Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 68 – Otoño 2022
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Cierro los ojos y me suspendo en el eco del silencio que deja mi propia música. El pentagrama escapa de la partitura y engloba la tibia realidad para realzar el poder de la cotidianidad, de la libertad de expresión musical, en un grito aguerrido por vivir inmortal aquí, conmigo. El altavoz amplifica los acordes, cuerdos en su magnitud y azarosos en su destino. Los fantasmas del público exigen que continúe concentrado. El aire aplaude mi concierto y consigo permanecer atento a su devenir, al amargo y lento letargo de su manera de manifestarse. La calle es una pared de roca viva que me transporta a otra época, donde la música era ciega y vibraba para los ojos clamorosos. Hoy sueno en Re menor a tenor de los acontecimientos, relegado al plano de la insustancialidad, invisible al paso de mis semejantes, que se agolpan por todas partes menos en mi esperanza.

Continúo balanceando los dedos sobre las cuerdas, meciendo la sensibilidad para viajar más allá, a la tierra de la realidad inversa, donde solo soy un hombre libre que continúa con sus designios sin explicar el modo en el que se ha de manifestar. Existo en plenitud dentro de la pausa de mi instrumento, imbuido en los laxos acontecimientos que produce. Escucho los pasos de las personas, sus huellas huecas amortiguadas por la desidia solo rozan mi conciencia para pronto perecer en la inclemencia.

Me mimetizo por un segundo con la obra que luce a mis espaldas. Enseguida captó mi atención. Me sentí inevitablemente atraído por combinar la expresión, por aunar la música y la pintura en un altar de sensaciones ocultas a los sentidos adormecidos de los que ignoran los detalles. Me pierdo en conceptos abstractos que divagan difuminados en el muro que me protege. Recuerdo los tímidos ojos de aquel niño, asomándose sobre el bol para comerse con la mirada la integridad de los espectadores. Todos somos oyentes y pasajeros, causantes y efectos de nuestros actos, un caldo de ilusiones del que beben los hijos, jugando a mirarse en los espejos que les ofrecemos.

Hoy, en la soledad de mi música, percibo el aroma de la lentitud paisajística. Decido no abrir los ojos, no lo necesito. Me enfrasco en las siguientes notas y continúa sonando una canción tenue y penetrante, poderosa en su encriptado mensaje. De pronto, escucho el sonido del metal. No deja de sucederse. Las monedas caen ruidosas, unas sobre otras, y percibo el murmullo del público. Yo, fiel a mi propósito, continúo con los párpados sellados, cerrados por una causa fiel a sí misma. Me sincronizo con la música hasta el paroxismo. El río metálico sigue recorriendo las vías auditivas, llenando sus aguas de deseos hasta un mar que se ha secado por dentro. Cenaré pronto y saciaré mi estómago; sin embargo, mañana debo regresar a la realidad de la que no puedo escapar. Soy preso de mis propias canciones. Las letras han depositado su testimonio en un juicio rápido que me llevó a la cárcel de la conciencia plena, donde vivo sin condena ni espera, aguardando la llegada del siguiente día, como un nómada que viaja ligero sobre las densas aguas del tiempo.

Floto en la ingravidez como un vilano de diente de león, sin pretensiones ni propósitos, entregado al arte con todas mis fuerzas. Soy un suspiro en la letanía de la belleza que se respira, la que penetra por los pulmones del ser y viaja hasta su fin inmediato para que la puedas conocer. Me miro en el cristal de los años y desfragmento los meses en días para comprender el porqué de mi situación. Es inevitable sentir amor y desolación. Las emociones luchan entre ellas, pugnando a pecho descubierto por tomar el control. Finalmente, ayudado por la razón, la balanza se decanta en favor de la pureza.

Soy parte de este improvisado y elegante escenario de luces naturales y fuegos sensoriales que estallan de júbilo en los corazones de los viandantes. Salgo de mi frugal ensimismamiento, voluntariamente y con el cielo abierto, abrazando los rayos de sol que me transmiten las pestañas del público. Son ellos el motor que gobierna mis mecanismos vitales. Observo sus expresiones sin dejar de tocar. Las cuerdas producen sonidos febriles que perforan el silencio como un rayo veloz e inclemente. Contemplo sus rostros: son también míos. Así lo siento. De algún modo he pintado sus mejillas de color blanco, puedo sentir la luz de su piel brillando al atardecer. El sol se esconde y resurgen ellos, expectantes y triunfantes, sedientos de licores silvestres destilados en el corazón de la jungla urbana. Sonrío y me entrego a sus labios para emanar palabras de agradecimiento en una espiración que me lleva al borde del desfallecimiento. Extenuado por la alegría incombustible y liviana, mis manos sucumben al poder de la música para intentar recompensar.

Transmito porciones de ilusión acompasadas que encuentran su vocación en los demás. De repente, la música se ve interrumpida por las palabras. Escucho a un oyente enunciar una pregunta. Se disculpa antes de formularla. Quiere saber dónde aprendí a tocar así. Sonrío levemente, incapaz de permanecer aislado del sonido que produzco. Vuelvo a mi normalidad, a tocar sin esperar nada a cambio, mientras reparo en la pregunta que acabo de oír. Aprendí a tocar en la voluntad, en la pasión desbordante por mejorar, por conocer los entresijos de una vocación nacida desde que tuve poder de decisión. En los primeros años de la infancia, al salir del colegio, corría al conservatorio para aprender solfeo. Fascinado por el lenguaje de los dioses, tan silencioso y bello, me entregué en cuerpo y alma a una de las artes más fascinantes. La música acalla las voces demoniacas que rugen en los espíritus de los insensibles, resucita la vitalidad de los débiles, vuela alto en un escorzo imperceptible, nace y muere indivisible, canta y baila, echa raíces en el sistema nervioso para crear conexiones sensibles, se expande en la mente y envuelve los pensamientos en forma de simiente. Nunca miente.