Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 69 – Invierno 2023
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

 

Entre las hojas de hiedra que adornaban el flanco izquierdo de su pequeño jardín había puesto guirnaldas de luces que tenuemente coloreaban de amarillentos destellos su matizado verdor. Cada día, al atardecer, las encendía, y así permanecían hasta la mañana siguiente. Decía que era allí donde habitaban las hadas, si bien recordaba que de niña también le habían dicho que éstas se escondían detrás de los números de los relojes, pero ella prefería imaginárselas en el jardín, y aunque aún no había visto ninguna siempre esperaba con fe el momento de apreciar algún alegre movimiento cuando llegaba la hora de mirar hacia aquel lugar desde la ventana de su habitación cada noche antes de acostarse, mientras recordaba esa frase que una vez leyó: «sólo quienes creen en las hadas consiguen verlas».

La chica que creía en las hadas no sólo creía en las hadas, también en los unicornios y hasta en las brujas, pero lo de las hadas le parecía algo más cercano y encantador. A veces buscaba y rebuscaba entre las matas del jardincillo por si acaso veía lo que pudiera ser el rastro de algún caracol, pues sabía que eso no era otra cosa sino polvo de hadas esparcido. Le gustaba también mirar entre los tallos y bajo los pétalos caídos de las flores, no fueran a ser éstos entradas a escondites secretos. En caso de no ver nada de eso, buscaba las huellas marcadas en la tierra de algún gnomo que se hubiera atrevido a pasar por allí. Porque además de todo ello, la chica que creía en las hadas también creía en los gnomos. Por supuesto tenía además la certeza de haber visto a los Reyes Magos pululando por casa en la última noche mágica de cada Navidad, pero a los de verdad, no a esos otros que salían en la cabalgata de la tarde anterior arrojando caramelos y peluches como si les fuera la vida en ello con desmesurada agitación y entrega. Lo de Papá Noel, sin embargo, no le acababa de convencer del todo, pues no tenía chimenea en casa, y lo de que pudiera bajar entonces como recurso por el conducto del aire acondicionado sí que le parecía a todas luces inverosímil, además de que a ver dónde dejaba el trineo con los renos y todo, claro está, con lo caro que estaba el tema del aparcamiento. En cuanto al Ratoncito Pérez, comprendía que ya ni se dignara a acudir dado el caso de que la muela que hacía tiempo tenía picada dijera de caerse de una vez, y es que lo de la crisis y la subida de precios también habían hecho mella, nunca mejor dicho, en el roedor de turno, que no es porque le molestase lo de que un ratón pudiera entrar bajo su cabecera y dejar algo de dinero, no. En fin, que la chica que creía en las hadas pensaba que todo eso existía, quizá en su mayor parte en un plano dimensional que aún no era capaz de apreciar pero al que estaba absolutamente convencida de acabar llegando antes o después, y como creer es crear, prefería abrigarse con todo ello antes que con la manta corta que le ofrecía el mundo supuestamente real.

Aquellas guirnaldas de luces del jardín de la casa de la chica que creía en las hadas, un jardín del que el enorme jazminero asomaba hiperbólico ocultando por completo la reja metálica mientras ofrecía desprendido el aroma y el tacto sutil de sus pequeñas flores blancas, era una llamada a la presencia de las alegres hadas, que, según ella, debían de sobrevolar el aire fresco, misterioso y oscuro de las noches y madrugadas cuando nadie podía verlas. Pero solamente cuando esas noches estuvieran calmadas, no en las ventosas, pues en éstas gustaban ellas de sentarse en los extremos de las ramas de los árboles, y de eso no había en el jardín. Tampoco se las figuraba visibles en las noches lluviosas, más bien a resguardo en sus escondites. Las imaginaba siempre con una sonrisa en los labios, alegres y luminosas, ataviadas con atuendos verdes o rosados, dejando siempre tras de sí una sugerente estela brillante, describiendo vuelos y formas aleatorias en el aire. Sabía que un día las vería, que poco a poco encontraría pistas sobre su presencia, aunque de momento lo único que había encontrado por allí eran las huellas y defecaciones de Wally, el gato de la vecina, que gustaba de arrullarse entre las plantas y macetas.

Frente a aquel jardín, otro mundo, el mundo irreal para la chica que creía en las hadas. Sí, irreal y hasta incómodo a sus ojos. Los coches aparcados coloreaban si acaso con sus delineadas y brillantes carrocerías las aceras. Los vecinos discurrían muy de vez en cuando para arriba y para abajo en su rutinaria ruta de cada día camino del supermercado, volviendo minutos después cargando con pesados carros que traqueteaban sobre los baldosines o con bolsas blancas que iban amoratando los dedos de las manos al estrecharse, apretarse y hundirse el plástico de sus asas contra los mismos, y todo ello tras haberse dejado unos cuantos euros, cada vez más, a veces demasiados. Por la noche, al llegar las diez, los vecinos de aquella calle, como si fuera de común acuerdo, bajaban las persianas de todas y cada una de sus ventanas, confinándose a la sola presencia y al juego de luces azuladas de la televisión. Ella, la chica que creía en las hadas, gustaba siempre de mirar su pequeño jardín antes de acudir a sumergirse en las páginas de un libro. ¡Qué cosas!

Hubo un tiempo en que la chica que creía en las hadas decidió dejar de creer. O al menos creer con matices, sólo un poquito si acaso. Había que ponerse seria, dejarse las tonterías. Eso es lo que tocaba, le decían. Tocaba creer en lo que tocaba, o sea en los convencionalismos. Seguir lo establecido aunque no creyera en ello. Y allá que acudió sin convencerse del todo. No sería fácil aquel proceso de domesticación, empezando por quitar las guirnaldas del jardín. Tocaba aguantar con fingido interés las tediosas horas de aquel repetitivo trabajo entre facturas, números y balances, siempre rodeada de exigencias, prisas, papeles y esa misma visión aburrida en la pantalla de aquel ordenador. Tocaba aguantar, con no menos fingida sonrisa, las tertulias en los descansos para el café, esas peroratas insustanciales y atribuladas preñadas de problemáticas revestidas de exagerados dramatismos de las compañeras. También tocaba salir los sábados con aquel grupo de gente, unos amigos de una amiga, para no convertirse en una insociable. Para ello tocaba emperifollarse como correspondía, no fuera a desentonar con los modernísimos maquillajes, peinados y vestidos de las otras y otros. Tocaba hacer vida social, apeteciese o no. Es lo que tenía la autodomesticación y el creer poco en las hadas.

Pero, a pesar de sus esfuerzos, a la chica que creía en las hadas la terminarían por tildar de antisocial. Sí, con todas las letras. No pudo evitarlo. Ya ves, y todo porque una noche se levantó inopinadamente y se marchó, dejando sobre la húmeda mesa de un bar oscuro y maloliente su copa de balón con un whisky aguado y apenas sorbido, y sobre las miradas de los demás un poso de extrañeza, juicio y sentencia inmediata. Y mira que había tirado antes de paciencia, pero la conversación de esa noche colmó por completo la misma. Y es que en concreto la cosa versaba sobre las aventuras y desventuras de una tal Piluca, la cual era pansexual y, por supuesto, poliamorosa, que era cuñada del hermano de un primo segundo de un amigo del hermano de Paluca, la que lo contaba con grandilocuencia. Pero lo que ya provocaría que la tentación de marcharse se incrementase exponencialmente en la chica que creía en las hadas acaeció cuando Patuca, la más esnob y pija del lugar, comenzó a hablar del nuevo móvil que le habían traído los Reyes, de ésos que menos para hablar sirven para todo. En este caso, la susodicha máquina le permitía saber la temperatura exacta, la humedad relativa, y hasta ver de qué color eran las prendas que la gente tenía tendidas al sol allá en un pueblo perdido que viene quedando por en medio de las montañas del Perú un poco a la izquierda. ¿Que por qué? Pues por nada. Curiosa que era una. Faltaría más. Además, la tal Patuca contaba, con tono exaltado y entusiasmado a la par, que el susodicho móvil era total, que además te fregaba el suelo, los platos, te hacía la cena y, con una de sus modernísimas aplicaciones, hasta la manicura. O sea, lo más de lo más. La chica que creía en las hadas, aunque por entonces creyera un poco menos, se mantenía ajena, incómoda, sobrante, impertérrita a las sucesivas rondas de vasos y copas portando diferentes líquidos que oscilaban entre los tonos cobrizos acaramelados del whisky más selecto, pasando por los dorados brillantes de un empalagoso licor dulce de ésos que se deslizan acaparadores por el paladar y la garganta dejando perenne para el resto del día su sabor meloso y permanente, y el más amarillento y espumoso de las cervezas que cada media hora traía la bandeja de un apresurado camarero, todo acompañado por el correspondiente tarro de frutos secos revenidos. El caso es que de pronto, de entre aquella vorágine de palabrería, risotadas, fingimiento, postureos varios, tragos kilométricos y hasta algún furtivo eructo, emergió un silencio contundente al verla incorporarse repentinamente y ponerse la chaqueta, antes de que un lacónico, escueto y rotundo «me voy» cerrase a modo de portazo su presencia, y también su fingida amistad con aquella pléyade de gente, que por cierto no creía ni por asomo en las hadas ni en ninguna tontería de esa índole. Pues sí, menuda antisocial. Sentenciada quedó.

La chica que creía en las hadas decidió, desde aquella noche, volver a creer. Con todas las consecuencias. Decidió que el mundo en sí, tal y como estaba manejado por la sociedad, no le gustaba. Volvió a instalar las guirnaldas luminosas en la hiedra, y volvió a encenderlas cada tarde. Por la noche, siempre antes de acostarse, las miraba con esperanza. Algún día será, se decía. Sí, la chica que creía en las hadas prefería quedarse la noche de los sábados en casa, degustando un té y escuchando música, y levantarse temprano los domingos, ya todos los días, para ver amanecer, para sentir el aroma único de ese café caliente recién hecho, para ponerse a leer y penetrar en esos mundos únicos, mágicos, siempre diferentes, de ésos de los que a veces no se querría salir nunca, que son las páginas de un libro cualquiera, antes de acometer las rutinas diarias que ya no le parecían tanto como antes. Y todo ello esbozando siempre una ligera sonrisa cada vez que pensaba en lo de aquella noche, en lo que habrían dicho, o aún estarían diciendo, los demás sobre ella. La verdad es que nunca le pitaron los oídos como dicen que suele pasar, ni siquiera un poquito. Lo que sí ocurría cada noche, antes de bajar la persiana de la ventana de su habitación, es que se volvía a quedar unos minutos mirando hacia las luces del jardín...

La chica que creía en las hadas ahora se deja envolver por las hojas de las hiedras, unas más claras, otras más oscuras, incluso se asoma discretamente tras los números de los relojes, y hasta de vez en cuando agita intencionadamente las plantas de un jardín en las noches de calma. En las ventosas gusta de sentarse y sentir el balanceo de las ramas de los árboles, y en las lluviosas se deleita, escondida bajo una gran hoja, con el aroma sugerente de la tierra mojada. Tras ella, una estela de luz brillante y un halo de alegría se esparcen generosamente formando aleatorias figuras en el aire. Ahora agita sus alas, envuelta en un vaporoso vestido verde, y siempre se encuentra feliz, sonriendo en todo momento con la esperanza de que alguien que crea en ellas, en las hadas, pueda verla antes de acostarse desde la ventana de una habitación esbozando una sonrisa de alivio y felicidad.