Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número
42 – Primavera 2016
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja
Dedicarme a contar historias en el mundo del cine, ha supuesto para mí una auténtica bendición, una forma de vivir que te posiciona ante la vida, viendo las cosas con los ojos ávidos de querer experimentar o atrapar con fuerza cualquier gesto, cualquier experiencia o persona que pasa ante ti, añadiendo esa información al “disco duro” de tu mente creativa, haciendo de todo esto un banco de datos que al final del día te sirven para amar mucho más las cosas cotidianas que para la mayoría de la gente pasarían desapercibidas.
En ocasiones, esto, que parece una virtud, se puede convertir en un suplicio o en una alegría inmensa, porque los contrastes son frecuentes cuando alguien ve las cosas con una sensibilidad diferente, ya que en el amor, en el trabajo o en cualquiera de los innumerables apartados que esta vida te da en tu día a día, debes afrontar buenas y malas noticias, y las buenas las disfrutas como nadie, pero las malas también las sufres como nadie.
Recuerdo, desde que era un niño con apenas dos años, que mi forma de ser me hacía sufrir mucho por cualquier cosa que veía o hacía, cualquier palabra que oía de mis padres o hermanos, todo lo que a mi alrededor sucedía era algo especial, o al menos yo así lo quería ver, porque entendí a muy corta edad que yo quería plasmar todo eso con el lenguaje que dominaba de manera casi genética, casi intuitiva... Todo lo que pasaba en mi entorno más cercano lo dibujaba, una y otra vez, hasta que por fin, a la edad de seis años, viendo los tebeos de mi hermano, me di cuenta de que se podía contar una historia utilizando varios cuadros y poniendo textos saliendo de la boca de los personajes... Fue ahí donde descubrí una nueva forma de expresarme, una forma de plasmar un personaje haciendo muchas más acciones a lo largo de folios grapados, por los que empezaron a cobrar vida mis primeros personajes sacados de la realidad diaria que vivía en el colegio.

Pero si realmente hay un punto de inflexión en mi vida, ese fue el mismo instante en que acabó el telediario un sábado por la tarde. La imagen en pantalla se fue a negro y a los dos segundos se vio una piscina que abría sus aguas y de su interior aparecía un robot gigante en contrapicado el cual toma vida en el momento en que un planeador, pilotado por un niño, encaja perfectamente dentro de su cabeza, sus ojos se encienden y aparece un título al lado de su imagen congelada en pantalla: MAZINGER Z.

Nunca nada había producido en mí aquel estallido de magia con mayúsculas, ninguna serie anterior me cautivó con la fuerza que lo hizo aquel robot de creación japonesa... Es uno de esos momentos que jamás se olvidan, son esas cosas que se quedan grabadas a fuego y que te acompañan cada instante vivido y aún hoy, escribiendo estas líneas, hace que se me ponga la piel de gallina.
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Tuve la fortuna de tener una infancia llena de juegos, en las calles de mi pueblo, San Miguel de Salinas, junto a mis amigos de siempre, y no había un solo día en el que no imaginase que en un futuro no muy lejano tendría mi propio Mazinger, con el que acabar con las injusticias del mundo, con el que podría volar..., con el que podría impresionar a la chica que me gustaba y llevarla a ver el espacio exterior, y con la Tierra de fondo, chiquitita, casi como una canica, poder declararle mi amor incondicional, y es que pilotando ese coloso la timidez que entonces tenía se me esfumaría...
Pero nunca pude construirlo... Muy a mi pesar, los adultos me demostraron que era imposible construir un robot gigante de esas características, pero nunca pudieron quitarme la capacidad de soñar con él, de convertirlo en el amigo invisible que me acompañó durante décadas, y que con el paso del tiempo se ha fundido a mí en los momentos más difíciles. Sus poderes y altura los convertí en una metáfora para hacerme más fuerte ante la adversidad. Todo eso, casi sin quererlo, me ha hecho salir adelante e inspirarme y alentarme en este maravilloso mundo de los dibujos animados..., en este universo que me hace tan feliz, y que hace de mi trabajo diario algo realmente especial.
Todos tenemos en algún momento una señal que te transforma, algo que te hace pensar que vales para algo en la vida, y normalmente pasa cuando somos niños, cuando aún soñamos y no nos da vergüenza expresar esas fantasías, pero los padres, o los amigos..., o el tiempo hace que poco a poco tan solo se quede en una anécdota del pasado, y nos matriculen en un grado formativo o en una carrera universitaria, según la nota que saquemos en las pruebas de acceso..., «algo hay que hacer»..., y así, nuestro sueño de ser un gran actor..., la mejor bailarina del mundo..., el mejor escultor..., la mayor estrella de la música..., o el mejor pintor, se desvanece como el agua entre las manos y nos hace actuar igual que corderos en rebaño, y nos metemos en la dinámica que produce el olvido de esos sueños impresionantes, que años atrás formaban parte de nosotros, sueños que nos hacían llorar de emoción..., y que a mí me han llevado a contar historias, a dibujar acciones, y con ello a crear la estructura previa de cualquier película... A hacer storyboards y vivir las historias desde el principio, algo que si le hubieran dicho a aquel niño de gafas grandes, pelado a la taza, frente al televisor, viendo a su Mazinger Z, hubiera pensado que el destino no podría ser tan generoso con él cuando fuese adulto, y simplemente hubiera seguido soñando despierto, igual que yo hoy, tan solo que... cuarenta años después.
SIGUE TU SEÑAL, LUCHA POR LO QUE TE GUSTA DE VERDAD, PERO SOBRE TODO... NUNCA DEJES DE SOÑAR.
Para ver una pequeña colección de trabajos ir a galeria Hodar de la edición de verano
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