Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
74 – Primavera 2024
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Rosicler
El
día en que no lo contemplaba parecía que no existía. A veces tampoco era
posible, pues el manto gris de las nubes o el simple velo blanquecino de una
neblina podían opacarlo o modificarlo a sus ojos. Él sabía que siempre estaría
ahí, lo que era una permanente incerteza es que pudiera presenciarlo con la
perfección deseada. La obsesión que llegaba a alcanzar con aquello era
fácilmente diagnosticable; sin embargo, a él tamaña circunstancia le importaba poco.
Todo
comenzaba y terminaba en aquellos escasos minutos en que lo sentía aparecer,
como el hálito suave de la brisa, y percibía cómo sin solución de continuidad se
difuminaba incendiado por la aparición del disco solar, sin poder hacer nada
por retenerlo. Contemplar el rosicler de cada amanecer era todo, y si cualquier
día no podía verlo, esa jornada resultaba incómoda, sucia y oscura, como un
desagradable trámite hasta la mañana siguiente, siempre la mañana siguiente.
Era
cierto, a pesar de que la posterior luminosidad del cielo hiciera desatar un
cromatismo infinito, los días sin el rosicler parecían grises y ásperos,
mugrientos, hasta podía percibirlo en su cuerpo, agitado, contaminado por sus
propios pensamientos, de igual tonalidad oscura y triste. Ni siquiera la comida,
la misma con que se deleitaba otras veces, le sabía bien, y apenas podía
soportar la presencia de la gente, aunque no intercambiara palabra alguna con
nadie. Su pecho se agitaba, y su cabeza se aturdía, en un martilleo de horas
que no parecían avanzar. La llegada de la noche suponía el preludio, el olvido
de todo lo sufrido durante esa jornada, y ante él ya se vislumbraba el color de
la esperanza, de su esperanza, que no era el verde sino el tono ligeramente
encendido del rosicler.
La
vida, su felicidad, acabó siendo eso, un instante efímero y siempre cambiante
imposible de retener. Venía y se esfumaba con la misma rapidez, con la misma
ligereza, con el mismo disimulo. Pero los días en que había visto el rosicler
eran otra cosa. Entonces se sentía capaz de apreciar todas las hermosuras de la
naturaleza, los aromas de la calle y hasta los comentarios de las personas. No
reparaba en el resto de colores que a millones se desplegaban ante él, pues por
comparación todos ellos le parecían vanos, si bien no estaban teñidos entonces
de ese gris tóxico de los días sin él.
En
ningún otro momento podía gozar de ese color especial, impregnado en su alma
desde que lo contempló por primera vez. Para él suponía el color de la vida,
naciente cada día, el vestido hermoso de la aurora, el momento en que todo
despierta y se despliega, un instante en el que el velo negro de la muerte
parece muy, muy distante.
La
soledad le había llevado a eso, a convertirse en un mero observador de la vida,
no solo de la suya propia sino de la de los demás. Los días de rosicler era
capaz de verla sin juzgarla, como si se encontrara tras un gigantesco
escaparate, como si se deleitara con el emocionante argumento de una película
con final feliz. Los días ayunos de rosicler sentíase con la necesidad de
intervenir, de sentenciar lo visto y escuchado, de convertirse en un dios que
castiga y reprende. Desde hacía años, quizá demasiados, todo dependía de ese
momento, el del rosicler. Fuera de su control, sería ese color, su presencia o
ausencia, el que vestiría el resto de su día, su propia vida, siempre envuelta
en el misterio y la incertidumbre.
Pero, si todo se ceñía a eso, ¿qué sentido tenía la vida? Pues todo, cuando se espera desde la propia profundidad del alma. ¿Acaso no era felicidad ese instante efímero? ¿Acaso no es la felicidad un hálito fugaz, un instante pasajero, perecedero? ¿Acaso la espera de cada día, los sueños de cada noche en pos de ese color no resultaban más hermosos, quizá, que el propio momento? La vida, la felicidad, era precisamente eso, una noche calmada que anhela el amanecer. Las ilusiones, las esperanzadas esperas siempre le parecían mejor que los propios instantes, tan fugaces, en ocasiones decepcionantes, incluso... ese viaje aún no acometido, ese plato aún no probado, ese beso que tanto se anhela pero que aún no llega, ese te quiero que aún no brota... La vida era eso, su felicidad también. La espera del instante puro y eterno, ahora y desde hacía ya mucho tiempo, el de cada amanecer, un amanecer color rosicler, que en el fondo era la antesala del que vendría al día siguiente, y al siguiente, y al otro...