Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 41 – Invierno 2016
Asociación Cultural Ars Creatio – Torrevieja




Mientras los de mi edad aspiran a empuñar la espada yo paso horas en el bosque contemplando las aves. Creen que estoy perdiendo el tiempo y que avergüenzo a mi familia. Ya han comenzado a llamarme loco o afeminado. Ni lo uno, ni lo otro. Me niego a pasar el día acarreando agua desde el río hasta el pueblo para aplacar la sed o cazando jabalíes salvajes para llenar el estómago de todos. ¿No ven que la vida es corta y debemos aspirar a hacer despiertos lo que soñamos por las noches? En una ocasión, cuando era niño, me vi volando entre las montañas descubriendo parajes que nadie en la aldea había alcanzado contemplar. El golpe que recibí al despertar y caer de la cama no apartó de mi mente el encantamiento. Desde ese día tomo cada mañana algunos pergaminos y carbones y subo a las ramas más altas de los árboles para dibujar a las aves e intentar descubrir sus secretos para poder emularlos. Mis antiguos amigos ya no me dirigen la palabra. Los mayores ya se han reunido preocupados de que mi mal ejemplo sea contagioso y otros se pongan a escrutar el cielo en vez de acarrear agua o cazar jabalíes. En una oportunidad pasé junto a los obreros que juntaban ladrillos destinados a formar pozos para el agua o almacenes para la carne de jabalí. Uno de los ladrillos se le resbaló a un trabajador y cayó en mi cabeza. Todo comenzó a darme vueltas y entonces lo vi todo claro. Dejé de buscar transformar mis brazos en alas con ramas o telas para planear sobre el viento; supe que la clave estaba en aprovechar la fuerza de éste para elevar una de esas estructuras de ladrillos y volar dentro de ellas. Pero ¿cómo lograr atrapar al viento, que por definición es libre? Girar, esa era la respuesta. Los siguientes días me los pasaba girando con los brazos extendidos. En más de una oportunidad tropecé con algunos aldeanos que acarreaban agua haciendo que la derramaran. Maldecían su suerte y aumentó el odio del pueblo hacia mí. Loco. Para ellos definitivamente estaba loco. En otra ocasión tomé una escoba y la hice girar con fuerza logrando provocar un leve viento en el extremo de sus cerdas. Pero no quería provocar viento, quería atraparlo. Por estar distraído casi le quito un ojo a uno de los cazadores que traían carne de jabalí al pueblo. Me encerraron varios días y me dieron baños de agua fría para ver si así lograban apagar la calentura que según ellos afectaba mi cabeza. Mientras estaba preso, me distraía escuchando el silbido del viento. Una tarde entró flotando una hoja en mi celda. La tomé entre mis manos y me puse a jugar con ella. ¿Cómo es posible que una simple hoja pueda volar mientras los hombres pasan sus días esclavizados por la sed y el hambre? De tanto jugar con la hoja, le produje una fisura. Rompí dos trozos de ella ubicados en extremos opuestos. Ahora tenía dos aspas unidas en su centro. Tomé un palillo de entre las ramas que formaban el catre donde dormía y lo clavé en el centro de la hoja. Noté que la hoja giraba si empujaba las aspas. Una ráfaga fuerte entró a la celda y generó un giro continuo de la hoja insertada en el palillo. Eso era. El viento no puede ser atrapado pero su fuerza puede ser utilizada. Me lancé al piso para dibujar en la tierra los primeros bocetos de mi máquina voladora: una torre de ladrillos, un aspa y el viento. Al salir de la cárcel pedí trabajar en la construcción de pozos y almacenes. Al llegar la hora de salida yo me quedaba horas extras para experimentar sobre mis ideas. Loco, me decían, ve a casa a descansar. Al poco tiempo ya había logrado crear unas aspas giratorias que inserté entre los ladrillos de una torre. Cada año durante el verano llegaba una fuerte ventisca. Mientras todos se encerraban en sus casas a comer jabalí agradeciendo no tener que buscar agua al río por un día, yo sabía que era el momento de probar mi máquina voladora. Me quedé en el taller esperando al viento. Loco, me decían, el viento te va a revolcar. Entré en la torre y desplegué las aspas. Cuando llegó la ventisca, toda la estructura comenzó a crujir. Las aspas giraron y por un momento sentí que me elevaba. Pero mi felicidad duró poco. La torre no se despegó del piso, aunque sí fue arrastrada hasta el río encallando en su orilla. Toda la noche el viento sopló haciendo girar las aspas de mi fallida máquina voladora. El agua del río fue empujada por las aspas y siguió la ruta abierta por la torre en la tierra cuando la empujó el viento. En la mañana, el pueblo unido vio el desastre que se generó en el taller y decidieron ejecutarme. Si no puede sanar, hay que matar al loco, dijeron. Y así fue, me mataron. Pude entonces comprobar que los sacerdotes tenían razón: las almas transmigran. La mía fue a parar a un cuervo y pude por fin cumplir mi sueño de surcar el cielo, planear sobre el viento entre montañas descubriendo parajes. Todos en el pueblo estaban tan distraídos con mi ejecución que no habían notado cómo el agua del río había llegado a las puertas de sus casas gracias a las aspas de mi máquina. Todos festejaron al darse cuenta de que nunca más debían acarrear líquido cada mañana para saciar su sed. Al tener más tiempo libre, los jóvenes comenzaron a pasear por los bosques, a mirar y dibujar no sólo aves, sino ardillas, lagartijas, peces, abejas, conejos, tigres, venados... y jabalíes. En el centro del pueblo se colocó una estatua con mi rostro. En su base colocaron una tablilla en la que escribieron: «Aquí murió el que trajo el río a nuestras casas siguiendo sus sueños. Aquí murió el loco que sólo quería volar».

 

 

 

Música:
Sculptures In The Clouds
por José Manuel González Núñez
Voz:
José Manuel Pedrero Cánovas

(Pendientes confirmación derechos de autor)