Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
81 – Invierno 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
110.º aniversario del nacimiento de Josefina
Manresa: su genealogía
Hacer un árbol
genealógico de una persona es hacerle un homenaje. Las familias son un libro
abierto de lo que ha ocurrido en la historia trasladado al ámbito más cercano
del individuo, al de sus antepasados, que se vieron afectados directamente por
los vaivenes sociales y económicos de otras épocas. Son las historias
familiares. Algunas no están contadas. Silenciadas a veces, olvidadas otras,
desconocidas la mayoría. Por eso, cuando fuimos invitados con motivo del décimo
aniversario del Museo Miguel Hernández-Josefina Manresa en Quesada (Jaén) a
participar en los actos programados con dos conferencias, una en Jaén y otra en
el museo quesadeño, pensamos en la posibilidad de ofrecer una mirada a la
figura de Josefina Manresa (Quesada, 1916-Elche, 1987), que sirviera como
homenaje, pero desde una perspectiva diferente: desde las voces de su
genealogía familiar.
Josefina Manresa
es, hasta cierto punto, una desconocida. Es la mujer de Miguel Hernández. Sí.
La mujer. Pero de ella se habla muy poco como mujer. Como mujer que vivió la
soledad, el abandono, la represión de la dictadura y la ausencia de un marido
que apenas pudo serlo. En realidad fue la ausencia de toda una vida. De toda su
vida. Sin Josefina, es muy probable que no conociéramos a Miguel Hernández tal
como lo conocemos. Antes y después de la muerte del poeta, desarrolló una
actividad constante para recuperar sus escritos y su memoria. A su esposa se
debe el rico legado hernandiano que se conserva hoy en Jaén, en el Instituto de
Estudios Gienenses, y en Quesada, su lugar de nacimiento, en el Museo Miguel
Hernández-Josefina Manresa. Y a ella se debe la constante presencia de la
palabra del poeta a través de compañeros de literatura como Vicente Aleixandre,
de políticos, cantantes, artistas, músicos o escritores que pasaban por su casa
alicantina de Elche, una ciudad con protagonismo propio en la difusión de la
vida y la obra del oriolano universal. Una mujer necesaria.
El árbol
genealógico[1]
de Josefina Manresa dice que es una familia muy vinculada a la tierra. Son,
eminentemente, trabajadores, jornaleros del pueblo de Cox. Es la contraposición
a la de Miguel, que presenta una potente carga económica y cultural —uno de sus
bisabuelos fue en 1845 primer alcalde constitucional de Redován—, y una
posición social por encima de la media. La historia pasó por la familia de
Josefina de una manera muy severa.
¿Qué pasó con los Manresa y con los Marhuenda?
Josefina está emparentada con todo Cox. Ella es Cox, y su apellido Manresa lleva rondando las tierras de la Vega Baja, desde Murcia hasta el linde con el Bajo Vinalopó, desde hace más de 500 años. La evolución de la Historia se lee en su árbol genealógico. Es una enciclopedia biográfica de lo que ocurre en estas tierras. Tras la gran epidemia de peste de 1648 que asoló Orihuela, población procedente de la huerta de Murcia se estableció en territorio de la antigua Gobernación a cubrir la merma demográfica que se había producido. Luisa Espín, de Alcantarilla, sabemos que se desplaza con su marido, Diego Campisano, a tierras de la actual Vega Baja. Aparece también el apellido Yñigo, oriundos del País Vasco; el apellido Pamies, que llega a Orihuela procedente de la zona de Lérida, un apellido totémico en la comarca que nos indica los orígenes de la repoblación; o Valero, que aparece también en antepasados de Josefina y es de igual forma vestigio de la procedencia masiva de la primera repoblación catalano-aragonesa.
Apellidos y ciudades originarias de los parientes Marhuenda
Cox: Marhuenda, Yñigo, Valero, Ruíz, Rodríguez, Alcaraz,
Pàmies, Cantó, Rives, González, Zambrana, Arronis, Bernat, Gras, Navarro,
Aracil, Berna, Faura, Sáez, Roda, Manresa, Lozano, Pacheco, Balboa, Martínez y
Ferrández.
Onteniente: Montllor.
Villena: Ferris.
Orihuela: Llopis y Ruiz.
Beniel: Marín y Sánchez.
La antigua
estirpe comarcana de su familia ofrece distintos ejemplos. La línea más antigua
encontrada es la de Pedro Marhuenda, casado con Josefa Yñigo en torno a 1680.
Son dos familias bien situadas. No se ha encontrado su defunción, pero el
quinto abuelo de Josefina, un tal Jusepe Marhuenda Yñigo, nos indica que en
estas tierras se hablaba valenciano, que no era natural pero sí vecino del
lugar de Cox, y que se casa con María Anna Valero Ruiz, también vecina del
lugar de Cox. Son las primeras décadas del siglo XVIII. El matrimonio bautizó a
seis hijas y el último descendiente, un varón, mantendrá el apellido Marhuenda,
la línea directa de Josefina. El primer Marhuenda nacido en Cox es Joseph
Martín Marhuenda Valero, que nace en el lugar el 10 de noviembre de 1752. Este
se casará con María Rodríguez Alcaraz, que a su vez era natural de Abanilla, lo
que manifiesta la importante imbricación de la Vega Baja con su hinterland de
la zona de Murcia. Y otra curiosidad más: el primer bautizo que se realiza en
la iglesia de La Murada (Orihuela) el 24 de junio de 1788 es el de Josefa
Bernarda Campuzano García, cuarta abuela de Josefina.
Una familia bien situada en el siglo XVIII pero que lo pierde todo en el
XIX
La partida de
defunción del primer Manresa que llega a Cox evidencia que se trata de gente
con buen nivel económico. Juan Manresa de Cordova, natural de Callosa, fallece
en enero de 1749 en Cox y hace testamento ante el notario Policarpo Pareja
disponiendo que su cuerpo fuera vestido con el hábito de Nuestra Señora del Carmen
y enterrado en la iglesia parroquial de Callosa «con
acompañamiento ordinario y cuatro religiosos de Nuestra Señora» que había que pagar, además de dejar pecunio suficiente
para que por su alma se ofrecieran 120 misas. Unas disposiciones que resultan
anecdóticas pero indicativas de que la familia de Josefina Manresa, cuando se
traslada a Cox, es acomodada y de muy buena posición social. Los Manresa que
quedan en Cox comienzan a emparentar con todas las familias del lugar: los
Rives, los Santo, los Maciá, los Tomás, los Lozano, los Gambín...
Tras la relativa bonanza económica del setecientos, los difíciles años del primer tercio del siglo XIX pasaron también factura en la Vega Baja: la guerra contra el francés y estancia de las tropas francesas en la península, vaivenes políticos y vuelta al absolutismo, terremotos en la comarca, cambios climáticos (se habla de una pequeña edad de hielo) que provocan importantes pérdidas en las cosechas, o epidemias como la de 1811 de fiebre amarilla o de cólera en 1834, arrasarán con la estructura familiar cercenando ramas del árbol genealógico y perdiendo alguna línea. Tales calamidades producen una catástrofe a nivel demográfico y a nivel económico. Las familias se deshacen y la de Josefina Manresa no es ajena a esta tendencia, que se prolonga toda la centuria. El tatarabuelo de Josefina, José Marhuenda Rodríguez (Cox, 1777), casado con Bárbara Pamies Rives, fallece en 1811 de fiebre amarilla. La maltrecha economía familiar ya no se recuperará. Al contrario. Otra pandemia, la de cólera de 1885, les afectó también con especial dureza. Sus bisabuelos paternos mueren con pocos días de diferencia: Joaquín Manresa Serrano (Cox, 1833-Cox, 1885) y María Almarcha Cutillas (La Murada, 1834-Cox, 1885).
Apellidos y ciudades originarias de los parientes Manresa
Callosa: Manresa, Córdoba, Serrano, Durán y Carpena.
Cox: Manresa, Lozano, Santo, Rives, González, Macía, Boybia,
Orts, Juan, Zambrana, Ruiz, Gambín, García, Pàmies, Follana, Ferrández,
Arronis, Berna, Thomás (Tomás) y Ballester.
Orihuela: Alcaraz, Rodríguez, Piña, Martínez, Almarcha, Córdoba,
Alarcón, Marco, Pérez, García, Ruiz.
Redován: Thomás (Tomás) y Sánchez.
Aspe: Cerdán y Muñoz.
Benferri: Cutillas, Marco, Navarrete y Ruiz.
Alcantarilla: Espín.
Murcia: Pellizer, Escámez, Ruiz, Talón, Melgarejo y López.
Yecla: Carpena.
Nonduermas: Campisano ( Campuzano).
Abanilla: Rodríguez y Alcaraz.
Decíamos que los
antepasados hablan, y cuando los vas conociendo empiezan a surgir historias
desconocidas, alianzas matrimoniales, evoluciones familiares que en ocasiones
no se entienden, pero están ahí. Ir hacia atrás en un árbol genealógico es
entrar en una especie de cuello de botella en el que todos estamos relacionados
de una manera o de otra, y en la genealogía de Josefina Manresa se encuentran
relaciones que la historia no ha dejado ver. Algunas especialmente irónicas,
como su parentesco con el procurador en Cortes franquistas y obispo de León
Luis Almarcha, pieza clave en la
vida y en la muerte del poeta Miguel Hernández. A nivel genealógico, cosa
inédita, Almarcha y Josefina comparten tatarabuelo, pero si en el primero se
conservó el apellido, en la segunda prevaleció la línea masculina de los
Manresa y los Marhuenda y terminó perdiéndolo, aunque lo tiene asimilado. Es
precisamente la bisabuela paterna de Josefina, María Almarcha, muradeña como lo
era el obispo, la que llevará el apellido a Cox tras su matrimonio con Joaquín
Manresa. José Juan Manresa Almarcha, hijo de ambos y abuelo paterno de
Josefina, también nació en 1859 en La Murada. Ella conoció muy bien a su abuelo
José Juan, padre de su padre: cuando falleció en Cox en 1936 (poco antes del
inicio de la Guerra), ella tiene 20 años. Si Josefina Manresa y Luis Almarcha
sabían de esta relación familiar, es discutible e imposible asegurar. Almarcha,
muradeño ilustre con plaza en su pueblo y calle en León, podría haber
encontrado la conexión familiar con los Manresa de Cox teniendo alguna
inquietud genealógica, y en estos años, además, habría pocas personas con este
apellido en la pedanía oriolana. Por su parte, Josefina conocía que su abuelo
era de La Murada y que el apellido materno de éste era Almarcha. La reflexión
que surge sobre una posible intervención que hubiera salvado la vida de Miguel
Hernández es inevitable.
Josefina Manresa
es el epítome de la España de la época y otra vez, en la guerra civil, sufre en
primera persona el desgarro del conflicto con su tragedia personal, en medio de
la intransigencia de los dos extremos del arco político. Su padre, Manuel
Manresa Pamies, guardia civil, fue asesinado en Elda por el extremismo de
izquierda en 1936. Su marido, Miguel Hernández, muere desatendido en una cárcel
de la represión franquista en 1942, en el barrio alicantino de Benalúa. Para
ella fue una posguerra especialmente dura, como para tantas mujeres españolas
de la época, llena de escasez (eufemismo en realidad de hambre) y de duelo
permanente por maridos, por padres, por hijos. Solas en el anonimato de la
miseria y la lucha por sobrevivir.
Josefina Manresa, en su domicilio familiar en Elche, donde siempre recibió a cualquier persona interesada en la vida y en la obra de su marido, Miguel Hernández. Imagen: Archivo Joan Pàmies
A Josefina, mujer
de sencillez entrañable, costurera de oficio, se le ha supuesto limitada
preparación cultural. Los que la conocimos, sin embargo, podemos afirmar lo
contrario. Su formación, de autodidacta, era muy superior a la de las personas
de su entorno. Fue una esponja que recogió aportes culturales de Miguel,
directamente y por sus escritos; otra fuente formativa fue la preparación y
lectura de las publicaciones, los debates y conversaciones con las personas que
tuvimos relación con ella, nuestros diálogos eran muy ricos y atravesados de
vida cotidiana y muchas veces por la literatura y la política. Josefina sabía
muy bien cuál era el pensamiento de su esposo, que compartía; realizó un
extraordinario trabajo de conservación de la memoria documental y vivida de
Miguel Hernández. De una parte, manteniendo los escritos y objetos del poeta
consciente de su valor, para ella y para el resto del mundo. De otra,
transformando memoria en obra literaria con la publicación de Recuerdos de
la viuda de Miguel Hernández (1980)[2],
donde Josefina Manresa nos legó la parte más personal de la vida de Miguel
Hernández.
La escritora
Concha Zardoya (Valparaíso, Chile, 1914-Madrid, 2004) comentaba de este libro[3]:
«Estos recuerdos que Josefina ha escrito con tanto amor y
dolor (...) mencionan los lugares por donde paseaban o se hablaban, los juegos
y “ritos” que se inventaban, las casas en que vivieron, ilustrando lo que
cuenta con citas poemáticas o fragmentos de cartas en donde queda constancia
del recuerdo (...) una historia de amor trágico que hay que leer con extremo
respeto (...) No es una pieza artística, sino un documento vivencial e
intrahistórico (...) que rezuma tristeza y que nos conmueve con frecuencia y, a
veces, hasta el punto de las lágrimas. Porque el poeta Miguel Hernández vuelve
a aparecer vivo ante nosotros (...) y nos es presentado no con un estilo sentimental
o sentimentaloide, sino escueto, pudoroso, humilde (...) Josefina Manresa posee
una aguda conciencia de lo que está haciendo como escritora (...)».
Miguel admiraba a Josefina y ella a él. Esa admiración recíproca es necesario para amar. Estuvieron enamorados, y ese recuerdo convirtió a Josefina en la mujer necesaria. ¡Al lado de una gran mujer estuvo un gran poeta!
[1]Fuentes
documentales: Archivo de la Catedral de Orihuela; Registro Parroquial de la
Iglesia Santas Justa y Rufina (Orihuela); Registro Parroquial de la Iglesia de
Santiago (Orihuela); Archivo Parroquial de la Iglesia de San Martín (Callosa de
Segura); Registro Parroquial de la Iglesia de San Miguel de Salinas; Registro
Parroquial de la Iglesia de San Juan Bautista (Cox); Registro Parroquial de la
Iglesia de Pilar de la Horadada; Registro Parroquial de la Iglesia de Nuestra
Señora del Pilar de Benejúzar; Registro Parroquial de la Iglesia de Nuestra
Señora de Belén (Bigastro); Registro Parroquial de la Iglesia de Santiago
Apóstol (Benijófar); Registro Parroquial de la Iglesia de San Juan Bautista
(Elche); Registro Parroquial de la Iglesia de San Jerónimo (Benferri); Registro
Parroquial de la Iglesia de San José (La Murada-Orihuela); Registro Parroquial
de la Iglesia de San Miguel (Redován); Registro Parroquial de la Iglesia de los
Santos Juanes (Catral); Archivo Histórico Municipal de Orihuela; Archivo
Histórico Municipal de Elche; Registro Civil de Cox; Registro Civil de
Orihuela; Registro Civil de Redován; Registro Civil de Elche.
[2]Manresa
Marhuenda, J. (1980). Recuerdos de la Viuda de Miguel Hernández. Madrid:
Ediciones de la Torre, 1ª edición, 179 p.; 36 p. de lám.