Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 81 – Invierno 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

El mundo en experiencias: la diversidad que nos une

 

 

Foto de grupo con el pueblo indígena Tukano en el Alto Río Negro, Manaos (Brasil)

Viajar te obliga a mirar al otro sin filtros, a observar, escuchar y adaptarte. Sobre todo, te enseña que desde casa no siempre se ve con claridad: la diversidad cultural no es una barrera, sino una oportunidad para entendernos mejor.

Durante nuestro año sabático atravesamos países, idiomas y hábitos muy distintos. En algunos lugares nos sentimos parte de la comunidad desde el primer momento; en otros, la integración fue más lenta o no llegó a darse. Lejos de juzgarlo, entendimos que cada sociedad se relaciona con «el otro» de formas marcadas por su historia, su clima, su estructura social y sus propios miedos.

 

Diversidad en acción

 

Participando en bailes tradicionales junto a un grupo de mujeres en Udaipur (India). Foto: Felipe Cabello Colón

India fue uno de los países donde la diversidad se manifestó con más intensidad. Cada ciudad parecía un país distinto, con idiomas, religiones y formas de vestir y de vivir que cambiaban en cuestión de kilómetros. Y, sin embargo, en medio de ese caos aparente encontramos una hospitalidad difícil de describir: personas que, aun teniendo poco, ofrecían lo que tenían; familias que nos invitaban a entrar en sus casas sin conocernos. Allí el individuo no está solo, sino sostenido por lazos familiares y sociales.

Recuerdo una escena que lo resume. Paseando por Udaipur, vimos una casa en plena celebración y, por curiosidad, me acerqué —me encantan los bailes al estilo Bollywood—. Nos invitaron a entrar, terminé bailando con las mujeres en medio del grupo y, después, nos unimos a la comida como si fuéramos parte de la familia. Allí entendí que la diversidad no se tolera, se vive.

 

Contraste que une

 

Desfile de Carnaval en el Sambódromo de Río de Janeiro (Brasil). Foto: Felipe Cabello Colón

Brasil nos mostró otra cara de esa riqueza cultural. Es un país de contrastes extremos donde la selva convive con grandes metrópolis. Cerca de Manaos visitamos al pueblo indígena Tukano, una comunidad fiel a sus tradiciones que, sin renunciar a su identidad, emplea el móvil y las redes sociales para comunicarse y dar a conocer su cultura. Nos hablaron de su apuesta por un ecoturismo respetuoso que incluye retiros espirituales y prácticas de medicina tradicional amazónica. Ver sus rituales y escuchar su historia fue una lección de equilibrio entre identidad y adaptación.

En ciudades como Río o São Paulo, la música y las celebraciones forman parte del día a día. Al mismo tiempo, la pobreza y la inseguridad obligan a muchas personas a vivir con precaución. Brasil nos recordó que la diversidad trae alegría, pero también contradicciones, y que aprender a convivir con ambas realidades es parte del aprendizaje.

 

La diferencia que suma

 

Vista aérea de la Ópera y el puente del puerto de Sídney (Australia). Foto: Felipe Cabello Colón

Australia fue otro ejemplo revelador. En Sídney y Melbourne la multiculturalidad es una realidad cotidiana. Personas de orígenes muy distintos conviven de forma natural y las comunidades asiáticas están plenamente integradas en todos los ámbitos sociales. Allí no te sentías «el extranjero»; eras simplemente una persona más. Esa normalización de la diferencia crea espacios donde la diversidad suma sin necesidad de explicación.

Probablemente influye también que Australia lleva años con programas de visados para atraer talento y cubrir necesidades económicas. En comparación con otros lugares, se percibe que quienes llegan son valorados por lo que aportan.

La paciencia crea lazos

 

Partida colectiva de ping-pong en Trädgården, Estocolmo (Suecia). Foto: Esther Elkouss Coronas

No en todos los lugares la experiencia es igual. En varios países del norte de Europa todo funciona con precisión: servicios excelentes, organización clara y un ritmo de vida más sosegado. La cercanía allí se construye con calma; no es frialdad, es otra manera de entender la convivencia. Cuando surge, la relación suele ser sincera y duradera.

Esas comunidades saben unirse en torno a sus pasiones —partidos de fútbol, mercados gastronómicos, cervecerías al aire libre o conciertos en parques— y cuando conectas con la gente local vives una experiencia cultural más profunda.

Más en común

 

Encuentro de juegos de mesa de Meetup en el Parque de Cinquantenaire, Bruselas (Bélgica). Foto: Felipe Cabello Colón

A lo largo del viaje entendí que tenemos más cosas en común de lo que pensamos. Todos buscamos seguridad, pertenencia, respeto y conexión. Las diferencias culturales no nos separan cuando hay curiosidad. Lo que realmente divide es el miedo a lo desconocido.

En una ocasión, una familia local nos hospedó unos días. Cenamos en su jardín, compartimos historias y reímos hasta la madrugada. Aquella noche quedó claro que, más allá del origen, la edad o la situación económica, las ganas de conectar son las mismas.

La diversidad empieza en casa


Certamen Internacional de Habaneras y Polifonía en el Teatro Municipal de Torrevieja (España). Foto: Felipe Cabello Colón

Esta reflexión cobra especial significado al mirar a casa. Torrevieja es una de las ciudades españolas más internacionales: conviven residentes procedentes de 123 países. Esa diversidad es una riqueza inmensa, pero también un reto. ¿La vivimos como una oportunidad para aprender o como comunidades que apenas se cruzan?

Las asociaciones culturales, los eventos locales y los espacios compartidos juegan un papel clave. Son lugares donde la diversidad deja de ser una etiqueta y se convierte en experiencia real.

Encontrarse, no sólo convivir

 

Ruta teatralizada «Un paseo por la historia salada de las lagunas de Torrevieja» de Ars Creatio en el Parque Natural de La Mata (España). Foto: Esther Elkouss Coronas

Viajar me enseñó que la diversidad no se gestiona desde la distancia, sino desde el contacto. No basta con convivir: hay que encontrarse, escuchar y compartir. A veces no hace falta cruzar océanos para practicar esa apertura; basta con mirar con otros ojos a quien tienes al lado. Al final, la diversidad no nos separa, nos recuerda que el mundo es mucho más amplio y fascinante cuando aprendemos a mirarlo juntos.

Esther Elkouss Coronas ha liderado proyectos de marketing y eventos en ciudades como Nueva York, París y Madrid. Apasionada de la cultura y los viajes, tras recorrer 67 países en un año fundó Miss Flamingo, una plataforma digital de experiencias que da visibilidad a la riqueza auténtica de Torrevieja y su entorno.