Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 81 – Invierno 2026
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

 

Cara mitad

Como decíamos ayer, ayer para decir matrimonio decíamos «lazo indisoluble». Y así lo dice A. Lizón en abril de 1878 para reconocer un deseo: el de unirse algún día «con lazo indisoluble» a una mujer virtuosa; «cumpliendo así la misión del hombre en la vida», asevera. Mujer virtuosa porque cree a pies juntillas que hay mucha virtud en el ser mujer.

Todo viene porque leyendo —confiesa Lizón— al abate Cuyon le duele una afirmación del religioso: «La mujer, de lenguas suyas está empedrado el infierno». A partir de esta sentencia que le desagrada, Lizón desarrolla una clara defensa de la mujer, reivindicando de lo femenino su ser honesto. Al principio del artículo, publicado en El Segura de Orihuela el 1 de abril de 1878 bajo el título «Hay virtud en la mujer», nos ha advertido que ni es escritor ni pretende serlo, y que si escribe es porque «hay momentos en que el hombre tiene verdadera necesidad de comunicar a sus semejantes lo que su corazón siente y su cerebro piensa». Por lo visto, leyendo Lizón al abate, le llegó el suyo. La dichosa frase le ha dado el motivo. Su objetivo, defender a la mujer como ser virtuoso. Y la idea de mujer que tiene Lizón es de época. Para él, la mujer es un ser puro, angelical y bello. Por ello se niega a aceptar lo dicho por el abate. Y menos pensando que él, en un futuro, habrá de unirse necesariamente —y «con lazo indisoluble»— a una mujer.

Así, frente a la mujer cuya lengua pervertida adoquina el infierno, el articulista nos recuerda varios tipos positivos de mujer. En primer lugar, el de la mujer madre. Mujer madre cariñosa. Mujer madre que emocionada nos besa la frente. Mujer madre todo amor hacia sus hijos y... «No parece que haya tenido madre el abate», considerará el autor.

Por otro lado nos trae a la mujer hermana, aquella «que olvidando su debilidad —así dice Lizón— y luchando contra la intemperie y contra todos los agentes de la naturaleza, expone su vida por cuidaros sin esperar siquiera el agradecimiento».

Y también a la mujer hermana de la caridad que cumple su misión «tan desinteresadamente da la vida».

Y también a la mujer esposa fiel. Tan fiel «que acaso vela el sueño de sus hijos y la vigilia de un esposo pervertido».

Si éstas son mujeres, no puede ser que sus lenguas adoquinen el infierno.

Para Lizón, las excepciones a estos modelos femeninos se deben a la falta de educación, a la ignorancia, al amor desenfrenado, al lujo de «esta sociedad descreída que sólo acoge en su seno a la mujer engalanada». A todo esto y también a «la conducta de hombres cínicos e inmorales encargados de poner constantemente a prueba una virtud que debemos dejar sentada». Al cabo, los ejemplos de infidelidad y perfidia son excepciones. «Perfidia», otra palabra que decíamos ayer para decir deslealtad. O traición. O infidelidad.

Concluyendo, para Lizón las mujeres «son más sensibles y por consiguiente más amantes, más cariñosas, saben llorar, y el que sabe llorar sabe sentir». De esta manera se valora el llanto, no como debilidad sino como prueba de sentimiento. Finalmente, insistiendo en que en la mujer hay virtud —fundamento del escrito—, apela contundente contra sus detractores: «No tenéis derecho a que se os crea, porque no puede levantar la frente donde hay honradez el hombre que duda de la virtud de su cara mitad».

Dice «cara» por amada o querida. Como decíamos ayer.

 

Usura y usureros

Como decíamos ayer, ayer para decir abuso decíamos «usura». Y «usurero» para decir abusón. El semanario orcelitano El Segura lo denuncia. Estamos a principios de abril de 1878 y en la sección «Variedades», que es sección de pequeñas noticias, critica que «los usureros están haciendo verdaderamente su agosto pues (...) ellos ya encierran en sus graneros las cosechas, al módico precio de 4 rs. la barchilla de cebada que en su tiempo tendrá que darle el pobre labrador en pago del dinero que le ha sido prestado para la recolección». Critica y advierte que este proceder «es general en todos los pueblos de la vega».

Precisamente en el mismo número —publicado el lunes 8 de abril de 1878—, Manuel Brunetto, firmando B., dedica a la usura su quinta y penúltima entrega, titulada «Crisis agrícola y económica». Y nos recuerda que en su primer artículo sobre la crisis ya definió la usura como «el cáncer de las familias y las sociedades». Ahora no ahorrará calificativos y símiles despectivos contra ella. Porque la usura es: detestable, horrible y desastrosa. Ave de rapiña voraz. Monstruo sin pies y sin alas. Y plaga. Recuerda también que las Sagradas Escrituras y la Iglesia la condenan.

Brunetto considera que entre los efectos de la crisis está la usura codiciosa. Sin entrañas. Y denuncia a los que la encubren, «corazones fríos e indiferentes a las angustias de sus prójimos, a las desdichas de su pueblo. (...) egoístas que encubriendo su miserable pasión bajo la capa de la moralidad, os dicen: tengo dinero pero como no quiero darlo a usura, lo encierro en mi gaveta o lo escondo bajo siete estados de la tierra. (...) es el avaro; ese que oculta sus capitales, que los retrae de la circulación, que se encierra a solas con su ídolo y se recrea al sonido argentino de su dinero, que responde a todas las lágrimas y todas las angustias con la excusa ruin de que no quiere dar a usura, por no incurrir en pecado». El autor, entonces, sugiere a estos acaparadores que presten sin interés a su hermano.

Por otro lado apela al capitalista honrado —al que no le mueve la caridad— para que preste a un interés bajo. Más adelante reconocerá que existe un interés lícito que no se debe confundir con la usura y que confundirlo es «pervertir la moral». Pero advertido el capitalista honrado, vuelve contra quienes acaparan el dinero o lo emplean «en negocios improductivos antes que prestarlo a nadie (...)». Desde su posición creyente recuerda que «Dios da las fortunas, no para que se atesoren, sino para que se utilicen; para que se empleen como medios, en el concierto general». Por ello insiste contra quienes avaros acumulan. Y proclama una maldición: «El que amontona su capital en previsión de acontecimientos posibles, desconfía de la Providencia y la Providencia lo castiga al fin».

Brunetto cierra su artículo, primero afirmando que la usura se acabaría si quienes retienen el dinero lo pusieran en circulación, resolviéndose la crisis; segundo, suplicando que lo hagan «en nombre del Dios de la caridad» y de los infelices necesitados «que perecen por falta de lo necesario, que dejan incultas sus tierras, despobladas su fábricas, perdidas sus industrias, porque no encuentran una mano amiga que los ayude y los proteja»; y tercero, maldiciendo contra el dinero encerrado, contra el dinero que no produce, contra el dinero que no favorece a nadie favoreciendo la usura.

En definitiva, vuelve al runrún anterior, redundando su crítica contra quienes, como ha dicho, se recrean con el «sonido argentino» de su dinero. «Argentino», que «suena como la plata o de manera semejante». Como decíamos ayer.

 

Lisonjero 

Como decíamos ayer, ayer para decir lo agradable decíamos «lisonjero». Y siempre resulta grata la contemplación de una bella ciudad. De ahí la importancia del ornato público. Esto es lo que preocupa al malogrado oriolano Carmelo Gómez García a principios de abril de 1878. En un artículo publicado en El Segura bajo el título «El ornato público», el prolífico escritor reflexiona sobre la importancia de éste para lo atractivo de cualquier población. Quiere que su Orihuela sea una ciudad atrayente.

Y para ser atrayente, desde la percepción de Gómez, ha de ser moderna. Y la modernidad, según él, se caracteriza «por la regularidad y anchura de sus calles, la esbeltez y decoro de sus edificios y lo pintoresco y variado de sus paseos». Por contra, considera indecoroso «la irregularidad de las vetustas poblaciones, la angostura de sus calles, la solidez y sencillo atavío de las antiguas construcciones»; que aun cautivando esto a los entusiastas de lo tradicional, resulta —desde la perspectiva del articulista— símbolo de estancamiento y atraso.

El articulista, entonces, recurre a dos símiles para convencernos; preguntándonos, primero, que qué nos parecería ver en tiempos contemporáneos a un ejército equipado con armaduras y valiéndose de elefantes y ariete; segundo, que qué efecto resultaría el ver —también en tiempos contemporáneos— a un pretendiente vestido con capa roja y cantando con laúd ante las rejas de su dama. Pregunta y contesta. Contesta que: «Quien tal viera, no podría menos de creer que se hallaba entre locos o en época de carnaval». Entre locos o carnaval, así una ciudad vieja, remata Gómez, «cuando no se descubre en ella el más leve indicio de transformación o reforma».

Consciente de que su propuesta transformadora es difícil en una «población de inmemorial origen» y faltando además fondos municipales para la empresa, anima a ir colocando primeras piedras. «El más suntuoso palacio —nos dirá— comienza por la primera piedra». Y en su ilusión se acuerda de la fundación de Roma: «Un puñado de gente, bajo la dirección de Rómulo, llega a las inmediaciones del Tíber y sobre el monte Palatino construyen humildes cabañas; el tiempo se encarga de ensanchar el perímetro de aquella modesta aldehuela, y la mano del tiempo hace que los palacios sustituyan a las cabañas, llegando un día a ser el asombro del mundo artístico la Ciudad de las siete colinas, tan pobre y oscura en un principio».

Con la ilusión, el lamento. El lamento por Orihuela, a la que percibe, recurriendo nuevamente al símil, «envuelta en el roído traje de sus mocedades, como huérfano, que abandonado a sí mismo, no cuenta en el mundo con el cariño y amparo de sus padres». Y ese desaliño «acrecienta las sombras de melancolía que la circundan, sombras que contrastan mal con la alegría de su cielo y con la placentera frondosidad de sus huertas». Así, invita a la mejora aplicando las Ordenanzas Municipales «protectoras del ornato público», incitando a los propietarios a colaborar en la noble empresa e instando a las autoridades a dar el primer impulso para la «metamorfosis completa». Entonces... —habla ahora la ilusión y la esperanza trufada de literatura de Juego Floral—, «entonces la eterna melancolía que la abruma desaparecerá ante la novedad del cambio; la pobreza de sus escasos paseos será sustituida por la riqueza de otros más bellos, donde el frondoso álamo y la verde acacia entrelazarán sus ramas para tejer doseles de esmeraldas y los anchos festones de flores, que a largo se extiendan, determinarán los lindes de sus calles. Así Orihuela rejuvenecerá como los mustios campos al soplo de la primavera, y siguiendo el movimiento evolutivo de las grandes poblaciones, se levantará como sultana embellecida con los ricos trofeos de los adelantos de nuestro siglo».

Al cabo, cuestión de ornato, ornato público. En el título y varias veces, para decir aquello que embellece a una ciudad, Carmelo Gómez ha dicho «ornato público». Como decíamos ayer.