Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
81 – Invierno 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Ars Creatio cierra su
vigésimo aniversario
Luces de
bohemia: la vigencia de unos
temas eternos
Treinta y nueve actores, varios técnicos y dos directores llevaron al escenario la universal obra de Valle-Inclán
Como
suele cada mes de diciembre para completar su programación anual —no fue
excepción 2025, en el celebró el vigésimo aniversario
desde su nacimiento—, la asociación cultural Ars Creatio representó una de las
obras más significativas de un dramaturgo clásico español. El jueves 18, a las 20.30 horas, el
Teatro Municipal de Torrevieja, repleto de público —asistieron los concejales
Rosario Martínez Chazarra, José Antonio Quesada, Domingo Paredes, Ricardo
Recuero, Concha Sala y Gitte Lund Thomsen—, volvió a situar la meta de un trabajo
desarrollado durante seis meses, en el que, además de las incompatibilidades horarias
de un grupo de (más de cuarenta) aficionados, hubo que sortear las indisposiciones
típicas del otoño que llama al invierno. En esta especial ocasión se añadía a
las dificultades la elección del género: después de varias sesiones dedicadas
al humor, la versatilidad de los actores se ha puesto a prueba con Luces de bohemia.
Aunque
los derroteros de la especie humana, incluso con sus desvaríos y sus
mezquindades, se han contado siempre en cualquier tono, su propio autor
consideraba el esperpento como la modalidad que «consiste en buscar el lado
cómico en lo trágico de la vida». Tuvo un llamativo recorrido este texto de
Valle-Inclán: publicado en una primera versión por entregas semanales entre
julio y octubre de 1920, en 1924 fue editada, con tres escenas más, la versión
definitiva. Llama la atención que hubiera que esperar hasta marzo de 1963 para
ver su estreno en teatro, pero en uno de París, con el título traducido de Lumières de bohème. En octubre de 1970,
con dos grandes como José María Rodero y Agustín González en los papeles protagonistas,
fue llevada por fin a un escenario español, concretamente el del Teatro
Principal de Valencia.
Llena
de nombres y de lugares, reales o ficticios identificados con reales, Luces de bohemia critica con el mayor
desgarro las injusticias de la España de la época (y de todas las épocas), a
causa de los abusos del poder y la decadencia social, mediante el paso de sus
personajes por la sordidez de una noche madrileña en una humilde morada de la
calle Bastardillos y locales aledaños. En ella se cuentan las últimas horas de
Máximo Estrella —inspirado en el periodista y escritor Alejandro Sawa, casado
con una francesa y padre de una hija, que en 1909 murió ciego, sin empleo, con
la razón perdida y un libro inédito—, acompañado de su «parte negativa», don
Latino de Hispalis, un «escudero» aparentemente a su servicio pero que se
arrima para extraer provecho, de la manera que pueda, de la periclitada fama de
su amigo. Hay menciones de dirigentes (el rey Alfonso XIII, los presidentes
Manuel García Prieto y Antonio Maura) con toda la crudeza en la consideración
de los personajes; y entre las literarias, destacan las de Rubén Darío
(considerado el padre del modernismo, y a quien el propio Valle, por carta, había
pedido ayuda para la memoria del citado Sawa tras su entierro) y de Benito
Pérez Galdós, tal como lo apodaban sus detractores (el Garbancero), sin remilgos pese a la proximidad del fallecimiento
de ambos (febrero de 1916 y enero de 1920, respectivamente).
La
aventurera y agitada vida del nacido como Ramón José Simón Valle y Peña lo
había llevado a protagonizar episodios relevantes; basten como ejemplos sus estancias
en México, o la pérdida de su brazo izquierdo tras un duelo con un periodista,
además de la detención por dar voces en las tabernas contra su contemporáneo
Miguel Primo de Rivera, suceso con evidentes concomitancias con uno de los pasajes
escritos, poco después, en Luces de
bohemia. En cuanto al menos tratado aspecto de la intriga, su pizquita de
género policiaco, de la escena final —no la destriparemos aquí por si desea
conocer la obra algún lector que no la haya visitado—, Valle-Inclán deja a la
inteligencia del espectador tanto la posible causa como los posibles causantes de
la muerte de dos mujeres, incidiendo aún más en la cochambre de algunos
llamados humanos que maquinan entre las veleidades de la fortuna.
Esta
obra, con motivo de cumplirse el centenario de su publicación, fue repuesta el
pasado año en el Teatro Español de Madrid, y también se anuncia para el próximo
2026, entre enero y marzo. La versión torrevejense arscreatiana contó con
treinta y nueve actores —que, como viene siendo habitual y por los mencionados motivos,
sólo coincidieron el día de la representación—, varios técnicos y dos directores
entregados desde julio a este empeño, sin escatimar en jornadas nocturnas
prolongadas a las laborales, desplazamientos desde otras ciudades o
sustituciones eventuales en los ensayos. La estructura del libreto, dividido en
escenas, permitió montarlas por separado según agendas y obligaciones externas,
salvo para los dos auténticos colosos de esta extenuante empresa, que dieron el
callo en todas las convocatorias: Alejandro Blanco y Juan Antonio López se
identificaron con los respectivos personajes de Max Estrella y don Latino de
Hispalis, demostrando sus ya acreditadas cualidades en tamaña exigencia —hasta
verter sangre, y no es metáfora—, tanto en texto como en matices y en
permanencia sobre las tablas, como se requeriría de cualquier profesional. Rodeados
del resto del grupo, bien podríamos afirmar, rotundamente, que su actuación fue
mucho más que «¡admirable!». En el aspecto técnico, los efectos de imagen y
sonido, el atrezo especial (incluyendo un caballo y una barra de taberna) y los trece rápidos y coordinados cambios de decorado completaron un
trabajo colectivo en el que se implicó una cincuentena de personas, y que fue
premiado con la ovación de los espectadores puestos en pie.
Dicen que los clásicos lo son porque nunca pasan de moda, y por eso precisamente se mantienen como tales. Probablemente su habilidad radique en tratar sobre lo mismo de siempre desde unos puntos de vista innovadores, o de una manera que entretenga o capte la atención de los públicos de cada tiempo. Los temas principales: la corrupción política, la degradación institucional, la prensa servil, la injusticia social o la villanía humana campaban en los años 20 del siglo XX..., como campan asimismo en los años 20 del siglo XXI. «¡Buena está España!». Y ¿cuándo no lo ha estado? «En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza». Sobran ejemplos actuales. Valle-Inclán también afirmaba, por boca del agonizante Max Estrella, que «España es una deformación grotesca de la civilización europea». Quizá lo único que cabría señalarle hoy al villanovense de «cráneo privilegiado» es que se le quedara pequeño el mapa: a estas alturas, mucho nos tememos que la propia civilización europea, en su totalidad, sea ya una deformación grotesca todavía mayor. ¿En qué se habrá convertido en los años 20 del siglo XXII? «¡Válgame un santo de palo!».
Fotografía: Joaquín Carrión
Luces de bohemia (esperpento de Ramón María del Valle-Inclán)
Personajes
Max
Estrella: Alejandro Blanco Vega
Madama
Collet: Marisol Cos Delgado
Claudinita:
Esther Elkouss Coronas
Don
Latino de Hispalis: Juan Antonio López Jordán
Zaratustra:
Francisco Manuel Sánchez Fernández
Don Gay
Peregrino: Antonio Pérez Boj
Un chico:
Violeta Gálvez Torres
Otro
chico: Carla Gálvez Torres
La chica
de la portera: Elisabeth Atamanenko
Pica
Lagartos: Eliseo Pérez Gracia
Un mozo
de taberna: Carlos Sánchez Munuera
Enriqueta
la Pisa-bien: Carolina Martínez López
El Rey de
Portugal: Jaime Sanchís Gómez
Zacarías:
Damián Romero Pérez
Dorio de
Gádex: Pablo Vílchez García
Clarinito:
Manuel Sánchez Martínez
Pérez:
Pablo Hernández Ferrández
El capitán
Pitito: Javier Nieto Roca
Un
sereno: Enrique Fernández Valdés
Guardia:
José Miguel Toro Carrasco
Serafín
el Bonito: Ferrán Alarcón Correcher
Un preso:
Antonio Manuel Berná Ortigosa
Don
Filiberto, redactor jefe: Javier Nieto Roca
El ministro
de la Gobernación: Andrés Iglesias Castelao
Dieguito,
secretario de Su Excelencia: Federico Alarcón Martínez
El ujier:
Germán Gutiérrez Gómez
La
Cotillona: Amparo Moreno Viudes
La
Lunares: María Belén Pérez Queipo
Rubén
Darío: Antonio Sala Buades
Un joven
desconocido: Enzo Blanco Pérez
Romualda:
María José García Marcos
La empeñista:
Marina Gallud Carbonell
Una portera:
Carolina Medina Martín
Una vecina:
Trini Gómez Pérez
La costurera:
Paqui Delgado Cano
La señá
Flora: Emma Pérez Beviá
La Cuca: María
Luisa Molina Gallego
Basilio
Soulinake: Héctor Lucas García
El Pollo
del pay-pay: Juan de Dios Conesa Girona
La
Pacona: Ana Meléndez Zomeño
Equipo técnico, decorados y atrezo
Emma
Pérez Beviá, Laura Gutiérrez Gómez, Antonio Ruiz Hurtado, Marisol Cos Delgado,
José Antonio Vallejos González y José Miguel Toro Carrasco
Cartel
César
Rodríguez Mateo y Natividad Pérez Caselles
Vestuario
Ars
Creatio
Maquillaje
María
José Conesa Bleda e Inés Martínez Conesa
Dirección
Josefina
Nieto Gómez y Eliseo Pérez Gracia
Colaboraciones especiales
Carlos Urrutia, Museo de la Imprenta, Real Club Náutico de Torrevieja, parroquia de la Inmaculada, Sociedad Cultural Casino y Berbois S. L.