Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
82 – Primavera 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Artur
Rubinstein y España
Este famosísimo pianista, considerado el mejor intérprete de Chopin del siglo XX, amaba la vida, fuese como fuese, concibiéndola como un único, imparable y variable espectáculo. Se consideraba a sí mismo un afortunado según quién, la Divina Providencia, la Naturaleza, Dios, como se pueda llamar a esa Fuerza Creadora, repartía la felicidad entre los seres que aceptaban la vida, amándola tal y como se presentaba, sin ponerle condición alguna: «Me he convencido, gracias a los acontecimientos que podrían ser definidos únicamente como milagros, de que siempre, cuando mi yo deseaba algo muy ardientemente, la vida me lo ofrecía de un modo u otro».
Y
efectivamente, su vida transcurría (hasta la época del Holocausto, en que
perdería a toda su familia) de un modo feliz: después de una dichosa infancia
en el seno de una numerosa y más bien acomodada familia de asimilados judíos
polacos, tuvo una temprana juventud dedicada a sus estudios de música en
Berlín. Años algo tormentosos, ya que Artur no era precisamente un estudiante
sistemático y aplicado, lo que creaba constantes conflictos entre él y su
severo y muy famoso profesor Joseph Barth, quien un día, tras una violenta
discusión entre ambos, le gritó encolerizado que su futuro estaba en la cuneta,
a lo que el joven Artur le replicó que preferiría estar vivo una semana
viviendo a su modo antes de pasarse la vida viviéndola como la vivía su
profesor.
Es
fácil adivinar que sus caminos se separaron para siempre. El joven Arturo se dio
a la buena vida de salones de la alta sociedad berlinesa ofreciendo conciertos
y entablando relaciones. Se daba a conocer, aunque su fama no crecía a un ritmo
muy veloz, a causa de su poca dedicación al estudio. Su talento, su innata
musicalidad, su oído absoluto (cuando tenía menos de tres años y aún no hablaba
bien, sabía reproducir cantando los sonidos de cada una de las teclas del
piano) y su increíble don de interpretación (nunca se dejó influenciar por ningún músico) tapaban sus pequeños tropiezos
técnicos. Aparte de su gran talento y su enorme intuición musical, se hacía
popular también gracias a su encanto personal, su carácter
abierto y extravertido, su arte de conversar y su facilidad para
hablar idiomas (siendo ya adulto dominaba ocho lenguas).
Se abren ante él las salas de conciertos de Europa y de los Estados Unidos. Triunfa en Berlín, París y Londres. Hace una gira por Rusia, pero todavía le falta por realizar su gran sueño: conocer España. La vida le brinda esa oportunidad en agosto de 1915: el director de la Orquesta Sinfónica de Madrid le hace una oferta para sustituir a un pianista en un concierto en el Gran Casino de San Sebastián. Rubinstein acepta encantado, el concierto resulta ser un gran éxito y así empieza su gran aventura con España, que va a durar durante el resto de su vida; un amor a primera vista («fue como un flechazo»).
Su
satisfacción por los contactos con el público es tan grande que acepta tocar en
las pequeñas localidades sin mostrarse demasiado exigente con la calidad de los
instrumentos, que, en no pocos casos, deja mucho que desear. El público español,
al que califica como muy inteligente y agradecido, le adora, hace que se sienta
querido y aceptado. «España me adoptó», constata con felicidad y orgullo de un
artista reconocido.
Después
del exitoso concierto en San Sebastián, a Rubinstein le quedaban dos semanas
libres para su siguiente concierto, brindándole la oportunidad de cumplir el
sueño de su vida: conocer España.
Aconsejado
por Arbós, compró un billete kilométrico y para 2000 km que le permitió visitar
Madrid, Toledo, Córdoba, Sevilla y Granada y volver a San Sebastián. En Madrid
destinó largas horas a la visita del Museo del Prado, al que calificó como la
mejor galería de arte del mundo. Quedó impresionado por el ambiente medieval de
Toledo y su majestuosa catedral, oculta en el laberinto de las estrechas
calles. Pero fue en Sevilla, Córdoba y Granada donde de verdad se enamoró de
España: ¡era el país que había soñado!
Su
admiración por España había nacido de su pasión por Don Juan y Las bodas
de Fígaro de Mozart, Carmen de Bizet, la rapsodia España de
Chabrier, El barbero de Sevilla de Rossini, la suite Iberia de
Albéniz y las obras de otros destacados compositores de muchos países que se
inspiraron en el rico folclore de España, así como en la vida, las tradiciones
y las costumbres de Andalucía. El hombre que abrió su corazón a las maravillas
de España fue Cervantes, y eso ocurrió cuando el artista dominó el español
hasta el punto de poder leer el Quijote en el incomparable idioma
original.
Todo
le gustaba en Andalucía. Sevilla le traía recuerdos de Carmen, le
encantaba el flamenco, el jerez y el jamón serrano. Suspiraba de admiración
contemplando los floridos patios y rejas de Sevilla, y en la mezquita de
Córdoba pasó más de dos horas, tanto por el laberinto de sus columnas como para
huir del insoportable calor de fuera.
Quedó
fascinado con el esplendor del palacio de la Alhambra y sus jardines. En
Albaicín vio un espectáculo de flamenco y quedó impresionado por su fuerte
ritmo y bello sonido, y por el baile de las bellas jóvenes gitanas, entre las
que había una niña de corta edad, ya hecha toda una bailarina, y una mujer de
unos sesenta años.
Manuel de Falla y él se hacen buenos amigos, después de que el compositor español le invitara a la actuación de la famosa cantante y bailarina gitana Pastora Imperio, en su ballet El amor brujo. Aquella música fascina a Rubinstein y pide a Falla su permiso para hacer una transcripción para piano de La danza del fuego, pieza que tocará más adelante para bis y que volverá al público loco de admiración. De Falla le dedica su Fantasía bética, y la viuda de Albéniz le da su consentimiento para transcribir al piano las obras de éste, piezas que van a ser tocadas por el pianista polaco en múltiples ocasiones, despertando siempre el entusiasmo del público.
En
Barcelona toca en el palacio de la Música y obtiene un gran triunfo. Su fama
llega a ser tan grande que en Madrid, en un teatro donde normalmente se solían representar
dramas y comedias, se le contrata para tres conciertos. En su primera actuación
en el teatro Lara, tiene que tocar varias veces el bis y el público no quiere
abandonar la sala. En el teatro está presente la infanta Isabel, tía del rey
Alfonso XIII, que, durante el entreacto, invita al artista a tomar un té al día
siguiente, y aquel té da lugar al comienzo de su eterna amistad con la familia
real española.
Desde
entonces, la encantadora, musical, bella y joven reina Victoria Eugenia le hace
el honor del acto de su presencia en todos sus conciertos, a los que asisten
igualmente la infanta Isabel, la reina-madre María Cristina y, a menudo, las
infantas Beatriz y María Cristina. El gran dramaturgo Jacinto Benavente suele
escuchar sus conciertos sentado en el escenario, fumando su grueso puro.
El
rey, poco aficionado a la música, hace su presencia en los conciertos solamente
cuando es necesario, pero le gusta hablar con Arturo y también escucharle. En
señal de su amistad con el pianista, le hace un regalo de su retrato con una
inscripción que dice «Al mejor amigo de España».
Es
obsequiado por los reyes después de cada concierto con bellos presentes, como un
par de gemelos incrustados de pequeños brillantes, un reloj de oro, o una
pitillera de oro con una fecha y firma grabadas de Victoria Eugenia.
La joven reina es una admiradora de su talento y su gran amiga. Le deja usar su propio piano del palacio para sus conciertos, cosa que mantiene en secreto ante el rey. Ocurre que una noche, cuando el teatro ya está lleno y el concierto a punto de empezar, el piano llega con gran retraso. Después de una hora de tortura para el pianista, entre las fervientes protestas de los espectadores, por fin está colocado con toda prisa en el escenario. Unos minutos más tarde, en el palco de honor, aparece la reina. El concierto tiene mucho éxito y todo el incidente queda en el olvido. Lo ocurrido se debía a que, aquella tarde del concierto, la reina madre y el rey entraron inesperadamente en una ferviente discusión política y la diferencia de opiniones hizo que tardasen en mucho en abandonar el salón donde se encontraba el piano. Rubinstein permanece fiel a esa amistad el resto de su vida.
El
pianista vuelve a España después del año nuevo y da tres conciertos en Zaragoza,
Oviedo y Bilbao, compartiendo sus actuaciones con un excelente joven
violoncelista, Gaspar Casadó.
A
continuación toca en Valencia, y es allí donde reanuda ese excitante y electrizante
contacto con el público, como el experimentado anteriormente en San Sebastián. Es
allí donde, después del concierto, va a conocer la enorme hospitalidad española.
En un buen restaurante, donde cena con un grupo de amigos polacos, se les
acerca un desconocido, deseoso de felicitar a Artur por su exitosa actuación, lo
convidan a una copa de vino y al poco tiempo el hombre se va. A los pocos
minutos, al pedir la cuenta, se enteran de que ya está pagada por aquel
desconocido, que le diría al camarero: «Esos señores son huéspedes en mi país».
Más
adelante, el artista, fascinado por el personaje de Aníbal, acepta dar un
concierto en Cartagena. Le encanta la ciudad, califica al público español como «muy
inteligente y agradecido». Llama a su querida España «la madre de todas las
Américas», reconociendo la gran influencia de sus triunfos españoles en su
éxito en América del Sur, donde, además de la fama, hace una gran fortuna.
Sigue fiel a su amor hacia España y su pueblo durante el resto de su vida, siendo su frase «me gustaría contar a los españoles cómo los quiero» uno de los testimonios de ese gran afecto.