Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 81 – Invierno 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

En un segundo toda la vida

 

El muchacho joven se subió a un barco en el puerto de Vigo a comienzos del 900.

La travesía duró más de tres meses.

—¡Buenos Aires a la vista! —gritó uno de los que comandaban el barco repleto de emigrantes.

La alegría corrió por todos lados. Los colchones, que olían a encierro y cuerpo transpirados, recibieron su último adiós. Ya no harían falta en el nuevo destino, y la decisión fue contundente: fueron arrojados al fondo del Río de la Plata. El acto simbolizaba no sólo deshacerse de un objeto, sino también dejar atrás las incomodidades y dificultades vividas durante la travesía, preparándose para un nuevo comienzo lejos de aquellos recuerdos persistentes.

Pero el puerto no estaba tan cerca. Faltaban muchas horas para atracar. Esa noche todos los pasajeros tuvieron que dormir sentados en las tablas del piso.

La sonrisa estaba en sus rostros cansados de tanta agua, de los vientos que movían la embarcación y de las enormes tormentas que los dejaban encerrados.

Cuando arribó al puerto, su hermano mayor lo estaba esperando. Comenzaba una nueva vida.

Como todo gallego inmigrante, trabajó en algún bar. Los domingos su paseo era visitar el puerto, porque le quedaba cerca y porque la imaginación volaba para abrazar a su familia que quedó tras el océano.

Veía las barcazas que transportaban arena y adoquines de granito que venían de Uruguay.

Averiguó detalles y, sin pensarlos mucho, uno de esos domingos de paseo dio el paso que lo llevó a otro destino.

Llegó a otro país. Pidió trabajo y se lo dieron. Se necesitaban manos jóvenes.

Esos lugares le traían el recuerdo de la aldea donde nació, fue a la escuela, tuvo familia y amigos, pero la pobreza dormía en cada casa.

—Estás contratado, muchacho —dijo el capataz de la cantera.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Manuel.

—Romper el granito hasta que tengan la forma de adoquines —contestó con pocas palabras el contratista.

Ahí supo que esas piedras eran las que cubrían las calles del barrio La Boca. Donde vivía su hermano.

Pasó el tiempo y se hizo baqueano. Cuando la piedra de una cantera se terminaba, todos los obreros buscaban trabajo en otros lugares.

Él, su esposa y su hija se trasladaron a un paraje cercano, para empezar a sacar el granito de otra cantera.

Lo nombraron responsable de colocar las cargas explosivas que fracturan la piedra y las hacían manejables.

—El barreno ya está pronto. Ubíquense bien lejos —dijo Manuel.

—Ya nos vamos —contestó uno de ellos.

Manuel introdujo la carga de pólvora en los agujeros de la roca y la selló. Sólo quedaba la detonación. Se alejó para protegerse.

Pasaron los minutos y nadie sintió el ruido de «los barrenos», como los llamaban en la jerga del trabajo.

Pasó un tiempo prudencial y Manuel pensó que era hora de ver qué había sucedido, muchas veces la pólvora falla.

—Todos lejos. Voy a subir para comprobar que esté apagada —advirtió.

Se acercó con extrema cautela. En ese tiempo las leyes no obligaban a usar equipos para desactivar, pero él era hábil. Muchas veces había solucionado algún que otro problema similar.

La explosión fue tremenda e inesperada. Sus brazos fuertes fueron mutilados. La sangre corrió por su cuerpo y por la piedra intacta.

Sus compañeros acudieron a socorrerlo.

Su dolor era inmenso. Cuando se miró vio que sólo le quedaban tres dedos en una mano.

Seguía vivo, se lo decía el dolor inmenso que lo invadía.

El dolor y el miedo se metieron en cada una de las pequeñas casas que formaban el poblado.

La alegría tomó un gusto amargo, compasivo. La rabia, la impotencia, la desesperación se adueñó de los cuerpos.

Seguía vivo porque cuando pasó el tiempo pudo seguir trabajando para mantener a su familia.

Seguía vivo porque su voluntad se lo permitía y los domingos se iba al boliche a tomar unos vinitos con sus paisanos y volvía cantando y bailando la jota por un camino de pasto y arbustos.

 

Alicia Jaime Pérez. Primavera de 2025