Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 59 – Verano 2020
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja

 

Muchos decíais —y yo en el fondo lo pensaba también— que en segundo de bachillerato se acabó la fiesta. Cumplimos dieciocho o diecinueve años y la vida se aceleró, despegó. Recuerdo sentir cómo las ruedas se separaban de la pista y temí que fuera para no volver, pero me resistí a aceptarlo todo lo que pude. Arancha Riquelme se distanció de María Ángeles Ruiz, Isaac Gadea dejó de juntarse con los del equipo de frontenis, a Juan Pedro García lo expulsaron por montarle un pollo descomunal a la profesora de Matemáticas y nunca se supo más de él. Pero a nosotros no nos iba a pasar, ¿te acuerdas?, porque los de nuestro grupo estábamos hechos de otra pasta. Nosotros íbamos a mantener siempre el contacto. El hecho de haber elegido casi todos el bachiller de Sociales ya era indicativo de algo. No pasaría más de un mes sin que quedáramos para ver al Barça o tomarnos cuatro birras en el Celeste un viernes. Era tan fácil tocarlo, Alonso, creerlo de veras... Tú te ibas con tus padres a Portugal dos semanas, Mateo a varias ciudades de Castilla. Yo me conformaba con la playa y sacarme el carnet de conducir, si aprobaba todo. Pero a la vuelta del verano íbamos a ser compañeros de piso y a lo mejor hasta de carrera. Y antes incluso de eso tendríamos —junto con el resto— una semana entera en el apartamento de Torrevieja de tus tíos, y las fiestas del pueblo.

Antes de la universidad, al principio de todos los cursos flotaba en el aula un olor a mezcla de otoño y gasolina. A eso me huele el recuerdo del instituto: al humo del tubo de escape impregnado en mi chaqueta, y al encanto de los primeros cristales cerrados. Aquel curso nos peleábamos con Sócrates, o con Mostesquieu; y en el año 1002, en Calatañazor, Almanzor perdía su tambor. La pirámide de Maslow o el taylorismo eran sólo esquemas y tenían muchas papeletas de salir en Selectividad. Me acuerdo de Lorena López llegando media hora tarde y levantando una polvareda de silencios, dejando un reguero de cuellos quebrados a su paso. Y hasta el profesor de Geografía perdía el hilo con el éxodo rural o los afluentes del Duero. Lorena López. Ese perfil de película y esos ojos gigantes, y esa piel clara y tersa. Aquello fue una pandemia: todos estuvisteis enamorados de ella en algún momento. Yo no —por la razón que fuera—, aunque tampoco me hubiera importado morir de lorenitis aguda en según qué ratos. Y acuérdate de las francesas que vinieron de intercambio, que tampoco estaban nada mal, ¿eh? Nos invitaron a aquella fiesta en la casa de campo de Carbonell y ya pensábamos que íbamos a triunfar. Qué pardillos éramos, y nos creíamos listos, nos hacíamos los veteranos de no sé qué correrías. Tú eras el más suave, pero no por eso dejaste de encajar en el grupo. Hacía falta un poco de cordura en aquel polvorín. Y ya entonces aprendí a valorar en ti el don de la paciencia, que a mí se me había negado. Nos observabas a todos como desde afuera, como quien mira con un hastío paternal a las criaturas que le han caído en suerte.

El primer año después de la diáspora nos abonamos al apartamento de tus tíos, que fuera del verano siempre estaba disponible. Nos dio por el squash, por ver pelis de Hitchcock como si no hubiera otro —pues no concebíamos la posibilidad de que existiera nadie mejor—, por leer a Azorín o a Unamuno, y por andar sacando pecho con las chicas porque éramos chavales de barrio que cursaban estudios superiores. Cuántos años ya, compañero; qué fácil resultaba creerse superado, filosofar sobre la vida y la muerte mientras fumábamos hierba y escuchábamos música indie en el balcón.

Nunca fue nuestra intención dar de lado a los demás, pero lo cierto es que sólo íbamos al pueblo un finde de cada dos, y había que estudiar y hacer trabajos, y no estaba bien volver y no visitar a las abuelas o dejar de acudir a cierta comida. Eso lo asumí como algo natural. Al fin y al cabo, los que habían decidido no ir a la universidad ya curraban y ganaban su propia pasta, y podían permitirse un ritmo que para nosotros estaba vedado. Por no hablar de la brecha cultural que se iba abriendo. El primer cuchillazo me lo dio Mateo. Yo había dejado de irme a Madrid a hacer Estadística por quedarme con vosotros, por vivir y estudiar juntos, como habíamos planeado con tanta ilusión, y que él se rajara del piso cuando apenas llevaba cuatro días saliendo con aquella pelirroja de Elche lo sentí como una deserción. Esa pelirroja que se hacía la sonsa pero que no tardamos en verle —tú también— un aire malicioso en su forma de mirarnos como desde abajo, con la boca entreabierta y los labios enrabietados de carmín cuando, en los primeros meses, Mateo aún incendiaba locales con sus payasadas y prefería quedarse con nosotros.

El segundo trimestre arrancó tranquilo. Nosotros bajábamos al instituto a las 7.55 desde el barrio, los tres en tu escúter, con el plumífero cerrado hasta las orejas, ¿te acuerdas?, porque la mía estaba en el taller y en mi casa no había dinero para arreglarla en ese momento. Pero la risa despreocupada de Lorena López irradiaba calor por toda el aula. Los de la Generación del 27 nos parecían unos moñas comparados con la del 98. La invasión napoleónica nos la desparramaba Goya por el libro de Historia: La carga de los Mamelucos, Los fusilamientos del tres de mayo, y en la página ciento y poco el general Castaños ponía en su sitio al flipao de Dupont. A esas alturas de curso creo que llegó el Pincho. Le conocíamos de las 24 horas de futbito, habíamos compartido minis de calimocho en el Celeste y le había ganado una carrera por paliza a Mateo con su motocrós azul, bajando por los puentes dirección Molina. Desde entonces Mateo no lo podía ni ver. «Si lo cojo por mi cuenta..., ahora que le he puesto el Italkit», decía herido en el mismo centro del orgullo. Y poco más. Aterrizó en nuestra clase rebotado del Tecnológico de otro instituto. No daba ni golpe, el cabrón, y por lo visto sus padres no sabían qué hacer con él. Tampoco era peleante, pero recuerdo que los tenía bien puestos. Llevaba menos de un mes en el centro cuando se enganchó a hostias con Francisco el Marañas por no sé qué historia de un carburador. Se agarraron de las sudaderas y se las rompieron, y rodaron por entre dos coches vociferando. Me pilló a mí al lado y, aunque hubiera debido darme igual que se mataran, los intenté separar, y fue como ponerse delante de una carretilla. Me cayó una piña de alguno de los dos en el cogote —que me dolió varios días al masticar— y tuvieron que venir unos tíos de FP que andaban por allí para amarrarlos del todo.

Antes de pasar a último de carrera ya nos dimos cuenta de que la película no iba a ser como nos la habían contado. «Nene, estudia, que tengas un buen trabajo y ganes perras». Recesión, burbuja inmobiliaria o prima de riesgo eran palabras ajenas. A mí me preocupaba más experimentar en carne viva nuestra desintegración. El ver por el pueblo a un compañero querido y pararte a hablar, animoso, pero al poco darte cuenta de que ya no tenéis tanto en común y os observáis como desde lejos, sin saber qué decir; las cenas de antiguos alumnos lanzando sus últimos salvavidas entre cervezas sin alma y el abandono; y todo es tan desolador, Alonso, que a unos les duela más que a otros, que haya quien va pasando por las etapas sin afligirse —como tú—, y se vea en fotos con una camisa Rottweiler, o con pantalones acampanados, o peinado como Luis Figo y que no le duela...

Es curioso que fuera yo quien no quiso que nos marcháramos juntos al extranjero, acabar la carrera y salir cortando a cualquier lugar de Europa. «En España no hay nada para nosotros», me decías. «Cómo nos vamos a ir, loco. Verás como este bache pasa en un par de años y todo se queda en una anécdota». Lo cierto es que no me atrevía a alejarme de la raíz. Y ahora ya ves, soy yo quien te escribe desde fuera, lamentando no haberme agarrado a tu presencia cuando aún la tenía. De haberlo hecho, quizá no habrías acabado conformándote con ese puesto de conserje en una comunidad de vecinos —tú, que eras el más dotado de los tres—, quizá no habrías conocido a Alicia y no habría tenido que enterarme por otros de que te vas a casar. A lo mejor ahora yo no trabajaría desde «casa» escribiendo reportajes sobre ciudades y regiones que nunca he visitado, para revistas turísticas y portales web, mientras fuera de mi cuchitril nieva casi siempre y ni mi perro quiere salir a mear.

El tercer trimestre nos íbamos escopeteados con el timbre, pero con el pensamiento puesto no en irnos al parque después de comer, sino en empollar porque la Selectividad estaba apuntándonos entre los ojos con el cañón del miedo. El asesinato del general Prim se aplazaba hasta la semana siguiente por los azares del horario. Amadeo I de Saboya huía en desbandada —como nosotros— de este pueblo maldito. Descartes dudaba hasta de si estaba despierto o sus sentidos le engañaban. Y resultó que la separación de poderes era la base de toda democracia y por eso nosotros estábamos como estábamos. Ya no íbamos a jugar al billar al Neylos. Lo importante para encarar Selectividad era salir de segundo con una buena media, porque quién sabía si no acabaríamos haciendo una mierda en la prueba de Inglés, o en la de Economía. Y la primavera proyectaba de nuevo su embrujo sobre la primera visión de las chicas en manga corta. Lorena López con los brazos desnudos y la piel jaspeada de sol, sentándose al fondo del aula con el Pincho. La sentíamos como patrimonio inmaterial de segundo de Sociales. Bueno..., y un poquito de material también, ¿no? Y que se hubiera decidido de entre todos por el pasota del Pincho era un fenómeno incomprensible. Lo comentábamos en el recreo mínimo quince veces por semana, mientras Max Estrella se deformaba en el Callejón del Gato y nos hacía más llevadero el mes de abril.

Tuvo que coincidir que Arancha sacara plaza de policía con el décimo aniversario de nuestra graduación para volver a juntarnos. Desde aquella fiesta en el chalet de sus padres no he vuelto a ver a casi nadie. Era junio, o a lo mejor el primer sábado de julio. Volé exclusivamente para ir a la fiesta, porque no me quisieron dar un día libre en mi curro de entonces, y tuve que volver el domingo con la resaca a cuestas y el corazón lleno de barro. Pusieron tableros empapelados haciendo de mesa sobre caballetes, en el porche, y bidones hasta arriba de botellines sumergidos en agua y hielo. Pero la gente acabó yéndose a la explanada de césped contigua a la piscina. Acudió todo el mundo. Recuerdo que la hierba estaba alta, porque llevaba mocasines y me rozaba en los tobillos. La tarde declinaba detrás de los tejados cuando a ti te empezó a cristalizar esa sonrisa que no te veía desde el instituto, por lo constante. Ibas pletórico. Y hasta Lorena López —que ya no estaba con el Pincho— te ponía ojitos. Era la droga, cierto, consumida en un impasse sin obligaciones, sin horarios, sin paradas de metro, sin niños dando la murga a cada rato, una explosión de hedonismo en el cerebro. Se hizo carne a la brasa, y yo volví a gastarle a Mateo la broma de meterle una costilla de cordero, mordisqueada ya, en el bolsillo. Tardó como un cuarto de hora en darse cuenta y, para cuando lo hizo, ya lo sabía media fiesta y estaban expectantes a ver qué cara ponía. Toda la clase se rio. No dejó de perseguirme hasta que me agarró en un descuido, mientras yo me echaba un mojito en el tenderete que habían puesto cerca de la piscina, y ahí acabamos. Los móviles a tomar por culo y nos dio igual, agilipollados en esa expresión de «si soy más feliz me desintegro». Ensopados como chiquillos hasta que la madre de Arancha nos sacó dos camisetas con publicidad de Lucky Strike y pantalones cortos. El Pincho y Francisco el Marañas se abrazaron con una ebriedad grotesca, recordando aquella vez que se dieron de porrazos en la puerta del Celeste, mientras tú y no recuerdo quién competíais por ser el que aguantaba más con la mano metida en el bidón con hielo para ganarse el último botellín de cerveza. A partir de cierta hora se nos instaló ese hábito de la rememoración, con su poso de tristeza, y poniéndonos unos a otros por testigos les dábamos a las anécdotas cien veces repetidas un aire de leyenda. «¿Te acuerdas?», o «seguro que tú te acuerdas de cuando...». Y los demás asentíamos para corroborarlo, achinando los ojos como para atrapar la nostalgia de un pasado común. Bien podías haberte ido de allí con Lorena, pero no lo hiciste porque acababas de conocer a Alicia y querías empezar a portarte como dios manda con una mujer. Tantas horas adolescentes al limbo, tantas mañanas suspirando por ella para que el azar te brindara la oportunidad fuera de tiempo. Qué jodienda de vida. Entonces supe que, definitivamente, tú estabas por encima del bien y del mal. Alguien dijo «el año que viene, otra», y yo supe que no, que aquello que estábamos viviendo era humo.

Es de los últimos episodios que recuerdo, antes de difuminarnos del todo en el absurdo de la madurez, en el progreso humano, que yo pensaba que era un ascenso pero resulta que era una cuesta abajo y no lo supimos hasta luego. En segundo de bachillerato se terminó la diversión. Todos lo decían, y yo en aquel tiempo no me quise preocupar. Pensé simplemente que las decisiones más difíciles con que nos habíamos topado hasta entonces habían sido si Música con Lola o Ética con el Cigüeño, si fútbol sala o informática en horas extraescolares. El primer disco de Melendi, que nunca volvió a sonar igual. La Semana Trágica de Barcelona. Cuarenta años de desierto y luego Transición a la democracia. La campana de Gauss, las probabilidades de que dos dados sumen más de ocho. La visión de Lorena López entrando a clase y dejando su estela de perfume de flores por el aula. Todavía lo huelo. Aquella aula, aquellas mañanas aletargadas de ese año decisivo que no va a volver. Nosotros éramos la generación que se comería el mundo, los chicos que no fracasarían, para los que estaba ya trazada la senda del triunfo. No concebíamos el paro, el borrar los estudios superiores del curriculum para que nos cogieran en una fábrica de conservas o en un Zara, el vivir en casa de nuestros padres hasta los treinta o emigrar; no concebíamos el exilio, el penar por una capital extranjera fregando platos o poniendo cañas para ciudadanos del norte de Europa, con una bandeja del frigorífico para cada coinquilino y haciendo malabares para poder permitirnos una salida al mes. Nuestro futuro inmediato sería la docencia o un despacho de abogados, y seguiríamos siendo unos figuras, y colegas para toda la vida y nos casaríamos —o no— con mujeres guapas e inteligentes y nunca miraríamos el precio de la carne en el supermercado.

Segundo de Sociales no existe. A veces pienso que me inventé un cuento para ayudarme a vivir estos años de mierda. Pero yo sigo viendo vuestras caras —las de entonces— como si habitaran en otro plano de la realidad. Riquelme Carrillo Arancha, presente. Rodríguez Riquelme Cristina, presente. Rojo Trigueros Luis José, no ha llegado todavía. Ruipérez Martínez Toñi...

Tú también has acabado tirándote del barco, aunque sería injusto no reconocerte que fuiste el mejor de todos. Dejé de telefonearte en el momento en que percibí que atendías a mis llamadas como quien hace los deberes. Entonces terminé de saber que la tristeza es algo más seco que las lágrimas, una suciedad densa pesándote en el pecho, y que la sientes al respirar. Acabar un reportaje sobre Diez cosas que no puedes dejar de ver en Roma, y sacar al perro con los pulmones encharcados de barro. Traducir al francés Curiosidades históricas sobre la cuenca del Rhur, y cenar pizza en mi cuarto con los pulmones encharcados de barro. Escuchar una emisora española con un socavón sucio en la garganta, y pensar en lo fácil que sería dejarse ir, ponerle fin a la historia.