Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
82 – Primavera 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Memoria de dos abejas
Cuarenta años
atrás y más
La miel tiene memoria. ¿Seguro que no me
crees? Deja de lado a los científicos y pregunta al hexágono, a su representación
de miel pura sobre una superficie plana. Seis ángulos nostálgicos de panal y la
rúbrica de las abejas. Sí, la miel tiene memoria y las abejas también. Entonces
tú y yo somos dos abejas, pese a que ahora mi memoria no es la misma, pero aún distrae
la nostalgia. A veces invade mi pecho una rara sensación, algo parecido a la
añoranza. Así desfilan ante mis ojos huidizos pasos en añoradas tierras. Me induce
a ello la siesta, el tiempo al sol de una tarde de enero en que asomó a mis
ojos desplegando cual bandera, aquel verde lindante al azulado río, ancho como mar.
En aquella parcela de mundo el verano calentaba la fantasía de la juventud,
vivir, soñar y amar.
La calle donde crecí supo tener adoquines.
Alguien me dijo que ya no están, claro, el progreso, pero seguro quiero creer
que los árboles son los mismos; están todos, observan, vigilan. Después de
cuarenta años, tozudos visten sus largos brazos con cada nuevo traje de color esmeralda,
abrumados por el calor del verano; pero con el frío, al exponer sus edades sin proferir
queja alguna, se proyectan sobre un repertorio de baldosas rotas, danzantes a la
tediosa humedad que les da de beber.
Sí, amigo, allí amé con frenesí. Amé el
atardecer de sillas en la acera, al diariero de rutinario grito, a las matas de
hierba creciendo entre ambages o recostadas a la pared y también al amarillo
auténtico de aquella retama abrazada a la columna de luz en la que solía
esconder mis escuálidos huesos. Allí sentía que era el sheriff de la
calle e intimidaba, colt en mano, a todo buen viandante que pasaba; a
veces los integraba a la banda de Billy el Niño; otras tardes, en la de Jesse
James; y en muchas, simplemente era Roy Rogers a lomos de una escoba evitando
el asalto a la diligencia. Mi sueño de ser héroe de las seis de la tarde; con él
medré cada día después de la merienda.
Fue aquella tarde esplendorosa de enero,
con su espíritu volcado al río ancho como mar, al sol de suave brisa y a esa
paz envolvente, reveladora, que por primera vez percibí y sentí con toda
vitalidad e ilusión que yo era parte de la vida y aceptaba al mundo reducido en
esa realidad forjadora del camino, junto a mi calle y sus árboles, junto a la
necesidad de amar todo y con mayúsculas. Sí, aquella tarde el entorno explotó
con una sensación irrepetible. El corazón latió fuerte mientras el mar y las
nubes, allá donde alcanzaba la vista, se fusionaban en una meta que lograr.
Sí, amé el verano más que hoy. No existía
la soledad inventando juegos. Disfruté corriendo con Lobo, mi perro, ganando aquellas
carreras de las que él dimitía, y así, entre juguetes prestados, algún muñeco
de plástico y pelotas de trapo, comencé a cubrir los primeros pasos sin pedir
permiso, penetré dentro de mi propio cuerpo, harté su espacio interior y encubrí
historias, de ésas que más tarde vertería con sesgo de ficticio.
Claro, amigo, fue la única etapa en que ser
feliz era algo tan natural como constante, además de gratis. Todo sobrevenía a
mi alrededor sin pausas, y era tan inconsciente que me costó mucho adquirir
conciencia de que, con el paso de los años, sólo la adversidad no es perecedera.
Por lo menos la genuina e imprevista. Aquella tarde esplendorosa de enero asomó
su cuerpo al río ancho como mar, al sol, a la suave brisa y a esa paz
envolvente, auténtica. Era yo, sí, con toda la vitalidad e ilusión de existir.
Era yo reconociendo, en mi mundo invisible, ese escenario forjador de caminos
con el oropel de una calle.
Que veinte años no es nada
Hola, Tomás, qué te parece si nos sentamos
y hablamos. ¿De qué? No lo sé, de ti tal vez. Has tenido una vida errante; la
mía, tal vez, un poco menos; así que, supongo, igual podemos opinar,
intercambiar anécdotas, en fin, arreglar el mundo, como es de oficio, desde la mesa
de un bar. Se puede controlar y modular la nostalgia y olvidarnos del agua
salada, la playa y los interminables partidos de cabeza. Pero seamos baja miel
pura y no firmemos antes de tiempo el importe de dos menús del día, más varios
cafés y seguros bastantes orujos de hierba. Lo vamos a pagar al contado, mití
y mití como decíamos antes, nada de tarjeta, y dejaremos la propina sobre
esta apocada mesa junto al ventanal pintor de lo que queda de un añoso mercado
a punto de desaparecer. Conversamos frente a frente, codo a codo, sordos a los
bulliciosos vecinos de la otra mesa.
¿Recuerdas la primera vez que estuvimos
aquí? Era sólo un bar en La Latina bastante destartalado, con más espacio. A la
mesa nos acompañaba un poeta, loco y charlatán, prendado sólo de sus versos. Él
sí estaba excitado. Porfiaba volver, coquetear con las olas del salado río
ancho como mar y otra vez soñar despierto el pasado hecho vida. No, no estaba
aquí, la ciudad para él era sólo el decorado a su alrededor. No dejaba de
hablar, de idear y construir, este lugar fue la guarida de un gélido noviembre
con las solapas levantadas, descarrilando el tiempo.
Volvimos, Tomás, preguntas y te pregunto. Veinte
años no es nada, pero el poeta no está. Su avión no despegó por demorar el turno
sin torre de control. Pobre poeta, quedó desguarnecido entre versos y canciones
antiguas, divagando sobre cómo sería aquel país al que no volvió.
Estamos sentados en sillas tapizadas de
verde y casi verde es el jaspe de las mesas redondas, antiguas. Todo es verde
esperanza, asomado a la boca de ese Metro capaz de deglutir un trasiego humano
(más bien inhumano), difícil de predecir veinte años atrás.
Sabemos desde siempre que nuestro viaje
fue sin billete de regreso. Estaba dispuesto a no decaer, a que el orgullo de
no regresar vencido apartara de mi cabeza toda claudicación. Y así fue. Aguanté,
sí. Aguanté mucho y a ti te pasó lo mismo hasta que, un día, todo tomó otro
color. La alegría inundó de río las calles. Festejamos pese a no bañarnos en el
azul y pudimos, en la distancia, entrever su añil ajenos a la orgía del retorno
¿a la libertad?
Todo fue como lo maduraste y ahora sientes
tranquilidad. No teníamos fe, prevalecía la desconfianza en el tiempo que pinta
todo de otro color. Ahora, después de mil avatares, estamos convencidos de que
nuestra vida terminará aquí, en este otro continente, apartado del río que
intuimos y enraizados a esta tierra que pisamos y aprendimos a querer.
Lo primero es traducir la conversación
entre platos y copas de por medio. El resultado final de sintetizar el vino con
el polvo es amasar el lodo y con él, casi de memoria, volver a construir un
puente colgante sin puntos de apoyo. La nostalgia dejó de influir sin barco ni
avión, para presentarse de improviso y, muy de vez en cuando, señalar nuestra legítima
realidad. La tuya, Tomás, y la mía.
Con miel de otros veinte años
Amigo Tomás, veinte años atrás declaramos envidiosos
de las abejas. Esas abejas poseedoras de una estructura social tan fascinante
como eficiente. Lo conversamos convencidos de que pronto, la realidad de aquellos
años locos nos dejaba una inquebrantable fe en ese futuro anunciado, era algo
sin marcha atrás. Las abejas, decías, no son meros insectos productores de
miel; son una clave necesaria para la vida. La colmena no la hace un grupo de
apicultores que intercambian ideas, opiniones, más bien es una comuna donde
cada abeja actúa como parte de un cuerpo mayor. ¿Qué te parece? Pienso que nuestro
deambular por el mundo fue consecuencia de un solo deseo: ser abejas. Así iniciamos,
vanidad de juventud, el camino de la utopía. Quisimos y pensamos ser todos reina,
fértiles, conservando la cohesión de la colmena, cuando en realidad apenas éramos
un indisciplinado enjambre de obreras suspirando construir panales, negando
nuestro trabajo real: ser vigilantes en las puertas de entrada y limpiar o rastrear
cualquier anomalía. Igual no dejamos de proclamar que la miel nos pertenecía, que
era fruto de nuestro sudor, y ya ves, amigo, las pancartas nos sentaron aquí, combatientes
de pacotilla en repintados bancos de madera, mirando al mar que no es río,
entre dos continentes, viejos sin remedio. Saboreamos el néctar amargo de los años
investigando ese momento vital, demasiado torpes para transformar lo pasado en
un presente que va demasiado rápido y en el que ya no resuena el paso marcial
de antiguas botas, las de ahora son tecnología avanzada, y en consecuencia planeadas
para venerar el pavimento del mundo que nos venden.
No sé dónde estás ahora, Tomás, amigo, pero
seguro que esta parrafada con tantos años y distancia te acercará perfume de
jazmines, el cielo, de aquel río ancho, allá a media hora de la calle en que
aún, en pie, permanecen los paraísos. Te mecerá a éste al lado del océano una
vaga presencia del bar de cuyo nombre acordarnos no podemos, sito a un costado
del mundo, frente a la boca de Metro, y también, ¿por qué no?, amigo, estés
donde estés, hoy acompañas mi panal, en este mustio banco de madera, frente al
Mediterráneo, para convocar aquellos días junto a nuestro querido poeta, tan henchido
de mundo y de esas conceptuadas sentencias que dejaba caer de vez en cuando. No
miremos al espejo de agua salada; aceptemos que el éxito y el fracaso no
existen, sólo son la sucesión de circunstancias que debimos asumir.
No todo se puede, amigo Tomás, hoy lo admito. Miro a un costado, veo un haz de luz ocupando tu lugar mientras otro haz, pleno de hartazgo, invade el mío. Todo es decepción y meramente, en un atardecer de enero, nos guarecemos del sol abreviado, ausente de energía estival. Volverá. Como siempre vuelve el zángano, sin aguijón, a fecundar a la reina de otra colmena, convencido de que no se acabará la miel; así danzan las abejas en jardines floridos, maravillan la geometría versallesca y, aunque les cause risa, son gentiles al reconocernos humanos. No todo se puede, pero vivimos, amigo Tomás, vivimos y seguimos inmaduros a la hora de procesar esas esporas presentes en la miel natural, mientras montamos las mismas embarcaciones que sabemos no nos llevarán a ninguna parte.