Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
75 – Verano 2024
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Mujeres
salineras
FRANCISCO
SALA ANIORTE torrecronista@hotmail.com
AMPARO
MORENO VIUDES morenoviudesamparo@gmail.com
El de la sal en Torrevieja siempre ha sido un trabajo
de hombres: volvedores, pinches, encuartadores, carreteros, apiladores,
maquinistas, cargadores... El esfuerzo físico necesario y la dureza de las
distintas faenas que realizaban dentro y fuera del charco han
contribuido a forjar desde una perspectiva histórica y social la idea del
ámbito salinero como eminentemente masculino.
Pero en aquella población que existía para la sal las
mujeres no sólo fueron (y siguen siendo) parte activa como personal laboral en
la Compañía, sino que han sido artífices y coprotagonistas de la misma cultura
salinera. Sí. En Torrevieja también se puede hablar de salineras. Por derecho
propio, porque además de «ser» —compañeras, madres, hijas o hermanas de los
trabajadores de la sal—, su identidad tiene mucho que ver con «hacer», en
pasado y en presente.
En el contexto salinero torrevejense el espacio
preferente de la mujer ha sido el pueblo. Su actividad diaria se ha relacionado
con el ámbito doméstico, como cuidadoras de mayores y pequeños, como encargadas
del abasto del grupo familiar o como administradoras de la siempre difícil
economía de la casa. Una actividad desarrollada en el espacio privado que
todavía hoy carece del mismo reconocimiento que aquellas otras que se realizan
en el espacio público. Su papel desde luego era clave en la vida doméstica
salinera, pero no sólo se redujo a ese ámbito. Por el contrario, las mujeres
fueron colaboradoras necesarias e imprescindibles de la explotación salinera.
Lo fueron para todo. En ocasiones excepcionales, como
activas defensoras de los derechos de los salineros ante injusticias de la
compañía arrendataria, como demuestran las históricas protestas vividas en
1913. En la cotidianeidad del día a día, llevando el sustento de los hombres de
la sal en esos capazos que tan importante papel jugaban en las vidas salineras
llevando y trayendo, como pequeños contenedores, alimentos de ida y vuelta. Y
en el plano laboral, como trabajadoras de pleno derecho de la Compañía, ya
fueran jornaleras, temporeras o amesadas.
En junio de 1913 hallamos el primer acontecimiento reivindicativo protagonizado por mujeres torrevejenses, por salineras[1]. Las arbitrariedades de la compañía arrendataria y del entonces administrador, Luis Molina, había ido dejando varias tandas de despidos de trabajadores desde el mes de febrero[2]. Con una indignación en aumento, en mayo los salineros convocaron una manifestación pacífica que terminó en la plaza de la Constitución, aunque sus reivindicaciones no encontraron talante negociador en el administrador Molina. Semanas después se repitieron los actos de protesta y, con los ánimos ya exaltados, acabaron produciéndose graves altercados en las instalaciones de las salinas. Los obreros apedrearon las oficinas, destrozaron las vías del tren y cortaron la línea telefónica, causando importantes daños materiales. El mismo administrador llegó a realizar disparos contra la multitud y, tras la llegada de la Guardia Civil, doce salineros fueron encarcelados. En días sucesivos se produjeron más detenciones.

Estado
en que quedó la casa-administración de las salinas tras los altercados de junio
de 1913. Darblade/Archivo F. Sala
La prensa hablaba directamente de «un pueblo
amotinado». Las mujeres de los jornaleros decidieron acudir al Ayuntamiento
para que el alcalde intercediese ante el administrador. A su llegada a la
casa-administración, la comitiva de alcalde y salineras fue sin embargo
recibida por dos capataces de la empresa revólver en mano. Las mujeres se
levantaron por la dignidad de sus familias salineras y en contra lo que
consideraban injusticias del administrador. Cinco de ellas fueron encarceladas
por la Guardia Civil. De esas «valientes mujeres» destacan los nombres de
Cayetana Andréu Soler, María Martínez Mulero, Victoriana Mazón López, Isabel
Montesinos Guillamó, Francisca Torregrosa Giménez, Concepción Torregrosa
Montesinos y Trinidad Valero Navarro.
Eran salineras. Presentes en el hecho excepcional, en
la reivindicación, en la historia local del movimiento obrero y, pese a su
invisibilidad, protagonistas de lo cotidiano, del engranaje que movía
Torrevieja.
Las salinas —lugar de trabajo de los hombres— y el
pueblo —lugar de mujeres, mayores y niños— eran en realidad dos ambientes
permeables y conectados. El ritmo de la vida diaria en la población lo marcaba
la Compañía. En los recuerdos de Lola se mantiene muy presente el sonido del
cambio de turno que se escuchaba en las calles del barrio del Acequión:
A la
una sonaba el pito de las salinas y mi madre siempre desía: hora de echar el
arrós.
Las mujeres organizaban el día a día en el hogar en
función del trabajo del salinero y de sus turnos:
Mi padre...
a lo mejor tenía el turno de mañana, y se levantaba a las sinco pa entrar a las
seis. Cuando él venía de su turno y tenía que volver, a lo mejor a echar horas
extras, tenía una espesie de cansión pa que mi madre ya lo entendiera. Desía:
ale, venga; ale, venga; ale, venga, que me voy. Y ya sabía mi madre que tenía
que preparar la comida. (Antonio Pérez, el Peres, salinero)
Expertas en el trabajo eventual del salinero, eran
además buenas conocedoras del funcionamiento de la empresa y del proceso productivo:
Cuando
venía un barco... mi madre, que se asomaba y lo veía pasar [decía]: Hoy tenemos
pa tres semanas... Según lo grande que era, las mujeres ya decían: tanto tiempo
van a estar descargando... Porque mi padre trabajaba mientras había un barco;
cuando no había barco, no trabajaba. En todos los que estaban en las barcas
pasaba eso. (Manuel Espuch, el Seva)
Partícipes y orgullosas del trabajo de sus salineros:
Yo
empecé a los dieciséis años a tirar agua (...) Estuvimos dos días sin cobrar y
a la semana siguiente nos daban medio jornal. Pero dos pesetas eran dos pesetas
y cuando iba con el sobrecico, mi madre me daba dos o tres besos. Porque había
mucha hambre entonces, eso las madres lo hacían mucho. (Antonio Vera Muñoz, el
Rojo)

Mujer apoyada en
el caballete de carga de las Eras de la Sal. Darblade/Archivo F. Sala
En la imagen de esa mujer apoyada en una viga de
madera, que pasa casi inadvertida bajo la gran estructura del caballete, hay un
elemento que la acompaña y que jugaba un importante papel en las casas
salineras: el capaso. Convertido en enlace entre lo doméstico y lo
laboral, servía para llevar la comida al salinero, pero de retorno podía llegar
con otros productos para las insuficientes despensas de la familia:
(...)
a mi padre le llevaba un capaso pa llevar el almuerso... a las Eras de la
Sal..., a una barcasa..., pa que de ahí se lo llevaran a bordo... Y siempre
esperaba a que llegara mi padre con el capaso a ver lo que traía. A veses eran
mollas de avellana, y yo me hinchaba a mollas de avellana... Porque los barcos
antiguos (...) eran huecos por tos laos y entonses de lo que cargaba, se
quedaba por los huecos... y los hombres cuando entraban..., por eso llevaban
ese capaso tan grande... A lo mejor habían cargao trigo en otro lao y los
hombres, pues... recogían pa la casa..., venían barcos que traían cosas que la
gente no las habíamos visto nunca. Había unas nesesidades que no podías
cubrirlas de otra manera... (Francisco Moya Torres, el Moyi)
Salineras en el espacio doméstico. Y salineras fuera
de él. Porque trabajadoras hubo también a lo largo de la historia de la
explotación, pero como en tantos otros ámbitos, su papel pasó inadvertido en la
empresa salinera y en la misma población que dependía de la sal para subsistir.
De su existencia se tiene constancia documental desde
los primeros años del siglo XX, sin duda continuando la inercia de muchas otras
mujeres que trabajaron en el XIX y de las cuales no quedó referencia escrita.
Los datos extraídos de la ficha de filiación laboral de algunas de ellas nos
sirven para recuperar la memoria de éstas y de otras que también fueron
trabajadoras en las salinas.
Son mujeres torrevejenses, aunque unas pocas nacieron
en poblaciones del entorno inmediato (San Miguel de Salinas, Novelda, Elche,
Abanilla y Murcia) que probablemente llegarían, atraídas por el dinamismo
económico de la ciudad, en las corrientes inmigratorias del último cuarto del
ochocientos.
La edad media de todas ellas supera los 43 años. En su
mayoría se trataba de mujeres que se encontraban ya fuera de la etapa
reproductiva de su ciclo vital, y aunque excepcionalmente hay referencias de
cuatro jóvenes que cuentan entre 19 y 22 años cuando son afiliadas por la
empresa, por lo general estas salineras quedaban encuadradas en lo que hasta
hace poco tiempo se denominaba «mujeres de edad madura». En las tres cuartas
partes de los casos eran además mujeres viudas o solteras, a las que se les
aplicaba el adjetivo de «solas» por no tener marido, aunque la mayoría tuvieran
ascendientes (madres, suegras) o hijos a su cargo. Casadas también las había,
pero muy pocas.
Las
mujeres torrevejenses, hasta principios del siglo XX, se casaban jóvenes,
porque la esperanza de vida era corta. Una mujer era ya anciana a los 40 años y
a esa edad no se permitían ciertas locuras. «Se guardaba» en la casa, la hija
había tomado el relevo, y ella se colocaba el delantal, y dejaba de cuidarse
(...). Guardaba el luto al esposo fallecido. No pisaba los portales de la casa
hasta la misa de duelo al cumplirse el primer mes del fallecimiento, y llevaba
medias negras, blusa negra, falda negra y pañuelo negro a la cabeza, al menos
durante tres años o incluso toda su vida. Muchas mujeres se quedaban como
chicas viejas-solteras...[3]
En la Torrevieja de las primeras décadas del siglo XX,
algunas de estas mujeres «solas» trabajaban en las salinas. Muchas eran
continuadoras de la estirpe salinera familiar. A menudo tenían uno o incluso
varios hermanos en la explotación y ellas mismas seguían la estela dejada en la
Compañía por el padre o tal vez por un marido prematuramente fallecido,
evidencia de la ocasional disposición de la «Salinera» a ejercer cierta labor
asistencial en una población donde el 70% dependía de la sal. La Compañía
apretaba pero no ahogaba.
Había jornaleras que se contrataban unas pocas semanas
al año dependiendo de las necesidades de mano de obra de la campaña, y cobraban
según el número de días o jornales trabajados. Las había también temporeras, si
la faena duraba sólo los meses de la cosecha anual. Otras sin embargo eran
trabajadoras «de plantilla» o amesadas.
Su abanico laboral se desplegaba en faenas dentro de
los estereotipos de «tareas femeninas» tenidos en la época. En función de la
evolución de la explotación y de su progresiva modernización, podemos encontrar
en la documentación hasta los años 80 del siglo XX las siguientes
calificaciones profesionales:
—Fontaneras, limpiadoras, dependientas —del economato—
y oficinistas.
Algunos testimonios añaden sin embargo algún oficio
más:
—Coser los sacos de sal como parte del empaquetado y
el servicio doméstico de la conocida como casa-administración para el personal
directivo de la empresa.
La de costureras de la sal, o empaquetadoras, podría
haber sido la faena de seis trabajadoras que fueron contratadas «a jornal» en
septiembre de 1927, aunque de la actividad precisa que realizaron no ha quedado
constancia documental.
Manuela Aracil Romero, Josefa Caro Campillo, Josefa
Galiana Palazón, Obdulia Gómez Capellín, María López Capellín y Antonia Sánchez
Alberola, nacidas todas en Torrevieja entre 1870 y 1890, cobraron aquel otoño
entre 29 y 50 jornales por unas pocas semanas de trabajo al final de la
campaña.
La cosecha de aquel año recogió 303.000 toneladas de
sal y que del total fueran molturadas 225.000[4] podría
indicar la necesidad que hubo de contratar manos «extra» para cerrar con la
costura los sacos de sal que iban al mercado, pero es difícil saber cuál fue el
cometido exacto de estas jornaleras.
A través de testimonios orales recogemos otra de las
faenas de mujeres contratadas por la Compañía: el servicio doméstico de la
casa-administración. El ingeniero Pedro Gómez Mateo, jefe de Establecimiento en
los años 2000 e hijo del carismático director José Gómez, recuerda de su
infancia:
(...)
aquí en la casa esta en que estábamos nosotros, había una señora que era de San
Miguel de Salinas que se llamaba Lucrecia (...) era una persona que tenía mucho
sentido común y entonces mi padre la contrató (...) Por la mañana, había un
horno de estos de carbón, ella ponía el carbón, lo encendía y eso ya se quedaba
encendido todo el día (...) para merendar me gustaba mucho pan con sobrasada
asada (...) la ponía en el horno y se derretía y luego te daba una onza de
chocolate...
Años después y con ficha de filiación en la empresa
salinera, Joaquina Carrasco Pérez sería encargada como «ama de llaves de la
casa administración» según testimonio de su sobrino nieto José Miguel Toro
Carrasco, que la recuerda como excelente guisandera. Su nombre aparece inscrito
en el Listado laboral de salineros. 1930-1958 (Galant, Esteban y Mazón,
2023).
En esta misma recopilación se recogen además los
nombres de Asunción Gil Rizo, Cruz Molero Torres, Francisca Rizo Sáez,
Magdalena Zafra López y Carmen Zaragoza Aniorte. Aunque de ellas sólo conocemos
su condición de trabajadoras de las salinas, sin más detalle.
Varios expedientes de la Compañía remiten, sin
embargo, a uno de los oficios históricos de la mujer en las salinas: el de
fontanera. Bajo esta denominación se recoge en las fichas de filiación una
categoría laboral que englobada en la Sección de Aguas empleó tradicionalmente
a mujeres encargadas de este abastecimiento, imprescindible para la explotación
y para aliviar la fatiga de los cientos de obreros de la sal. En un lugar donde
la vida de hombres y mujeres dependía de las salinas, el agua también
pertenecía a la empresa arrendataria[5]. Los recursos procedían de un pozo existente
en la finca del Molino del Agua. El caudal, fundamental para los procesos
industriales de la explotación, venía utilizándose no obstante desde finales
del siglo XIX para la distribución urbana a través de varias fuentes
distribuidas por el callejero de la población. Según consta en un plano de la
distribución del agua de 1897:
—La de San Luis, entre Caballero de Rodas y Apolo.
—La de San José, calle Apolo con Ulpiano.
—La fuente Soledad, en la antigua plaza de las Barcas
(Castelar).
—La de San Antonio, entre calle Labradores (Campoamor)
y Empecinado (Patricio Pérez).
—La de San Ramón, entre calle Lacy (Chapaprieta) y La
Paz.
—La fuente del Cequión, entre la calle del Loro
(Gabriel Miró) con San Policarpo.
Y desde que en 1924 la Salinera adquirió los derechos
de suministro, las encargadas de gestionar el uso y el cobro del agua en cada
una de las fuentes fueron trabajadoras de las salinas. Recibían estas mujeres
el nombre de fontaneras.

Ángeles
Samper Serrano (1864-1946). Archivo F. Sala
Algunas de las más
veteranas fueron:
—María Marco Tristán[6], que vivía en la calle San Policarpo;
—Luz Martínez Sánchez, con domicilio la calle del
Huerto; y
—Ángeles Samper Serrano, que vivía en la calle Chapaprieta.
Nacidas entre 1864 y 1874, los pocos datos que aparecen en sus fichas laborales constituyen una muestra de la dureza de la vida de muchas mujeres que vivieron entre los siglos XIX y XX. Curiosamente ninguna de las tres había nacido en Torrevieja. Ángeles, nacida en Elche, entró a trabajar como fontanera en las salinas con 61 años, y «a jornal» estuvo hasta que causó baja por defunción en 1946 y con 82 años a sus espaldas. María, natural de Abanilla (Murcia), fue contratada por la Salinera en 1933 a los 59. Su marido, torrevejense de nacimiento, también era salinero. Vivía en el número 15 de San Policarpo y con las faenas del agua estuvo de encargada —presumiblemente en la fuente del Acequión (San Policarpo con calle del Loro, hoy Gabriel Miró)—, hasta pasados los 70 años, momento en el que le pasó el testigo del oficio a su hija María Fernández Marco. Luz, originaria de Murcia, fue dada de alta como fontanera por la Unión Salinera con 78 años, si bien cabe la posibilidad de que el trabajo lo hubiera desempeñado con anterioridad también. Se retiró dos años después «por su voluntad», como consta en la ficha, o quizá porque sus piernas y la edad le permitían ya pocas faenas.
Las tres causaron baja a mitad de los años 40 y son
las fontaneras más antiguas de las que se tiene constancia documental. Eran las
salineras del agua en el pueblo. En el Charco y dentro de la explotación, el
oficio del agua lo desempeñaban hombres como el Tío Martín, a quien el veterano
Vicente López recuerda llevando por la laguna la barcasa de la cuba esos
mismos años. Los cántaros de los tajos debían estar siempre llenos para aliviar
las fatigas de los salineros.
Tras ellas llegó la que sería última generación de fontaneras torrevejenses. Antonio Martínez Martínez (2006) menciona como encargadas de las cinco fuentes que quedaron después de la desaparición de la existente en la plaza de las Barcas, a Trinidad Gallud Andreu, Filomena Córdoba Campos (conocida como «la Gitana»), María Jesús Pérez Vera, María Fernández Marco (la hija del «Tío Pirracas») y Dolores Sánchez Aniorte (conocida como «la Gorda»).
Dolores
Sánchez Aniorte (1910-1968). Archivo F. Sala
De esta última, su sobrino-nieto, Manuel A. Sánchez
Torregrosa, publicaba en su muro de Facebook (4 de diciembre de 2023):
Era
hermana de mi abuelo Manuel Sánchez Aniorte. Dolores trabajó en una fuente
entre la calle La Paz y la calle Joaquín Chapaprieta esquina con la panadería
de Eutimio, que pertenecía a la empresa dueña de las salinas, y le quedó una
pequeña paga de jubilación como trabajadora de las mismas, como aguadora.
Viuda a los 36 años, fue dada de alta en 1946 y de su
salario dependían también su hija y su suegra.
María Fernández Marco, soltera, tomó el relevo de su
madre, la veterana fontanera de la calle San Policarpo. Tenía 41 años cuando
ingresó en la Compañía en enero de 1946. Su madre, que lo había dejado un día
antes, tenía 71 cuando se jubiló. También viudas eran Filomena y María Jesús,
que estuvieron trabajando para las salinas alrededor de 20 años. Fueron las
últimas.

María
Fernández Marco (1905-1967) heredó el oficio de fontanera de su madre María
Marco Tristán (1874-?). Archivo F. Sala
Con la inauguración de un nuevo servicio de
distribución de aguas en 1962, las fuentes dejaron de cumplir su función y las
fontaneras también. El nombre se tachó de las fichas de filiación laboral de
estas mujeres, aunque todas continuaron trabajando para las salinas, algunas
hasta bien entrada la década de los años 60. Ya no eran fontaneras, pero
cambiaron por la no menos honrosa categoría laboral de «mujer de limpieza».
Otro trabajo para la mujer, otra faena «de mujeres» en las salinas.
Además de Filomena Córdoba, María Jesús Pérez Vera y
Dolores, entre los años 50 y 60 podemos citar a Antonia Aniorte Gómez (que
trabajó 32 años en la empresa), a María Josefa Hernández España (que entró en
1951 con 19 años), a Bienvenida Mínguez Izquierdo y a Julia Molero. Y en Pinoso, pero ya en los
años 80, desempeñó la misma función Remedios Pérez Sigüenza. En estas
instalaciones de interior cuya conexión se produjo en la década de los 70
también trabajó Mari Carmen Justamante (sic) Cascales.

Comprando
en el economato, años 60. Archivo F. Sala
Una nueva ventana laboral fue abierta en la Compañía
para las mujeres con la puesta en funcionamiento en noviembre de 1941 del
establecimiento organizado por la empresa para distribuir los racionamientos de
productos alimenticios: dependienta del economato.
Las
primeras contratadas para ese puesto por la Compañía salinera fueron Trinidad
Pons Vallejos, que ingresó el 1 de febrero de 1942 permaneciendo en el mismo
empleo 27 años y, unas semanas después, las hermanas Josefina y Rosario
Meléndez Gallud. La historia de estas jóvenes, sin embargo, aparece mezclada
con la tragedia familiar de una muerte en la primavera de la vida. A los dos
meses de comenzar su trabajo como dependienta, falleció Josefina con apenas 20
años. Sería su hermana Rosario, de 22, quien ocupó su puesto dos semanas
después. Tres años estuvo atendiendo en el mostrador salinero, hasta que el
matrimonio la apartó de la actividad laboral.

De izquierda a derecha, Trinidad
Pons Vallejos, Rosario Meléndez Gallud y Concepción Box
Hernández,
trabajadoras del economato. Archivo F. Sala
Concepción Box Hernández sería una de las últimas
dependientas del popular economato. Estuvo más de treinta años en su puesto,
hasta su jubilación en 1981. El viejo local frente al paseo de Vista Alegre
cerraría sus puertas definitivamente poco después.

María
Josefa Hernández Serrano, personal de oficina de la Compañía. Archivo F. Sala
En el ámbito administrativo de la empresa, las tareas
«de oficina» también han sido desempeñadas tradicionalmente por mujeres. Desde
1948 y a lo largo de 35 años, realizó su labor como auxiliar de oficina María
Josefa Hernández Serrano. Lo hizo hasta su jubilación en 1983, y por sus manos
pasaron las vidas laborales de decenas de salineros. Como por las de Mari
Carmen Villagordo Zapata, también de familia salinera, que ha vivido la etapa más reciente de la empresa. Desde este puesto administrativo,
ambas fueron pioneras como trabajadoras con formación cualitativa en las
salinas. Más recientemente es Estefanía Pastor la encargada de las tareas administrativas.

Desde su puesto de administrativa, María del Carmen Villagordo ha sido testigo de los grandes cambios de la empresa salinera desde finales del s. XX. Imagen cedida por la familia Villagordo
En la década de los 80, Torrevieja inauguraba un nuevo
ciclo económico y social en su historia. El turismo se convirtió en motor de la
economía del municipio a la misma velocidad que la tecnologización y los cambios
en la empresa arrendataria reducían drásticamente la plantilla en las salinas.
Las nuevas necesidades derivadas de una mayor
especialización abrieron la entrada a las primeras salineras con estudios
técnicos superiores. En 1997 es contratada como jefa de Mantenimiento Marta
Pérez Pérez, técnico de electricidad y electrónica, que pasó a ser la
responsable del plan de choque para poner al día las instalaciones salineras:
(...) en molturasión... la jefa mía era una
chica, con 21 años... Era técnico en automatismos, y como allí las máquinas
eran automáticas todas... Y esa era la jefa que yo tenía..., 21 años... La
primera mujer que entró a las salinas a trabajar con los hombres fue esa
chica... Se metió allí pa mandar, no pa trabajar, sin embargo era la primera
que se ponía el mono pa trabajar. Siempre estaba conmigo pa que yo le fuera
explicando... (Francisco Moya Torres, el Moyi)
A comienzos de 2000, y por un corto período de tiempo, ocupa el puesto de jefa de Calidad y Medio Ambiente Lidia Aldeguer. Es en estos años cuando el organigrama de la empresa comienza a nutrirse de profesionales altamente cualificadas para ocupar puestos clave, entre ellos los de jefa de Fábrica, desempeñado por Raquel Martínez; jefa de Laboratorio, Celia Abellán; o directora de Recursos Humanos, Victoria Carreño.
No son las únicas, y otros nombres se podrían incorporar a este artículo.

?Victoria Carreño, responsable de Recursos Humanos Salins España. Imagen: Manuel A. Sánchez Torregrosa

Raquel Martínez, responsable de Fábrica en Torrevieja. Imagen: Manuel A. Sánchez Torregrosa
Hace más de 100 años, el tren que transportaba la sal
a las Eras para su embarque se vio seriamente afectado por unas protestas de
salineros y salineras donde defendían su trabajo y su vida. Ahora es otro tren,
especializado en menesteres más amables, el que ofrece nuevas actividades relacionadas
con el ocio. A las salinas se puede ir de visita, a pasear en bici, a caminar
por rutas guiadas, a catar salazones y vinos de La Mata o a comprar recuerdos
de sal en una pequeña tienda. Mujeres como Ana Raquel López, responsable de
turismo de Salins España, lo hacen posible.
Ellas son las nuevas salineras de Torrevieja.
Bibliografía
—Diario Información (1997). Una mujer trabaja
por primera vez en las instalaciones de las salinas. 15 de noviembre de 1997.
—Estadística minera de España (1927). Ministerio
de Fomento. 629 pp. https://info.igme.es/estminera/informes/1927.pdf#page=120
—Galant Torregrosa, M.; Esteban Chapapría, V.; Mazón
López, J. N. (coords.) (2023). Las Eras de la Sal. Origen de una ciudad.
Ayuntamiento de Torrevieja. 272 pp.
—Martínez Martínez, A. (2006). Historias y
anécdotas de mi pueblo. Ayuntamiento de Torrevieja. 266 pp.
—Pérez Jiménez, M. A. (1998). Aspectos económicos,
sociales y culturales de la industria salinera en Torrevieja (Alicante), desde
sus orígenes hasta la actualidad. Tesis doctoral. Universidad de Alicante.
618 pp. Disponible en: http://hdl.handle.net/10045/3814
—Sala Aniorte, F. (2013). «Las puñaladas del hambre
(11)». Real Asociación Española de Cronistas Oficiales. Fuente: Semanario
Vista Alegre, 7 de diciembre de 2013.
https://www.cronistasoficiales.com/?p=4838
—Sala Aniorte, F. (2018). «¡Agua va!» Diario
Información-Vega Baja, 27 de mayo de 2018. https://www.informacion.es/opinion/2018/05/27/agua-5761310.html
—Sala Aniorte, Francisco (2022). «Encalao en el
terrao». Día internacional de la mujer torrevejense. Diario Información Elche-Vega Baja,
13 de marzo de 2022. https://www.informacion.es/vega-baja/2022/03/13/dia-internacional-mujer-torrevejense-63769060.html
—Sala Aniorte, F. (2023). «Encalao en el terrao».
Homenaje a aquellas mujeres: esposas y madres. Diario Información, 11 de
marzo de 2023. https://www.informacion.es/opinion/2023/03/11/homenaje-mujeres-esposas-madres-84497554.htm
Testimonios orales (2023-2024)
Lola Sánchez; Antonio Pérez Boj; Manuel Espuch Martí;
Pedro Gómez Mateo; Antonio Vera Muñoz; Francisco Moya Torres; José Miguel Toro
Carrasco; Manuel A. Sánchez Torregrosa.
[1] Sala Aniorte, F. (2022). «Encalao en el terrao».
Día internacional de la mujer torrevejense.
Diario Información Elche-Vega Baja, 13 de marzo de 2022.
[3] Sala Aniorte, F. (2023). «Encalao en el terrao».
Homenaje a aquellas mujeres: esposas y madres. Diario Información, 11 de
marzo de 2023.
[5] Sobre la
evolución histórica del suministro de agua en el municipio torrevejense, Sala
Aniorte (2018). «¡Agua va!» Diario
Información-Vega Baja, 27 de mayo de 2018.
https://www.informacion.es/opinion/2018/05/27/agua-5761310.html
[6]
Agradecemos a Miguel Ángel Cantó Gómez, funcionario del Archivo Municipal
de Novelda, la localización de la anotación de bautismo en la parroquia de San
Pedro Apóstol de esta ciudad de María Fernández Marco, nacida en Novelda en
1905 e hija de María Marco Tristán, natural de Abanilla (Murcia) y de José
Fernández Labasor, natural de Torrevieja. Este asiento parroquial nos ha
permitido descubrir la relación madre-hija entre ambas mujeres y un error de transcripción
en la ficha de Unión Salinera de la madre, que aparece como María Marcos
Tristán.