Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 82 – Primavera 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

 

Impetrar

Como decíamos ayer, ayer para solicitar un favor con encarecimiento y ahínco, para conseguirlo rogándolo decíamos «impetrar». Son las servidumbres propias de sociedades sumisas en las que la ciudadanía, inconsciente de sus derechos o por carencia de los mismos, acude servil a las instituciones.

En abril de 1878, en Orihuela preocupa la crisis económica. El precio del trigo es elevado. Así lo recoge El Segura en su edición del día 8: «El trigo alcanza el enorme precio de 21 rs. barchilla y los pequeños graneros están completamente vacíos». Vista la crítica situación —en la sección REVISTA MERCANTIL dice 22 reales la barchilla—, el semanario sugiere que se haga lo que se hacía en otros tiempos: que los grandes propietarios pongan trigo en circulación abriendo sus depósitos «marcando el más bajo precio posible y cuidando de no vender a los logreros».

Ante estas circunstancias, los políticos, atendiendo las inquietudes de los ciudadanos a los que debían representar, instaban al gobierno para que favoreciera a sus respectivas demarcaciones. «Según nuestras noticias —señala El Segura en el mismo número que hemos apuntado—, los diputados de Valencia, incluso el nuestro, así como los de Cataluña, se han reunido o van a reunirse para tratar sobre la precaria situación de estas provincias e impetrar del gobierno alguna gracia para ellas».

Esa acotación —«incluso el nuestro»—, si no es meramente informativa, resulta puya por denotar sorpresa. Como un diciendo ¡hasta el nuestro! A saber.

El «nuestro» era el entonces canovista José Moreno Leante, diputado conservador por Orihuela, gran propietario murciano, natural de Caravaca, casado con Teresa Rebagliato, hija de Andrés Rebagliato Pescetto.

Con el mazo político dando, aquella primavera también será contra la crisis el «a Dios rogando». El 24 de marzo se había celebrado una rogativa pro pluviam: «Se hace tan sensible la sequía, se teme tanto por la cosecha de nuestros campos y es tanto el desasosiego público por falta de recursos, que nuestras celosas autoridades eclesiásticas y civiles dispusieron sacar en rogativa la venerada imagen de nuestra excelsa y piadosa patrona la Virgen de Monserrate». Esto publica también El Segura en el ejemplar referido, lamentando mucho la escasa participación masculina en dicha rogativa: «Con grande extrañeza notamos en la procesión la falta absoluta de los hombres y muy especialmente de los vecinos de la huerta y el campo, de los que sin embargo discurrían grandes grupos por esas calles. Mucho tendríamos que decir sobre esto y muy amargo, pero nos limitaremos a consignar que la misericordia divina no se alcanza jamás sino con humildes y fervorosos ruegos, que hasta los pueblos idólatras recurrieron unidos y respetuosos a sus divinidades para interesarlas en el remedio de sus necesidades».

Y la principal de las necesidades era comer. Y como hemos visto, el trigo —fundamental para el pan de cada día— estaba escaso. Y por escaso caro. Además, la sequía amenazaba las cosechas. Por todo ello la llamada a los grandes propietarios para que pusieran en circulación sus reservas de cereal con el objetivo de que el precio bajara en el mercado, evitando, eso sí, la codicia de cualquier logrero.

Logrero, persona que compra o guarda y retiene los frutos para venderlos después a precio excesivo. Logrero... Como decíamos ayer.


Zarcillo

Como decíamos ayer, ayer para decir Salzillo decíamos Zarcillo. Zarcillo o... Sarcillo, Zalsillo, Sarsillo, Sarzillo, Salcillo, Çarcillo, Zalzillo... A saber. Que antaño los escribanos o notarios —ausentes o ignorando las normas fijadas por la Academia— redactaban más de oído, y determinados por su procedencia, que con cédula documental.

En el año 1800, Juan Agustín Ceán Bermúdez, en el tomo VI de su Diccionario Histórico de los más Ilustres Profesores de las Bellas Artes en España, decía Zarcillo. Denominación criticada en 1894 por Cipriano Muñoz y Manzano, conde de la Viñaza, en sus adiciones al diccionario histórico de Ceán, como nos recuerdan Concepción de la Peña Velasco y Cristóbal Belda Navarro.

Así que fijado el nombre de Zarcillo por Ceán, como Zarcillo nos aparece en un interesante suelto publicado en el número 15 del semanario orcelitano El Segura, en la sección de VARIEDADES, el martes 16 de abril de 1878. Interesante porque el artículo, sin firma, hace inventario de las «notabilísimas imágenes» que se sacan en la procesión del Viernes Santo en Orihuela, apuntando el nombre de sus autores o hipotéticos autores. Vano decir que algunas de las obras referidas desaparecieron. Aquí lo interesante. Veamos el arqueo de los pasos:

1.º Jesús «sentado bajo de un olivo junto al pozo de Sichar conversando con la pecadora de Samaría». Esculturas de Santiago Baglietto, hechas en Murcia en 1833.

2.º «La Cena». Conjunto de José Pérez, realizado en Valencia en 1851.

3.º Jesús «lavando los pies al príncipe de los Apóstoles», escultura de Francisco «Zarcillo», así dice.

4.º Otro de Baglietto titulado «La Oración en el huerto de las olivas».

5.º «El Prendimiento». Atribuida a «Zarcillo», o acaso obra de su padre Nicolás; «excepto las figuras de los sayones que son de autor justamente desconocido».

6.º «La Negación de S. Pedro», de autor desconocido «y de muy antigua fecha».

7.º «El Arrepentimiento», atribuida a Francisco «Zarcillo». De ésta se dice que «es una de las mejores obras que pueden haber salido de las manos de este artista».

8.º «Jesús atado a la columna». Obra, la figura de Jesús, del valenciano José Puchol, de finales del XVIII. La de los verdugos, de Baglietto, de 1844.

9.º «El Ecce-Homo» de «Zarcillo». O de su padre —se matiza.

10.º «La caída». Comentando que «la venerable imagen de Jesús» es «muy antigua y de autor desconocido», mientras que las estatuas del Cireneo, del verdugo y del guerrero son obra de Felipe Farinós, de Valencia y de 1859.

11.º «La Verónica». «Efigie muy antigua» reformada por Baglietto.

12.º «Jesús Nazareno». Aquí se ignora el nombre del autor y se apunta el siguiente comentario: «Es una imagen de grandísimo mérito y cuenta la piadosa tradición que su autor oyó, al terminarla, una voz misteriosa que le dijo: “¿Tanto me miraste que tan bien me retrataste?”».

13.º «La Dolorosa y S. Juan Evangelista», también de Baglietto. De 1841.

14.º «La Agonía» de «Zarcillo».

15.º «El Descendimiento» de Farinós. De 1859.

Hasta aquí el inventario publicado en El Segura, datos sacados, según se nos informa, «de un notable artículo escrito por D. Agustín María Gisbert». Agustín María Gisbert y Columbo, caballero cubierto en los años 1855 y 1862, abogado e historiador, fue padre de Ernesto Gisbert y Ballesteros. A partir de sus apuntes, Ernesto redactó la Historia de Orihuela.

Respecto a lo referido al paso de «Jesús Nazareno», cabe señalar que en Castilla existe la misma leyenda asociada al escultor Gregorio Fernández y su «Cristo atado a la columna». Obra de 1619 para la cofradía de la Vera Cruz en Valladolid. Según la tradición, la estatua habló y preguntó a Fernández:

—¿Dónde me miraste que tan bien me retrataste?

—En mi corazón, Señor —respondió el artista.

También obsérvese que la noticia no ahorra valoración cuando se refiere en el paso del Prendimiento a las figuras de los sayones. Apuntando lo de «justamente desconocido», viene a decirnos el redactor que esas figuras no eran de su gusto.

Y ha dicho «sayones» para referirse a los verdugos. Esto es, sayón: verdugo que ejecutaba las penas a que eran condenados los reos. O por extensión, hombre de aspecto feroz. Sayón... Como decíamos ayer.



 

Venerando 

Como decíamos ayer, ayer para decir venerable decíamos también venerando. Suena a gerundio porque lo es. Pero también es adjetivo: venerando, veneranda. Utilizado para algo o para alguien que merece respeto, veneración.

Por razones religiosas y/o patrimoniales, para los oriolanos de antaño y hogaño, siendo venerables todos los templos de la ciudad, el santuario de Monserrate estaría entre los más venerandos. Por esto al cronista de El Segura, en la nota que publica en la edición de 24 de abril de 1878, le duelen las irreverencias que se producen en esta iglesia cuando la gente visita, en Semana Santa, las imágenes allí concentradas.

El balance de la Semana Santa de 1878 que hace el cronista de El Segura es positivo, pues el pueblo de Orihuela ha dado «pruebas de su religiosidad en que cifra su gloria y su esperanza», acudiendo en masa «y poseídos de santo fervor» a los actos religiosos. Esto bajo un contexto geográfico paradisíaco:

«El sol hermoso del mediodía luciendo su esplendente luz en medio de un cielo puro y transparente; las embalsamadas flores de nuestros naranjales y nuestros jardines, esparciendo por doquiera sus delicados perfumes, y una temperatura verdaderamente deliciosa, han contribuido en gran manera a dar mayor realce a las manifestaciones religiosas de este pueblo sinceramente católico».

Demostración de «este pueblo sinceramente católico», al cronista le satisface sobremanera la multitudinaria asistencia de los fieles a los templos, como lo magnifico de las procesiones, el adorno de las imágenes —unas con gusto, otras con riqueza— y el orden y respeto salvo, ya se ha dicho, en el santuario de Monserrate, «donde observamos bastantes irreverencias, motivadas por la aglomeración de gentes o acaso por el punible olvido de que aquel es un templo de los más venerandos y muchas de aquellas, las imágenes del Redentor y de la Santísima Virgen».

Año 1878, año 2018, ciento cuarenta años después, el cronista podría escribir lo mismo sobre el bullicio en el templo de Monserrate cuando la visita a las imágenes en Semana Santa.

Continuando con el reconocimiento, también se valora la procesión del Santo Entierro. Aquel año fue caballero portaestandarte don Salvador de Lacy —Salvador de Lacy y Pascual de Bonanza—, «y pilares de la Soledad cuatro Sres. Abogados y cuatro Oficiales del Batallón Reserva de Orihuela». Doscientas veintiocho luces por cada lado se contabilizaron en este acto. También positivamente se aprecia la bendición papal del obispo en la misa celebrada en la catedral el domingo de Pascua.

Lo peor, lo dicho: el comportamiento irrespetuoso en Monserrate atribuido al gentío, a la afluencia de personas.

A todo esto, sobre la Semana Santa de 1878, en el mismo número se añade aparte otra nota. Ésta mundana. Estimando el «buen humor y especial carácter meridional» de las paisanas: «bellas, candorosas, corriendo de seca en meca —sic— o como se dice en el país a atajalla». No menos los paisanos. Aseverando con cierta ironía que, no debiendo ser, «cuántas habrán experimentado alegrías en los días de tristeza».

Sí, a atajalla. Atajalla. Esto para cuando después de ver una procesión por una bocacalle se corre para verla por otra por donde pasará. A atajalla... Como decíamos ayer.