Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 77 – Invierno 2025
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

125 años del mirlo blanco

 

Los mirlos son negros, pero, como medio de expresión para referirnos a la verdadera amistad o a las personas de gran rareza, altas capacidades o en general fuera de lo normal, en algunas ocasiones se les califica como «mirlos blancos».

Yo creo haber conocido a pocos o muy pocos «pájaros» mirlos blancos en mi vida, aun después de haberme topado a estas alturas con gentes de toda clase y condición. El primero que conocí me lo descubrió el siempre por mí recordado Francisco Atienza Ferrández, ejemplo de la comunicación local, de pueblo, de una época en la que sus palabras eran auténtica luz para vivir aquellos días. Curiosamente Paco Atienza, en la capilla ardiente del maestro Francisco Casanovas Tallardá, en la mañana del 17 de diciembre de 1986, en aquel salón diáfano de la sede de la Unión Musical Torrevejense, decorado con aquellas pinturas alusivas a la música, un local destinado en cientos de ocasiones a celebrar bodas, bautizos y comuniones, estampaba su pésame en el libro que fue colocado para ello, dejando una dedicatoria que se aproximaba a algo así como «se apagó el mirlo blanco». 

Lo cierto es que no faltaban ejemplos de buena música en la historia de las filas de la, en aquel entonces, única banda de Torrevieja. Por aquí habían pasado maestros como Banegas o el también recordado Alberto Escámez, pero hoy todavía hay quien recuerda que el maestro Casanovas ya llegaba a Torrevieja con la vitola de «mirlo blanco». 

38 años después de su fallecimiento, Torrevieja está recordando en este 2025 la figura del músico, flautista, saxofonista, compositor, con una vida apasionante, que elevó la música entre nosotros al grado máximo y que dejó como legado a varias generaciones de músicos torrevejenses que han brillado en el pentagrama y con su calidad humana, algo en lo que el maestro también ponía su ración pedagógica. No es habitual en esta Torrevieja nuestra que, después de haber llovido casi cuatro décadas por encima, se recuerde algo o a alguien, pero está claro que Casanovas nos dio motivos, desde su misma llegada en 1970, para que fuera recordado entre nosotros para siempre. El 125.º aniversario de su nacimiento ha dado motivos más que suficientes para que este 2025 sea «Año Casanovas».

Sirvan estas líneas como mi humilde homenaje a este enorme personaje de la música que formó a genios como Zubin Mehta, que tuvo a Pau Casals como amigo, que trabajó junto a Rabindranath Tagore en la India mientras compartía amistad con la Madre Teresa de Calcuta en su etapa al frente del conservatorio de esta ciudad, o que forjó una gran amistad con Yehudi Menuhin, seguramente el mejor violinista del siglo XX, que vino a Torrevieja a visitar a su amigo Casanovas.

El maestro barcelonés, acompasado en las ramblas por el Liceo, ya llegó en la reserva a Torrevieja, pero los genios tienen una recta final que se parece al encumbramiento de una persona media. Por eso aquel anciano que se transformaba en un Casanovas vital y joven cuando portaba en su mano una batuta puso la música en aquella Torrevieja en lo más alto, dejando una bellísima página para el recuerdo.

Yo tuve la suerte de conocer al maestro muy por encima. Lo recuerdo ensayando su poema sinfónico Destellos con la banda y la coral «Francisco Vallejos» recién refundada. Y tuve la oportunidad de aportar mi granito en sus honras fúnebres organizando su despedida, en la que el Ayuntamiento brindaba un adiós de hijo adoptivo que él sin duda merecía, algo poco común que casi nadie había presenciado nunca. Casi todos nos dimos cuenta en ese momento de que era un verdadero «mirlo blanco».