunciar al reto. Hubo que esperar medio siglo para el estreno comercial en
España.
El estreno
mundial se llevó a cabo en París, pero en francés, en versión de Jeaninne
Worms, el 21 de marzo de 1963, en el Teatro Nacional Popular, dirigido por
Georges Wilson. Se mutiló el texto: despareció, por ejemplo, la escena completa
de la Madre con el bebé muerto (LB,
11). La escenografía se resolvió con diapositivas o transparencias proyectadas
por la trasera de un telón blanco visible desde el patio de butacas.
En 1968, en castellano, un grupo
de aficionados, el grupo Palestra, dirigido por Ramón Ribalta, representó Luces de bohemia en Sabadell (Auditorio
de la Obra Social de la Caja de Ahorros de Sabadell, 25 de febrero de 1968).
Sebastià Sellent encarnó a Max Estrella. Se leyeron las acotaciones y el
decorado se elaboró con mamparas batientes de modo que sugirieran los cambios
de ambiente (cerrados y a la intemperie de la calle), con un excelente trabajo
de luminotecnia y una original música de Agustín Ríos. Permaneció más de un mes
en cartel.[47]
El estreno comercial en España fue responsabilidad del director José Tamayo, con la Compañía Lope de Vega.[48] Se estrenó en el Teatro Principal de Valencia, el 1 de octubre de 1970, con escenografía de Emilio Burgos y música del compositor Antón García Abril. Fueron los actores protagonistas José María Rodero (Max) y Agustín González (don Latino). La gira llegó a Madrid justo un año después (Teatro Bellas Artes) y a Barcelona el 22 de diciembre de 1973, representada en el Teatro Español, con Alejandro Ulloa como Max Estrella.[49]
A los 90 años de su muerte, Valle-Inclán sigue caminando entre nosotros. Helo aquí, paseando por Recoletos, en el Madrid de 1930: al sentirlo pasar, nos descubrimos el cráneo. Gracias, maestro.
Jesucristo Riquelme,
con la valiosa
colaboración de Clara Paterna
Referencias bibliográficas
Álvarez Novoa, Carlos (2000): La
noche de Max Estrella, Barcelona, Octaedro.
Álvarez Sánchez, Carlos (1976): Sondeo
en Luces de bohemia, primer
esperpento de Valle-Inclán, Sevilla, Publicaciones de la Universidad de
Sevilla.
Aznar Soler, Manuel (2017): Iluminaciones
sobre Luces de bohemia de Valle-Inclán, Sevilla, Los Cuatro
Vientos-Renacimiento.
Basanta, Ángel (1980): El
esperpento de Valle-Inclán, Madrid, Cincel.
Bermejo Marcos, Manuel (1971): Valle-Inclán:
Introducción a su obra, Salamanca, Anaya.
Buero Vallejo, Antonio (1966): «De rodillas, en pie, en el aire», Revista de Occidente, n.º 44-45,
noviembre-diciembre.
Cardona, Rodolfo, y Zahareas, Anthony Nicholas (1988), Visión del esperpento, Madrid, Castalia.
(Ed. corregida y ampliada. 1.ª ed. de 1970).
Caudet, Francisco (2017): Introducción y edición de Luces de bohemia, de Valle-Inclán,
Madrid, Cátedra.
Doménech, Ricardo (1966): «Para una visión actual del teatro de los
esperpentos», Cuadernos Hispanoamericanos,
n.º 199-200 (julio-agosto), pp. 455-466.
Dougherty, Dru (1983): Un
Valle-Inclán olvidado. Entrevistas y conferencias, Madrid, Fundamentos.
Esteban, José (2014): Valle-Inclán
y la bohemia, Sevilla, Los Cuatro Vientos-Renacimiento.
______ y Zahareas, Anthony Nicholas (1999): Los proletarios del arte. Introducción a la bohemia, Madrid, Celeste,
Biblioteca de la Bohemia.
______ (2004): Contra el canon:
los bohemios de España (1880-1920), Madrid, Ediciones del Orto.
Fernández y González, Ángel Raimundo (1989): «Lo dramático y lo
teatral en Luces de bohemia», en Homenaje al profesor Antonio Vilanova,
tomo II, ed. de Adolfo Sotelo Vázquez y Marta Cristina Carbonell, Barcelona,
Universidad-Departamento de Filología Española.
García Sabell, Domingo (1972): «La
cara de Dios o Valle-Inclán en persona», prólogo a la edición de La cara de Dios, Madrid, Taurus.
Gómez Marín, José Antonio (1966): «Valle: estética y compromiso», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º
199-200, julio-agosto, pp. 175-203.
Hormigón, Juan Antonio (1972), Ramón
María del Valle-Inclán: la política, la cultura, el realismo y el pueblo,
Madrid, Comunicación B.
Lavaud, Jean-Marie (2013): Ramón
del Valle-Inclán. Luces de bohemia:
una revolución dramática, Binges, ëditions Orbis Tertius.
Miró, Emilio (1966): «Realidad y arte en Luces de bohemia», Cuadernos Hispanoamericanos,
n.º 199-200 (julio-agosto), pp. 247-270.
Risco, Antonio (1975): La
estética de Valle-Inclán, Madrid, Gredos.
______ (1977): El demiurgo y su
mundo: hacia un nuevo enfoque de la obra de Valle-Inclán, Madrid, Gredos.
Rubio Jiménez, Jesús (2006): Valle Inclán. Caricaturista moderno: nueva lectura
de Luces de bohemia, Madrid, Fundamentos, Colección Arte.
Sobejano, Gonzalo (1966): «Luces
de bohemia, elegía y sátira», Papeles
de Son Armadans, n.º 127, Palma de Mallorca, pp. 86-106.
Torres Nebrera, Gregorio (1994): «La matemática perfecta del espejo
cóncavo: acerca de la composición de Luces
de bohemia», en AA. VV. Ramón M.ª del
Valle-Inclán: un proyecto estético, modernismo y esperpento, Barcelona, Anthropos, n.º 158-159, pp. 79-89.
Valle-Inclán, Joaquín del (2015): «Guía de lectura» y «Glosario»,
apéndice en Valle-Inclán: Luces de
bohemia, ed. de Alonso Zamora Vicente, Madrid, Austral, ed. 59.ª, 13.ª
reimpresión, 2015, pp. 215-295.
Valle-Inclán, Ramón María del (1924): Luces de bohemia, edición
de Pedro de la Horra, Valencia, Micomicona, 2017.
Villamía Ugarte, Fernando (1994): «Max Estrella, de la redención a la
culpa», en Ramón M.ª del Valle-Inclán: un
proyecto estético, modernismo y esperpento, Barcelona, Anthropos, n.º 158-159, pp. 89-94.
Yndurain, Domingo (1984): «Luces», Dicenda, Cuadernos de Filología Hispánica, n.º 3, Madrid,
Publicaciones de la Universidad Complutense, pp. 163-187.
Zamora Vicente, Alonso (1969): La
realidad esperpéntica. Aproximación a Luces de bohemia, Madrid, Gredos.
–––––– (2015): Introducción a su ed. de Luces de bohemia, Madrid, Austral, ed. 59.ª, 13.ª reimpresión, pp. 9-32. (1.ª ed. de 1961).
[1]
La obra no contiene personaje femenino como protagonista y, aunque dos actrices
podrían encargarse de varios papeles de mujeres, era un obstáculo para una
representación convencional.
[2]
De la Madre dejó escrito Buero Vallejo (1966): «no sólo infunde piedad, sino
[también] horror trágico». Aunque la crítica ha insistido en que Preso y Madre
están libres de ser esperpénticos, puesto que representan la tragedia colectiva
y más patética, no es del todo así. El Preso cae en un lenguaje refinado e
inadecuado –dice «En ello laboramos» cuando lo esperable es sencillamente «En
ello estamos»– y la Madre, así mismo en su terrible desolación, cuando deja de
gritar (como gesticulaban los personajes del cine mudo de Chaplin o de Buster
Keaton), metaforiza hasta lo ridículo las frases que hemos resaltado
recientemente: ello sólo es comprensible o aceptable en un esperpento.
[3]
La noche de Madrid, capital y corte de las Españas, está plagada de bohemios,
crápulas y horizontales (prostitutas) que pululan buscando un quimérico
alimento para sobrevivir (Vid. la
descripción del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo en el libro III de sus
memorias, La miseria de Madrid,
Madrid, Mundo Latino, 1923, y la anterior del propio Valle en «Madrid de
noche», El Universal, México,
11-6-1892) y el día está repleto de mendigos: «la calle sin él [sin mendigo]
fuera como un rostro sin nariz. Él es su cariátide y a la vez su parásito: le
da consistencia y vive en ella» (así lo evocaba el mexicano Alfonso Reyes, «El
infierno de los ciegos», en Las vísperas
de España, ca. 1910). Cit. por Caudet (2017: 131-137).
[4]
En la escena VIII, el protagonista se hace merecedor de otro cambio de nombre:
de Máximo Estrella podría haber pasado a Mínimo Estrella. Es el momento de la
caída mortal de su dignidad.
[5]
Max es probablemente el único personaje que se da cuenta de su metamorfosis, de
su proceso de fracaso y de encanallamiento, de su conversión degradante de
héroe clásico (inteligente como Homero-Hermes) en esperpento, esto es, en
sinvergüenza y andrajoso, sin dejar de ser trágico y patético. Es presentado
por don Latino como «el Víctor Hugo de España» (LB, 5; reiterado en LB,
13 y 15), pero su habla barriobajera y su talante pendenciero delata su caída a
las tinieblas: «Y le dices que se vaya al infierno. (...) Yo hago lo que me da
la gana» (LB, 2), «¿Dónde daría con
esa golfa» (LB, 3)...
[6]
Max tiene una familia –mujer e hija– que lo protegen –Claudinita se encara a
don Latino, LB, 1): son personajes
del ámbito de la tragedia de la intrahistoria, más convencionales teatralmente,
sufridos emocional y físicamente, llenos de ternura y resignación. Todas las
mujeres del esperpento son dependientes de los varones y sometidas a ellos: el
escaparate era deprimente aún en 1924.
[7]
Así lo gritaba él mismo (LB, 11) como
acabamos de leer: «¡Canallas!» (...) ¡Todos...! ¡Y los primeros nosotros, los
poetas!».
[8]
Añadamos dos curiosidades en la comparación entre Sawa y Max. Por un lado, Sawa
fue novelista naturalista tardío, mientras que Max pasa por ser poeta
modernista. No importa: es una recreación literaria. Por otro lado, Sawa vivía
en el piso principal de un edificio de Madrid, en el más noble, más caro y más
grande, el que menos escalera necesitaba para acceder –el entresuelo o planta
principal–, mientras que Max tiene su guarida en un guardillón –en la estrecha
buhardilla casi sin ventanucos: arriba del todo–: cuanto más arriba se vivía en
un edificio, más modesta (o pobre) era la familia.
[9]
En la representación, el director podría llevar esos dos abrazos a un mismo
rincón del escenario: son abrazos distintos, pero se puede resaltar simbólica y
visualmente la traición del indigente Max Estrella. Max no es un rebelde que
toma conciencia y pasa a la acción; es un ser débil al que se le transparente
la imperfección; pierde su aparente superioridad moral al avanzar la escena
VIII y al contradecirse: «Y soy el primer poeta de España! ¡El primero! ¡El
primero! ¡Y ayuno! ¡Y no me humillo pidiendo limosna! ¡Y no me parte un rayo!
¡Yo soy el verdadero inmortal y no esos cabrones del cotarro académico!» (LB, 4).
[10]
Chanelo el sermo vulgaris: ‘Comprendo
el habla de la gente de la calle’. La primera palabra es gitanismo, las dos
últimas, latín. El capitán Pitito, a caballo, había increpado a Max y a su
séquito modernista: «¡Mentira parece que sean ustedes intelectuales y que
promuevan estos escándalos! ¿Qué dejan ustedes para los analfabetos?»; en esta
pregunta subyace, para el personaje Estrella, una doble presuposición: sólo los
analfabetos provocan escándalos o altercados callejeros, y el capitán cree que
no debe ser considerado analfabeto.
[11] Don Latino es llamado por Max, con sarcasmo, «Mi
intendente» (LB, 5). No obstante,
Max, desde el principio lo maltrata y lo insulta: «golfo», (LB, 1), «miserable burgués» (LB, 9), «inbécil», (LB, 11), «idiota» (LB,
12).
[12]
Don Latino es un taimado manejador de la lengua: se enfrenta y engaña a la familia
de Max desde el principio de la obra: «Max había dispuesto noblemente de ese
dinero» (LB, 1): noblemente por no decir canallesca
y vilmente, porque se lo gasta en vino, y en rameras si procede.
[13]
Puede verse, al respecto, el apasionado y épico filme histórico Sufragistas (2015), de Sarah Gavron.
[14]
Apréciese la animalización («rebuzno») del movimiento popular anarquista y la
ironía al decir «honrado pueblo».
[15]
Max Estrella recurre a la metáfora dignificadora y restablece el orden: rebuzno pasa a ser épico, libertario se
convierte en épico, y, finalmente, la
ironía despectiva honrado pueblo
metamorfosea en la delirante hipérbole del símbolo de la fuerza y la libertad, el mar; la animalización en Max es
meliorativa: el «rugido del mar», como si hablara del rugido del león.
[16]
Guillermo de Torre acababa de publicar en 1920 el ultraísta Manifiesto vertical: se trataba, pues,
de un chiste muy actual. Para
espantar al burgués (épater le bourgois,
en francés), Dorio de Gádex acude al lenguaje políticamente incorrecto, por
ello espeta a don Filiberto (LB, 7): «Estupro a criadas (...) las hago abortar
(...) un servidor es neo-maltusiano»: es todo un ejemplo de escandalizar con
las palabras, basándose en una idea de un pensador en boga, el economista inglés
Thomas Malthus (1776-1834), quien postuló que el incremento de población
llevaría a la falta de alimentos y a la pobreza mundial. La boutade es tremebunda (y esperpéntica en
un poeta): no vaya a pensar el periodista don Filiberto que el lírico Dorio es
un desalmado: ¡predica el aborto para no colaborar con algo tan inhumano como
no pensar en los demás!
[18]
Mateo Morral fue el activista terrorista que el 31 de mayo de 1906 arrojó una
bomba al cortejo nupcial de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de
Battemberg a la altura del actual n.º 84 de la calle Mayor, de Madrid. La
pareja real salió ilesa del atentado, pero hubo 25 muertos y más de 100
heridos. Una vez detenido, aunque, oficialmente, se suicidó de un disparo,
parece que, pericialmente, no pudo ser así con las armas que encontraron junto
al cadáver.
[19]
La chalina (‘corbata de caída ancha’) es definida por Max como «El dogal de la
más horrible servidumbre» (LB, 6),
donde dogal es, literalmente, cuerda
o soga para sujetar el cuello o para ahorcar.
[20]
El uso simbólico de los nombres propios en Luces
es constante. Mateo es el nombre del apóstol que fue asesinado por la espalda. Mateo significa ‘mano de Dios’; el Preso
juega con ello: «¿Señor poeta, que tanto adivina, no ha visto usted una mano
levantada?» (LB, 6).
[22]
No sólo los que están arriba los que no se enteran de la situación: la Portera (LB,
13) roza la mentira (más allá de la ironía), o quizás sencillamente confunde la
realidad: «¡Hay bombines y javiques en la calle, y, si no me engaño, un coche
de galones! ¡Cuidado lo que es el mundo, parece el entierro de un concejal! ¡No
me pensaba yo que tanto representaba el finado!». Siempre podemos pensar que en
la calle hay un acontecimiento coincidente y que la muchedumbre se debe al
sepelio, por ejemplo, de un famoso torero..., porque pronto sabremos (LB, 14) que el de Max es un «pobre
entierro».
[23]
En 1908, Rubén Darío ocupó la embajada de Nicaragua, en Madrid. Tuvo que
superar penas económicas en su delegación diplomática tales como no poder pagar
ni la luz ni a muchos proveedores de lo más elemental. Cayó en el alcoholismo
hasta el final de su misión en Madrid (21 de diciembre de 1909) y tenía negros
que le escribían colaboraciones en varios periódicos.
[25]
Otros efectos en escena con técnica de iluminación, focalización y ampliación,
con estética expresionista, podrían resaltar detalles como el de la sangre en
el rostro del Preso (LB, 6), «una
lágrima detenida en los párpados» del ministro (LB, 8) o «las encías sin dientes» que descubre la Vieja Pintada (LB, 10).
[26]
«¡Ya me voló un cuarto de día!», dice la Vecina (LB, 12). De las escenas XIII al final (escena XV) vienen a
transcurrir otras 12 horas: desde la mañana hasta el nuevo atardecer, con una
elipsis temporal entre las dos últimas escenas: el entierro y la taberna de
Pica Lagartos.
[27]
Con sarcasmo por parte del humorista Valle-Inclán, la Portera deja claro cómo
está Max al avanzar la escena XII: «¡Está muerto y corrupto!», es decir,
corrupto físicamente, que casi huele de muerto, y moralmente corrompido: que
nadie lo dude.
[28]
En la edición de 1920, en la primera entrega se lee «Hora canicular»; sin
embargo, con la palabra crepuscular,
de la edición de 1924, parece anunciarse un final: el comienzo de un final. No
en vano, una de las acepciones del DRAE
define crepuscular como ‘fase declinante que precede al final de algo’. Canicular sencillamente hace referencia
a un momento de mucho calor.
[29]
No dice «lleno de sol» para referirse a luminoso, sino que se refiere a
caluroso; y el calor, sobre todo, si es húmedo, se asocia a la suciedad.
[31]
La conversación de Max Estrella y Rubén Darío en el Café Colón nos traslada al
ensueño de tiempos pasados gloriosos. Max no los inventa: en la decoración de
su buhardilla (LB, 1) hay vestigios
de un pasado prestigioso: «retratos, grabados y, sobre todo, los autógrafos
repartidos por las paredes, sujetos con chinches [chinchetas] de dibujante».
Pero, en la crítica a los escritores modernistas y demodés, ¿acaso Valle-Inclán ha querido que relacionemos el
mugriento guardillón de Max Estrella con la torre de marfil de los puristas? El
sarcasmo degradante es muy sutil.
[32]
Valle-Inclán, cit. por F. Madrid, La vida
altiva de Valle-Inclán, Buenos Aires, Poseidón, 1943: 110.
[33]
Apréciese que Valle escribe «luchar con el cine», no dice «luchar *contra el
cine». En efecto, en esos años, el cine es el arte más moderno, el último en
llegar: el director de un espectáculo en directo –el teatro– debe aprender de
los efectos del cine (que es mudo entonces, y en blanco y negro), ya que el
cine es un espectáculo visual. Valle se quejó, en su momento, de los dos
últimos premios nobeles del teatro español reciente: el de 1904, Echegaray (y
su teatro de infidelidades), y el de 1922, Benavente: ambos teatros eran sólo
para escuchar, no para ver.
[36]
La Pisa Bien está hecha a las mezclas de niveles (elegante-señoritil y
bajo-plebeyo): por ello juega sarcásticamente con los bohemios modernistas
llamándolos «banqueros» y con su mantenido a quien manda «Entra de incógnito,
so pelma» (LB, 3), como si él o la
situación fueran de alta alcurnia o secreta (cuando, en realidad, le está dando
paso a la taberna de Pica Lagartos). La escena VI, entre Max y el Preso, pierde
lastre de seriedad o respetabilidad cuando se le hace decir al reo anarquista
lo que sigue a la intervención de Max Estrella: Max: «Una buena cacería puede
encarecer la piel del patrono catalán...». El Preso: «En eso laboramos» [El realce es nuestro].
[37]
Decir Introducir la pata en lugar de meter la pata es tanto como decir Me voy a lavar el cabello en vez de Me voy a lavar el pelo, o decir Se me ponen los vellos de punta en
demérito de Se me ponen los pelos de
punta. El mismo Max Estrella cae en el precipicio esperpéntico al decir
«Hacemos la captura» de la Pisa Bien (LB,
3), esto es, ‘La pillamos’.
[38]
Salutem plurimam: ‘Mucha salud’, es
decir, que se saluda con el mayor de los afectos, que se desea muchísima salud.
[39]
Max Estrella utiliza el imperativo culto del verbo ir con pronombre enclítico de segunda persona del plural: «¡Idos
todos al diablo!» (LB, 1). Idos es una excepción en este tipo de
construcción que pierde en el resto de casos la -d del imperativo: Callad/callaos; bebed/bebeos; salid/salíos.
La RAE recientemente (verano-otoño de 2017) ha propuesto de manera polémica
aceptar la forma *iros con el mismo
valor de imperativo que idos; mucho más esperable que la propuesta de la RAE, para ser alternativa del
quizás obsoleto idos, hubiera sido la
forma íos, absolutamente regular para
nuestro paradigma verbal: ir > íd/íos,
como hacemos con salir > salid/salíos.
¿Es el uso de «Idos» un empleo hiperbólicamente pedante del hiperbólico Max
frente al ruin y mezquino don Latino?
[40]
Los personajes que podemos llamar funcionarios o subalternos recurren a la
rutina de frases extraídas del lenguaje administrativo y periodístico que recuerda
sentencias oficiales: «El principio de autoridad es inexcusable» (el Retirado
en LB, 11), «Por escándalo en la vía
pública y gritos internacionales» (un Guardia en LB, 15).
[41] Rubén Darío no es, pues, un personaje serio en Luces: Valle se burla también de él; por ejemplo, se ríe de la
repetición verídica de la muletilla «¡Admirable!», que el vate nicaragüense
repetía machaconamente para todo. De esto ya se mofaba Juan Ramón Jiménez:
«Rubén Darío (...) no dice más que "Admirable", "Admirable".
(...) “Admirable” es la palabra alta de la época; “imbécil”, la baja. Con
“admirable” e “imbécil” se hizo la crítica modernista. Rubén Darío, por
ejemplo, “admirable”; Echegaray, “imbécil”, por ejemplo». Otro tic, en Luces de
bohemia, es el don Filiberto –periodista–: «Válgame un santo de palo».
[42]
Las señales en el cuello del gabán eran las que dejaba la caspa del pelo:
¡casposos! Algunas expresiones son más crípticas: el «Me espera un cabrito
viudo» de la Pisa Bien (LB, 3) es
interpretado por Aznar Soler (2017) como ‘No me espera nadie y hago lo que se
me antoja’.
[43]
La caza, en esta alusión a lo humano de san Juan de la Cruz, es la Pisa Bien,
no el Alma, sino una chica de moral relajada.
[44]
Tabernáculo: Sagrario donde se guarda
la transfiguración del cuerpo de Cristo, la Hostia divina. Probablemente, don
Latino está pensando en el cuerpo y la sangre (o sea, el vino). La comparación
con la última cena –y su parodia en el brillante y musical Café Colón– resulta
una vez más, y definitivamente, grotesca.
[45]
Apréciese cómo es únicamente la última expresión la que está redactada como
oración (con sujeto y predicado verbal): es la mención de los personajes
mártires de la escena.
[46]
La plasticidad de las descripciones suele destacar, como sabemos, la relevancia
de la iluminación en nuestra obra: predomina el oscuro y el claroscuro, en
búsqueda de un espectáculo visual nocturno que resalta la estética de la
fealdad y lo grotesco, con presencia de una muerte tan amenazadora como amiga:
«sombras negras de los sepultureros, al hombro las azadas lucientes. (...)
Sobre las campanas negras, la luna clara» (LB,
15).
[47]
Para zafarse de la censura franquista se tituló Farsa y licencia. Esperpento. El estreno amateur en castellano lo realizó, en Toulouse (Francia), el grupo
ATE (Amigos del Teatro Español), formado por exiliados económicos (y políticos)
españoles, el 19 de enero de 1964. ATE era una sección de extensión cultural
dependiente de la Universidad de Toulouse. La representación se montó en el
teatro ABC, dirigida por José Martín Elizondo, con nuestro amigo el pedralbino
Juan Mateu en el papel de Max Estrella. Hemos podido incluir en esta última
entrega una instantánea de aquel acontecimiento de 1964. Más tarde, se repitió
actuación en Burdeos, invitados por el el TIEIT (Théâtre de l’Institut d’Études
Ibériques de Talance, de la Universidad de Burdeos), dirigido por Manuel
Martínez Azaña, según nos relató él mismo. En España hubo representaciones
universitarias de Aquelarre (en Bilbao) y del TEU de Sevilla, en 1967; y, en 1983,
el grupo La Cazuela, de Alcoy, dirigido por Adolfo Mataix, la representó con
escenografía de Alejandro Soler y los actores Enrique Mataix y Juan Gadea (como
Max y don Latino, respectivamente).
[48]
Según testimonio de José Tamayo, cit.
por Moisés Pérez Coterillo («José Tamayo y Luces de bohemia», Primer Acto, revista de teatro, n.º 139,
diciembre de 1971, pp. 20-23), siendo ministro de Información y Turismo Arias
Salgado el expediente de la censura había mutilado o alterado 600 palabras,
pero, con Fraga Iribarne en la cartera, la censura subió a 900 modificaciones o
supresiones y la expurga completa de la escena VI, la del calabozo; finalmente,
con Sánchez Bella como nuevo ministro, se pudo estrenar la versión íntegra de
Valle-Inclán. Las más recientes versiones representadas en España, en teatro
comercial, han sido las de Lluís Pasqual, con el Centro Dramático Nacional y el
Teatro Odeón de París, en el Teatro María Guerrero (Madrid, 26 de octubre de
1984), posterior a la función en Francia (13 de febrero de 1984), con
escenografía de Fabià Puigserver y los actores José María Rodero y Carlos
Lucena (como Max y don Latino); la de Carlos Martín, en 2010 (Centro Cultural
de la Villa de Madrid) y Lluís Homar, en 2012, en el Teatro María Guerrero, de
Madrid.
[49]
La versión cinematográfica más conocida es la que, con guion de Mario Camus,
dirigió, en 1985, Miguel Ángel Díez, con un excelente elenco de actores: Paco
Rabal, Agustín González, Fernando Fernán Gómez...