Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 68 – Otoño 2022
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

Casi nadie se acerca ya a oler las flores. A veces pareciera que no son nada, que no se aprecia su belleza, la magia de su presencia. Un ser tan delicado, de vida breve y exuberante, cuya existencia es generosidad extrema, explosión de color, de formas, de profundos aromas, y, sin embargo, valorado aquí en la gran ciudad con la misma fugacidad y rutina con la que se contemplan de pasada las fachadas, las terrazas, los letreros luminosos de los comercios, las farolas, los papeles tirados en el suelo, y hasta los mendigos apostados en cualquier rincón.

Me llamo Matteo Schiavola, y voy de recogida, con la prisa habitual, tras una nueva jornada. Regreso un día más con la sensación de que ya casi nadie aprecia las flores. Me las llevo de vuelta; mis girasoles, mis gladiolos, mis azucenas, mis lirios, mis pequeñas de cera, han dejado bajo el sol de la primavera, en la plaza del mercado, una presencia casi divina en la que pocas personas han reparado. Sí, las percibo ahora tristes en este rutinario, bamboleante y siempre nostálgico camino de retorno, sabiendo que han ofrecido buena parte de su vida y su belleza sin verse correspondidas del todo. A esta hora, bajo las primeras luces de las terrazas y las últimas de la tarde, la gente prefiere disfrutar del sabor y el aroma de un Chianti Superiore de la Toscana o de un Dolcetto de Piemonte, con unos bucatini all´amatriciana o una colorida pizza margherita, sin apreciar lo más mínimo siquiera las delicadas petunias de los cercanos maceteros esparciendo su permanente sonrisa con un elegante vestido pleno de intenso color, a pesar de permanecer constreñidas en horribles recipientes a merced de la penúltima colilla arrojada todavía encendida y de los grisáceos humos de los tubos de escape de los coches.

En los interminables ratos de cada día medito sobre todo ello. Sobre cómo el hombre, hoy en día, solamente se complace con el hombre, con sus propias creaciones. Cómo la naturaleza y todo lo que esta representa, que no es más que nuestra propia esencia, ha pasado a un segundo plano, y forma parte del paisaje urbano como un elemento más. En el pequeño puesto me rodean los colores vivos, blancos, amarillos, lilas, rosados, intensos granates, los aromas profundos, la explosión y variedad de formas de las flores, en parte también creaciones humanas, sin embargo, estas ignoradas. Más allá, el ritmo acelerado, propiciado por las pantallas de los smartphones, en pos de un prometido café elaborado por las manos de Marietta, que ya se intuye en el vuelo adictivo de un sugerente aroma, acercándose al puesto de Yusuf, el de los pastelitos árabes recubiertos por el siempre atractivo atuendo brillante de almendras y miel, o quizá también en busca de un encuentro con amigos bajo las guirnaldas luminosas de las terrazas, repletas de estéticas conformadas a base de plantas artificiales, para saborear ese buen vino o ese sabroso plato de pasta obviando la sugerente luz azulada, anaranjada, rosada, cada día igual y, sin embargo, siempre distinta, del atardecer allí al fondo.

¿Quién quiere hoy en día oler una flor?

No es un acto baladí este. Requiere perder unos instantes, pueden ser segundos, incluso minutos, para dejarse llevar por las formas y los colores, para dejar volar las sensaciones, la imaginación. Requiere salir por un momento del mundo de las prisas y detenerse en el de los sentidos, escuchar lo que cada una de ellas va contando, que no es más que su propia historia, entrar en ella, conocerla y saborearla. Requiere un esfuerzo para aquietar la mente, para llenar el alma, algo aparentemente sencillo a lo que la gente no está acostumbrada.

Una flor no es tan solo para mí una amalgama de palabras técnicas. No son únicamente cálices, corolas, estambres o pistilos, no. Es la vida en sí misma con toda la explosión de belleza posible esparciéndose generosamente. Una vida breve e intensa. Cada día veo cómo unas brotan con descontrolada prodigalidad, cómo otras se marchitan convirtiéndose en amarronadas formas de lánguida apariencia progresivamente más quebradizas, cómo aquellas se expanden pareciera que hasta el infinito formando curvas, picos, siempre nuevas geometrías, cómo estas se ajan ya sin olor, si acaso con un tenue e inconfundible hedor. Parece que puedo sentir la sonrisa inocente de las primeras, despreocupadas como un niño que no teme a nada porque casi no conoce nada, también la tristeza y la decepción de las que saben que su final se acerca irremediablemente. Todos los días soy testigo, incluso partícipe, de este discurrir de la vida y la muerte.

A veces tan solo las abejas se acercan hasta el puesto, posándose antes en ese pequeño cartel que reza «i fiori di Matteo». Confieso que me sigue sorprendiendo su afanosa tarea, transitando entre los estambres y los estigmas de unas y otras. Me detengo a mirarlas, cómo se deleitan en los olores, en las texturas de cada una de ellas, cómo ejercen con precisión el trabajo de polinización que intuitivamente les ha encomendado la naturaleza. ¿Qué le ha ocurrido al ser humano para perder el contacto, el arraigo con esta? Quizá el progreso, la tecnificación, el propio ritmo de vida exprés, que hace mirar las cosas y no verlas, percibirlas y no sentirlas. Pero las flores, mis flores, son generosas. Siempre ofrecen, cada día, lo mejor de su esencia, el mejor de sus vestidos, el más subyugante de sus olores.

Y a veces, solo a veces, alguien se acerca y las mira, y las huele detenidamente, y las acaricia, y en su rostro puedo ver el placer que ello le provoca. Sí, es ella. Se llama María, y todas las semanas acude a mi puesto a por un ramo, no sin antes recrearse con todas ellas. Y las otras, las que no son escogidas, apuran envidiosas sus últimas horas o días de vida más relucientes y olorosas, quizá aún anhelando ver el brillo en los ojos y la indisimulada sonrisa de alguien al acercarse.