Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 81 – Invierno 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

SOMBRAS Y LUCES DE BOHEMIA 

El esperpento de Valle-Inclán (I): el feísmo estético de genio español 

© Jesucristo Riquelme y Clara Paterna Antón

Voz en off.– Silencien los móviles, por favor. La función va a comenzar: segundos fuera.

El elenco más completo de la asociación cultural Ars Creatio, premio Diego Ramírez Pastor 2024, de Torrevieja, puso en escena, el pasado 18 de diciembre de 2025, en el Teatro municipal de la ciudad, una de las obras más emblemáticas del teatro español del siglo xx: Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán. Esta representación constituyó el colofón de las actividades del vigésimo aniversario de la inquieta y altruista institución cultural. Y, para ello, recurrieron a una obra centenaria de la máxima vigencia, que no cae del repertorio clásico y contemporáneo con el paso de los años: ¡y ya ha superado la barrera de su centenario!

Valle-Inclán (1866-1936) creó la técnica dramatúrgica más relevante de nuestro teatro contemporáneo: el esperpento. En el esperpento se amplifica o deforma la realidad para denunciarla y para mofarse de ella con la combinación de lo trágico y lo grotesco.

El estrafalario Valle era «La mejor máscara a pie que cruzaba la calle», en palabras del autor de las Greguerías, Ramón Gómez de la Serna. Si nosotros tuviéramos la suerte de verlo pasar ahora por las Ramblas, de Barcelona, o por el barrio del Carmen, de Valencia, o por la calle Alcalá, de Madrid, o por el Paseo Vista Alegre, de Torrevieja, no podríamos resistirnos a decirle: «Me quito el cráneo, maestro». Y, con bastante seguridad, le pediríamos un selfi.

 

* * * 

A finales de 2017, Luces de bohemia era la única obra de teatro en castellano de todos los escenarios profesionales o semiprofesionales de Cataluña. Fue llevada a las tablas, con éxito de crítica y público, por el grupo Teatre del Sol, en Sabadell (Barcelona), durante muchísimos fines de semana, que se prolongaron a lo largo de 2018. Con aquel motivo, presencié ensayos, actuaciones parciales y funciones completas, y, a petición del grupo, redacté el programa de mano que se repartió en cada una de las sesiones con el aforo repleto. He aquí el texto original.

LUCES DE BOHEMIA:

ESPERPENTO, DESREALIDAD Y TEATRO GROTESCO

(REÍR PARA NO LLORAR)

Luces de bohemia, del cosmopolita gallego Valle-Inclán, fue publicada en 1924. Sabadell, casi como «teatro pobre», llevó a la Palestra por primera vez esta obra en España (25-2-1968), fuera del ámbito de las aulas universitarias. Desde la fundación de Teatre del Sol, en 1988, este es el primer espectáculo en castellano: Luces de bohemia marca un hito en la historia de la dramaturgia europea: es teatro contemporáneo con casi un siglo de resistencia. Con todos sus contrastes, vamos a contemplar una hermosa estética del feísmo, de lo sórdido, de la disonancia, del expresionista claroscuro, del absurdo más lúcido y meditativo. Todo un regalo para el espectador.

Dos desahuciados, el ciego Max Estrella y el ladino don Latino, realizan un via crucis hasta descender a los infiernos de la noche madrileña: alegoría de la vida bohemia que en esos momentos históricos carece de sentido para la supervivencia. El montaje de Ramón Ribalta, contra toda alienación, es esmerado al extremo: actores de clara dicción, con inflexiones de acentos intencionadamente chulescos de Madrid o populares de Andalucía o catalanes cuando procede, con un habla ajustada a ritmo y tempo para marcar la ironía y el sarcasmo. El lenguaje deformado y deformante –estemos atentos– es clave en este drama en el que no hay Final feliz, aunque sonriamos al apagarse los focos del proscenio. La escenografía –trece decorados distintos– es un ingenioso alarde de oficio teatral: tres proyectores cenitales pasan imágenes (a modo de NO-DO, a modo de descripción emocional, a veces con breves locuciones en directo para las acotaciones más literarias) con sonidos impactantes y un cromatismo artesano que ambientan y contextualizan el discurso.

El esperpento es una invención de estilo, una nueva técnica de práctica teatral: surge de la necesidad de crear un mundo artístico extraído de la realidad histórica más caótica y decadente de una España dolorosamente en crisis: «Nuestra tragedia no es tragedia», espeta Max Estrella, porque no tiene héroes ni nobles circunstancias, sino grotescos comportamientos. Era la España de hoy hace un siglo. El esperpento es denuncia negra con el más negro humor: muestra el lado cómico de la parte trágica (y grotesca) de la vida misma en su Historia y en su intrahistoria. Valle crea, primero, un ambiente escénico de toda España concentrada en un Madrid «absurdo... y hambriento»; después desarrolla situaciones disparatadas que terminan siendo desternillantes: los personajes –un microcosmos de 38 en escena– son peleles o guiñoles, casi carnavalescos: vestuario magnífico, peinados y maquillaje, émulos de eficientes máscaras, aspavientos, gestos y proxémica, resaltadores del drama de la trama. No estamos ante un trabajo realista de los actores: esta estirpe de personajes está lejos de someterse al método Stanislavski; más bien, por erigirse en un teatro antimimético, un teatro que deforma y distorsiona la realidad (sin falsificarla nunca), se deben a la técnica de Meyerhold (actuación grotesca, ligeramente absurda), como precursora de Brecht (recepción distanciada de fragmentos de una acción discontinua y destartalada): un teatro audaz de «trágica mojiganga», un teatro épico, que no renuncia al discurso patético y humanizado, paradójicamente, a base de cosificación y animalización de figuras y lenguaje.

Valle no deja títere con cabeza: critica amarga y tragicómicamente el devenir de la España de su último cuarto de siglo: del desastre colonial de 1898, hasta la Semana Trágica de Barcelona, en 1909, o los desmanes policiales del periodo de las presuntas leyes de fugas o las inquisiciones ya previas a la dictadura de Primo de Rivera (1923). La vigencia del texto invita a la reflexión del espectador avezado que intuirá esta consigna tácita con la que se sobrevive política y socialmente: «Favores, con los amigos; leyes, con los enemigos». Sí, esto es hablar de hoy: «Me quito el cráneo» ante Teatre del Sol y ante Valle-Inclán. Disfrutemos con un teatro diferente: el de los espejos cóncavos, el del autor en el aire, el que ve a través del fondo del vaso del vino de la casa…

(Sabadell, septiembre de 2017)

La versión de Ars Creatio contó con treinta y nueve actores, encabezados por Alejandro Blanco (Max Estrella) y Juan Antonio López (Don Latino de Hispalis). La dramaturgia, con respeto del texto original de 1924, se debe al saber escénico de sus dos directores: Josefina Nieto y Eliseo Pérez. El montaje técnico, con numerosos efectos de imagen y sonido, aportó trece vertiginosos y ágiles cambios de decorado, con el apoyo de proyecciones como telón de fondo y perspectiva; el vestuario respondió a los quehaceres individuales que dictó el colectivo: ¡todos iban niquelados, incluso con raya de planchado y trajes de estreno! Un total de algo más de medio centenar de personas fueron necesarias para afrontar el reto del esperpento en las tablas de un teatro con cuarta pared

La ovación del incondicional público premió el esfuerzo y el talento de un colectivo que, para tantos feligreses, se hace imprescindible en el pulso cultural de Torrevieja y pide a gritos salir de sus fronteras. 

Tienes ante tus ojos, y en tu cerebro, la posibilidad de descubrir y comprender, entre bohemia y sonrisas, el valor de una obra de teatro tan seriamente desternillante y tan lúcidamente sombría. Pero, por lo pronto, ahora, por favor, responde antes de seguir bajando estas páginas cibernéticas: ¿Tú luces de bohemia? ¿Tú luces de bohemio? (En la imagen, Juan Antonio López –Don Latino– y Alejandro Blanco –Max Estrella–. Foto: Darío Pérez. TorreviejaOn). 

Les rogamos que no presten atención: la van a necesitar para concentrarse y comprender mejor la obra: un drama que no tiene desperdicio y que emerge a flote despedida de los espejos incluso si lo sometemos a la prueba del amateurismo más recamado.

Vamos a analizar la obra, en tres entregas, a partir de su texto dramático, es decir, a partir del documento escrito, y también a partir de las puestas en escenas presenciadas. Esto, con la ayuda del juicio joven de Clara Paterna, nos permitirá intentar aproximar el sentido de esta compleja obra al público interesado. Retomamos el estudio preliminar que preparé con la colaboración entonces de mi hijo Carlos R. Talamás, para la versión más cuidada de los últimos años: Luces de bohemia, Micomicona, Valencia, 2017, edición de Pedro de la Horra, pp. 6-100. ISBN: 978-84-945559-9-2.

Parte I. El feísmo estético de genio español

Eximio escritor: ¿extravagante ciudadano?

Dos ediciones (1920 y 1924): ¡Segundas partes... fueron buenas! 

Censuras y mutilaciones

Superación del Modernismo y del 98

Título: luces –de bohemia

La bohemia: la poetambre

El descenso a los infiernos: un viaje con-sentido. Argumento 

La situación histórico-trágica de España

La obsesiva necesidad del dinero

Parte II. El callejón del Gato, un callejón con salidas  

«La tragedia nuestra no es tragedia». El género de un nuevo teatro 

El esperpento es deformación grotesca: negra denuncia y humor negro 

El esperpento: superación del dolor y la risa

Fuentes de Luces de bohemia: crítica hidráulica 

Citas y referencias literarias en Luces de bohemia

El espejo del Gato: rasgos y rasguños del esperpento

Degradación de los personajes

Deformación del espacio

Situaciones chirriantes y descabelladas

Chocante lenguaje manipulado: registros estilosos para todos los gustos

La última noche de luces de bohemia. Me quito el cráneo: contenidos  

Via crucis: estructura del drama

—Primer momento climático: el calabozo (LB, 6)

—Segundo momento climático: la calle (LB, 11) 

Parte III. El espejo nacional

Personajes de crápula: retablo nacional  

La angostura del tiempo: una noche sin estrella 

Espacio: cuadro de luces

Puesta en escena: otros elementos

Mucho luces en Luces de bohemia: estiloso idioma

Teatro para leer. Las acotaciones 

Referencias bibliográficas

Reparto (personajes y actores)  

Max Estrella: Alejandro Blanco Vega

Madama Collet: Marisol Cos Delgado

Claudinita: Esther Elkouss Coronas

Don Latino de Hispalis: Juan Antonio López Jordán

Zaratustra: Francisco Manuel Sánchez Fernández

Don Gay Peregrino: Antonio Pérez Boj

Un chico: Violeta Gálvez Torres

Otro chico: Carla Gálvez Torres

La chica de la portería: Elisabeth Atamanenko

Pica Lagartos: Eliseo Pérez Gracia

Un mozo de taberna: Carlos Sánchez Munuera

Enriqueta la Pisa-bien: Carolina Martínez López

El rey de Portugal: Jaime Sanchís Gómez

Zacarías: Damián Romero Pérez

Dorio de Gádex: Pablo Vílchez García

Clarinito: Manuel Sánchez Martínez

Pérez: Pablo Hernández Ferrández

El capitán Pitito: Javier Nieto Roca

Un sereno: Enrique Fernández Valdés

Guardia: José Miguel Toro Carrasco

Serafín el Bonito: Ferrán Alarcón Correcher

Un preso: Antonio Manuel Berná Ortigosa

Don Filiberto, redactor jefe: Javier Nieto Roca

Ministro de Gobernación: Andrés Iglesias Castelao

Dieguito, secretario de S. E. el ministro: Federico Alarcón Martínez

El ujier: Germán Gutiérrez Gómez

La Cotillona: Amparo Moreno Viudes

La Lunares: María Belén Pérez Queipo

Rubén Darío: Antonio Sala Buades

Un joven desconocido: Enzo Blanco Pérez

Romualda: María José García Marcos

La empeñista: Marina Gallud Carbonell

Una portera: Carolina Medina Martín

Una vecina: Trini Gómez Pérez

La costurera: Paqui Delgado Cano

La señá Flora: Emma Pérez Beviá

La Cuca: María Luisa Molina Gallego

Basilio Soulinake: Héctor Lucas García

El Pollo del pay-pay: Juan de Dios Conesa Girona

La Pacona: Ana Meléndez Zomeño

Equipo técnico, decorados y atrezzo

Emma Pérez Beviá, Laura Gutiérrez Gómez, Antonio Ruiz Hurtado, Marisol Cos Delgado, José Antonio Vallejos González y José Miguel Toro Carrasco

Maquillaje

María José Conesa Bleda e Inés Martínez Conesa

Colaboraciones especiales

Carlos Urrutia, Museo de la Imprenta, Real Club Náutico de Torrevieja, parroquia de la Inmaculada, Sociedad Cultural Casino de Torrevieja y Berbois S. L.

Diseño de cartel

César Rodríguez Mateo y Natividad Pérez Caselles

Dirección

Josefina Nieto Gómez y Eliseo Pérez Gracia


Valle-Inclán. Eximio escritor: ¿extravagante ciudadano?

«Este que veis aquí, de rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba, soy yo: don Ramón del Valle-Inclán. (…) Llevo sobre mi rostro cien máscaras de ficción (...) Acaso mi verdadero gesto no se ha revelado todavía. Acaso no pueda revelarse nunca bajo tantos velos acumulados día a día».
Ramón Valle Peña fue un hombre muy peculiar.[1] De familia culta y situada, venida a menos, mantuvo dignidad y orgullo propios de un hidalgo. Nació en Villanueva de Arosa (Pontevedra, 28 de octubre de 1866) y falleció en Santiago de Compostela (La Coruña, 5 de enero de 1936).[2] El mundo gallego impregna sus primeras obras narrativas y teatrales. Cursó estudios de Derecho y de Dibujo en Santiago, pero no se graduó. Tras la muerte de su padre, en 1890, después de conocer al escritor José Zorrilla, se marchó con un pequeño equipaje literario, repleto de ilusiones, a hacer los Madriles: frecuentó tertulias (Café de la Montaña, La Cacharrería del Ateneo, Café del Pombo, Gato Negro...) y sobrevivió, raquítico, de colaboraciones en la prensa. En la foto de grupo, se recoge el homenaje a don Nadie, en la tertulia madrileña del Café Pombo; Valle-Inclán aparece, en compañía de, entre otros, Ramón Gómez de la Serna y Gutiérrez Solana... En el centro, el sillón vacío de don Nadie. 

Fue Valle un joven rebelde, que siempre manifestó su desacuerdo con la generación realista anterior. De espíritu aventurero, en 1892, a los 25 años, emprende un largo viaje a México; allí desempeñó un excelente papel teatral para mantenerse vivo y comer: actuó de periodista y de soldado. Y, lo más importante, inventó un pasado falso y heroico con el que regresó al año siguiente a España: cimentó su leyenda y creó el personaje que le acompañó toda su vida con el nombre artístico de Valle-Inclán:

«Estuvo el comienzo de mi vida lleno de riesgos y azares. Fui hermano converso en un monasterio de cartujos y soldado en tierras de Nueva España. Una vida como la de aquellos segundones hidalgos que se enganchaban en los tercios de Italia por buscar lances de amor, de espada y de fortuna. Como los capitanes entonces tengo una divisa, y esa divisa es como yo, orgullosa y resignada: "Desdeñar a los demás y no amargarse a sí mismo"».[3]

Por ello, máximo divulgador de su patraña, debido a su carácter pendenciero y provocador, cuando era detenido, se identificaba como coronel general en Tierra Caliente. Y pronto devino en contestatario, insumiso y bohemio: «Flaco hasta la momificación», con «una barba ninivita del siglo xix antes de Cristo», mediana estatura, casi siempre con anteojos, capa y sombrero, al decir de Ricardo Baroja. Su conducta vehemente le hizo perder el brazo izquierdo a consecuencia de una riña con el periodista Manuel Bueno en la Café de la Montaña, del Hotel París de la capital española, en 1899: corría el bulo, alimentado, entre otros, por Valle, de que Bueno cobraba como ¡ama de cría! en el Ayuntamiento de Madrid, rebajado de servicio; en una ocasión, Valle disertaba, entusiasmado, sobre el duelo como una de las Bellas Artes; la animadversión de Bueno le hizo intervenir para quejarse de que el duelo era improcedente ya que uno de los contendientes era menor de edad, y que además era ilegal; a Valle molestó la interrupción y amenazó; Bueno le propinó un bastonazo en la muñeca izquierda que le clavó el gemelo y le rompió los huesos del antebrazo: provocó una gangrena y hubo que amputar el brazo.

A principios de siglo Valle-Inclán pasó por ser el nuevo sacerdote del arte modernista: cuidó su estrafalario aspecto, con larga barba de pelo cano, chambergo y chalina. Y, aunque llegó a vivir casi en la indigencia y pasó hambre, nunca aceptó limosna o comida por caridad, y jamás se planteó alterar sus obras para hacerlas más comerciales: optó por ser coherente con su arte aunque no fuera comprendido ni rentable.[4]

Sin duda, Valle-Inclán es el más insigne autor de novela modernista española y el creador de una nueva técnica teatral vanguardista y comprometida con su sociedad. En sus cuatro Sonatas (1902-1905) y en Flor de santidad (1904) muestra su anhelo exhibicionista de belleza y su desprecio de lo vulgar y ramplón. En las Sonatas, el protagonista es el marqués de Bradomín, personaje de pensamiento carlista, que encarna sus propios ideales, aunque el carlismo de Valle, confeso, siempre fue una pose: veía en el carlismo «el encanto solemne de las bellas catedrales».

Políticamente evolucionó desde posiciones tradicionalistas y religiosas –carlista conservador, antiliberal, antiburgués, pero con cierto sesgo nobiliario– hasta el republicanismo y el compromiso solidario. Este cambió se fragua con su visión estelar de un momento de guerra, en 1916, durante su estancia en la Francia de la I Guerra Mundial: acérrimo aliadófilo, ese año escribe La media noche[5]. Sin dejar de considerarse un esteta –un escritor de constante voluntad de estilo–, progresa hacia una relación arte-vida adversa al modernismo, por considerarlo en esta época un baluarte del inmovilismo de la tradición:

«[A mi literatura] la amé tanto como aborrecí esa otra, timorata y prudente de algunos antiguos jóvenes que nunca supieron ayuntar dos palabras y por primera vez [e], incapaces de comprender que la vida y el arte son una eterna renovación, tienen por herejía todo aquello que no hayan consagrado tras siglos de rutina» (Corte de amor, 1908).

Se opuso al Gobierno de Alfonso xiii (1902-1931) y, en especial, luchó contra la dictadura de Miguel Primo de Rivera (de 1923 a 1930), hasta que, en 1933, se afilia al Partido Comunista de España (PCE) y preside el I Congreso de escritores y artistas revolucionarios y la Asociación de amigos de la Unión Soviética (URSS). En 1935 ostentará la presidencia de honor de la campaña nacional contra la pena de muerte. Primo de Rivera, poderoso rival, lo tachó de «eximio escritor y ciudadano extravagante».

En 1907, contrajo matrimonio con la actriz Josefina Blanco, de la que se separa en 1932, y con quien tuvo una hija, María Concepción.

La imagen de intelectual polemista y las acendradas críticas al establishment, le granjearon numerosos enemigos. La desafección del presidente de la RAE, Antonio Maura, y de su secretario, Emilio Cotarelo y Mori (de 1913 a 1936), le cerraron la puerta de la Academia, «la Docta Casa».[6]

En homenaje a tan egregio escritor, el Círculo de Bellas Artes, de Madrid, ha institucionalizado «La noche de Max Estrella» que consiste en una ruta guiada por calles y callejuelas de la bohemia madrileña de principios de siglo xx la noche del 26 de marzo, víspera del Día internacional del teatro: dramatizaciones, performances, happenings, librerías y bares donde pernoctar leyendo, bebiendo y comiendo.

Dos ediciones (1920 y 1924): ¡Segundas partes... fueron buenas!  

La editio princeps de Luces de bohemia apareció, por entregas sabatinas, en el semanario España (Madrid), dirigido por Luis Araquistain:[7] desde el 31 de julio al 23 de octubre de 1920. Se publicaron doce escenas.[8] 

En 1924, Valle añade tres escenas (II, VI y XI) y realiza ligerísimos retoques en el resto:[9] se edita en formato de libro (imprenta cervantina, Madrid, editorial Renacimiento), con fecha de colofón de 30 de junio de 1924. ¿Por qué modifica la obra? ¿Son cambios sustanciales?

     

Sí. En apenas cuatro años (de 1920 a 1924), el autor tiene una visión nueva de España: la Historia Moderna es pura golfería amoral –venía a afirmar Valle-Inclán–, ya que, tanto políticos como militares, reyes como lumpen y pueblo llano: «los ricos y los pobres, la barbarie ibérica es unánime». (LB, 6).[10] En la edición de 1920 el sentido de la obra se reducía a Max Estrella «vivaqueando por las tabernas y calles del submundo madrileño»: el drama resultaba una expresión nihilista, pues Valle no deja títere con cabeza, todo es maldecido y no hay futuro esperanzado. Sin embargo, en 1924, el dramaturgo ha experimentado una evidente toma de conciencia que quiere compartir con sus lectores: Valle, como Max Estrella, conjuga lucidez y desesperación, y se pone del lado de las víctimas (aunque sin maniqueísmo, ya que retrata las debilidades morales y los vicios de Max, por ejemplo). Las tres escenas son claves para resaltar una intención más punzante del drama: en esas tres escenas aparece escénicamente (aunque no se persone) el Preso, y acaecen las dos muertes por violencia de Estado: el Preso (asesinato) y un niño (¡daño colateral!). Con este primer desenlace del drama, pierde el sentido que el artista se guarezca en la torre de marfil –trasunto literario del guardillón o casa de Max Estrella–: carece de sentido la bohemia modernista y purista del arte por el arte. Ahora lo estético y lo ético se funden: para ello las escenas VI y XI son irrenunciables e insustituibles. Pero aún es más: con la incursión de las tres escenas de 1924, el dramaturgo da entrada a personajes que no son grotescos, o que se resisten más a la degradación teatral: el Preso, como dijimos, la Madre y el Albañil. El Preso es un héroe al modo clásico, un mártir; el Albañil confiere algo de esperanza al proletariado militante: el proletariado, como colectivo, es el nuevo protagonista revolucionario, el nuevo héroe de la Historia que comienza a llegar a España después de las revoluciones francesa (1789) y rusa (1917). Con la escena XI se incorpora –menos mal– el auténtico dolor que subyace a la superficie del «hiperbólico andaluz». Es el reflejo del «sentido trágico de la vida española» (LB, 12). El humor de Luces de bohemia, antitrágico, nos permite digerir la angustia del protagonista, en la nueva línea estética del esperpento: contraste de lo trágico y lo grotesco, de patetismo y comicidad. En las dos imágenes contemplamos a los actores Eliseo Pérez y a M.ª Luisa Molina, que encarnaron a Pica Lagartos y a la Cuca, respectivamente, en el estreno de Ars Creatio; las fotos son gentileza de Darío Pérez. TorreviejaOn, a quien agradecemos su generosidad al permitir ilustrar esta serie de artículos con numerosas instantáneas de su propiedad. 

Censuras y mutilaciones

Lamentablemente la obra no fue estrenada en vida del autor. Durante los años del franquismo (1939-1975), Luces de bohemia estuvo censurada y, cuando se permitió su publicación, fue mutilada. Se omitieron, por ejemplo, pasajes de la escena X (el diálogo entre Max y la Lunares) y la escena VI completa.[11]

Superación del Modernismo y del 98

La producción literaria de Valle-Inclán pertenece al movimiento estético finisecular del xix y de albores del xx: el Modernismo y la generación del 98. Ahora bien, en 1920-1924, el propio Valle considera superadas estas corrientes[12] y da comienzo a una propuesta de vanguardia con un modelo teórico-práctico que él mismo bautiza como esperpento y que es válido tanto para la novela como para el teatro. En la narrativa, el paradigma de gran novela esperpéntica es Tirano Banderas (1926); en el drama, el paradigma de gran teatro esperpéntico es Luces de bohemia (1920-1924).

Todavía en 1904, cuando fue concedido el Premio Nobel al dramaturgo español José Echegaray (1832-1916), Valle-Inclán no quiso adherirse al escrito de rechazo de tan elevado galardón por tachar al laureado de excesivamente conservador. Firmaron, entre otros, en contra de Echegaray, Unamuno, los Machado, Rubén Darío, Azorín, Baroja o Maeztu; sin embargo, Valle pronto empezó a llamarlo viejo idiota. Exaspera a Valle que casi todas las obras de Echegaray girasen alrededor de la infidelidad de una historia personal en el matrimonio –«autobiografías de un marido engañado»–: de hecho, se ha afirmado que, en Luces de bohemia, se inspira Valle en Echegaray cuando Serafín el Bonito (escena V) afirma: «Sepa usted que don Paco es mi padre»; quizás el gallego está rememorando una supuesta anécdota (tal vez pura leyenda): al acercarse un hijo de Echegaray, le dijo algo similar: «Sepa usted que don José es mi padre», y Valle le espetó: «¿Está usted seguro?». 

Procedente de las inquietudes de la generación del 98, Valle suma a las preocupaciones estéticas un alcance ético del arte, esto es, plantea y defiende la simbiosis arte-compromiso social (implícito); por ello, en el Valle-Inclán postrero contemplamos la denuncia de lo inicuo y de lo negligente, de lo corrupto y de lo insolidario.

Así y todo, el arte literario de Valle-Inclán deriva de sus gustos anteriores y algunas de sus características se mantienen, aunque adaptadas, en sus esperpentos. ¿Cómo manifiesta Valle indudable la superación del Modernismo, como derivación de la corriente neorromántica? 

—La necesidad de escapar de la sociedad burguesa dominante se expresa en el Modernismo de dos maneras: con el exotismo espacial y el alejamiento temporal hacia el pasado, y con el cosmopolitismo. Valle data y ubica el esperpento en el aquí y ahora. Del 98 recupera el «Me duele España», de Unamuno, es decir, el tema de España: se decanta contra la mala praxis política, contra la generalización de la penuria económica y de la deficiencia cultural y moral de la población en todas sus esferas. De aquí que recoja las consecuencias funestas de la política espuria con sucesos de la intrahistoria: lo cotidiano y lo individual como sórdida trama del argumento, si bien son frecuentes las referencias y menciones de vida política de la reciente historia de España.

—Desaparecen los temas eróticos, o amorosos, y toman protagonismo los de la sátira y la parodia socio-política. En el teatro, predomina lo español (Luces de bohemia); en la novela, lo hispanoamericano (Tirano Banderas).

—El predominio de lo subjetivo se manifestaba en reacciones vitalistas (o eufóricas) y pesimistas (o decadentes), con exaltaciones tanto de los placeres como de la melancolía o la frustración, respectivamente. El esperpento valleinclanesco retoma preocupaciones existenciales: expresa disconformidad por la angustia vital que sufre el menesteroso pueblo español. En Luces de bohemia domina la vertiente reflexiva del pesimismo profundo del filósofo Arthur Schopenhauer: v. gr., la muerte (o el suicidio) como huida, alejado de la consideración tradicionalista y conservadora de la religión reaccionaria. Solo la muerte dignifica, parece decir el Valle-Inclán de Luces de bohemia: la muerte del Preso, la muerte de Max... y la muerte de su familia.

—La delectación por el estilo de la obra perfecta se mantiene, pero, en el último Valle-Inclán, la belleza no es función estética solamente, sino que su innovación lingüística incorpora un ingrediente de mordacidad en su literaturización: metáforas cosificadoras o animalizadoras, sinestesias y descripciones sensoriales creadoras de atmósfera ridiculizada.

Max Estrella rompe con el Modernismo explícitamente en LB, 4:

DORIO:            Los poetas somos aristocracia.

MAX:                Yo me siento pueblo.

El nuevo héroe no es, para el Valle-Inclán de Luces, el modernismo de Dorio, sino el proletariado militante: ello exige un nuevo escritor también, alejado de la antigua bohemia modernista. En la escena IX, frente al hedonismo con champagne de Max y Rubén Darío –«el rubio champaña»–, don Latino se comporta como un «miserable burgués» queriendo ahorrar. En la escena XIV, el entierro de Max es el entierro de la bohemia modernista: el marqués de Bradomín, en ruina económica, significa la decadencia absoluta del aristocratismo modernista artístico, la decadencia del carlismo, la inoperancia de los valores monárquicos y del tradicionalismo fútil. (En la foto anexa recuperamos el trabajo sublime de los actores José María Rodero, como Max Estrella, y Carlos Lucena, como Don Latino, dirigidos por Lluís Pasqual, en una memorable versión del Centro Dramático Nacional, en 1984, que, en general, ha servido de modelo a la actuación del grupo torrevejense).

Título: luces –de bohemia

Del título de nuestro drama teatral emanan contrastes que recuerdan el libro póstumo del bohemio Alejandro Sawa, Iluminaciones en la sombra: luces y tinieblas: una recopilación de artículos de 1901 a 1905 que suponen el primer diario de la intimidad literaria. El título de la obra de Valle-Inclán, «en el plano real, alude al ambiente bohemio, nocturno, alumbrado artificialmente por velas, candiles y lámparas de acetileno (...), pero, en el plano simbólico, (...) juega con el significado de la palabra luz como ‘inteligencia’ o ‘lucidez’, y hace referencia a la capacidad de Max Estrella para llegar a la verdad, para alumbrarla (Estrella) en un mundo (noche) en el que la actitud más general es mantener los ojos cerrados».[13] La oscuridad, los claroscuros, el tenebrismo simboliza, en todo el drama, el profundo fracaso existencial y artístico de la sociedad española de los últimos lustros.

Quizás esas luces de bohemia a las que evoca el título sean los rasgos esperanzadores entre tanta sombra para un público observador y emprendedor.

Estamos ya en disposición de someternos a una nueva pregunta: ¿Qué era la bohemia de principios de siglo xx? ¿Acaso somos nosotros bohemios? ¿Tú, que estás leyendo esto ahora, eres un bohemio, una bohemia? 

La bohemia: la poetambre

El personaje de Max Estrella, el personaje central sobre el que pivota la obra hasta la escena XII, está basado, sin duda, en dos escritores reales: el sevillano Alejandro Sawa (1862-1909) y el propio Valle-Inclán. Ambos literatos representan la bohemia heroica del Modernismo español: la bohemia más digna, la del insobornable modernismo víctima del aburguesamiento y del capitalismo exacerbado del realismo y del naturalismo: la bohemia de la poetambre.[14]

¿Qué se entiende por bohemia literaria en estos instantes del declive español tras el desastre de 1898? El concepto de bohemia procede del Romanticismo: la primera persona en usar la expresión fue, a mediados de siglo xix, George Sand –pseudónimo bajo el que se esconde una escritora francesa–: «una actitud de inadaptación y de protesta romántica e individualista contra el capitalismo y la clase burguesa»: «reivindicación, pues, de libertad, de hedonismo vital, del placer de la literatura y el arte, es decir, de valores despreciados socialmente por la mentalidad burguesa dominante»[15], esto es, por el llamado filisteísmo. Frente a los ramplones filisteos, Valle-Inclán propuso un «refinar de sensaciones». (La foto de Valle sentado, es foto de estudio debida a la habilidad de Alfonso [Alfonso Sánchez García], 1930).

No obstante, para sobrevivir en un ambiente caótico y enviciado que no ofrecía empleo –ni, mucho menos, oficio literario–, los bohemios como Valle se ven obligados a «hinchar telegramas» en las redacciones de periódicos o a «perpetrar traducciones» (LB, 4). Nuestro autor, para cubrir sus mínimas necesidades de comer, se rebajó a ocupaciones villanas como la de componer versos publicitarios a modo de eslóganes y a escribir novelas folletinescas (por entregas) que tanta repugnancia le daban: La cara de Dios (1899, inédita).[16] Ahora bien, sabemos que Valle siempre se aferró a su vocación de escritor para afrontar la vida de la sobrevivencia. He aquí la historia de los versos dedicados por Valle a la Harina Plástica, específico-remedio de todos los males de estómago y de la garganta, registrado, en 1900, por el empresario catalán Teodoro Llopis. Para dar a conocer su producto, el señor Llopis decidió seguir la misma estrategia que empleaban los dueños del jabón de los Príncipes del Congo, que acostumbraban a publicar en las revistas Mundo Gráfico y Nuevo Mundo versos como éstos: «Desde Toledo a Busdongo, / desde la China al Japón, / no hay nada como el jabón / de los Príncipes del Congo». Para ello recurrió a Ramón del Valle-Inclán quien, según narró Mario Verdaguer en su libro Medio siglo de vida íntima barcelonesa (editorial Barna, 1957), recordaba el hecho de esta manera: «Acepté porque los tiempos eran terribles y les hice esta cuarteta:

En toda fiesta onomástica
os digo: comed, bebed,
atracaos, absorbed
la dosis de Harina Plástica».

Ricardo Baroja ratifica el hecho en su libro Gentes del 98: arte, cine y ametralladora (editorial Juventud, 1952) y afirma que también sería de Valle-Inclán la siguiente composición:

Retorciendo la filástica,
un cordelero enfermó;
pero al punto se curó. 
¿Cómo? Con la Harina Plástica.

Por cada composición Valle-Inclán recibía dos duros [10 pesetas]. Así estuvieron cierto tiempo hasta que el escritor gallego le propuso al cliente la siguiente quintilla (para superar las redondillas anteriores):

La pesadilla fantástica
os agobia de infernales
noches, los estomacales
jugos, con la Harina Plástica
reconfortaos. ¡Animales!

«El inventor se alarmó. Discutimos», explicaba Valle-Inclán a unos amigos que le habían organizado una cena homenaje en Barcelona con motivo del estreno de La Cabeza del Bautista en la ciudad condal (25 de marzo de 1925), dirigida por Cipriano Rivas Cherif: «Le aseguré que aquello era simbólico y me dio los dos duros, a pesar de que la quintilla no apareció ni en el Nuevo Mundo ni en el otro». El primero en publicar esa quintilla fue Ricardo Baroja en Gentes del 98: los versos que habían provocado el cisma entre el escritor gallego y el empresario, en realidad, no eran de Valle-Inclán, sino de uno de los jóvenes escritores que acudían a sus tertulias y que, con ese tipo de aportaciones literarias, pretendían echarle una mano al maestro, que siempre las podía ofrecer al empresario a cambio de diez pesetas.

«La bohemia –confesaba el diplomático guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), llamado el «príncipe de los cronistas», testigo de primera fila– consiste en tener veinte años y en comer más a menudo raíces griegas o rimas raras o ensueños dorados que gallinas trufadas y jamones en dulce»[17]. Después de conocer estos avatares, solo queda por entender como posición idealista y teórica la del bohemio que se situaba frente al filisteo y desdeñaba «la vulgaridad espiritual, la ramplonería estética y la insensibilidad artística». (La foto adjunta recoge la escena de la librería en la versión de Ars Creatio. Foto TCVB).

Los valores que se arroga el bohemio heroico –el de la santa o auténtica bohemia– son, sintéticamente, los siguientes: libertad, independencia, desprecio de las convenciones y prejuicios, anhelo de singularizarse por encima de la mediocridad social circundante, culto a la literatura.[18] El tiempo ya no es oro: el tiempo es, a lo sumo, laborocio del arte por el arte. Ello aboca al bohemio a construir un personaje, con aspecto y talante que logre épater le bourgeois; Unamuno lo tradujo con ironía y dureza como «dejar turulato al hortera»: escandalizar, molestar con exabruptos virulentos o boutades y con estrafalarias indumentarias, barbas, etc. a la clase acomodada: ser personal y políticamente incorrecto.  

¿Cómo se pagan estos gestos de protesta? Con una condenación voluntaria de marginación y cierta miseria; para Sawa y para Valle-Inclán fue una vivencia tan feroz como feraz. La penuria extrema les alcanzó en ocasiones, condenados a un malestar social: y ello porque el arte se concebía como dolor –al socaire del malheur[19], de Baudelaire.

Los bohemios, empero, no constituían un sector de compromiso activo y eficaz, como pretendieron los arribistas del siglo xviii y los promotores de la propaganda de agitación (agitprop) inminente: el bohemio habla, pero no ejecuta; imagina proyectos, pero no los desarrolla. Desencantados de la política –y por la política oficial–, solo el arte confiere sentido a su existencia. Ese pasotismo se nutre de su desesperanza por poder cambiar el mundo. Es un pesimismo que conecta con el spleen decimonónico de Larra («Escribir en Madrid es llorar»), ya que la literatura se ha depreciado: «Pienso, como tú, que una oda es buena / de un billete del Banco al dorso escrita», se lamentaba G. A. Bécquer cincuenta años antes; para Max Estrella «La literatura es colorín, pingajo y hambre» (LB, 8). Un paso más para que, en los albores del siglo xx, fascine a los artistas bohemios el efecto destructor de la violencia anarquista. La bohemia concienciada –como Max Estrella a partir de hablar con el Preso catalán en LB, 6– quiere lanzar explosivos estéticos con los que atentar contra el aburguesamiento dominante, quiere erigirse en un hombre de letras con pólvora en su tintero.[20]

Alex Sawa lo pasó tan mal que se vio obligado a escribir una doliente carta a Rubén Darío (14 de julio de 1908) reclamándole que le pagara su trabajo de negro:[21]

¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy el amigo herido por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo. Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905, yo he escrito por encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuales conservo en mi poder seis) que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires, La Nación, en las fechas y con los títulos siguientes: (...) No me has pagado por esos trabajos, como recordarás, sino setenta y cinco pesetas en dos veces. Estos artículos, por su extensión, por ser yo el autor de ellos y por la importancia del periódico donde se publicaron, valen cien pesetas cada uno, aplicándoles una evaluación modesta. Descontadas, pues, las setenta y cinco pesetas recibidas, quedan a mi favor 525, que yo te invito a pagarme enseguida, puesto que no tengo consideración ninguna que guardarte y que las necesito. (...) No te extrañe que en caso de insolvencia por tu parte lleve el asunto a los Tribunales y dé cuenta a La Nación y a tu Gobierno de lo que me pasa. Yo lo haré todo y lo intentaré todo por rectificar estas anomalías de tu conducta. En cambio, puedes contar con mi más absoluto silencio a satisfacción, sin escándalo a mis reclamaciones. Serás en lo porvenir, como un muerto, o, mejor, como si no hubieras existido jamás. [Y en otro momento] Creyendo en mi prestigio literario he llamado a las puertas de los periódicos y de las cavernas editoriales [apunta A. Sawa] y no me han respondido; crédulo de mis condiciones sociales –yo no soy un ogro ni una fiera de los bosques– he llamado a la amistad, insistentemente, y esta no me ha respondido tampoco. ¿Es que un hombre como yo puede morir así, sombríamente, un poco asesinado por todo el mundo y sin que su muerte como su vida hayan tenido mayor trascendencia que la de una mera anécdota de soledad y rebeldía en la sociedad de su tiempo?… Ven y levántame, tú que vales más que todos… si en las letras españolas tú eres como un Dios, yo he tenido la suerte de ser tu victorioso profeta.

Valle-Inclán detecta en la bohemia el síntoma de una dolencia. No sitúa al esperpento dentro exclusivamente de la bohemia, porque su sátira no se ciñe solo a lo marginal: se circunscribe a todo un mundo «absurdo, brillante y hambriento». La bohemia, en efecto, desempeña una función simbólica en el todo que es España:[22] es un sector aislado, en el que cae inexorablemente la maldición de la indiferencia del poder establecido. Mas la sátira salpica a todos los estamentos: los del mando (políticos, policía...) o los del mando y el interés (en pos del dinero) o los mandados del pueblo llano y anónimo. 

El proceso de la ilusión a la realidad –incluso de la ignorancia al conocimiento seguido por el poeta Max Estrella tiene mucho que ver con el propio proceso del Valle modernista y esteta que llega al realismo y a actitudes sociales y políticas comprometidas: «Max hace la crítica de la bohemia como Valle. Siente ternura por ese mundo abigarrado y famélico, pero ve su inutilidad, su existencia absurda, su ficción miserable. Con mayor contundencia desmonta el orden burgués, su pancismo, sus métodos de silenciar y reprimir, sus pequeños servidores entre el pueblo sobre el que apoya su poder. De forma ingenua y emotiva, esta conciencia ciega en la que se ha hecho la luz rubrica un pacto histórico con el pueblo que lucha, sufre, combate sin héroes ni paladines, codo a codo, y asciende lentamente por los caminos de la historia buscando nuevos modos de producciones, nuevas formas de convivencia, una dimensión nueva del hombre».[23] De modo que «la obra acaba con el mito de bohemia feliz y de la bohemia rebelde». Poco nos hace falta observar en Luces de bohemia, para captar que Max Estrella es un antihéroe: no es detenido por comportarse como un proletario revolucionario, sino por mofarse, ebrio, del capitán Pitito (LB, 5). (En la imagen, Federico Alarcón, en el papel del secretario del ministro de Gobernación. Foto Darío Pérez. TorreviejaOn). 

En conclusión: Valle coincidió en muchas de las pautas y costumbres de la bohemia: complacencia por la automarginación de los círculos acomodados y convencionales, interés cultural y artístico, relativa penuria económica, vida nocturna, gusto por el cosmopolitismo vital (Madrid, México, Roma), con abundantes cambios de residencia, satisfacción por llamar la atención con el desarreglo de su aspecto, vida familiar mínimamente ordenada; pero no sucumbió a la bebida ni a la droga. A muchos de los bohemios este tipo de vida les llevó a un final luctuoso: caso palmario fue el de Dorio de Gádex –pseudónimo del gaditano Antonio Rey Moliné (1887-1924)–, poeta muerto en Madrid con toda seguridad por una inyección de morfina que le pidió a su mujer el día antes de su trigésimo séptimo cumpleaños, recién leído su nombre en el guion de Luces de bohemia.[24] Por el contrario, Valle se concentró en dignificar su propia obra hasta el último aliento de vida. Fue la suya, pues, una bohemia controlada y fecunda: la genialidad del artista sin el talento para vivir.

El descenso a los infiernos: un viaje con-sentido. Argumento 

El argumento de Luces de bohemia se reduce, concisamente, a la ruta o paseo de una pareja de desahuciados poetas, durante una noche, por la bohemia madrileña de principios de siglo xx. La acción se distribuye en quince escenas (o secuencias), a modo de retablo dramatúrgico.[25] El hilo conductor, hasta la escena XII es Max Estrella, poeta, ciego, pobre, cesante y alcoholizado[26]. A continuación, viene el entierro y el devenir de don Latino. 

1. Casa (buhardilla) de la familia de Max Estrella. Mujer e hija de Max, bastante andrajosas, quedan sin cena que llevarse a la boca. Atardecer en el centro de Madrid. 2. Librería de Zaratustra. Acompañado de su lazarillo y presunto amigo, don Latino de Hispalis, decadente escritor menor, intenta recobrar unos libros suyos que don Latino empeñó a un librero avariento. No lo logra. 3. Deciden ir a tomar unos vinos baratos a la taberna de Pica Lagartos;[27] la hija de una vendedora requiere a Max un décimo de lotería que no ha pagado: lo devuelve, pero empeña su capa para recuperar después el décimo capicúa. La chica de la lotería se ha marchado: de noche, con frío (y sin capa), se lanza a la calle a la búsqueda de la suerte que lo saque de la miseria. 4. Calle y Buñolería Modernista. Por fin, Max compra el décimo. Se produce un encuentro con un nutrido grupo de Modernistas: un coro de seis poetastros; bastante borracho y eufórico, Max jalea en la calle, se ríe de un policía y es detenido. 5. Comisaría de policía. Es conducido a la comisaría por alboroto público y falta de respeto a los guardias que le recriminan su actitud. Continúa la burla y es encarcelado esa noche. 6. En el calabozo conoce a un preso catalán, un anarquista al que persiguen sin descanso desde su participación en la Semana Trágica de Barcelona y al que han maltratado físicamente. Max toma clara conciencia de la diferencia entre el idealista puro, firmemente comprometido con el pueblo, y la actitud crítica pero pasiva o alienada y poco comprometida de los bohemios. 7. Simultáneamente a la escena del calabozo, don Latino y el grupo de Modernistas acuden a la redacción de un periódico para que, desde allí, se presione y se exija la libertad de Max a las autoridades políticas. 8. Una vez libre por esta acción de poder fáctico tan determinante como la prensa, Max sube al despacho del ministro de la Gobernación [hoy diríamos de Interior]: protesta por el abuso de poder de la policía, pero se olvida incomprensiblemente del caso del anarquista catalán; su denuncia se centra en su personal deterioro y su penuria. El ministro se apiada y ve la oportunidad de comprarlo con una paga mensual (una paga del fondo de Reptiles[28]: el de la misma Policía que torturó al Preso) y unos billetes en mano. Indolente, ante el ministro, nada reivindica de un pueblo sometido a desmanes y empobrecimiento. 9. Aprovecha el dinero del ministro para darse una buena cena con su amigo don Latino, en un café de lujo (el Café Colón), donde tropiezan con Rubén Darío a quien asimismo invita, en evocación del gran París. Nunca recuerda Max la situación penosa de su famélica familia. 10. Ciegos de alcohol, Max y don Latino continúan su paseo: ahora conversan y retozan en medio de un jardín poco iluminado con unas prostitutas que ejercen su oficio con la complicidad de la policía a la que sobornan. 11. Prosigue el descenso al infierno de estos bajos fondos madrileños: en medio de la calle acontece una trifulca entre manifestantes y policías o grupos paramilitares a la que no se hace caso: en este trance de disparos y tumulto por una carga policial, solo se vive y se escucha en primer plano un coloquio trivial; no obstante, una bala perdida hiere mortalmente a un niño en brazos de su madre: esta llora a gritos sin soltar a su bebé. Max, de nuevo destrozado al oír a la trágica mujer, se enoja por la indiferencia de la mayoría de los vecinos presentes, preocupados en ellos y ni siquiera en consolar a la pobre madre. Ante el clamor de la madre, Max vuelve a tomar conciencia de la tragedia colectiva: siente que ya no puede aguantar más la angustia de su corazón; pero la situación emocional de Max se agrava al comunicarle en ese instante de clarividencia que una ráfaga ha causado la muerte del preso catalán, en aplicación de la perversa ley de fugas. 12. Deshecho anímicamente, Max llega a la puerta de su casa al amanecer: aterido y afligido, languidece de frío y de tristeza; sin embargo, don Latino no se entera de qué ha sucedido y de qué está sucediendo: se niega a abrigarlo y, cuando reconoce que está moribundo o muerto, le roba el décimo de lotería. 13. A la mañana siguiente, unas horas después, vecindario y gente conocida acuden al velatorio de Max: su mujer y su hija quedan en situación de absoluto desamparo. 14. Por la tarde, para el entierro, concurren en el cementerio solo Rubén Darío y el marqués de Bradomín, don Latino y el ministro amigo. Los sepultureros entran en curiosa y banal conversación con Bradomín y Darío. 15. Concluye el drama en la taberna de Pica Lagartos. Don Latino está en la taberna gastándose el dinero del décimo de lotería que había salido premiado: no pensó en ningún momento en compartirlo con la viuda y la hija huérfana de Max. En la apestosa taberna, todos los presentes quieren parte de ese botín. En medio de la disputa, leen una noticia del diario de la tarde y se enteran del más que probable suicidio de la mujer y de la hija de Max Estrella, que han muerto sin saber que el ministro les había adjudicado una pensión y que don Latino tenía el décimo de lotería premiado.[29] 

La situación histórico-trágica de España

¿Cuál era la situación histórica de España? ¿Provocó esa situación el nacimiento de un nuevo género literario como el esperpento?[30]

La grave situación de España y los atropellos del sistema de poder marcan un cambio en lo que el artista quiere (y debe) re-presentar y, además, influye en proponer una nueva forma de presentarlo: partiendo de la caricatura, la sátira y lo grotesco, Valle-Inclán inventa un nuevo género: el esperpento.

El literato se inspira en el caos de la Historia real de tal manera que apenas tiene que inventar: la realidad es tan absurda que el humor brota solo, dirían también los humoristas de hoy. Entre los personajes, extraído de la realidad y de la realeza, contamos en Luces de bohemia con «el mayor humorista de España» (LB, 7), Alfonso XIII, que empieza a reinar con 16 años. ¿A qué se debe este mote? La Constitución de 1876 establecía que el rey podía nombrar y despedir ministros, disolver las Cortes..., y Alfonso XIII (1902-1931) intervino en política con exceso: ponía y quitaba títeres y privados a su antojo, y los volvía a restituir: de Miguel García Prieto dijo que «lo coloco» [loco-loco] en cuatro ocasiones como presidente del Consejo de ministros.[31] (He aquí la imagen memorable de mujeres sufragistas, tomada en la Calle de Alcalá, Madrid, en 1932. Foto Alfonsito [Alfonso Sánchez Portela]).

Tracemos un hilo cronológico de los hitos que son relevantes para la creación del trasfondo histórico en el que se sumerge el esperpento de Luces de bohemia, desde la Restauración –la restauración borbónica–. El primer suceso determinante sobre el que gravita nuestra pieza teatral es la Semana trágica de Barcelona (del 26 de julio al 2 de agosto de 1909). En Luces de bohemia, hay referencias y alusiones históricas, pero sin el respeto del orden cronológico ni la clase didáctica: los acontecimientos se mezclan, se superponen, sin caer necesariamente en el anacronismo. Solo incumbe al dramaturgo forjar una atmósfera de aconteceres históricos de los tres últimos lustros (1909-1924). El atraso y la pobreza secular del pueblo español obligan a los escritores más intelectualizados a comprometerse. La supuesta grandeza de una España beligerante y soberbia, que ha perdido las colonias de ultramar, carece de fundamento: el belicismo para defender las posesiones del norte de África arruina al país y provoca tensiones gravísimas entre las autoridades y la población que es obligada a ir a la guerra; para no ir a la guerra, había que pagar unas cuotas: es decir, solo iban los pobres. (Traigamos a colación, los cuadros La carga [1899], del barceloní Ramón Casas y Carbó, Museo comarcal de la Garrocha, en Olot, y Después de la refriega (1904), del valenciano Antonio Fillol Ganel, Museo de Bellas Artes, en la capital del Turia).

       

Valle, desde 1916 con claridad, experimenta un giro: la literatura modernista dará paso a una posición que, en Valle-Inclán, es un retorno a las posiciones de la generación del 98: es el «hijo pródigo del 98», en palabras de Pedro Salinas, pero con ribetes de sarcasmo y de rebeldía que venían a exigir y proponer cambios. La represión política y policial es tan aterradora y tan fuera de escrúpulo que lo ético es tomar partido y comprometerse. Valle denuncia y protesta, porque se ha impuesto la leyenda negra como realidad –no como invento o esperpento surrealista–: «La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la historia de España» (se duele Max, LB, 11, «mascando ortigas»).[32]

España se había desconectado de Europa (y de la modernidad): son males arraigados sin visos de solución. Exclusivamente quedaba, para pavonearse en el extranjero, la gloria del modernismo artístico: Rubén Darío, en la literatura, Antonio Gaudí, en la arquitectura. No había florecimiento en otros menesteres de trascendencia ciudadana y colectiva: declive de la cultura laica y democrática, inexistencia de estructuras económicas de nueva productividad, inmovilismo en las transferencias de propiedad: todo ello incrementaba el estado de miseria generalizado y cada vez más profundo. Las glorias nacionales son producto del populismo interior: toreros y folklóricas.[33] Valle arremete contra los causantes políticos, verdaderos peleles que solo tienen tiempo para guardar su silla: «Con mi rebeldía creo que soy el más patriótico de todos mis contemporáneos. Y creo que, siendo la gobernación actual cosa tan detestable y aborrecible, colaborar con la obra del Estado es contribuir con nuestro esfuerzo a la perdición de España: Yo, cuando alguno de mis amigos se hace político –¡político!– y como tal se encumbra y medra, dejo de saludarlo».

En El Heraldo de Madrid (30-6-1925), poco después de la edición completa de Luces de bohemia, Valle responde a una entrevista:

Mire: si usted me pregunta «¿Cree usted que deben intervenir en política los intelectuales que cobran tres o cuatro sueldos del Estado, los intelectuales que tienen una posición cómoda y miedo de perderla?», entonces le responderé que no. Ésos me explico muy bien que no quieran arriesgarse a los azares de la política. Pero los demás..., los demás podemos y debemos intervenir resueltamente.

El obrero no estaba representado en absoluto por ningún político del Parlamento español hace cien años. Como colectivo, es, probablemente, una de las primeras veces que toma conciencia de que debe gritar «¡Basta!» y salir a la calle a reivindicar sus derechos. De aquí que la represión que sirve de fondo o que tiene incursiones en la acción de Luces de bohemia se realice en lugares abiertos (en la calle): atropellos, ráfagas, carreras de manifestantes... y la ejecución de la ley de fugas, implantada manu militari en 1921 y denunciada con premonición por el Preso (LB, 6): «A esto llaman justicia los ricos canallas». 

La obsesiva necesidad del dinero

Muchos de los personajes de Luces de bohemia andan buscando, de donde sea, dinero: son menesterosos que lo necesitan desde la escena I, cuando expulsan a Max del periódico: «¿Dónde gano yo veinte duros?», o la escena II: «intelectuales sin dos pesetas», o la escena III: «Por siete pesetas, (...) me sacarán la vida»...

¿Cómo se ganan la vida los personajes del inframundo retratados en Luces de bohemia? El dinero se obtiene de operaciones relacionadas con la lotería, el consumo desaforado de vino y buñuelos, los empeños de prendas, la usura y compra-venta de segunda mano, la prostitución... Y los que están situados en los estamentos del poder cobran con sospecha de fraude y corrupción: prensa y administración del Estado corrompidas, policía y guardias sobornados o paniaguados.

Los mismos protagonistas de la trama –antihéroes de la acción–, Max y don Latino, se acanallan en escena a la vista de todos (lector/espectador): don Latino con el engaño confabulado con el librero Zaratustra (LB, 1 y 2) y con el robo del décimo de lotería sin hacer partícipes a sus dueñas verdaderas (LB, 12ss.); Max muestra su debilidad forzado por la situación de escasez económica y acepta ser untado por el ministro (LB, 8), pero, lo que es peor aún, no comparte su dinero con su famélica y expectante familia (LB, 9ss). 

Sobre el concepto de propiedad también se expresan, sin pudor ni alipori, algunos personajes de Luces de bohemia. Interesa confrontar dos posiciones: quienes defienden a ultranza y sin miramientos de represión la propiedad privada (Pica Lagartos –el tabernero–, el Empeñista y el Refugiado) y quienes la repudian radicalmente (el Preso anarquista): «El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza»... para que no surjan herederos, apostilla (LB, 6).  

1909

Semana trágica.

Contra Maura.[34]

Represalia del general Weyler[35]

1910 (-1919)

Revolución mexicana

1914 (-1918)

I Guerra mundial

(Valle-Inclán en Francia, 1916)

1917

Crisis y huelgas:

sin alternativas de la Restauración.

Las Juntas de Defensa (militares)

y paramilitares de los patronos.

Revolución rusa

1918

Paro y hambre

1919

Subidas del IPC:

huelgas y carestía de vida,

represión de asalariados

1920 (agosto)

Huelga general

400 muertos en Barcelona

Atraso en textil, agricultura.

Pistolerismo blanco

contra sindicatos

Fundación del PCE (15 abril)

LB: 1.º ed. (por entregas: julio-octubre)

1921 (verano)

Desastre de Annual.

Asesinato de Eduardo Dato, 

presidente del Gobierno.

Ley de fugas[36]

I congreso PCE (marzo)

1922 (enero)

Expediente del general Picasso sobre corrupción e ineficacia de Ejército y Monarquía

1923 (13 de sept)

Golpe de Estado del general Primo de Rivera (y Alfonso XIII).

1924

LB: ed. ampliada y definitiva en libro (30 de junio) 

            

      

Elenco actoral de Ars Creatio (Luces de bohemia, Teatro municipal, Torrevieja 18 de diciembre de 2025. Foto Miss Flamingo. Toda nuestra gratitud a Esther Elkouss, Miss Flamingo, por su atención al poner a la disposición de este artículo cuantiosas fotografías del trabajo teatral de Ars Creatio.

___________________________________

[1] Su nombre completo era Ramón José Simón Valle Peña.

[2] Fallece por un cáncer de vejiga. Está enterrado en el cementerio de Boisaca.

[3] Valle-Inclán, revista Alma española, 1903.

[4] El novelista Eduardo Zamacois (1873-1971), contemporáneo de Valle, lo describe así en sus memorias (Un hombre que se va): «Puso un temblor de curiosidad en ambiente tan familiar [como era el de Madrid], la aparición de un joven, como de treinta años, a quien su extremada flacura, el ébano [la negrura, entonces] de sus melenas que le alcanzaban a los hombros, sus barbas flotantes y la palidez de sus mejillas, daban cierta apariencia espectral. Lo más llamativo de tan extravagante personaje era su andar, rápido, nervioso, decidido, y el mucho tamaño de sus lentes de concha, al que asomaban unos ojos llenos de insolencia. // Hablo de don Ramón del Valle-Inclán, el primer escritor español que cultivó el arte de posar. (...) Este preclaro maestro del idioma y excepcional sacerdote de la mentira, se movía en un mundo imaginario, enteramente suyo» (Barcelona, Editorial EHR, 1964, p. 178).

[5] Seguramente Luces de Bohemia sería, apenas un lustro después, «La noche entera».

[6] Valle vitupera a Cotarelo mofándose en «¡Aleluya!» (La pipa de Kif, 1919) para épater le bourgois: «Por la divina primavera / me ha venido la ventolera / de hacer versos funambuleros / –un purista diría grotescos– / (...) / Cotarelo la sien se rasca / pensando si el Diablo lo añasca [‘lo enreda’] / (...) / En mi verso rompo los yugos, / y hago la higa a los verdugos. / Yo anuncio la era argentina / de socialismo y cocaína, / de cocotas con convulsiones / y de vastas revoluciones».

[7] El semanario España fue fundado por José Ortega y Gasset en 1915.

[8] La primera semana salió solo una página de la escena I; a la semana siguiente se completó la escena con dos páginas más. A partir de entonces, cada semana salía una escena más (casi siempre en dos páginas de triple columna): trece entregas.

[9] Entre otras modificaciones, podemos rescatar estas: el retrato de Max Estrella: «un poeta andaluz, borrachón y autor de cantares» (1920), «un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales» (1924); o sobre el sillón vacante de la RAE y el sustituto de Benito el Garbancero: «se lo darán a don Torcuato el Aceitero» [Torcuato Luca de Tena] (1920), «Nombrarán al sargento Basallo» [el cordobés Francisco Basallo Becerra (1892-1985), militar sin relevancia literaria, fue autor del prólogo de Mi cautiverio en el Rif, escrito realmente por Álvaro de la Merced (con el título original de Memorias del sargento Basallo) y editado en junio de 1923] (1924).

[10] Utilizamos esta convención para indicar la escena en Luces de bohemia (LB).

[11] Cfr. Primer acto, revista de teatro, n.º 28, noviembre de 1961.

[12] Antes de 1920, en efecto, Valle-Inclán había repudiado el Modernismo en la literatura: era un movimiento alienante y enajenador por su carácter inmovilista y exclusivamente estético.

[13] Ángel Basanta (1980: 76).

[14] Poetambre: neologismo inventado por Cervantes en Viaje del parnaso (1614): poeta + hambre. Cit. y reutilizado por Arnar Soler (2017).

[15] Manuel Aznar Soler (2017: 16-17).

[16] La Cara de Dios está inspirada inicialmente en un drama de costumbres populares de Carlos Arniches, en tres actos en prosa, divididos en once cuadros, con breves acompañamientos musicales del maestro Ruperto Chapí. Fue estrenado este drama en el teatro de Parish [William Parish], de Madrid, la noche del 28 de noviembre de 1899. Sobre la repulsa de Valle a las novelas por entregas, véase LB, 2, donde descalifica a don Latino como ruin y vendido escritor.

[17] Enrique Gómez Carrillo, «Dedicatoria» de su «novela inmoral» Bohemia sentimental (1899).  

[18] Vid. Aznar Soler (2017: 18). Emilio Carrere, en Retablillo grotesco y sentimental (edit. Mundo Latino, ca. 1921), distingue dos grandes tipos de bohemio: el bohemio heroico y el bohemio golfante; el heroico estaba representado por Sawa, Valle-Inclán y, a su modo, Rubén Darío; el golfante –envilecido y abyecto– corresponde al personaje de don Latino de LB. De este tipo de bohemio existe una clasificación gradual: el lúgubre, el tabernario (como Pedro Barrantes), si sublima su fracaso con el alcohol, y el pintoresco (como Pedro Luis de Gálvez: Gálvez en LB) si, también como don Latino, p. ej., da sablazos limosneros para ir malviviendo. Pero no debemos confundir bohemia con golfería o golfemia ni con el lumpen o el hampa, ni con la bohemia divina –la impostura burguesa– o el dandismo aristocrático.

[19] Malheur: Desdicha, dolor.

[20] Pedro Barrantes consagró poemas al puñal y a la dinamita (en Delirium tremens, 1910); el Maeztu radical de 1901 vociferaba «¡Mueran los jesuitas!»; el personaje valleinclanesco del marqués de Bradomín (en Sonata de invierno) bramaba «¡Viva la bagatela!», que como grito generacional –Viva la cosa de poco valor o poca enjundia– ya había proferido Azorín (en Tiempos y cosas, 1904), a quien se refiere en LB, 7. 

[21] Sawa, cuyo nombre de pila se hipocorizaba en Álex, falleció a los pocos meses de remitir la misiva: el 3 de marzo de 1909. Darío también conoció la penuria incluso en su delegación diplomática, en la que no alcanzaba ni a pagar los gastos de consumo eléctrico. Sawa no recibió respuesta a esta carta: Darío prologó la obra póstuma Iluminaciones en la sombra, que editó Valle-Inclán: según Ernesto Bark, autor de La santa bohemia (1913), con rostro de Alejandro Sawa en la cubierta, la obra de Sawa era la biblia de la bohemia.

[22] El mundo que circunscribe a la bohemia es la España completa: de Madrid a Barcelona.

[23] Juan Antonio Hormigón, Ramón M.ª del Valle-Inclán: la política, la cultura, el realismo y el pueblo, Madrid, Comunicación B, 1972, p. 363.

[24] Antonio Rey disfrutó de fama y de dinero, hasta que a los veintisiete años cayó en la bohemia, se desorientó, padeció tuberculosis y falleció en la indigencia diez años después. Dice la leyenda que admiraba tanto a Valle-Inclán que se presentaba en sociedad diciendo falsamente que era hijo ilegítimo de Valle.

[25] Valle ordena por escenas aunque técnicamente son breves cuadros en los que hay entradas y salidas de personajes, pero un único espacio.

[26] Este descenso a los infiernos que recuerda al Dante de la Divina comedia, de la mano del maestro Virgilio, tiene también otra fuente clásica: el Satiricón, de Petronio, más grotesco y paródico y con más presencia de lenguaje popular y vulgar que en Dante Alighieri.

[27] La gente modesta, y los bohemios de modo especial, abandonaban sus inhóspitas casas y se refugiaban en tascas y baretos (aunque sórdidos). En ellos se tomaban bebidas baratas para pasar el tiempo o socializar: las estrellas de la carta eran el café de recuelo –el café recolado y usado varias veces con agua caliente– y el vino de la casa –el que se recogía de las cortinas y los solajes, es decir, de las sobras de los vasos no apurados del todo. ¡Qué limpieza y ambiente no habrá en la taberna que el propietario se llama Pica Lagartos, o sea, que mata o destroza reptiles (animales o personas)!

[28] Fondo de Reptiles: hoy diríamos Fondo reservado.

[29] Para el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, el final insinuado del probable suicidio de madre e hija de Max Estrella es «arte de consumado autor teatral», el arte de la relación, el arte de que sucesos importantes para la acción o para el sentido de la obra no ocurran ante los ojos del espectador.

[30] La situación histórica produjo una literatura en Europa que abocó a algunos autores a recurrir a lo grotesco y al absurdo: desde finales del siglo xix, el francés Alfred Jarry, el checo Franz Kafka o los expresionistas alemanes.

[31] El sentido de la democracia entonces escaseaba: el voto era censitario: solo votaban los propietarios y nunca las mujeres. En 1886, tenía derecho de voto el 2,1% de los españoles. El sistema político implantó la alternancia entre los conservadores (Cánovas del Castillo) y los liberales (Sagasta): se garantizaba el resultado apetecido con el pucherazo o con el encasillado. El pueblo humilde sabía que llevándose bien con el cacique se obtenía empleo, ascensos, recomendaciones. Existía una máxima tácita: «Con los amigos, favores; con el enemigo, la ley». Las Cortes (en Madrid) se movían por dinero y por parentesco: de ahí que en LB se denuncie el nepotismo (o yernismo): «un yerno más» (LB, 7).

[32] Max Estrella, después de la escena VIII, es visto por el lector/espectador como un canalla más: se ha envilecido rindiéndose al sutil soborno del ministro; ahora bien, mantiene su conciencia y la incrementa en la escena XI: solo ve como solución digna –como regeneración: y esto es lo tremendo– la muerte, su muerte. Y así lo decide quien puede, el autor-demiurgo: la muerte de Max no es heroica, como no lo fue su encarcelamiento en el calabozo (escena V): no es un suicidio romántico: es una muerte tan prosaica y miserable como la triste realidad española.

[33] Entre las folklóricas, destacaba Pastora Imperio; entre los toreros –la afición más popular de todas, muy por encima del fútbol–, descollaban Rafael El Gallo, Belmonte y Joselito. Los modernistas de la poetambre rechazaban también a artistas del gusto burgués como el escultor de Crevillente (Alicante) Mariano Benlliure, famoso imaginero. 

[34] Antonio Maura fue cinco veces presidente del Gobierno de España: 1904, 1907-1909, 1918, 1919 y 1921-1922; y fue cuatro veces consecutivas presidente de la RAE (desde 13-10-1913 hasta su fallecimiento, 13-12-1925).

[35] El general Valeriano Weyler (1838-1930) es el correlato de El Enano de la Venta, personaje citado en Luces de bohemia. La desobediencia cívica contra la movilización obligatoria para reclutar soldados que lucharan en Marruecos dio pie a la Semana trágica de Barcelona: el septuagenario capitán general de Barcelona entonces ordenó los furiosos y brutales ataques contra los manifestantes en 1909.

[36] Severiano Martínez Anido, gobernador civil de Barcelona (del 8-11-1920 a 1922), y después ministro de la Gobernación (con Primo de Rivera), aplicó con mano de hierro las leyes de fuga.