Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
78 – Primavera 2025
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
El poeta del piano y mucho más
«Los polacos fueron
bendecidos con el señor Chopin como los alemanes con Mozart» (críticas halagadoras
de sus conciertos en Polonia).
«No basta con que el
hombre viva, sólo él necesita tener un destino» (Albert Camus).
El
destino marcó a Chopin con el estigma de genio. Fue, según su profesor de
música J. Elsner, «un niño prodigio que no desperdició su talento». Nació en Zelazowa
Wola en 1810, en el periodo napoleónico, que fue una época de esperanza para los
polacos. Creció en Varsovia antes del Levantamiento de Noviembre (1830), al que
sobrevivió en el exilio en Viena y en Alemania. Luego se instaló en París, la
entonces capital cultural de Europa, pero jamás se separó de Polonia en mente: «El
cielo francés le lloraba una lluvia polaca» (Chopin, de Wiktor Junosza).
Nadie
antes con él, o después de él, podía dar a la obra tal espíritu, tal viveza de
sonido como él. Se dijo que podía tocar cada nota de una docena de maneras
diferentes. No había en él ninguna brizna de altivez, orgullo o presunción. Se
mostraba igual a todos con cortesía, alegría y regocijo. Ciertamente gracioso,
tenía un talento increíble para la imitación y la parodia de personalidades
famosas.
Era
evidente su patriotismo: después del Levantamiento de Noviembre y su colapso
sufría frustración y enojo, asociados con la impotencia. Así lo refleja en sus
notas: «Estoy aquí con mis propias manos. A veces sólo gimo, me lamento en el
piano y me desespero. ¡Quemaron la ciudad! Oh, ¿por qué no matar al menos a un
moscovita?... Yo podría».
Fue entonces cuando compuso su famoso Estudio revolucionario, dedicado a su gran amigo Franz Liszt. Y precisamente a Liszt debemos la descripción más fiel de Chopin de esos años: «Está obsesionado con momentos fugaces de alegría despreocupada, pero nunca puede librarse del sentimiento que es propio del fundamento de su corazón, y para el cual encuentra la única forma en el idioma de su país de origen, en ningún otro idioma encuentra el equivalente de la palabra polaca žal, que contiene toda una gama de sentimientos evocados por un profundo dolor, del arrepentimiento al odio... De hecho, todas las obras de Chopin son sobresaturadas, ya sea con un tono plateado o ardiente de dolor».
En
la adolescencia desarrolló varios talentos: caricaturizaba a los maestros,
montó una comedia con su hermana Emilia con el significativo título Error es
decir un supuesto gracioso (más tarde interpretará un papel en una obra de
teatro). Era buen dibujante, escritor, satírico (tenía un gran sentido del
humor), soñador y patriota. Creó una Sociedad de Entretenimiento Literario y se
dedicó a escribir saludos y rimas. La prueba de su talento literario la
constituyen sus cartas a su familia y a su gran amigo Tytus Wojciechowski.
Durante
su estancia en Varsovia se reunía con jóvenes escritores, críticos y músicos.
Los domingos solía tocar el órgano en varias iglesias de Varsovia, y durante
las vacaciones en aldeas le gustaba asistir a los bailes de los campesinos,
tocar música con ellos y bailar con las mujeres del campo, que le llamaban «el
señorito flaco».
Delgado, rubio, con ojos azul grisáceo, con una nariz prominente, más bien bajo. Vestía con distinguida elegancia y tenía los modales de un auténtico caballero. Le gustaba hacerse retratos y ser el alma de los salones. Era un hombre de mundo por excelencia, aunque su mundo no eran los salones oficiales y abarrotados, sino los círculos cerrados, donde mostraba todo su genio y todo su talento. Era amado y admirado. La enfermedad que sufría toda su vida se lo llevó demasiado pronto (París 1849), pero la maravillosa música que nos dejó sigue conmoviendo y ennobleciendo corazones y almas:
«Mientras alguien toque a Chopin, aunque sea en los confines del mundo, nuestra tierra perdurará en el amor y los corazones polacos se harán hermanos» (La patria, de Jadwiga Schittler).
(Fuentes de información:
Chopin.pl y Culture.pl)