Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 37 - Invierno 2015
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Microrrelatos Marí­a Ángeles González Díaz



Duda

Silencio, oscuridad. ¿Resucitaré?
—Extiende tu mano. Estoy aquí.


Bóveda existencial

Busqué desesperado en lo alto del firmamento una estrella. Inesperadamente, todas cayeron sobre mí, cubriendo mi existencia.


Sol y luna

La luna cortejaba al sol. Pero sus rayos fundieron sus entrañas.


Murmullos

El hielo conversaba con la noche. La noche susurraba al hielo. Pero la alborada acalló sus voces.


Ángel

Salió de las entrañas un día de mayo, voló hacia lo más alto... Pero dejó su huella vívida en los sueños de su madre.


Mi mar

Rompiste en sollozos y callaste mullido en mis brazos. Me miraste a los ojos y los dos nos vimos en un mar de aguas verdes y profundas. Eres mi mar, Ángel mío.


Hipocresía racional

Suena el despertador en la habitación. Mi cuerpo empieza a tomar otra jornada fuerza vital. Mi mente empieza a trabajar. Sin remedio, salto de la cama y me enfrento al primer peligro, mirarme al espejo. Me encuentro como hace ya cuarenta y cinco años delante de mis realidades: posibles arrugas en el cuello, alguna que otra ojera y siempre la misma respuesta: no aparentas los años que tienes... Ampolla de optimismo.
Después de la refrescante ducha, soy otra. Mi visión del día que empieza es más convincente. Sobre todo cuando se pasa al rito más importante de la mañana: maquillajes, cremas y la decisión más ardua, vestuario. Una vez superados todos estos litigios, ya tengo la certeza de que puedo encaminarme a la rutina del trabajo.
Ocho y media de la mañana. Es la hora que marca el reloj a la entrada del periódico. Excelente hora si se supone que debía haber llegado media hora antes. Me dispongo a situarme en mi mesa de trabajo, abro el ordenador y sin dilación aparecen en la pantalla páginas web informativas de última hora que tengo que analizar para poder escribir mi artículo diario. Ante mis ojos, guerras, violencia de género, violaciones, personas desaparecidas. Intento sumergirme dentro de la pantalla para ser, más que narradora y crítica de los hechos, protagonista de ellos. Siento que si no me introduzco dentro de los personajes que aparecen en ellas, no puedo entender lo que anhelan, lo que sufren, lo que esperan.
Todo mi yo se anula y aparece una nueva persona que olvida su propia vida para acercarse a las de los demás. La gente que me rodea desaparece. Yo sola ante la realidad de la existencia. Mis dedos teclean con avidez expresiones que sólo aparecen cuando estoy aquí sentada. Busco la verdad de los hechos, defiendo a la mujer que aparece asesinada en esa imagen, consuelo a la violada, critico a esta sociedad embustera que no actúa ni por nadie ni por nada, a los políticos, a los economistas...
Después del almuerzo, como zombis, todos volvemos a la tarea deseando que lleguen las seis de la tarde. Se inicia de nuevo el simulacro teatral. Nos convertimos en títeres de feria contando aquello que sabemos gusta a nuestros lectores. Miro el reloj. Las seis. Apago el ordenador. Me deslizo hacia el parking y, sin prisas, regreso a casa. Tal vez vaya al cine, o al centro comercial, o a la peluquería...
Casi sin darme cuenta, una vez más, me encuentro ahogada en la sociedad que cada día se autodestruye y se devora a sí misma.


El poder de la palabra

Los pasos de Samuel, el nuevo profesor de Literatura, se perdían amortiguados por los gritos y la algarabía de su primer día de clase en el instituto. El rostro lívido y sudoroso auguraba un carácter tímido pero obstinado. Dirigiéndose hacia la sala, iba esquivando las miradas socarronas, crueles, de los alumnos, que adivinaban su temor.
En el aula, la situación se agravaba. Voces alteradas sin sorprenderse por su llegada. Receloso, acercándose a la mesa, extrajo un libro e inició una lectura. La atención de los alumnos seguía distraída, pero a medida que Samuel leía y su voz cordial inundaba toda la estancia, las miradas juveniles lo observaban con creciente curiosidad. Emplazado en el centro del aula, su silueta se parecía caprichosamente a la figura del Quijote, sorteando a los gigantes cervantinos.
Aquel otoño, Samuel venció a los imaginarios molinos, sus alumnos, con el poder de la palabra.


Exspectatio

Entonces es martes, seguro, por lógica. ¿Dónde está la lógica? ¿En el día de la semana? ¿En saber si realmente sé que estoy donde estoy? ¿Si siento lo que siento? ¿Si vivo porque vivo? ¿Si muero porque muero?
¿Lógica es realidad o ficción? ¿Esperanza o desilusión?
Somos seres expectantes que cada día esperamos, por lógica, lo cotidiano, lo correcto. Y nos amparamos en ella. Día a día, mes a mes, año tras año. Martes, miércoles...
Y súbitamente, un manto de estrellas cae desde el universo y cubre nuestra existencia. Sin ruidos. Sin percances. En silencio.
Y nos convertimos en seres pensantes encorsetados por nuestro propio destino.


El hemiciclo de las palabras

La Solidaridad subía presurosa los escalones del hemiciclo. La Justicia la esperaba sentada en su escaño. En el pasillo inferior, la Igualdad hablaba por el móvil. Su agenda era de las más completas, aunque no siempre conseguía convencer a sus contactos. Peor lo tenía la Paz. Se sentía traicionada desde tiempos prehistóricos pero, a pesar de ello, tuiteaba con todo aquel que estaba dispuesto a ayudarla. En cambio, la Esperanza reía, reía...
El silencio se impuso cuando la presidenta de la Asamblea proclamó:
—Señoras diputadas: han secuestrado a la Libertad.
Su escaño estaba vacío.