Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 71 – Verano 2023
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

 

A lo lejos se escucha música. Sí, es música, una banda de música. Este zumbido... No puede ser, creo que estoy perdiendo la cabeza...

¿Qué día es hoy?... Acaba de comenzar este nuevo año de 1874 y ni siquiera sé en qué día vivo. Demasiadas cosas han sucedido, y todo parece estar acabando. Me fumo un pitillo sentado sobre estos escombros. Junto a ellos, otros miles se reparten por todas las calles. Hace unos días volaron, estallaron en mil y un pedazos, como si se viniera abajo el mismísimo cielo, los sillares que conformaban los gruesos muros del Parque de Artillería, sepultando a cientos de personas, en su mayoría mujeres, niños y ancianos refugiados allí.

Todo huele a cenizas, a quemado. El humo ondulante y blanquecino de mi cigarro forma frágiles nudos que se deshacen enseguida elevándose sobre este cementerio de piedras, hierros y maderas chamuscadas en que se ha convertido la ciudad, humeante y grisácea por ella misma, rastro de lo acontecido. Apenas puedo escuchar nada, si acaso, de vez en cuando, los lejanos ladridos de algún que otro perro, que pronto se mezclan con el aullido de otros tantos salidos de cualquier lugar, o las voces atenuadas y los llantos dispersos de los que quedan por aquí, algunos heridos, desolados al ver el estado ruinoso de lo que eran hasta hace pocos días sus hogares. O eso creo percibir levemente. Siento un terrible zumbido que me causa un profundo aturdimiento. Tanta lucha, tantos ideales, para nada.

Aquí estoy, fumándome un pitillo sobre el cadáver caliente de la que fue mi casa. Apenas puedo reconocer nada de lo que era. Apenas ya puedo reconocerme a mí mismo. Miro a mi alrededor, con el rictus que una inopinada y aparente indiferencia acaba de instalar en mi cuerpo y mente, y veo otras tantas piedras amontonadas unas sobre otras sin orden ni concierto. Creo escuchar una banda de música. Tampoco podría afirmarlo a ciencia cierta, pues este penetrante zumbido me acompaña desde hace unos días. Surgió tras uno de los copiosos bombardeos. Ahora, cuando hablo, me escucho raro, como con una ostentosa reverberación. Podía haber sido peor, podía haber resultado herido, mutilado, o incluso muerto. Tantos meses de lucha por unos ideales. ¿Acaso no se trataba de algo quimérico? ¿Estábamos equivocados? ¿Cuál es el pecado, el delito, de querer un mundo mejor, una sociedad más justa, para nosotros, para nuestros hijos? ¿Ha merecido la pena o ha sido simplemente una bravata propia de un puñado de baladrones?, me pregunto ante este desolador panorama de la que un día fue mi ciudad. Qué lejos me parece ya todo, desde aquel cañonazo del castillo de Galeras al amanecer, en pleno mes de julio, cuando comenzó nuestra lucha. No reconozco nada, ni siquiera el porqué de ella, no me reconozco ni yo mismo.

¿Acaso escucho música entre el silente yacer de la ciudad muerta? No, soy yo. Debo estar perdiendo la cabeza con todo esto...

Apuro las últimas caladas del cigarro, y siento en mi pecho más que nunca su aroma tosco, amargo y penetrante. También albergo una inusitada calma. Todo ha terminado. Tengo hambre, y sed, y hasta me asquea el pensar siquiera un momento en esos salazones y sardinas que comíamos día sí, día también, y que creo que en el fondo no es más que el propio sabor de la derrota de lo que quizá nunca fue verdaderamente una opción. Ya estoy cansado de luchar, de pasar hambre, incluso he llegado a pensar que no me importaría estar muerto. ¿Acaso me estoy rindiendo?, ¿acaso ya nos hemos rendido todos?

No he podido hacer más durante todo este tiempo. Eso ya es un triunfo en sí mismo. Tan sólo me queda aceptar la situación que ahora contemplo. Sin embargo, una curiosa calma habita en mí. Quizá la propia del que ya no tiene nada, absolutamente nada que perder. Este zumbido que me azota también me dirige hacia mi propio interior. No comprendo qué me ocurre. Para lo que hay que oír... Al menos ahora dejaré de escuchar los llantos y lamentos, el sonido de las explosiones, los disparos de la fusilería, los cascotes de las casas derrumbándose... También los pajarillos cantando al amanecer, o las gaviotas graznando siempre lastimosas, y el delicado sonido del viento, y el fragoroso embate de las olas chocando contra las rocas cuando sopla el lebeche...

¿Se ha rendido ya Cartagena?

¿Qué es eso, qué es esa música? No, no puede ser. Debo de ser yo mismo, mi propia imaginación, ¿cómo voy a escuchar música aquí y ahora? Estoy perdiendo el oído, y creo que también la cabeza... Sin embargo, a lo lejos veo venir entre los escombros, encabezada a caballo por el propio Antonete y por el general Contreras, una comitiva con una banda de música. Sí, es cierto, no estoy soñando. Al verlos pasar ante mí, tan ufanos, siento vergüenza ajena, todo me parece un sinsentido, como ahora lo era este pasacalles inaudito, intentando reconfortar y seguir dando ánimos a las gentes. ¿Qué ánimos?, ¿a qué gentes? Estoy confuso y, sin embargo, en paz. Los miro pasar esbozando sus sonrisas con gesto gallardo. Me siento ajeno a toda aquella causa, que ha sido hasta ahora mismo también mi causa. Retumban, como si nada hubiera sucedido, como si esas notas lanzadas armoniosamente al aire pudieran borrar de un plumazo el recuerdo de los disparos y las explosiones pasadas, las trompetas, las trompas, el tambor, el bombo, los platillos, los clarinetes... La banda camina al unísono, con su propia dignidad, perfectamente uniformada. Sus sones suenan alegres, o quizá incluso más tristes ahora. Algunos todavía los jalean y alientan. Otros, la mayoría, en silencio, observan a aquellos que marchan al frente como culpables de este estado de desolación, de tanta y tanta destrucción. ¿Qué será de nosotros?, ¿qué será de la ciudad?, no puedo dejar de preguntarme. 

Se marcha el pasacalles, este delirante pasacalles. Los últimos ecos que puedo escuchar bajo la sombra de este zumbido que me acompaña en todo momento me hacen reflexionar sobre la capacidad de llegar al absurdo del ser humano, quizá también sobre su propia facultad de reconstrucción e invención, de levantarse hasta de las situaciones más difíciles y salir adelante. Y hasta llego a imaginar, ahora por un momento, contemplando semejante desolación, que esta ciudad será capaz de eso mismo. Que se levantará y acabará siendo una de las más bellas del Mediterráneo. No sé, debo de estar perdiendo la cabeza...