Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 77 – Invierno 2025
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja


Paisanas

Como decíamos ayer... Ayer, para decir a las mujeres oriolanas, decíamos «candorosas» y «puras», «ondinas del Segura», «hermosas descendientes de esforzadas mujeres», «hermosas entre hermosas», «musas», de «flexible talle» y aliento perfumado, «beldades peregrinas, gallas flores», «hijas de Monserrate», «tiernas niñas, encanto y luz»... Decíamos con estas palabras que escribió en versos Justo Lafuente. Decíamos con estas palabras que hoy casi no decimos.

El uno de enero de 1878 veía la luz en Orihuela el primer número del semanario El Segura dirigido precisamente por Justo Lafuente Esquer. En el primer artículo editorial, a modo de presentación y de declaración de intenciones, se anunciaba entre otras misiones que el periódico se proponía «dirigir alguna vez la palabra a las hermosas hijas de Orihuela». Y ese «alguna vez» ya se hacía realidad en el primer número y en la primera y segunda páginas con versos de Lafuente en el poema titulado «A mis paisanas». Poema en endecasílabos del que hemos extraído los piropos dirigidos a las oriolanas.

También, en el mismo número, se publica un artículo titulado «La mujer orcelitana (Estudio del natural)». El autor, Pepe Tafalla, reconociendo y lamentando su impericia para la escritura se presenta dispuesto a ser paladín de las damas frente a quienes «hijos espurios» las llenan de «denuestos e improperios». Frente a éstos, Tafalla se dispone a hacer —nos confiesa— apología de los encantos y virtudes de las mujeres de Orihuela —«heroicas mujeres» dice— pero primero se entretiene en glosar elogios para la mujer en general, «bella mitad del género humano». Y trayendo la opinión de un autor del que no recuerda el nombre, comparte con él que la mujer es más digna de la emancipación que el hombre. Y a continuación, imitando a los poetas, la glosa como «el ser más hermoso de la tierra», «inseparable compañera del hombre, el bálsamo de sus dolores, luz de sus ojos y esperanza de su existencia». Emulando al materialista, Tafalla dirá que la mujer es «el tipo humano con organización más delicada». Y para unos —desde la agudeza piensa Tafalla— «el bello defecto de la naturaleza». Y para otros —graves según Tafalla— «el principio de toda sociedad». Y para él —y con cierta ironía al confesar que de todo peca— la mujer es «yo corregido y aumentado». Para finalizar nos pinta un retrato de la mujer orcelitana haciendo honor al entre paréntesis del título del artículo:

«La mujer orcelitana, considerada físicamente es por lo común bonita y graciosa; su tez generalmente morena tiene por circunstancias favorecedoras el asiento meridional de nuestro pueblo y la reflexión de los rayos solares en el cercano monte. Sus ojos negros y grandes (hay excepciones) encierra todo el fuego y arrebatadora poesía de los hijos del desierto».

Ahí quedaba eso: «bonita y graciosa», «tez generalmente morena», «ojos negros y grandes»... De esta manera se entendía la galantería cuando para decir mujer se decía «bello sexo» y «sexo débil» y muchas veces «damisela». Y cuando para decir mujeres se decía «ramillete de flores». Palabras de ayer que hoy suenan cursis y empalagosas. Almibaradas. Como decíamos ayer.



Como paloma asomada 

Como decíamos ayer... Decíamos que cuando la romanización de la Península Ibérica, hacia el sureste apareció una ciudad, Orihuela. Una ciudad «que reclinada sobre la falda de una montaña, parecía contemplarse en los cristales de caudaloso río, como paloma asomada al borde de una fuente. Su cielo era puro y sonriente; frondosas calles de naranjos y limoneros la rodeaban como muro de apiñadas esmeraldas, saturando su atmósfera de ricas esencias; y sus moradores, que se adormecían al murmullo de los arroyos del valle inmediato, despertaban con los gorjeos de las aves, que anidaban en la próxima selva».

Caudaloso río, cielo puro y sonriente, frondosas calles de naranjos y limoneros, arroyos, próxima selva... lo decía de Orihuela, «bella ciudad de romano origen», Carmelo Gómez García, firmando sólo con sus iniciales en «Lo que fue y lo que es», artículo publicado en el semanario El Segura el 8 de enero de 1878.

Que la frondosidad de naranjos y limoneros por las calles de Orihuela fuera en época romana es discutible, mas continúa el erudito repasando la historia de la ciudad para lo que le importa: glosar sus glorias. Y entre éstas, el «singular prestigio en tiempo de los Ataulfos, Recaredos y Chindasvintos». Su resistencia heroica frente a «los feroces invasores» musulmanes, «sectarios del Islam», «devastador torrente». La adjetivación morofóbica no es gratuita. Y para entonces recuerda la capitulación de Teodomiro como estrategia, el denuedo de la Armengola y el éxito de la Reconquista, aumentando Orihuela su poder. Y otra gloria, la heroicidad —hasta la muerte— de Julián Togores. Esta, Castilla y Aragón enfrentados, en la guerra entre Pedros. Y más méritos: a saber, cuando las Germanías el apoyo de Orihuela a los agermanados y cuando la Guerra de Sucesión a los austracistas. «Esto fue Orihuela —concluye Gómez— en tiempos más felices, cuando halagada por la suerte, caminaba por la ancha senda de la prosperidad y el engrandecimiento».

Pero para Gómez su Orihuela coetánea es «un débil anciano», un «extenuado guerrero (...) sentado al pie de una montaña, contemplando sus rotas armaduras, sus marchitos laureles y viendo desfilar por su mente sus mil gloriosas empresas, asombrándose de haber sido autor de ellas en días de más pujanza y virilidad». Así, lamenta que su Orihuela no sea la Orihuela del pasado. La actividad ha sido sustituida por la postración, la vida y el movimiento por «la calma de las tumbas».

Tras el lamento, el ánimo y llamamiento regeneracionista para recuperar la gloria que fue. «Deber de sus hijos es prestar savia a ese árbol carcomido por los siglos, para que despojándose de sus amarillentas hojas, nuevos retoños le coronen y vuelva a ostentarse verde y lozano, como en más risueñas primaveras. Inteligencias privilegiadas y animosos jóvenes abriga en su seno. Póngase de acuerdo a esas inteligencias; únanse y concentren sus fuerzas esos jóvenes y pues la unión es la fuerza y la fuerza el poder. La unión de todos acometa y realice la gran obra de regeneración de Orihuela».

Catampum-chimpum, como intensa mascletá, Carmelo Gómez hace esta potente arenga a sus conciudadanos. Tras el trueno final, apaga el ardor y el artículo —no la esperanza— con el siguiente colofón motivador: «Si esa idea, como noble y elevada, se acoge y acepta con vivo entusiasmo, las futuras generaciones, recogiendo el fruto de vuestros afanes, recordarán vuestros nombres con veneración y vuestra gloria será imperecedera, como imperecederos son los frutos del bien y la virtud».

Y ahora yo no sé si estas palabras también nos llaman hoy al afanoso entusiasmo y al consenso para lo común. Como decíamos ayer.

 


Público y público 

Como decíamos ayer... Ayer, en Orihuela, los amantes del teatro, o mejor, los amantes del arte de Talía disfrutaban de varias representaciones en una misma semana. Y eran —estamos en 1878— en aquel edificio sito en la Corredera. Un teatro hermoso. Con aforo para novecientas personas como nos precisa Antonio José Mazón Albarracín.

Y allí, el día uno de enero de dicho año se representó el drama Bienaventurados los que lloran, de Luis Mariano de Larra. Los actores —señores Cortés, Muñoz, Rodríguez, Catalán y López— y las actrices —señoritas Gonzáles y Cachet—, estuvieron «admirables». Concretamente la señorita Gonzáles «estuvo acertadísima en su papel, y el público la aplaudió con justicia durante la representación». No obstante, Muñoz, Rodríguez, Catalán y López, que estuvieron bien, mostraron «cierta inseguridad en el decir, por lo que algunas escenas resultaban lánguidas; nosotros les aconsejamos algo más de estudio, y con este pequeño trabajo por su parte el público quedará satisfecho». De cualquier modo —continúa la crítica—, «esta representación fue de las que dejan sin duda para los actores y para el público recuerdos inolvidables».

Y el día tres, La esposa del vengador, drama de Echegaray, «que a pesar de todo lo que de él han dicho los críticos es una grande obra, que por sí sola basta para inmortalizar el nombre del autor». Sin embargo, la actuación «dejó mucho que desear, por parte de algunos de los actores que en ella tomaron parte». Si bien, otra vez, «la señorita Gonzáles estuvo inimitable: qué delicadeza en los detalles, qué arranques tan vehementes y con qué fruición recitaba los bellísimos versos de que está adornada la obra».

Lo cuenta J. M. L. [José María López] en El Segura, el 8 de enero de 1878; rematando su escrito con un breve comentario sobre la representación del drama Cómo empieza y cómo acaba, también de Echegaray. Breve —se justifica J. M. L.— porque el semanario iba a entrar en imprenta. De esta representación dice que «todos todos estuvieron admirables, arrancando del público repetidos y merecidos aplausos».

Pero si J. M. L. no tuvo tiempo para escribir más sobre Cómo empieza y cómo acaba, en el mismo número, en un suelto sin firma, se denuncia el comportamiento de algunos espectadores: «Con harto disgusto de la inmensa mayoría que concurre a nuestro Teatro se han dejado escuchar en él, repetidas noches, ciertas frases tan impropias del lugar como de mal efecto en toda buena sociedad. Desahogos son estos de algunas gentes que no comprendiendo que el teatro es escuela de costumbres: que a él se va a sentir y a aprender, a reír o llorar, pero siempre mejorando nuestra sensibilidad, vociferan y se apostrofan con el mismo desenfado, con que lo harían en una plaza de toros». Se cierra la denuncia pidiendo un correctivo comprendiendo la dificultad de su aplicación; pero no por ello van a dejar de protestar —dice— «contra esas frases que son vergüenza del que las escucha y oprobio del que las profiere».

Pero para desahogos, otros. Éstos físicos. Los de los propios espectadores del Teatro que no teniendo servicios en el recinto aprovechaban un callejón colindante para evacuar sus necesidades, para enfado de los vecinos que correspondían estos alivios arrojando por las ventanas —«agua por agua»— el contenido de cubos y letrinas; como nos informa nuevamente Mazón Albarracín. Cosa que no ocurriría, suponemos, con el público que acudía a la plaza de toros. Esto por esa comparación inserta en la queja que denota menosprecio hacia los espectadores taurinos. Desestima de petimetres exquisitos que escribiendo en la prensa y yendo al teatro, sintiéndose cultos, solían cogérsela con papel de fumar. Como decíamos ayer.