Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
75 – Verano 2024
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
La canción de Eva
He dado a luz dos veces y nunca he tenido hijos. Ésta es mi historia y mi tragedia. Los hijos, culpables de tus alegrías y responsables muchas veces de tus sufrimientos, son aquellos a los que crías, no los que pares. Yo he parido, sí, y de la forma más cruel e inhumana que uno pueda imaginar. Me quedé embarazada de un monstruo que me arrebató la niñez, la alegría, mis ilusiones, en definitiva, la vida. Lo recuerdo todo como si fuera ayer. A veces incluso sus rostros me atormentan en sueños y los olores, sobre todo los olores, ni siquiera después de sesenta años he podido olvidarlos...
Madrid, 20 de noviembre de 1960
—Señorita, levante —ordena con autoridad
un policía con uniforme gris, que desprende un fuerte tufo a Barón Dandy, gesto
adusto y maneras bruscas, mientras yo, aún adormilada, intento enfocar las sombras
que se ciernen sobre mí.
Me ponen unas esposas y, sin saber cómo,
cambio mi cama calentita por un frío furgón policial, que se para un par de
veces más. A él hacen subir a una chica con la cara roja de haber estado
llorando y con un bombo enorme, poco después a otra que viste de manera muy
indecorosa y desprende un fuerte aroma a tabaco y alcohol. De sopetón nos
detenemos ante la puerta de un edificio sombrío. Logro ver el nombre de la
calle en la placa gris que decora un lateral de la fachada: Calle Arturo Soria.
Sobre las escaleras de entrada otra placa me informa de dónde estoy: COC (Centro
de Observación y Clasificación).
Una monja uniformada con hábito negro y
toca blanca espera de pie ante la puerta principal bajo una lluvia de copos de
nieve que comienza a bañarlo todo, los policías nos hacen bajar y nos quitan
las esposas.
—Venga, desgraciadas —nos dice el más
bajo con su aliento fétido y entrecortado, con una medio sonrisa en la que
baila una hilera de dientes irregulares—. Habéis llegado a vuestro destino,
aquí os meterán en vereda.
Tiende la mano y le da a la monja unos
documentos.
—¿Quién de las tres es Eva María
Fernández Pérez? —lee mi nombre el primero.
—Soy yo, hermana —mi voz suena casi como
un suspiro, estoy tiritando y confusa.
—Ven conmigo... Vosotras debéis esperar,
ahora vendrá alguien a recogeros.
Camino detrás de ella, no vuelve a
hablar, entrega los documentos a otra monja y me conduce por una serie de pasadizos
blancos, casi hospitalarios, que huelen a orín, comida rancia y jabón de
lagarto, quedos murmullos que salen de las habitaciones se estrellan en mis
oídos: «Ahí viene otra»... «Parece jovencita»... «Pobre, no sabe lo que le
espera»...
Ante una puerta de madera tan blanca
como las paredes de esta cárcel, la monja se para y se dirige a mí.
—Ésta será tu habitación. No te embobes
porque en un rato vendré a por vosotras. Has tenido suerte, esta semana hay
pocas internas y es día de visita médica, en un par de días podrás salir de
aquí.
Sus palabras me llenan de júbilo. En mi
inocencia pienso que me han traído solamente a un reconocimiento médico y que
me devolverán a casa pronto.
La monja no tarda mucho en volver, lo
suficiente para hablar con una de las muchachas que comparten habitación
conmigo, se llama María Engracia, es de Segovia y lleva en este lugar una
semana.
—Menuda vergüenza, chica. Lo pasé fatal.
Estábamos los dos viendo una película de esas americanas y mi novio había
empezado a magrearme la rodilla, me daba un beso apasionado cuando la luz del
acomodador nos cegó a los dos. Como estábamos a lo nuestro, no nos habíamos
percatado de que llevaban un rato largo apuntando a las parejas. Mi hermano iba
con ellos. Me cogieron allí en medio, mi hermano le dio una somanta a palos a
mi novio, mientras a mí me decía todo lo que se le ocurría y después el furgón
y esto. Aquí llevo una semana, esperando al médico. Las monjas éstas son unas
hijas de puta —me dice acercándose a mi oído, dejando escapar una oleada de
odio que le sale de las entrañas.
La conversación transcurre como un
suspiro, enseguida un espectro albinegro interrumpe las confesiones y nos
conduce a una fila de chicas con batas blancas —como la que me han ordenado
ponerme—, que espera de pie frente a una puerta en la que una placa dorada y
medio oxidada exhibe el nombre de Reconocimiento. Conforme va avanzando la
cola, el miedo se va apoderando del rostro de las muchachas. Después de un rato
largo llega mi turno. Trago saliva...
—Eva María, pasa.
Todo es blanco, desde el suelo al techo,
la bata del médico, el delantal de la monja, las mesas auxiliares, el zócalo de
losas, el lavabo de loza que se alza solitario en una esquina, las cortinas de
los grandes ventanales enrejados, el biombo. Sólo un asiento extraño, una
escribanía enorme de caoba y el instrumental que se exhibe en una mesita
destaca entre tanto blancor. Un fuerte olor a jabón de lagarto se mezcla con el
aroma a pachulí que exhala el doctor y a alcohol de noventa grados que lo
impregna todo.
—Quítate las bragas y siéntate. Pon los
pies, aquí el derecho y aquí el izquierdo —me señala la monja mientras cubre
mis piernas con una sábana blanca.
El doctor se pone unos guantes y
desaparece de mi vista bajo la blanca montaña que crean mis piernas. De repente
noto cómo sus dedos penetran en mí, cómo se mueven, cómo toquetea lo más
profundo e íntimo de mi ser. Yo me contraigo, el miedo y los recuerdos hacen
que tiemble.
—Relájate y baja el culo, puta —suelta
el médico desde su escondite.
Obedezco como puedo, mientras las
lágrimas intentan rodar por mis mejillas, las contengo.
—Sor Angélica, escriba incompleta. Además, la ficha policial
está correcta en cuanto a las sospechas de la madre, ésta está embarazada de un
par de meses, creo. No lo sabré hasta que se le haga un examen más exhaustivo
—y el tac-tac de la máquina de escribir estampa INCOMPLETA con todas sus letras
en una ficha de color amarillento.
Las palabras «embarazada» y «madre»
comienzan a dar vueltas en mi mente. ¿Cómo puede ser que yo...?, soy apenas una
niña a la que le gusta jugar con muñecas y con sus hermanos..., ¿cómo puede ser
que mi madre me haya traído aquí? El baile de esas dos palabras se torna en una
danza macabra.
—Levántate, niña. Ponte las bragas y
párate ahí —la orden me saca de sopetón de mis pensamientos.
El médico me mide, me pesa, me palpa los
senos, las caderas, me mira las cuencas de los ojos, las orejas...
—Ahora siéntate.
Me siento y comienza el interrogatorio.
Preguntas y más preguntas, preguntas que se van encadenando, preguntas a las
que a veces no sé qué responder, preguntas que me confunden, unas que no quiero
contestar, otras a las que no puedo. El médico rellena una ficha de colores:
rojo, azul, azul, rojo...
—Eva, hemos terminado, ya te puedes ir.
Que pase la siguiente, sor Angélica...
Salgo revuelta, avergonzada, triste y
aterrada. Sin saber cómo, llego serpenteando a mi habitación. El silencio la
preside, las chicas permanecen sentadas en sus camas, el tiempo se hace eterno
acompasado con el tic-tac lejano de un reloj solitario. La hora de la cena, una
sopa aguada y un pedazo de carne de a saber qué animal, un jergón de lana duro
y a dormir.
Dos días de espera culminan con la
llegada de otro furgón. La chica del bombo a la que no había visto en la cola
de la revisión está dentro. Hay otras dos chicas más, Eleonora y Margarita se
presentan.
—¿Adónde nos llevan? —pregunta Margarita
con voz infantil, aunque parece mucho mayor que yo.
—¿Estás embarazada?
—Sí.
—Entonces te llevan conmigo a la
maternidad de Peñagrande. Es mi segunda vez.
—¿Es que el padre no ha querido hacerse
cargo del niño? Estás muy avanzada —Margarita rompe el silencio.
—Chiquilla, si supiera quién es el padre,
otro gallo cantaría.
La respuesta de Francisca Ortega nos
hace ser conscientes de una realidad que no conocemos. Tanto Eleonora como
Margarita saben que sus respectivos novios son los padres, unos niñatos que no
se quieren hacer cargo del regalo que les han dejado. Lo mío es algo diferente,
algo horrible, que no puede ni debe revelarse de buenas a primeras...
Nos da la bienvenida el cuerpo de un
edificio con forma de U y un montón de ventanas enrejadas. Subimos por las
escaleras centrales hacia la recepción.
—Francisca Ortega...
—Soy yo.
—Te conozco. Aquí dice que esta vez
estás ya de ocho meses, así que irás al pabellón B, ahí están las más
avanzadas. Esta vez te han pillao tarde, ¿eh? ¿Qué edad tienes ya? Dieciocho,
¿no?... Mala carrera la tuya... —dice sor Mónica, que es la encargada de recibir
a las nuevas internas.
—Eva María Fernández Pérez.
—Yo —levanto la mano tímidamente.
—Tú, pero si no tendrás ni trece años.
Tendrías que estar jugando con muñecas y no aquí. ¿Qué es lo que has hecho,
desdichada? Eres una ovejita descarriada del Señor, ¿verdad? —mientras roza mi
mejilla con una mano gélida y rechoncha que desprende un repugnante olor a ajo
y cebolla—. Tú irás al pabellón C, allí están las chicas de pocos meses. Te
acompañará sor María.
Sor María aparece para llevarnos a
Margarita y a mí al pabellón C, Eleonora queda relegada al A, está de cinco
meses, pero muy delgada, casi esquelética.
La monotonía se hace la dueña de los
meses que transcurren entre mi llegada y mi partida. El horario cotidiano,
levantarse al amanecer, a las seis desayunar: café con leche aguado y una
tostada de pan duro para mojar. La sirena que da comienzo al trabajo: la
limpieza es esencial. El jergón de lana que debe quedar como caja de muerto, la
revisión de las monjas bajo una avalancha de insultos y críticas: «¡Puta!, tú
sabrás qué has hecho para merecer esto, ese gustito que te dabas aquí te ha
traído, descarriada, caída, ovejita negra del Señor»... Otra vez, haz y rehaz
la cama, hasta que no queda una arruga. El estropajo de esparto y el jabón de
lagarto y de rodillas a los tres meses, a los cinco, a los seis y con la
barriga a punto de estallar, da igual, tu vida tiene precio y ése es el de tu
virtud perdida... Del suelo a la máquina de coser o al bastidor a bordar. Y
horas encorvada de tres meses, de cinco, de seis y con la barriga a punto de
estallar. Ocho horas de trabajo y en medio la comida: sopa aguada, algo de
carne o pescado, unas verduras, unas lentejas con bichos, una fruta muy madura
y otra vez puntada, puntada, puntada y entre puntada y puntada llega la hora de
la misa y el rosario... «Ave María Purísima»... La cena, siempre escasa. Noche
de luna llena y gritos de parturientas.
Así expiamos nuestros pecados según la
orden secular de las cruzadas evangélicas. Así nos acercamos a Dios y así éste
se apiadará de nosotras. No es sino a través de la expiación que se puede
alcanzar el perdón.
Día de reconocimiento. Llega el doctor,
un hombre alto y moreno, de aspecto serio y trato desagradable, te abre las
piernas, te toca, te mira y remira, algo escribe en tu ficha y que pase otra. A
su lado una monja altiva, sor María, que escribe cosas en otra ficha.
Han pasado los meses, han cambiado los
rostros de muchas, ahora hay más niños en el centro. Ayudamos a las monjas en
su cuidado, damos clase de puericultura y parto. Un par de veces nos han
exhibido ante unos hombres, las más veteranas cuentan que vienen a elegir
esposa o sirvienta. La mayoría son casi ancianos o de aspecto desagradable. Nos
abren la boca, nos miran los dientes, el talle, el pecho, el culo, los ojos,
hasta el cabello...
Margarita y yo nos hemos hecho muy
amigas, es la primera persona a la que le cuento mi verdad. Soy la hija menor
de ocho hermanos, todos ellos varones. Mi madre quedó casi inválida después de
tenerme a mí, yo he dedicado mi vida a servir: a mis hermanos, a mi madre y a
mi padre. Mi padre se mete en mi cama desde que tengo diez años y mi madre lo
consiente. Y esto, por lo que me llaman puta, descarriada, hija de Eva, oveja
negra, es el producto de un monstruo que me visita de noche.
Ni ella ni yo podemos hacer nada,
estamos encadenadas por la pobreza, por nuestra edad y por nuestro sexo. Si
dijese la verdad, nadie me creería. Todos piensan que fue mi novio, pues eso
les explicó mi madre a los policías que vinieron a buscarme, una vez que se
percató de la ausencia de mi periodo y del problema...
Llega el momento, arrastrando los
primeros acordes del otoño. A pleno día, mientras friego el suelo del baño, un
dolor agudo me traspasa y de mí fluye un río de agua que arrastra un grito. No
sé qué ocurre, no estoy preparada, soy una niña, por Dios. Me llevan a rastras
mis compañeras, las monjas las acompañan y llaman a la comadrona. No hay
médico, sólo unas mujeres que no son capaces de ponerse en la piel de una
parturienta.
—Venga, puta, empuja —dice la comadrona,
mientras yo creo desfallecer.
—No puedo, me voy a morir.
—No decías eso cuando estabas debajo, ¿eh,
descarriada?... Eso, eso, cuando creas que vas a morir, empuja un poco más y
pares...
Me aprieta el vientre, me ponen en
cuclillas, sudo, me cago, me meo, el esfuerzo me está dejando exhausta. Sigo
empujando, con más fuerza, con menos, resoplo, grito, jadeo y cojo impulso,
empujo y mi vientre hinchado por fin expulsa algo.
—¡Está muerto! —grita la comadrona,
mientras coge por su pie a un bebé amoratado con el cordón umbilical atado a su
garganta, todavía unido a mí.
—Uno que no sufrirá en este valle de
lágrimas —se persigna sor María, mientras yo me desmayo.
A los pocos días de dar a luz, no
superada aún la tristeza del bebé muerto y con la leche subida, llega una carta
de mi familia, quieren que le devuelvan la tutela y vuelva. Se han deshecho del
entuerto y ahora yo debo continuar con mis quehaceres en la casa paterna.
Los meses de Patronato han sido
espeluznantes, pero allí me reconfortaba la tranquilidad de la noche, en la que
sabía que nadie iba a visitar mi cama, también la cercanía de Margarita me daba
la vida. Vuelvo a la fuerza al hogar y el monstruo ni siquiera respeta la
cuarentena: olor a leche y sexo. Pasan los meses y ya se va notando la barriga,
mi madre vuelve a llamar a la policía, le da mil explicaciones de la vida
descarriada de su hija.
—Llévensela ustedes, yo no sé qué puedo
hacer con ésta. Es la segunda vez que el novio la deja encinta.
Y vuelta al Patronato. Esta vez será
diferente, me juro. No, no volveré a aquella casa...
Las monjas me convencen para dar a mi segundo hijo en adopción, es una niña, a la que llamaré Laura. Al final acepto, no quiero que ella corra mi misma suerte. También acepto la proposición que las monjas disponen para mí: un señor que se va a hacer las Américas busca chica para servir. Ahora dependo del Estado, mi madre pidió que me ampararan, ya no les pertenezco y puedo elegir. Tal vez la vida por una vez me dé esperanza para vivir...
* * *
Han pasado los años y he vuelto a
España. De mi familia no he querido saber nada. He buscado aquella niña a la
que llamé Laura. Supongo que le cambiaron el nombre, porque no he podido
encontrar nada. Muchas noches he pensado en aquel fruto del incesto, ¿qué será
de ella?, ¿le habré dado una buena vida al tomar aquella decisión?, ¿sabrá que
tenía una madre que la quiere y que la busca?, ¿pensará que quise
abandonarla?...
Me casé, pero aquellos dos partos sin
epidural, sin sedación, sin médico y casi sin asistencia destrozaron mi útero y
con él toda posibilidad de volver a tener hijos. También aquella infancia
rompió algo en mí, en mi cabeza, en mi interior, he visitado mil psicólogos,
alguno me ha ayudado.
¿He sido feliz? No lo sé, pero lo he
intentado. Aquel pasado parece, desde la perspectiva que me dan los años vividos
por otra persona, aquella niña inocente y mancillada hace mucho tiempo, que
dejó de existir. He reflexionado mucho sobre aquel lugar y aquellas monjas
incapaces de sentir empatía, de ponerse en la piel del otro. Tal vez en su
férrea fe sin fisuras pensaran que estaban haciendo una obra de caridad, que
estaban devolviendo al camino recto a aquellas pobres mujeres descarriadas. En
realidad, todas nuestras historias eran la misma: una historia de guerra, de
hambre, de necesidad y de represión. Una historia que se escribía con la tinta
de un régimen que veía en la mujer la máxima expresión de Eva, aquella primera
mujer creada de la costilla de Adán, culpable de todos los males de la
humanidad, débil mental y que debía ser sometida a una moral absurda,
patriarcal y aberrante. Me recuerda a aquel refrán que dice: «el infierno está
empedrado de buenas intenciones»...
He podido estudiar, la decisión de servir fue la mejor. Aquel hombre que buscaba sirvienta resultó ser buena persona. Se apiadó de mí, terminé contándole la historia de mi vida, mi canción. Me procuró estudios y una posición que me proporcionó un buen marido, al que he querido de verdad y con el que he convivido cincuenta años. Ahora que él ha muerto me ha invadido la necesidad de volver, de recordar el pasado, me queda poco tiempo, así que he decidido pasar lo que me resta ayudando a mujeres desamparadas con lo único que me ha dejado la vida: dinero para una fundación a la que llamaré La canción de Eva, porque en definitiva todas las mujeres somos ella, la primera mujer, y todas tenemos una canción triste que contar y que nos puede llevar a buscar ayuda alguna vez en nuestra vida.